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Los libros que regalan los escritores

  • Los libros que regalan los escritores
Por mónica quintero restrepo y john saldarriaga | Publicado el 21 de diciembre de 2015

Regalar un libro es una tarea compleja que va más allá de ir a la librería y escoger cualquier título, de cualquier autor. Un libro que le llega a otro viaja con un mensaje implícito: es una recomendación que se entrega sin más palabras que las que ya escribió el autor.

En ese volumen van los gustos propios, la suposición de ser un libro leído y, además, de que va para la persona indicada. Porque para dar un libro, dice Luis Miguel Rivas, hay que pensar en la persona a la que se le va a regalar. Cada uno es tan distinto como lo son los mismos textos.

Veinte escritores cuentan qué libro regalarían, y cuál les regalaron cuando estaban niños, importante para sus exploraciones de entonces.

Títulos que son, además, una buena idea para hacer su propia lista para leer, y regalar después.

Contexto de la Noticia

Protagonistas LOS REGALOS DE LOS ESCRITORES

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Darío Jaramillo
ESCRITOR
“Debió ser mi padre quien me regaló Miguel Strogoff de Verne. Inolvidable. Para ahora, colombianos: La guerra perdida del indio Lorenzo, de Rafael Baena: la historia de Colombia como aventura; un episodio de la guerra de los mil días. (Recomiendo también todas las novelas de Baena). Botellas de náufrago de Alberto Salcedo Ramos. Nuestro mejor cronista se luce con esta antología de textos breves. Extranjeros: Cien poemas en español: una antología hecha por Manuel Borrás con los mejores poemas de nuestra lengua. El plantador de tabaco de John Barth. Una de las más grandes novelas norteamericanas. Mil cien páginas con la biografía inventada de uno de los colonizadores de Maryland.Todos los libros recomendados están en las librerías”.
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Rafael Baena
Escritor

Una semana antes de morir, Rafael respondió por email estas dos preguntas. Dijo que el criterio para regalar un libro “depende muchísimo de quién es el destinatario y de la memoria que uno tiene de sus propias lecturas. Para no caer en trampas de mercadotecnia procuro no leer ni regalar nada que esté de moda o haya estado recientemente en los titulares de prensa, pero hay libros que siempre funcionan porque su poesía cala muy hondo, sin importar la edad o condición del destinatario. Si tengo que escoger sólo uno diría que El vino del estío es un ejemplo perfecto de lo que pretendo decir. Ray Bradbury nunca te falla.

Siendo adolescente me regalaron Tarzán de los monos, de Edgar Rice Burroughs. Antes había leído otras cosas, incluso algunas muy agradables, pero esa fue la primera vez que viví la lectura como compulsión, como vicio. No podía apartar la vista de sus páginas y cuando apareció la palabra FIN me sentí huérfano. Menos mal había disponibles otros veintitrés tomos que continuaban la historia del joven Lord Greystoke adoptado por los gorilas, pero la magia empezó a disolverse a partir de aquel primero”.

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Ricardo Silva Romero
Escritor
“Regalaría de Navidad Franny y Zooey de J.D. Salinger porque articula la extrañeza de ser demasiado joven en un mundo tan viejo y tan lleno de mañas.
Cuando era niño me regalaron un libro ruso de aventuras muy curioso, El viejo Djin Jottabich, de Lazar Lagin, que mi papá le había regalado antes a mi mamá, y que sigue siendo uno de los libros a los que más cariño les tengo”.
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Pablo Montoya
Escritor

“El libro que recomendaría, o regalaría, en estas navidades, o en cualquier otra ocasión, es Dora Bruder, de Patrick Modiano. Es una novela espléndida, conmovedora y sencilla en su factura. Ejemplar a la hora de querer reconstruir una ciudad a partir de las huellas de un fanstasma. Dora Bruder es, para utilizar un término que nos corresponde en tanto que colombianos, una desaparecida en los días de la ocupación nazi en París. El narrador se lanza a una búsqueda de sus huellas, difuminadas entre el terror y el olvido. Y, poco a poco, nos va dando el memorable retrato de una adolescente rebelde y de una ciudad plagada de colaboracionistas. Una flor cortada por las manos del mal estatal.

