La Cumbre de Cambio Climático que termina este viernes en Cancún, México, pasará como otra de tantas reuniones mundiales con más sombras que luces sobre la voluntad política que asiste a las grandes potencias para revertir un hecho evidente y devastador: el calentamiento global.
No obstante la enorme importancia que tiene el debate entre quienes aseguran que la situación climática y el aumento de temperaturas en buena parte del Planeta es algo normal, y quienes advierten con evidencia científica que el cambio climático amenaza la estabilidad global, las grandes potencias, que son los grandes emisores de gases de efecto invernadero, siguen usando el tema como elemento de negociación, no de consenso.
¿Tendría alguna explicación razonable, salvo intereses políticos y posiciones dominantes, que en esta Cumbre de Cancún no se hiciera presente ninguno de los grandes líderes, tal como pasó en la pasada reunión de Copenhague?
Por supuesto que no. Tal vez, como ha pasado con Estados Unidos y Rusia, ahora China e India pretendan usar las mismas estrategias de dilatar en el tiempo la firma de un compromiso vinculante y exigente para reducir las emisiones de carbono.
Las pasadas Cumbres de Río, en el 92, y de Kyoto, en el 98, salvo la incorporación de los llamados países emergentes como grandes emisores de gases de efecto invernadero, no lograron crear el ambiente necesario para que las naciones industrializadas firmaran compromisos serios en torno a la reducción de la contaminación por uso de energías fósiles, como el petróleo, y la deforestación.
Pese a que la Unión Europea adoptó mecanismos unilaterales para reducir las emisiones contaminantes y usar energías limpias, la falta de compromiso de Estados Unidos, Rusia, China e India erosionó la confianza europea y se rompió el acuerdo. De ahí que el ambiente en Cancún sea de pesimismo e incertidumbre por lo que pueda pasar después de 2012, cuando vence el primer período del Protocolo de Kyoto.
Las evidencias de que el cambio climático afectará definitivamente la composición geopolítica mundial están sustentadas en las dramáticas imágenes de las inundaciones en una parte del Planeta, y los incendios, las nevadas y las sequías, en la otra. El desolador panorama invernal en Colombia es clara muestra del desorden climático que enfrentamos y que nos acompañará durante décadas.
A la Cumbre de Cancún solo le queda salvar los trastos y conseguir reglamentar el fondo de 100 mil millones de dólares que se aprobó en Copenhague, pero del que no se ha girado ni un centavo a los países que ya sufren los rigores del cambio climático.
Es urgente lograr un acuerdo preliminar para reducir la deforestación y evitar que los llamados servicios ambientales, que son una especie de recompensa para quienes, como Colombia, aún conservan grandes extensiones de selva, sean una patente de corso para que las grandes potencias sigan contaminando. No son muchas las posibilidades de lograrlo. Las sombras de la insensatez y de los intereses creados se posaron sobre Cancún.
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