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DESOBEDIENCIA CIVIL

  • DIEGO ARISTIZÁBAL | DIEGO ARISTIZÁBAL
    DIEGO ARISTIZÁBAL | DIEGO ARISTIZÁBAL
25 de julio de 2012
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Cuánta vigencia tiene hoy ese ensayo que publicó en 1849 Henry Thoreau titulado: “Sobre la desobediencia civil”. A pesar de que las ideas expresadas en este texto reprochaban un estado norteamericano tirano que obligaba a los ciudadanos a renunciar a su libertad y obedecer leyes injustas, hay algo que no pierde vigencia: la interpretación que a veces le damos a la obediencia, la cual no siempre puede considerarse una virtud.

Hemos premiado tanto la obediencia (la exige la Iglesia, el Ejército, cada institución radical) que hemos llegado a puntos que acaban con nuevas interpretaciones, reprochan al otro que no piensa igual. Así la desobediencia pueda conducir a la pérdida de la libertad, como le ocurrió al propio Thoreau apenas se negó a pagar sus impuestos porque estos estaban contribuyendo al fortalecimiento de la guerra y la esclavitud, también puede enseñarles a los hombres que la verdadera libertad consiste en reconocer la autonomía, entender la voluntad hasta el punto de no prestarse para el mal que se condena.

Este proceso, nada fácil en un país de obedientes, debería llevarnos de la mano de este libertario a pensar que la única obligación que tengo como hombre es la de asumir y hacer en cualquier momento lo que considero correcto. Y lo correcto, no necesariamente está respaldado a través de la mayoría.

Aquí la clave es desarrollar esa conciencia en las personas, entender para qué sirve la autonomía, la responsabilidad de cada individuo ante los demás. En una sociedad cuya minoría de edad se refleja en el comportamiento de tantas personas adultas, siempre termina por surgir la imposición, la supuesta certeza de que castigando se aprende. Por eso aparecen las cámaras para vigilar, las reformas y las leyes coercitivas.

“Pienso que primero debemos ser hombres, y súbditos después”, dice Thoreau. Lo que pasa en nuestro país es que permanentemente hacemos cosas que van en contra de nuestra voluntad. No todos los soldados, por ejemplo, van a la guerra porque les interesa defender su Patria, muchos ingresaron al Ejército o a la Policía porque apenas terminaron el bachillerato vieron que seguir sus estudios en una universidad no era posible y la vida laboral era limitada. Estos soldados entonces van a la guerra no necesariamente porque detrás de ellos exista un fervor y una entrega hacia el país, van a la guerra porque no tienen otra opción. Defienden el mismo Estado que hizo que ellos terminaran en una confrontación.

La esperanza, si se quiere, está en lo siguiente: “No importa qué tan pequeño parezca ser el comienzo: lo que se hace bien de una vez se hace para siempre”, el problema es que a veces uno siente que en Colombia las cosas se hicieron mal desde el comienzo. El asunto es que no podemos esperar que el cambio se dé desde el Estado, es necesario desobedecer si detrás de esto hay un cambio representativo en la madurez del hombre.

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