Los abismos a lado y lado de la vía eran una verdadera tortura en el camino hacia Santa Fe de Antioquia hace unos años atrás. Las largas horas en la carretera para transitar apenas los 58 kilómetros que separan a Medellín de esta localidad en el Occidente antioqueño eran el resultado de camiones atascados en las estrechas curvas y tramos en los que apenas sí cabía un solo vehículo. Era todo un tedio soportar la subida al Alto de Boquerón, aquel en el que se erigía la famosa cajetilla de cigarrillos, que para muchos era como la meta volante que poco a poco se iba alcanzando.
Y ni qué decir del tránsito por el temido Cañón de Llorona, entre Mutatá y Dabeiba, un tramo de 10 kilómetros que era el terror de los conductores. Allí, muchas veces obligados por el mal estado de la vía e intentando esquivar los huecos se arrimaban tanto al borde de la carretera que la calzada cedía y los vehículos caían al abismo. Miles de muertos en aparatosos accidentes de tránsito se lloraron en ese punto de la geografía antioqueña, que también estuvo bajo el terror de los grupos armados ilegales.
El salto a la revolución
Los trazos para superar todo ese atraso en carreteras, que marginaban a Antioquia de la competitividad, comenzaron a pintarse en la década de los 90, pero el álgido conflicto armado que golpeaba al país, y específicamente al departamento, hacían lejana su viabilidad. Eran otras las prioridades, así el desarrollo de la infraestructura fuera una punta de lanza para el desarrollo.
Pero el empeño era tal y la necesidad de superar, por ejemplo, viajes de más de 18 horas para llegar a Urabá desde Medellín, impulsaron la génesis de las 4G que ya hoy son una realidad en Antioquia y que disminuirán los tiempos de viaje en casi todos los trayectos que se construyen entre un 40% y 60%.
Esta es la revolución en la infraestructura, como la denomina la ministra de Transporte Ángela Orozco, cada que se refiere a lo que ha significado dejar atrás carreteras de una calzada, con bajas especificaciones, en las que solo se podía transitar a 30 o 40 kilómetros, para dar paso a vías en doble calzada, viaductos y túneles modernos que atraviesan la compleja geografía montañosa y que permiten velocidades de hasta 80 kilómetros. Al gobierno de Iván Duque le correspondió destrabar buena parte de esos proyectos, que al inicio de su mandato estaban en un 26% de ejecución.
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