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El Darién, el Mediterráneo y las tragedias humanitarias de 2021

Colombia tiene dos de las crisis humanas más marcadas del año. Un recorrido relatado por las víctimas.

  • Migrantes en El Darién. FOTO: Manuel Saldarriaga
    Migrantes en El Darién. FOTO: Manuel Saldarriaga
Publicado el 23 de diciembre de 2021

“Pasé de vivir en una casa de cemento en Venezuela a esta casa de madera en Tibú. Pasé de beber agua del grifo a recoger agua lluvia”, ese es el relato de Victoria, una colombiana de 70 años que retornó desde Venezuela para vivir en la región del Catatumbo, una zona en la que convergen parte de los 2.219 kilómetros de la frontera entre los dos países y que lleva décadas en conflicto.

Allá, entre la cordillera Oriental de Colombia y el Lago de Maracaibo, están presentes seis grupos armados al margen de la ley ◘–las disidencias del frente 33 de las extinta guerrilla de las Farc, Los Pelusos, el ELN, el Clan del Golfo, Los Rastrojos y hasta el Tren de Aragua. Las décadas de conflicto y los seis años de la migración venezolana sumaron para que en esa región convergiera una de las crisis humanitarias que trascendieron la pandemia en 2021.

La situación en el Catatumbo hace parte de la selección de las cinco tragedias humanitarias en el mundo hecha por la organización Médicos Sin Fronteras (MSF), en la que también está la emergencia en el Darién con el paso de migrantes haitianos, africanos y venezolanos provenientes de Suramérica, quienes persiguen el sueño de llegar al norte del continente.

Solo hasta octubre, más de 91.300 personas habían cruzado la selva de El Darién, un trayecto que sigue vivo en medio de los peligros de la selva que une a Colombia y Panamá, al sur con el centro del continente, y que sirve de puente para atravesar hasta Norteamérica.

Mediterráneo no da espera
Hay vicisitudes que trascienden la pandemia: comenzaron desde antes del covid-19, fueron silenciadas por la necesidad de atención a la salud pública y ahora, cuando el mundo busca abastecerse de vacunas, tienen un vacío de atención.

Unos 30.900 millones de dólares en fondos de ayuda humanitaria mundial están estancados y las solicitudes de financiación aumentaron 27% en el último año, según datos de un informe conjunto de MSF y el Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria.

De ahí que, en puntos críticos para la movilidad humana como el mar Meditérraneo, haya un vacío en atención: los barcos de traficantes de migrantes zarpan de Libia a Europa y algunos no logran llegar a su destino.

Kossi tiene 34 años, es de Togo (al occidente de África) y zarpó desde Libia para llegar a territorio europeo. La embarcación en la que iba fue rescatada en septiembre por un barco de rescate de MSF, el Geo Barents. “Siempre pienso en mi madre. Si llego a Europa y consigo un trabajo, será para ella”, promete.

Los refugiados siguen huyendo de los conflictos de Medio Oriente y África por vía marítima. En 2021, unas 1.225 personas han fallecido en esa zona y el número de víctimas de esa ruta mortífera desde que comenzó la emergencia humanitaria asciende, al menos, a las 22.825, según la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).

Esa organización alertó sobre el creciente número de niños no acompañados que intentan cruzar el océano. Debido a la pandemia, los países limitaron las operaciones de los barcos de rescate de migrantes, pero la necesidad de moverse fue una constante que se agravó por las condiciones de escasez y pobreza.

También en África, hay una emergencia humanitaria silenciosa que ha obligado a 355.000 personas a desplazarse desde 2017. Grupos yihadistas cercanos al Estado Islámico se enfrentan al Ejército de Mozambique en la región de Cabo Delgado, en confrontaciones que se agudizaron desde 2020 y que se libran en silencio. Esa es una zona rica en petróleo en la que la población civil queda en medio de la puja por recursos naturales y el control del territorio

Tragedias humanitarias trascienden el covid-19

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Lesion

“Pasé de vivir en una casa de cemento en Venezuela a esta casa de madera en Tibú. Pasé de beber agua del grifo a recoger agua lluvia”, ese es el relato de Victoria, una colombiana de 70 años que retornó desde Venezuela para vivir en la región del Catatumbo, una zona en la que convergen parte de los 2.219 kilómetros de la frontera entre los dos países y que lleva décadas en conflicto.

