Siempre, en las grandes cadenas mafiosas, en sus sistemas, en sus redes, en sus estructuras internas hay un jefe, un gran jefe que pone orden y mantiene a raya el aparato militar del que dispone esa organización para "depurarse" internamente o para reaccionar a factores externos que amenazan el funcionamiento del circuito económico criminal que es el narcotráfico.
Medellín y el Valle de Aburrá tuvieron dos conocidos "jefes de jefes" que controlaron casi el cien por ciento de bandas y grupos criminales de la ciudad: Pablo Emilio Escobar Gaviria, alias el Doctor, y Diego Fernando Murillo Bejarano, alias Don Berna. Ambos, además de operar como autoridades máximas del hampa (incluso con atributos de figuras paternales y modelos de éxito), tuvieron una participación activa en el negocio mismo del tráfico de cocaína.
Eran no solo "amos y señores" de los barrios sino que disponían de inmensas fortunas derivadas, según las autoridades, de "estar apuntados" todo el tiempo en envíos de droga a E.U. y Europa.
Pablo siempre ejerció ese doble rol (capo de sicarios y capo de traquetos) y Berna lo aprendió mientras pasaba de alfil a rey, cuidando con su 'Oficina' la seguridad interna y externa de los clanes mafiosos de este valle tan dinámico para ciertas empresas ilícitas.
Esa figura del "patrón" se encarga de mantener sincronizadas las oficinas de sicarios para atacar o eliminar a cualquier miembro incómodo del "aparato narco" o a quien desde la justicia o el gobierno pretenda actuar contra la cúpula del organigrama mafioso y sus extensiones de corrupción e infiltración en los organismos de seguridad, las cortes, el Congreso, el Gobierno y los partidos políticos. Incluso, a veces, dentro del "empresariado tradicional lícito".
Dicha figura, instrumentalizada, sirve a otras hibridaciones que resultan de las necesidades mutuas de control y poder de algunas células, tejidos y miembros del aparato mafioso y del aparato oficial.
Parece cuento, parece mito, parece abstracción, pero tiene sentido. Más, incluso, si nos preguntamos qué pasa hoy en lo más alto de esa superestructura mafiosa, para que los barrios de la periferia estén convertidos en territorio de anarquía, guerras y guerritas.
También hay que preguntar por qué el Estado es tan diligente y tiene tanta capacidad de respuesta para actuar contra esos "combos", pero es tan pobre, lento y limitado para golpear en la cima de la pirámide. En esencia, por qué tanta rapidez para curar los brotes de la enfermedad (el sarpullido, el "carranchil"), pero por qué acusa siempre falta de ojo clínico para ubicar y combatir a los agentes transmisores de la infección prolongada de violencia y armas que sufre el Valle de Aburrá.
Según un profesor de economía que me escribió hace poco, dada la ilegalidad de la droga, los narcos por supuesto no pueden usar el sistema judicial para hacer cumplir sus reglas de juego. Su interrelación es un problema del más fuerte. Aplican lo que en economía se llama anarquía. Los narcos deben ganar o hacer respetar sus cuotas de mercado a partir de garantizarse "reputación criminal", en un juego de coordinación mercantil en el que la violencia es usada como mecanismo entre sus estructuras para que sus miembros no se pasen a la empresa enemiga ni denuncien sus actividades.
Serviría mucho que mientras combaten a las bandas, las autoridades digan quiénes son los nuevos "jefes de jefes" y qué hacen ellas contra los "padrinos" de esa anarquía brutal que Medellín sufre hoy.
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