Un libro que recuerdo es el que me regaló mi madre cuando tenía ocho o nueve años: las fábulas de Rafael Pombo. Ellas alegraron esos días. Las aprendí de memoria y luego las olvidé para no recordarlas jamás”.

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Luis Miguel Rivas
Escritor

“A un amigo con pájaros en la cabeza le regalaría los cuentos completos de Felisberto Hernández, porque el uruguayo habla como uno piensa en los sueños; a un amigo que le hace falta aprender a reírse de sí mismo, un libro de cuentos de Jorge Ibargüengoitia que se llama La ley de Herodes, porque el mexicano se sabe reír de todo riéndose de él; a un amigo con esnobistas arrebatos místicos la novela Qué venga la gorda muerte, de Álvaro Robledo, porque este colombiano se burla de los tisquimisquis de las sectas sin enlodar lo sagrado del espíritu... Y así, mire usted bien a su amigo y busque el libro que, gustándole, le pueda decir algo a alguno de los que viven adentro de él.

El primer libro que recuerdo que me regalaron fue El flautista de Hamelin, una delgadita edición ilustrada, creo que de Susaeta. Y el segundo, un libro cuyo nombre no recuerdo, de lecturas de la primaria, en el que la fábula de la liebre y la tortuga transcurría en Medellín y la carrera terminaba en la vía a Las palmas. El primero lo leía y era como si el señor de la voz en off que aparece cuando uno lee mentalmente sólo me hablara a mí en la vida. Y con el segundo sentí que las historias de los libros no nacían en los libros sino en las calles y los campos por los que uno pasaba todos los días”.

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María Cristina Restrepo
Escritora

“En estas Navidades regalaría María, de Jorge Isaacs. Una novela incomprendida debido a lecturas extemporáneas obligadas por los colegios, e injustamente vilipendiada. Hasta no hace mucho era de buen tono burlarse del libro en algunos círculos literarios no solo del país, sino de América Latina. Pero la novela de Isaacs retrata de manera verídica un mundo acabado de desaparecer de la historia colombiana gracias a los cambios económicos y a la liberación de los esclavos. Pinta una sociedad paternalista igual a las que existieron a lo ancho y largo del mundo, el doloroso tema de la esclavitud. También las relaciones de una familia que pasa sus días en un entorno aparentemente idílico, y es la primera novela colombiana en la que el paisaje cobra unas dimensiones que son casi físicas, y que determina en gran medida la sensibilidad de los personajes. Es un libro que se lee sin tropiezos, escrito en un castellano puro y sin pretensiones, de una belleza innegable. Después de todo lo negativo que se ha dicho, una hermosa sorpresa.

Entre los libros que leí de niña, recuerdo de manera muy especial uno que nunca fue mío aunque lo anhelé, y que estaba en un pequeño nicho al lado de un centenar de otros cerca a la chimenea en la finca de mi abuelo. Mujercitas, de Luisa M. Alcott. Podía tomarlo prestado para leerlo durante horas en el ancho alféizar de la ventana. En sus páginas encontré la diversidad de universos espirituales que contiene una novela. Me sorprendí ante la diferencia de los caracteres de los personajes, así pertenecieran a una misma familia, los destinos contrapuestos a los que se veían enfrentados, las historias dentro de las historias. Y pude comprender que a pesar de la distancia en el tiempo y en el espacio, porque las protagonistas eran unas niñas cuyo padre parte para la guerra civil en los Estados Unidos, había muchas experiencias que me acercaban a ellas. Sin ser consciente, comprendí gracias a esa lectura, que la literatura es también consuelo porque nos muestra que compartimos ese algo insondable que llamamos la naturaleza humana”.

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Piedad Bonnett
Escritora
“En esta Navidad regalaría cualquiera de los libros de la Premio Nobel Svetlana Alexievich, conmovedores todos y ejemplo de cómo el periodismo puede llegar a ser gran literatura. Cuando estaba pequeña uno de los libros más bellos que recibí fue Corazón, de Edmundo de Amicis, que a pesar de lo lacrimógeno de sus historias fue para mí una lectura maravillosa”.
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Alberto Salcedo Ramos
Escritor

“Regalaré unos relatos de Navidad escogidos: Un recuerdo de Navidad, de Truman Capote, uno en el que un niño es amigo de una anciana y ambos encuentran en esta temporada una época especial. Y Los regalos de Reyes Magos, de O. Henry, de una pareja de jóvenes esposos que quieren, cada cual por su lado, darle un regalo de Navidad al otro. Tiene un final sorprendente y sobrecogedor. Me gustaría regalarlo en la traducción de Jorge Luis Borges.