Allá, entre la cordillera Oriental de Colombia y el Lago de Maracaibo, están presentes seis grupos armados al margen de la ley ◘–las disidencias del frente 33 de las extinta guerrilla de las Farc, Los Pelusos, el ELN, el Clan del Golfo, Los Rastrojos y hasta el Tren de Aragua. Las décadas de conflicto y los seis años de la migración venezolana sumaron para que en esa región convergiera una de las crisis humanitarias que trascendieron la pandemia en 2021.

La situación en el Catatumbo hace parte de la selección de las cinco tragedias humanitarias en el mundo hecha por la organización Médicos Sin Fronteras (MSF), en la que también está la emergencia en el Darién con el paso de migrantes haitianos, africanos y venezolanos provenientes de Suramérica, quienes persiguen el sueño de llegar al norte del continente.

Solo hasta octubre, más de 91.300 personas habían cruzado la selva de El Darién, un trayecto que sigue vivo en medio de los peligros de la selva que une a Colombia y Panamá, al sur con el centro del continente, y que sirve de puente para atravesar hasta Norteamérica.

Mediterráneo no da espera

Hay vicisitudes que trascienden la pandemia: comenzaron desde antes del covid-19, fueron silenciadas por la necesidad de atención a la salud pública y ahora, cuando el mundo busca abastecerse de vacunas, tienen un vacío de atención.

Unos 30.900 millones de dólares en fondos de ayuda humanitaria mundial están estancados y las solicitudes de financiación aumentaron 27% en el último año, según datos de un informe conjunto de MSF y el Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria.

De ahí que, en puntos críticos para la movilidad humana como el mar Meditérraneo, haya un vacío en atención: los barcos de traficantes de migrantes zarpan de Libia a Europa y algunos no logran llegar a su destino.

Kossi tiene 34 años, es de Togo (al occidente de África) y zarpó desde Libia para llegar a territorio europeo. La embarcación en la que iba fue rescatada en septiembre por un barco de rescate de MSF, el Geo Barents. “Siempre pienso en mi madre. Si llego a Europa y consigo un trabajo, será para ella”, promete.

Los refugiados siguen huyendo de los conflictos de Medio Oriente y África por vía marítima. En 2021, unas 1.225 personas han fallecido en esa zona y el número de víctimas de esa ruta mortífera desde que comenzó la emergencia humanitaria asciende, al menos, a las 22.825, según la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).

Esa organización alertó sobre el creciente número de niños no acompañados que intentan cruzar el océano. Debido a la pandemia, los países limitaron las operaciones de los barcos de rescate de migrantes, pero la necesidad de moverse fue una constante que se agravó por las condiciones de escasez y pobreza.

También en África, hay una emergencia humanitaria silenciosa que ha obligado a 355.000 personas a desplazarse desde 2017. Grupos yihadistas cercanos al Estado Islámico se enfrentan al Ejército de Mozambique en la región de Cabo Delgado, en confrontaciones que se agudizaron desde 2020 y que se libran en silencio. Esa es una zona rica en petróleo en la que la población civil queda en medio de la puja por recursos naturales y el control del territorio

Contexto de la Noticia

Paréntesis entornos de crisis y salud

MSF destaca que hay un vacío en la atención de pacientes con diabetes que residen en contextos de pobreza y crisis humanitarias. Un estudio que publicó esa organización con la Universidad de Ginebra evidenció que existen insulinas que pueden almacenarse a temperatura ambiente hasta por cuatro semanas, favoreciendo el acceso al medicamento en zonas apartadas, pero el problema va más allá. Como lo relata Fatuma, una madre de dos niños con diabetes que vive en Kenia “con cada inyección los chicos necesitan comer. Si tuviera que inyectarles más seguido, ¿dónde conseguiría alimento?”.


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