Veinticuatro horas antes de que Óscar Figueroa conquistase el oro en los Olímpicos, estaba 400 gramos arriba del peso límite de la división de los 62 kg. Tras pasar por un sauna y consumir una muy liviana ración de alimentos, subió al sexto piso del edificio 29 que ocupaba Colombia en la Villa Deportiva de Río de Janeiro y sin mediar palabra con quienes compartía la habitación 603, se encerró y se acostó.
Con los primeros rayos del sol, Oswaldo Pinilla, el entrenador que le dio el toque a la carrera del deportista, pasó por la pieza de Figueroa para cumplir con el ritual del control al peso. Había tensión, era mucha la responsabilidad que recaía sobre él en el manejo del haltero. Igual, el levantador sentía la presión de ser favorito.