Y en cuanto a dar un libro completo, puedo dar uno que propicia la reflexión mediante un viaje intimista al alma de quien escribe: es La muerte de Iván Ilich, de León Tolstoi. En una edición de Bruguera, que incluye también el relato El padre Sergio. Tolstoi siempre nos sacude, al tiempo que cuenta bien y refleja con claridad la condición humana. Siempre nos inquieta por lo que dice, nos enfrenta a nuestro demonio interior.

Recuerdo que vivíamos en Arenal, Bolívar. Un libro me lo dio mi abuelo, cuando yo era un adolescente de 16 años: Hamlet. Y no me lo regaló porque él supiera quién era Shakespeare. Yo lo encontré en casa de un amigo y comencé a leerlo. Me enganchó su trama, pero, como no lo terminé esa tarde y el amigo no me lo prestó para llevármelo a casa, le dije a mi abuelo:

‘Papá -porque yo le decía papá-, quiero el libro Hamlet, de William Shakespeare’. Él apuntó el mensaje y, como viajaba mucho, me lo trajo de Barranquilla”.

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Gustavo Arango
Escritor

“Cuando regalamos un libro tenemos la ventaja de que podemos mostrar el conocimiento que tenemos de la persona a quien le hacemos el regalo y de sus gustos literarios. Las opciones son innumerables. Sugiero dejar de lado los libros que están de moda. Es preferible elegir libros que han superado la prueba del tiempo.

A ojos cerrados regalaría Anatomía de la melancolía, una reflexión monumental sobre lo que significa ser humano. Robert Burton pasó toda su vida escribiéndolo y mejorándolo. Un buen lector puede pasar varios años leyéndolo y disfrutándolo.

¿El primer libro que me regalaron? Cuando ‘me gradué’ de primero de primaria me regalaron un libro ilustrado con la historia del profeta Jonás. Desde entonces comprendí que los libros podían dar las más grandes alegrías. Podría decir que mi vida ha sido una reflexión sobre esa historia. El libro me ha acompañado a todas partes. Es uno de mis tesoros”.

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Juan Esteban Constaín
Escritor

“Daré El poder político en Colombia, de Fernando Guillén. Es el mejor texto académico histórico de nuestro país. Y Un lugar para que rece Adela, un libro de cuentos de Mauricio Muñoz, editado por la Universidad de Antioquia.

Recuerdo que me dieron una biografía de los Beatles, escrita por Phillip Norman. Desde eso me interesé por la música de ese grupo y me volví fanático”.

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Andrés Felipe Solano
Escritor

“Recuerdo que en cuarto de primaria leí Tarzán de los monos y no me podía despegar, tanto que lo acabé en clase de matemáticas, debajo del pupitre. Pero ese libro no fue un regalo, se lo pedí a un compañero. En mi casa no había libros de ficción, solo enciclopedias. Teníamos cerca de doce. Y atlas. Yo creo que las enciclopedias me influyeron mucho para hacerme escritor. Pensando en Los hermanos Cuervo, mi última novela, ahí están esas enciclopedias.

Yo casi no regalo libros. Prefiero otras cosas. Quizá sí he regalado Tres rosas amarillas, de Carver, pero no estoy seguro. Yo no le regalaría una enciclopedia a un niño. Ya no es necesario. Sí le regalaría, en cambio, una conexión a internet. Sin embargo, sí le regalaría un muy buen atlas”.

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William Ospina
Escritor

“Regalaría un par de libros de aparición reciente. Muy valiosos. Que nos tengan en cuenta, de Hermes Tovar. Y la reedición de La época de crisis, conversaciones de Rubén Sierra Mejía, con Danilo Cruz Vélez.

