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Alejandro Castro, sobrino de Fidel, negociaría con la CIA una “salida controlada” del régimen cubano

Alejandro Castro, hijo de Raúl Castro, aparece como una figura de seguridad sin cargo público visible, pero con acceso al poder cubano para negociar con Estados Unidos.

  • Alejandro Castro, sobrino de Fidel Castro. Foto: AFP
    Alejandro Castro, sobrino de Fidel Castro. Foto: AFP
hace 2 horas
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Mientras La Habana niega un “diálogo bilateral establecido” y habla apenas de “intercambios de mensajes”, el diario español ABC sostiene que el coronel Alejandro Castro Espín —hijo de Raúl Castro y sobrino de Fidel— estaría al frente de contactos discretos con agentes de la CIA en Ciudad de México, con mediación de funcionarios del gobierno de Claudia Sheinbaum.

La tesis de ABC es que Alejandro Castro estaría liderando una negociación para evitar un colapso del régimen a cambio de concesiones económicas y cooperación en seguridad.

Según ese periódico, la capital mexicana habría servido como punto de encuentro para conversaciones orientadas a garantizar una salida controlada: apertura a inversión estadounidense en sectores estratégicos (energía, banca, turismo, telecomunicaciones) y, como gesto inmediato, la venta de petróleo estadounidense a Cuba en volúmenes citados entre 100.000 y 150.000 barriles diarios para amortiguar la crisis energética y los apagones.

En esa arquitectura, el nombre que aparece como bisagra es Alejandro Castro Espín: figura de seguridad sin cargo público visible, pero con acceso al poder cubano.

En paralelo, portales web de la isla como Cubita Now, Diario de Cuba y Periódico Cubano, recogen lo dicho por ABC y agregan que el vicecanciller cubano Carlos Fernández de Cossío insiste en que no existe mesa formal, aunque reconoce contactos por mensajes, pero niega un “diálogo establecido”.

Castro Espín, hijo de Raúl y Vilma Espín, mantiene un trabajo discreto en el gobierno de Miguel Díaz-Canel, quien tomó el cargo de presidente en 2019 tras dejar el poder público Raúl Castro.

Y, precisamente por ese apellido, su figura carga con una particularidad: puede moverse sin micrófonos, sin cargo electoral, sin tribunas, pero con acceso. Diversas fuentes lo ubican en el Ministerio del Interior (MININT) y lo describen como un cuadro de inteligencia y contrainteligencia.

En ese mismo terreno, algunos lo presentan con rango de coronel, otros lo describen como general de brigada del MININT. Su peso no depende del uniforme, sino de la confianza.

Por eso, cuando se habla de Alejandro Castro Espín, muchas miradas lo cuentan como el “hombre de confianza” del gobierno. Su ascenso se interpreta como una réplica de la dinámica que marcó al castrismo durante décadas: así como su padre Raúl Castro fue, para Fidel, el ejecutor silencioso y el garante del sistema de seguridad, Alejandro aparece retratado en perfiles periodísticos como los ojos y oídos de su padre en el engranaje interno. Y alrededor de él, su hermana Mariela Castro, que en el gobierno se encarga de las agendas sociales y debates públicos.

¿Quién sería la contraparte por EE. UU.?

Los textos que recogen el contenido de ABC mencionan a Ronald D. Johnson, embajador de EE. UU. en México, como pieza relevante del entorno diplomático en Ciudad de México. Johnson fue confirmado por el Senado en 2025 y es descrito por fuentes públicas como exoficial de inteligencia (con trayectoria vinculada a la CIA), lo que lo hace clave en este proceso.

Johnson inició su trayectoria en la CIA como oficial de operaciones y posteriormente fue jefe de estación y enlace con gobiernos aliados.

Lo más relevante de esta historia no es solo el presunto canal con la CIA, sino por qué Alejandro Castro Espín sería útil para ese tipo de conversaciones: no representa la “fachada” civil del Estado, sino el núcleo militar de seguridad y la inteligencia estatal cubana que realmente garantiza continuidad, lo que le permite trabajar en la sombra.

Los aliados de Alejandro Castro

En el mapa del poder cubano, los perfiles que circulan en análisis especializados lo conectan con el general Álvaro López Miera, ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, FAR, desde 2021 y parte del núcleo duro de seguridad del régimen cubano, quien hace parte de las sanciones del Departamento del Tesoro a través de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC).

Junto a él, su bisagra institucional para cualquier asunto que esté negociando es Esteban Lazo Hernández, presidente de la Asamblea Nacional y del Consejo de Estado, señalado como figura que conecta estructura formal y decisiones de cúpula.

