El episodio conmovió a millones de personas que lo vieron en sus televisores. Ocurrió durante la visita a una escuela de Washington de la primera dama de Estados Unidos, Michelle Obama, en compañía de la de México, Margarita Zavala, uno de los eventos de la visita del presidente mexicano Felipe Calderón a la capital de EE. UU. La visita coincidió con una semana de protestas callejeras contra las leyes de inmigración y con enfrentamientos entre policías y manifestantes en Nueva York y en Washington.
En la escuela, Michelle Obama pidió hablar con los estudiantes. Los niños, sentados en el piso, hicieron una rueda a su alrededor. Una niña de siete años, de origen hispano, hizo la primera pregunta, con el miedo pintado en su carita y un inglés vacilante. "Mi madre dice? creo que dice que Barack Obama va a llevarse a todos los que no tienen papeles". Michelle Obama respondió: "Sí, eso es algo en lo que tenemos que trabajar para asegurar que la gente pueda estar aquí con los papeles adecuados". Entonces la niña dijo: "Mi mamá no tiene papeles". Un poco sorprendida, la primera dama respondió: "Sí, de eso se trata. Tenemos que arreglarlo. Y todos tienen que trabajar juntos en el Congreso para asegurar que eso pase?".
La niña no dijo números, pero su pregunta y su miedo son la expresión de la zozobra en que viven en EE. UU. unos 12 millones de inmigrantes. Nueve de ellos son de origen hispano: mexicanos, colombianos, dominicanos, guatemaltecos, hondureños, panameños, ecuatorianos. Sólo 3 millones tienen sus documentos en regla. El año pasado 388 mil fueron deportados.
Cuando acabó la conversación, varios periodistas mostraron su temor por la suerte de la niña hispana que, sin proponérselo, reveló en público la situación ilegal de su madre. Un líder de una organización defensora de los derechos civiles dijo a los reporteros que "niños de segundo grado no deberían vivir atemorizados porque sus madres vayan a ser deportadas". En respuesta, el jefe de Escuelas Públicas del Condado dijo que "la niña seguirá asistiendo a la escuela y recibirá educación de alta calidad". Después aclaró que las leyes de Washington aún prohíben verificar el estatus migratorio de los estudiantes.
Leí la información y respiré con alivio, pero pensé: no sucede lo mismo en Arizona, donde el gobierno inició una cruzada contra los hispanos que obliga a los policías a detener a cualquier persona que parezca un indocumentado. Entre las apariencias validadas por la ley están los rasgos físicos y raciales, el idioma y el color de la piel. La semana pasada, además, la gobernadora del estado promulgó otra ley de odio racial que prohíbe la enseñanza de estudios étnicos en las escuelas públicas.
También pensé en Texas, donde la Junta de Educación del estado ha empezado a modificar los textos escolares de historia, para quitar de ellos el "enfoque liberal" e implantar una visión más "cristiana". La Junta busca suprimir en los textos la mención de algunos héroes nacionales como Thomas Jefferson a favor de figuras como el líder de la cruzada anticomunista de la postguerra Joseph Mccarthy, y destacar el aporte de los estados esclavistas del sur a la sociedad estadounidense, al mismo tiempo que se reducen las menciones de las figuras históricas de la minoría hispana.
Y pensar que todo esto sucede en un país como EE. UU. edificado en buena parte sobre tierras arrebatadas a los indios americanos y a los hacendados y campesinos mexicanos. Que lo digan las palabras, que son un depósito de la memoria irrefutable. Cuando uno repasa el mapa de muchos estados de la Unión situados en el sur, los que EE. UU. invadió y se anexó en la guerra contra México en el siglo XIX, encuentra nombres hispanos por todas partes: California, Los Ángeles, San Francisco, San Diego, Colorado, Nevada, San Antonio, Santa Fe, Florida. Antes de la invasión a México, Texas se llamaba Tejas. New Mexico se llamaba Nuevo Méjico. Había tantos pobladores mejicanos en esos territorios, que en el tratado que puso fin a la guerra se fijó una cláusula por la cual el gobierno de EE. UU. reconocía como lenguas oficiales la española y la inglesa y se comprometía a mantener los dos idiomas en las escuelas y en las oficinas públicas. Ironías del destino: ahora los mexicanos que habitan esos estados son considerados extranjeros. Y si no tienen papeles, como la madre de la niña que habló con Michelle Obama, son deportados como criminales. Como decía el presidente Porfirio Díaz: ¡Pobre de México! ¡Tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos!
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