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HISTÓRICO
Petro: populismo Capital
  • Editorial_640_26102012 | ILUSTRACIÓN MORPHART
    Editorial_640_26102012 | ILUSTRACIÓN MORPHART
EL COLOMBIANO | Publicado el 25 de octubre de 2012

El Alcalde de Bogotá, Gustavo Petro , no sólo es el mandatario de quienes lo eligieron, sino de toda la ciudad. Y el país en general depende mucho de lo que suceda en su Capital, para bien o para mal.

De ahí que las preocupaciones, y no pocas diferencias, por la forma en que el mandatario viene dirigiendo los destinos de Bogotá generen tantos interrogantes e incertidumbres.

Lo cierto es que en estos primeros 10 meses de mandato, los bogotanos no sólo se han mantenido bajo el discurso populista y demagógico de su Alcalde, sino que no sienten que los esté gobernando.

Por lo menos no en los temas urgentes que demandan sus acciones, entre ellas los asociados a la movilidad, la salud, la seguridad, y ahora con los servicios públicos, específicamente el de las basuras.

Petro ha dedicado buena parte de su gestión a pelear con todo el mundo, a mirar por el retrovisor, a desestimar las recomendaciones de sus adversarios, a desafiar a los organismos de control y hasta sugerir, al mejor estilo chavista, que hay un complot contra él y su proyecto de ciudad.

Ni más faltaba. No es posible guardar silencio frente a los despropósitos del burgomaestre capitalino. Una ciudad como Bogotá no puede ser manejada con revanchismos ni menos con arrogancia y displicencia.

Hacer responsables de la debacle que vive la capital a todos los que piensan distinto al Alcalde, o justificar el caos en que se encuentra la urbe a malos manejos de sus antecesores puede resultar una buena estrategia mediática, pero no una buena política pública de quien logró elegirse, precisamente, para resolver los problemas, no para aumentarlos.

Es cierto, y merecido el elogio, que Petro hable tan bien del sistema de servicios públicos de Medellín y ponga a EPM como un ejemplo de eficiencia y transparencia, al plantear un modelo exitoso que él quiere replicar en Bogotá.

La diferencia es que EPM es el resultado de décadas de trabajo en equipo, de buen gobierno corporativo, de independencia ante los apetitos de la politiquería y, en especial, de buena gerencia. Y eso es, con respeto, lo que parece no estar sucediendo en Bogotá.

El tema del agua y los pleitos con Cundinamarca, los vaivenes y desencuentros con el Gobierno sobre transporte público masivo, vivienda gratis; y ahora con los privados con las basuras, no parecen ser hechos aislados.

La improvisación, el afán, y el desconocimiento de las normas que regulan la prestación de los servicios públicos domiciliarios que, entre otras cosas, defienden la libre competencia, atentan contra el desarrollo y la competitividad de la Capital y, por ende, de la del país.

El Distrito puede y tiene derecho a entrar en el negocio de las basuras, pero no de forma exclusiva, y menos aprovecharse de una de sus entidades, la Empresa de Acueducto, para poner contra las cuerdas a los privados por el tema de la facturación, que hoy se hace a través de esa entidad distrital.

La Superservicios debe entrar a resolver este vacío jurídico respecto de si la EAAB puede negarse a facturar el servicio de aseo en manos privadas.

El Distrito ha sugerido que tomará posesión de los vehículos de esos operadores, lo que no sólo es arbitrario, sino que constituye una "expropiación" al mejor estilo del régimen venezolano, que parece tener muy buena acogida en el Palacio Liévano.

Una ciudad, cualquiera que sea, no puede gobernarse a la sazón de los sentimientos ni las animadversiones. Tampoco de espaldas de la ciudadanía ni menos por la vía de los chantajes. Es hora de que las fuerzas políticas del país, cuya división interna allanó la elección de Petro, recuperen su liderazgo para salvar a Bogotá. Esa es su responsabilidad. Lo demás también es demagogia.