La línea ideológica operativa con la que conectan a Alejandro Castro es la del Ministerio del Interior, que recoge la inteligencia estatal y toda la unidad militar a través de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), Policía Nacional Revolucionaria (PNR), creada el 5 de enero de 1959, y el Departamento de Investigaciones del Ejército Rebelde (DIER).

En esa entidad aparece el nombre del coronel Abel González Santamaría, descrito en distintas fuentes como asesor cercano y “duro” doctrinario, con experiencia en diálogos de cooperación policial con EE. UU.

Si el canal descrito por ABC existe, su lógica es clara: Washington hablaría con quien puede cumplir (seguridad, inteligencia, economía real) y La Habana enviaría a un interlocutor que negocia sin comprometer oficialmente al régimen.

Las necesidades cubanas

Osniel Carmona Breijo es un periodista independiente cubano que llegó al oficio por un camino poco convencional y, precisamente por eso, muy revelador del clima en el que se ejerce el periodismo en la isla.

Carmona vive en una misma casa con cuatro generaciones. En su hogar conviven su abuela, sus padres, él con su esposa y sus hijos, y además su hermano con su esposa. Como él mismo lo dice: “la familia vive haciendo malabares para sostener lo básico en medio de la crisis”.

Eso queda evidenciado, dice, con el caso de su madre, quien es funcionaria del Ministerio de Educación gana cerca de 10.000 pesos al mes, unos 20 dólares aproximadamente.

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De formación es sociólogo sin graduarse, por eso dice que el periodismo apareció más bien empujado por amigos que lo conectaron con capacitaciones de organizaciones internacionales en estándares profesionales, géneros, investigación y multimedia.

Desde entonces, ha trabajado casi siempre como colaborador freelance en plataformas independientes. Hoy firma y colabora con medios como CubaNet y Diario de Cuba, donde suele enfocarse en temas sociales y en la vida cotidiana atravesada por la crisis. También en otros espacios fuera del país.

“El desayuno dejó de ser una rutina para muchas familias”

Carmona relata que mientras se habla de supuestos acercamientos entre Cuba y EE. UU., la isla atraviesa una crisis sin precedentes: los servicios más básicos —salud, educación, transporte— funcionan a medias o directamente no funcionan.

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La vida cotidiana se ha vuelto, relata, un ejercicio de resistencia: la inflación se comió el bolsillo y la sensación generalizada es la de un país que opera en modo emergencia, con censura, restricciones y un clima de derechos cada vez más frágil.

En plata blanca, las cifras que circulan en la calle son demoledoras: el costo de vida se calcula por encima de los 30.000 pesos cubanos (60 dólares) por persona, mientras el salario medio ronda los 4.000 pesos (8 dólares). Con el dólar cerca de 480 pesos, eso se traduce en menos de 10 dólares al mes para la mayoría.

“Un litro de aceite puede costar alrededor de 2 dólares, y un kilo de leche cerca de 3.000 pesos (6.30 dólares). Por eso desayunar dejó de ser una rutina para muchas familias, la prioridad es garantizar la comida de la tarde”, afirma el periodista; el resto se reemplaza con infusiones, agua azucarada y sustitutos improvisados.

A ese golpe económico se suma un país apagado. Los cortes de electricidad son diarios y, según su testimonio, en días recientes más del 60 % del territorio llegó a permanecer sin servicio, mientras el 40% restante enfrentaba apagones de más de ocho horas.

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En casas donde conviven tres y hasta cuatro generaciones, el hacinamiento se volvió normal: el fondo habitacional está en mínimos históricos, y la convivencia forzada se mezcla con la ansiedad de no saber si habrá luz, transporte o comida mañana.

La “inventiva” —esa palabra que en Cuba siempre ha servido para nombrar la supervivencia— ya no es un rasgo cultural: es la única manera de sostener la mesa. Su relato describe hospitales sin papel para una receta médica, como mínimo, y farmacias sin medicamentos; si alguien no puede pagar en el mercado negro, queda desprotegido totalmente.

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En hospitales, la precariedad también muerde: una neumonía que debería resolverse se complica por falta de insumos y tratamientos. En las escuelas, la fuga de docentes por los salarios dejó vacíos enormes: secundaria y niveles técnicos se hunden, y un estudiante puede pasar meses sin completar ni una semana real de clases. En ese cuadro, la represión y la manipulación de estadísticas, dice, operan como telón de fondo: menos datos, menos rendición de cuentas, más silencio.

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