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Un parque biblioteca que una las culturas paisa y japonesa

Un espacio en el que la cultura paisa y japonesa se encuentran, alrededor de los libros, la cultura y la gente.

Un espacio en el que la cultura paisa y japonesa se encuentran, alrededor de los libros, la cultura y la gente. FOTO JUAN ANTONIO SÁNCHEZ

  • Un parque biblioteca que una las culturas paisa y japonesa
El parque biblioteca es de todos en Belén
21 de junio de 2015
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Antes del Parque Biblioteca Belén había una biblioteca en el parque de Belén. De allí llegaron los primeros libros, en una cadena humana. Fue como cambiarse de casa simbólicamente. No los pasaron todos –eran muchos–, pero los que llegaron lo hicieron de a uno, de mano en mano.

Tener un parque biblioteca en Belén fue un esfuerzo comunitario. La mesa de trabajo lo gestionó, en compañía de la biblioteca de Comfenalco. Trabajaron hasta que les dijeron que sí.

Entre los intereses estaban, por supuesto, los servicios bibliotecarios, si bien también querían un espacio para presentaciones artísticas. Dice Olga Fajardo, la directora, que en la comuna hay muchos grupos artísticos que buscaban un espacio para mostrarse.

En 2003 una misión académica de la Universidad de Japón acordó el diseño del parque biblioteca. Lo hizo el arquitecto Hiroshi Naito, quien quiso unir la cultura occidental y oriental. Pensó en que confluyeran allí los espacios públicos y privados, lo urbano y lo natural.

Pensó en tres plazas. La plaza de las personas, con la idea de recuperar la plaza pública. Un lugar, precisa Olga, para encontrarse. En el piso hay una obra de la artista Ana Claudia Múnera, inspirada en el grabado La gran ola de Kanagaw, del artista Katsushika Hokusai, para quien las olas siempre estuvieron presentes. Por eso hay que mirar al suelo, para encontrarse el color azul.

Si la plaza pública limita con la carrera 76, la verde con la 80. Es el momento de la naturaleza, donde los almendros de un viejo ancianato que existió alguna vez, aún están. También el almendro de Naito, el arquitecto solía sentarse allí a mirar cómo iba la construcción. Sentarse bajo el árbol es una costumbre que quisieron mantener.

En la mitad está la plaza central, la del agua, la que tiene un espejo de agua de 30 metros cuadrados, a la que rodean los espacios de la biblioteca. Los pasillos son ahora el lugar para que la gente se siente y converse. Para contemplar el cuadro de la mitad, que limpian día de por medio y al que los pajaritos llegan a tomar agua.

En esta plaza es donde más convergen la cultura japonesa y la antioqueña: el patio interior y el agua, precisa la directora, son comunes a las dos culturas. Los patios de las casas antioqueñas con sus fuentes de agua para adornar, los de ellos, con espejo de agua, como armonía y contemplación. Es un espacio para el encuentro consigo mismo.

Con las plazas Naito trabajó tres ideas: individuo, naturaleza y agua.

No obstante, señala Olga, “esto es muy bello, pero si no tiene alma se vuelve un elefante muerto”. Hay, entonces, una propuesta de valor. La circulación del conocimiento.

La oferta cultural tiene 45 propuestas, unas semanales, otras mensuales e incluso anuales, como el desfile de mitos y leyendas que hacen el primero de diciembre y en el que desfilan contando los mitos y leyendas de la zona.

Los laboratorios son importantes como una metodología de formación colaborativa. Está, por ejemplo, inVerso, que reúne a invidentes y no invidentes, para crear contenidos digitales y análogos. Han hecho hasta radionovelas.

La lista de ideas sigue. En la sala Mi Barrio trabajan formación ciudadana. Belén sí tiene quién le escriba es uno de los proyectos que tienen. En la sala japonesa unen lectura y gastronomía en Amar, comer y leer, para recorrer distintas culturas del mundo. Además, hay un trabajo que ellos llaman extramural, es decir, salen del parque con actividades para jalonar los proyectos sociales, para que más usuarios se antojen de visitarlos. En casi cualquier pared o corredor cuelgan exposiciones.

En la sala general varias mesas están ocupadas con hombres concentrados que mueven las fichas del ajedrez. Darío Molina explica que tienen un “semi-club”, que empezaron de a poquitos, que ya son más de 40 y que le enseñan al que se deje enseñar. En el parque biblioteca, afirma, hay más ajedrecistas que lectores. Él, por ejemplo, va todos los días, menos el domingo.

Alberto Hernández también está en el semi-club. Cuenta que ahí tienen un espacio, aunque les gustaría uno más exclusivo. Además les faltan los relojes, porque ahí donde los ven, hay personas muy buenas, casi de liga.

Belén es un espacio de sorpresas. En una esquina del espejo de agua hay un callejón. Y ahí está la huerta, con maíz, cilantro y yuca. Porque en Belén caben todos. Nora Villa pasa por el corredor. A veces va por el periódico o a ver las exposiciones. Le gusta el espejo de agua y los programas culturales. Dice, antes de seguir caminando, que el parque biblioteca les dio un poquito más de status.

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