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Por fin llega a las librerías En agosto nos vemos, el canto de cisne de Gabriel García Márquez

La novela, que se lanza en todos los países de habla hispana este 6 de marzo, cierra el ciclo novelístico más brillante de la literatura colombiana y uno de los sobresalientes de las letras del siglo XX.

  • El autor consagró sus últimas energías a trabajar en las versiones que se conservan de la historia de Ana Magdalena Bach. Foto: Getty y cortesía.
    El autor consagró sus últimas energías a trabajar en las versiones que se conservan de la historia de Ana Magdalena Bach. Foto: Getty y cortesía.
05 de marzo de 2024
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Pocas veces la prensa del mundo fija sus reflectores en un hecho literario de la manera que lo ha hecho con la llegada a las librerías de En agosto nos vemos, la novela póstuma de Gabriel García Márquez. Los periódicos de habla hispana han publicado reportajes y reseñas sobre el origen y la historia de la obra que pone punto final a una de las carreras literarias notables del siglo XX, solo comparable en nuestro continente a las del argentino Jorge Luis Borges y del chileno Pablo Neruda.

La novela, de poco más de cien páginas, fue lanzada en simultáneo en todos los países de América Latina este 6 de marzo de 2024, el día en que García Márquez, de seguir vivo, habría cumplido 97 años. Sin haberla leído de cabo a rabo, el gran público ya sabe que En agosto nos vemos versa sobre los adulterios de una mujer y que ha abierto las puertas a la polémica sobre la pertinencia de llevarla a los lectores, algo que su autor no quiso que ocurriera.

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Durante casi una década, los originales de la novela durmieron el sueño de los archivos en el Centro Harry Ransom, un instituto dedicado al estudio y la conservación de piezas culturales. Para darse una idea de la riqueza del catálogo del centro de estudios basta saber que allí están —custodiados por expertos— el diario que Jack Kerouac llevó durante el viaje que le inspiró En el camino, el escritorio de Edgar Allan Poe, un ejemplar de la primera edición de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carrol, y los manuscritos de Graham Greene, David Foster Wallace, Doris Lessing y Arthur Miller, entre otros.

Poco después de la muerte de García Márquez, ocurrida el jueves santo de 2014, sus herederos le vendieron el archivo del Nobel de 1982 al Harry Ransom, ubicado en Austin, la cuarta ciudad más poblada de Texas y sede de un gran premio de la Fórmula Uno. Las cinco versiones de En agosto nos vemos estuvieron casi ocho años ahí, a la vista de los eruditos, repartidas en carpetas amarillas. Las cosas hubiesen seguido así si el gabólogo Gustavo Arango no hubiese metido las narices en el archivo.

En efecto, en mayo de 2022, Arango —un profesor universitario que ha publicado siete novelas y cuatro libros de cuentos— visitó el archivo del Harry Ransom en calidad de investigador. La primera caja que le pidió a los dependientes del instituto fue la que tenía en su interior las versiones de En agosto nos vemos. La lectura del material lo deslumbró al punto que al poco tiempo escribió un artículo largo en el que desgranó las razones por las que Gonzalo y Rodrigo García Barcha deberían desoír el veredicto de un lector anónimo de la Agencia Carmen Balcells, que descartó la novela, y permitir la publicación del relato protagonizado por Ana Magdalena Bach, una lectora que en la primera página del libro tiene cuarenta y seis años y en la última los cincuenta recién cumplidos.

Cada año ella viaja, el 16 de agosto, a una isla sin nombre a cumplirle una cita a su madre muerta y al destino. Al parecer, el artículo de Arango fue una de las causas por las que los hijos del creador de Macondo decidieron dar luz verde a la publicación, tras el fallecimiento de Mercedes Barcha. Otra fue el permiso dado por el autor en una conversación doméstica. “Él nos dijo que cuando muriese hiciéramos lo que quisiéramos con sus libros, así que pensar eso nos ayuda a dormir mejor”, dijo Rodrigo García Barcha en la rueda de prensa que presentó la novela al mundo.

Tanto el artículo de Arango como el fallo del lector —citado por aquel— discurren sobre la naturaleza inconclusa de la novela, algo que salta a la vista apenas se termina su lectura. Para ser francos, la novela tiene personajes que no le agregan peso dramático a la historia —el hijo de Ana Magdalena es una alusión pasajera, por ejemplo— y hay capítulos que terminan en punta —pienso en el del falso eclipse—.

Los puntos flacos del libro son la consecuencia de los padecimientos de salud del Nobel. Durante la época que escribió En agosto nos vemos, García Márquez le plantó cara a un cáncer que lo llevó contras las cuerdas y vivió los coletazos de la demencia que a la postre le robó la memoria. Solo así se explica que el autor de El otoño del patriarca y Crónica de una muerte anunciada —complejos artefactos lingüísticos— cometiera errores de aprendiz en una historia sencilla. El mismo García Márquez fue consciente de esta imperfección formal.