Y que a mí me hubieran regalado en estas épocas de fin de año, recuerdo tantos... Un amigo me regalaba cada año un ejemplar de La montaña mágica, de Thomas Mann. Siempre. Sin falta. Parecía querer recordarme que era importante leer ese libro. Hasta que una vez me adelanté: me asomé por su casa y le dije: ‘Vengo por mi Montaña mágica’”.

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Gustavo Álvarez Gardeazábal
Escritor

“Regalaré Llegaron, de Fernando Vallejo. Una novela en la que hay humor de principio a fin. El primer libro en el que este autor menciona a su mamá.

Recuerdo que cuando era adolescente leí La condición humana, de André Malraux. Me lo regaló un profesor, quien me recomendó leerlo. Lo leí. Durante mucho tiempo vivía pensando que era una obra maestra. Cuando estudié literatura en la universidad, hice una tesina sobre esa obra. El año pasado volví a leerla. He cambiado de criterio. Ya no me gustó. No sé si es que en ese tiempo yo no sabía leer”.

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Patricia Lara
Escritora

“Regalaré los libros de la Premio Nobel de este año, la bielorrusa Svetlana Alexiévich. Las voces de Chernóvil es estupendo. Y la novela de Rafael Baena titulada ¡Vuelvan caras, carajo!

Recuerdo con especial cariño que cuando era niña, en mi casa me dieron Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez”.

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Jorge Franco
Escritor

“Regalaré un libro que precisamente estoy leyendo y me está encantando. Es Sumisión, de Michel Houlelebecq, un autor francés del que había leído otras novelas, y se caracteriza por ser un visionario: en sus obras de ficción narra asuntos que después suceden en la realidad, en el campo político... Sumisión parte de pensar qué pasaría si Francia fuera gobernada por musulmanes. En las elecciones de un año futuro, 2022, los musulmanes tienen una cantidad de personas en Francia y fuerza política suficiente para llegar al poder y lo logran. Estalla una guerra civil. Creo que es de gran actualidad, cuando Francia y Occidente viven en el dilema de su relación con los islámicos. Además, tiene grandes cualidades literarias.

Recuerdo una enciclopedia que recibí. Una colección de astronomía. El cosmos. No recuerdo el título, pero me marcó. Desde eso siempre me he sentido interesado por el misterio del cosmos. Por ese espacio desconocido. Me agradaba también lo visual. Bueno, y además la colección literaria Ariel Juvenil, que veía con libros sueltos. Aventuras de autores diversos, como El pirata, de Walter Scott; el Horla, de Guy de Maupassant; Robinson Crussoe, de Daniel Defoe...”

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Juan Álvarez
Escritor

“No es un libro que regalaría en sentido hipotético, sino el libro que estrictamente compro siempre que me lo cruzo usado, y que siempre regalo a la primera oportunidad que tengo. Hablo de La conjura de los necios (1980), de John Kennedy Toole, un libro cuyo protagonista, desde el delirio y el humor, construye la experiencia más divertida y profunda que haya leído sobre las grietas del capitalismo. Es el Quijote del siglo XX, y no lo digo yo y no exageran quienes lo sostienen.

Un libro importante que me regalaron cuando niño fue sin duda Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez. Ocurre que yo estudiaba en un colegio fundado en homenaje al poeta y Nobel español, y el libro era una especie de Biblia infantil que había que renovar año tras año. Con él pasé del amor al tedio y del tedio al fastidio. Lo conocía tanto que no tuve más remedio que construir frente él la experiencia fundamental que luego habría de construir frente a mi propia escritura: el apego sin sentido; el desapego por sentido común”.

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Ramón Illán Bacca
Escritor

“Daré La hoguera lame mi piel con cariño de perro, de Adelaida Fernández Ochoa. Es una novela escrita a partir del personaje de la esclava de la María, de Jorge Isaacs. Y Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, que me ha entusiasmado tanto. ¡Lo he leído como cuatro veces! No soy un borracho, pero el autor me hace sentir lo que es ser un borracho.

Recuerdo especialmente una saga de libros que me dieron cuando era niño: Juan Cristóbal, de Romain Rolland, un francés idealista, Premio Nobel de 1915.

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Héctor Abad Faciolince
Escritor

“Regalaría cualquiera de los 11 libros finalistas del Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana, de Eafit. Es una Selección Colombia literaria del año 2015.

