Durante buena parte del siglo XX se decía que la mitad de las familias colombianas desayunaban, almorzaban y cenaban en platos hechos en El Carmen de Viboral. Aunque los ritmos de producción cambiaron, las grandes fábricas desaparecieron y ahora el “Made in China” aparece al reverso de casi toda la loza de nuestras cocinas, la cerámica de este municipio del Oriente antioqueño se ha mantenido como una tradición gracias a su valor patrimonial.
Lea: Soñé su nombre, el documental nacido de un sueño que está en salas de cine en Colombia
La historia de esta práctica es la que narra La cerámica de El Carmen de Viboral: Retrato de una locería en 1980, libro que el fotógrafo Óscar Botero realizó como parte de su donación de más de 1.000 negativos de 35 mm tomados en las fábricas de loza del pueblo en los años ochenta.
La otra parte de este proyecto es una exposición que actualmente se encuentra disponible en la Alcaldía de El Carmen, con la que se busca preservar y revisitar las memorias de aquellos lugares, procesos y personas que, con el paso del tiempo, han hecho parte de esta tradición artesanal.
Como se relata en el libro –que incluye fragmentos de una investigación realizada años atrás por el Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia (ICPA)–, el germen de la cerámica en el Oriente antioqueño comenzó a extenderse desde mediados del siglo XIX. En 1898, el envigadeño Eliseo Pareja Ospina construyó el primer horno de colmena en El Carmen, que dio origen a Eliseo Pareja O. y Cía., considerada “el papá” de las locerías del municipio.
A partir de ese momento, y durante la primera mitad del siglo pasado, esta industria creció y comenzó a ganar reconocimiento en el departamento y en el país. La loza de El Carmen empezó a distinguirse por las hojas y flores que aparecían en ella, una novedad introducida por Rafael Betancur, dueño de Locería Americana. En los años cincuenta llegaron a registrarse hasta 17 fábricas de cerámica, que empleaban alrededor de 2.000 trabajadores.
Pero la producción a gran escala se transformó cuando, en los años sesenta, llegaron a los puertos colombianos contenedores cargados de platos fabricados en Asia. Cuando las fábricas ya eran menos y el taller –espacio de producción a pequeña escala y más artesanal– empezaba a cobrar fuerza, fue cuando Óscar Botero llegó a El Carmen.
En 1979, la Universidad Nacional le propuso hacer parte de un proyecto llamado El artesanado en Antioquia, con el que visitarían este municipio. El fotógrafo recuerda que subió unas siete veces desde Medellín entre 1979 y 1980 para registrar el día a día en las fábricas: las labores de los trabajadores y el proceso de transformación de los materiales. De esas visitas salieron entre 1.000 y 1.200 fotografías que en su momento hicieron parte de dos exposiciones y de un artículo publicado en el extinto periódico El Mundo.
Estas imágenes, que muestran una época al interior de las fábricas que había quedado principalmente en la memoria de los alfareros y de la que existían pocos registros visuales, volvieron a salir a la luz cuando Botero revisó su archivo hace algunos años. A ese proceso de regresar a miles de negativos lo ha llamado Archivos trascendentes de fotógrafos intrascendentes, un concepto al que también se suma El teatro que fotografié, el libro de 2025 en el que reunió sus imágenes sobre la historia de Teatro Libre, el primer grupo de teatro independiente de Medellín que tuvo una sala propia.
“Muchos fotógrafos, como yo, no trabajábamos con la gran intención de convertirnos en figuras destacadas de la fotografía. Sí éramos fotógrafos y lo seguimos siendo, pero no somos esos nombres grandes, como Melitón Rodríguez o Gabriel Carvajal. Más bien éramos fotógrafos que hacíamos nuestro oficio y que, en medio de ese trabajo cotidiano, realizamos registros que con el tiempo se vuelven importantes, incluso trascendentales. En este caso, por ejemplo, con El Carmen: si yo no hubiera hecho esas fotos, o si no hubiera guardado los negativos y desarrollado este proyecto, la gente del municipio habría perdido la oportunidad de saber cómo eran las fábricas en esa época, cómo se trabajaba allí y cómo fueron cambiando con el tiempo”, explica Botero.
Para que este libro se hiciera realidad, el fotógrafo decidió impulsar el proyecto a través del Museo Viztaz, fundado por él y dedicado a la recuperación, preservación y divulgación de la memoria cultural. Después de tocar la puerta de diferentes organizaciones sin obtener respuesta, en 2025 presentó la iniciativa al Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia y a la Alcaldía de El Carmen, quienes aceptaron la propuesta del libro, la exposición y la donación del archivo. Esta última consiste en poner las fotografías a disposición de quien quiera consultarlas a través de este sitio web.
El año pasado, para construir los textos que acompañan las fotografías entrevistaron a alrededor de ocho personas, entre dueños de fábricas y obreros, a quienes les mostraron el trabajo de Botero para que describieran los procesos que allí ocurrían. “Les mostrábamos las fotografías y les preguntábamos: ‘Cuéntenos qué hay aquí, qué está pasando’. Es como cuando uno va a una casa y le muestran el álbum familiar. Si solo te lo entregan, puede que no sea tan interesante. Pero cuando alguien se sienta contigo y empieza a contarte, entonces la historia cobra vida [...] Así, el libro, la exposición y el sitio web reúnen dos dimensiones: la memoria visual de las fotografías y la memoria oral de quienes trabajaron en las fábricas. Juntas, convierten el archivo en un documento mucho más poderoso”, dice el fotógrafo.
Ahora la idea es que la exposición también llegue a Medellín y el otro plan de Botero, quien ha dedicado su vida a proteger la memoria de diferentes prácticas culturales, es desarrollar un nuevo proyecto con las fotografías que tiene sobre la confección del sombrero de Aguadas, en Caldas. El propósito, finalmente, es volver a observar esos momentos de los que está hecha la tradición.