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Liderazgo frustrado

  • Alberto Velásquez Martínez | Alberto Velásquez Martínez
    Alberto Velásquez Martínez | Alberto Velásquez Martínez
03 de agosto de 2010
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Habla claro Moisés Naim. Un ex ministro venezolano, experto en política internacional y considerado el latinoamericano más influyente en los poderes de Washington. No tiene pelos en la lengua para calificar sin alegorías ni lisonjas las gestiones, las personas y los actores de la política exterior.

En recientes declaraciones, Naim desmitificó a Lula da Silva. Lo retrató de cuerpo entero, tal cual, sin retoques extravagantes o atributos maximizados. Lo pintó con exactitud en su estatura real.

Lula no fue capaz de ejercer un liderazgo moral en América Latina, presidiendo un país gigante en su territorio, gigante en su economía, gigante en su población. Se esperaba de Lula, según Naim, una mayor defensa de la democracia. Se confiaba en que daría apoyo a quienes luchan "contra los gobiernos abusivos de Nicaragua, Ecuador o Argentina". Ha guardado mutismo "sobre las transgresiones a la democracia en Venezuela y sobre el embargo que Chávez unilateralmente declaró a Colombia". Por el contrario, agrega Naim, "ha visto impasible cómo las empresas brasileñas reemplazan a los exportadores colombianos en el mercado venezolano". Sí. No le ve ética a la competencia económica. Parece más bien un neoliberal irredomable que un aspirante a ingresar al club de la social democracia.

Pero la descripción del conferencista internacional no se queda allí sobre el personaje que se ha magnificado en exceso. Lula, según Naim, "sigue aplaudiendo a los Castro, como si fueran paladines de la libertad, sabiendo muy bien que si hubiese sido cubano, durante su época de líder político, los Castro lo hubiesen mandado a una mazmorra". Y no tiene problema alguno "en declararse admirador de Ahmadineyad, un presidente que tiene sangre de inocentes en sus manos y que está asesinando a sus opositores".

Colombia acaba de registrar estas actitudes complacientes de Lula, con los agresores a países amigos. Los recientes hechos de las denuncias colombianas, tanto en el seno de la incompetente OEA, como de la inoficiosa Unasur, evidencian que le sigue haciendo el juego a su compadre Chávez. Cree que el conflicto es una simple animadversión recíproca entre Chávez y Uribe. Lo reduce a antipatías personales. Uribe le aclaró que era un problema de seguridad continental, puesta en peligro por la complicidad del mandatario venezolano con la subversión colombiana.

La voz del presidente brasilero no se ha dejado sentir en momentos cruciales en donde su palabra podría ser guía para defender los derechos de la razón y de la justicia. Le quedó grande la grandeza, diría algún pensador colombiano. Quiere jugar con su país en las grandes ligas, haciendo esfuerzos por quedar en el club del desarrollo, en vez de ejercer ese liderazgo moral y político en América, que lo revestiría de ser el auténtico portavoz de las naciones que van desde el Río Grande a la Patagonia.

Lula prefiere formar un eje con Chávez. Su izquierdismo le hace perder la imparcialidad para ser la cabeza de Latinoamérica. Mira, y quizá alienta con su indiferencia o apoyo disimulado, las confrontaciones del venezolano con el presidente colombiano. Con sus dobles mensajes -zanahoria y garrote- estimula los argumentos para soliviantar la pugnacidad chavista. Al fin y al cabo, Lula no es ningún estadista. Proviene de contestatarias organizaciones de izquierda sindical. No entiende -al mostrar simpatía por el gruñón de Chávez- que de los puños no pueden brotar las ideas.

Lula, al dejar pronto la presidencia, desaprovechó el poder que le dio el país más grande de América, para haberse constituido en un líder político y moral de la región.

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