Contrario a lo que se piensa, y a lo que el propio autor parecía creer, García Márquez no fue un artista incapaz de vislumbrar la hondura de su trabajo. La caprichosa división entre artista e intelectual —propalada por Mario Vargas Llosa— no se ajusta para describir al colombiano. Por el contrario, García Márquez fue en lector exigente de literatura y un despiadado crítico de sus libros. La primera faceta se percibe en sus crónicas y columnas, en las que destila el delicioso veneno que le hizo decir que la literatura colombiana es una tradición de “hombres cansados” y calificarla de “un fraude a la Nación”, por sus prestigios de espuma y sus camarillas de zalemas mutuas.

El juicio implacable sobre su trabajo se colige de varios de sus comentarios, hechos en público y en privado. Por ejemplo, sobre En agosto nos vemos dijo “Este libro no sirve. Hay que destruirlo”, según el testimonio de allegados suyos. García Márquez no le tuvo miedo al cesto de la basura: supo que ese adminículo tiene la misma importancia para un escritor que el teclado de la máquina de escribir o del computador.

En este punto parecería que lo mejor habría sido no sacar el original de En agosto nos vemos del circuito académico del instituto texano, dejándolo solo al alcance de los estudiantes de doctorado. Empero, el genio pone patas arriba las convenciones del sentido común.

Siendo evidentes las flaquezas de la novela, también hay que decir que esta tiene pasajes sublimes, impulsada por la destreza estilística de un escritor sabio como pocos en la construcción de las frases y en el uso de los adjetivos. Pocas dudas hay de la fuerza del primer capítulo, justo aquel en el que Ana Magdalena Bach descubre la proximidad de la belleza con el pecado. Las mejores escenas de En agosto nos vemos —las que merecen ser leídas en voz alta— son las eróticas, precisamente en las que la mujer rompe el cerco de la fidelidad y le encuentra sentido a la vida en las pieles ajenas, en las manos de los desconocidos. “Se acaballó sobre él hasta el alma y lo devoró para ella y sin pensar en él, hasta que ambos quedaron exhaustos en un caldo de sudor. Permaneció encima, luchando a solas contra las primeras dudas de su conciencia bajo el chorro caliente y el ruido sofocante del ventilador, hasta que se dio cuenta que él no respiraba bien, abierto en cruz bajo el peso de su cuerpo”, se lee en un pasaje.

Debates aparte, el hecho es que la novela llega este 6 de marzo a los lectores de habla hispana. Y, la verdad, sale al mercado en una época en la que no pasará de agache, a pesar de los muchos libros —demasiados— que se editan al año en el mundo. La novela ofrece mucha tela para cortar, zurcir y demás labores de lectura. En agosto nos vemos pone en jaque, al tiempo, las bondades de la monogamia y de la lujuria desatada. Ana Magdalena Bach abre los ojos al mundo para percatarse de su pobreza después de haber estallado de placer dos veces en los brazos de su primer amante de la isla. De ahí en adelante nada es lo mismo para ella: ni su marido músico tiene el mismo encanto ni sus hijos la salvan de la zozobra de saberse en la recta final de su adultez y en la entrada a la vejez.

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Tampoco el sexo anónimo en hoteles de distintos pedigrís le ayuda a escapar del mazazo de la revelación final de la novela. Al igual que todo ser vivo, Ana Magdalena Bach está sometida a la empresa asfixiante de huir del dolor y buscar el placer. En eso se le va la vida. En las últimas páginas, cuando se entera de la razón por la que su madre fue enterrada en la isla, cae en la cuenta del acierto que tuvo Salomón o el autor del Eclesiastés al escribir: “¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol? Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece... No hay memoria de lo que precedió, ni tampoco de lo que sucederá habrá memoria en los que serán después”.

El segundo elemento inquietante del libro fue la epifanía del cierre del libro, anticipada por García Márquez en los libros que ella lee a bordo de los barcos o en la soledad de los hoteles. Movida por un rapto de lucidez, Ana Magdalena contrata a dos hombres para exhumar a su madre. Apenas estos abren el cajón, ella sabe que los muertos nunca dejan solos a los vivos. O, mejor, que los vivos repetimos una y otra vez las vivencias de los muertos. Ana Magdalena y su madre muerta son las caras de una misma moneda, unidas por los lazos de la genética y del espíritu. Por supuesto, tal idea es recurrente en las novelas de García Márquez, en las que los personajes son presas de la naturaleza cíclica de la historia. Las variaciones entre una generación y la siguiente son mínimas, casi que simples cambios de decorado. Sin embargo, las pasiones que las llevan al heroísmo o a la maldad son las mismas.

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