De niño me regalaron una versión abreviada de Las mil y una noches. Desde eso supe que si uno cuenta bien un cuento, se salva de la muerte”.

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Mauricio Bonnett
Escritor

“Mucha agua ha pasado bajo el puente desde que recibí mi primer libro, con más desaliento que entusiasmo, una Navidad tan remota que apenas la recuerdo. Me gustaría afirmar, como lo hacen la mayoría de los escritores, que el libro fue Moby Dick o Las mil y una noches o incluso Madame Bovary, y que apenas terminé el primer párrafo supe que mi destino sería literario, pero nada sería más falso.

El libro llevaba el poco promisorio título de Buen trabajo Siete Secretos que, para empezar, se me antojó enrevesado y absurdo. ¿Cómo puede un secreto -y menos siete de ellos- hacer un buen trabajo? Cuando por fin lo leí, meses después, me enteré de que Siete Secretos era el nombre que de una sociedad secreta formada por un grupo de niños para investigar los misterios de su vecindario.

Lo único positivo de aquel regalo, pensé en aquel momento, era que mis padres habían decidido que ya era lo suficientemente maduro como para leer un texto largo y sin muchas ilustraciones, pero ese consuelo era apenas una limosna si lo comparaba con los tesoros perdidos de la lista de encargos que le había hecho al niño Dios.

Desde ese entonces empecé a desconfiar de la Navidad y, con el tiempo, logré detestarla. Ya hace muchos años que no la celebro y, como Scrooge, el personaje de Dickens, me enorgullezco de mi aversión por su cursilería y su estética deleznable. Sin embargo, este año estaré obligado a celebrarla otra vez porque vienen a visitarme un amigo escritor y su adorable esposa quienes, hace seis años, tuvieron a mal reproducirse. Para mi desconcierto, la criatura resultó simpática y hasta me llama padrino sin que yo lo sea.

La tentación fue regalarle una copia de Buen trabajo, Siete Secretos para ver en su cara inocente el reflejo de mi antiguo desconcierto, pero me pareció un acto innecesario de crueldad y en cambio le regalaré todo tipo de adminículos relacionados con Pokemón. Sin embargo, Marcela, mi mujer, que es sabia y no se deja derrotar de tan fácilmente, consiguió un enorme ‘anuario de actividades’ en el que, cada día del año, Joaquín -así se llama el niño- podrá estudiar una famosa obra de arte, ya sea reproduciéndola, coloreando sus contornos o encontrando los objetos que adornan la composición. Moñona.

En vista de mi derrota, no me quedó más remedio que dirigir mis esfuerzos al padre, a quien le daré un libro que me gustaría que me regalaran a mí, El curso de literatura europea de Nabokov. Mi consuelo es que si Joaquín algún día se hace escritor, pueda decir que el primer libro que leyó fue el que le regalé a su papá y no algo tan pendejo como Buen trabajo Siete Secretos”.

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Antonio García
Escritor

“Pienso regalar la poesía reunida de Piedad Bonnett.

Recuerdo que recibí de regalo Destinitos fatales y Que viva la música, cuando yo estaba en 9° en el colegio Berchmans, el mismo donde estudió el autor, Andrés Caicedo. Siempre acostumbrado a paisajes extranjeros, como cuando leía a Sandokán, era la primera vez que veía lugares y calles familiares para mí”.

John Saldarriaga Londoño

Envigadeño dedicado a la escritura de periodismo narrativo y literatura. Libros de cuentos: Al filo de la realidad y El alma de las cosas. Periodismo: Contra el viento del olvido, en coautoría con William Ospina y Rubén López; Crónicas de humo, El Arca de Noé, y Vida y milagros. Novelas: Gema, la nieve y el batracio, El fiscal Rosado, y El fiscal Rosado y la extraña muerte del actor dramático. Fábulas: Las fábulas de Alí Pato. Premio de la Sociedad Interamericana de Prensa.

Mónica Quintero Restrepo

Es periodista porque le gusta escribir. A veces intenta con la ficción, y hasta con los poemas, y entonces se llama Camila Avril. Le gusta la literatura, el arte y contar historias. Es periodista de Cultura y editora de Tendencias. Un día estudió Hermenéutica Literaria.

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