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Hombres al agua, de Gilles Lellouche

  • Hombres al agua, de Gilles Lellouche
  • Hombres al agua, de Gilles Lellouche
Samuel Castro | Crítico de cine | Publicado el 08 de junio de 2019

Parece que fue hace una eternidad y apenas ha transcurrido una generación desde ese octubre de 1997 en que se estrenó The full monty, aquella comedia melancólica y encantadora que ponía a unos trabajadores británicos de una acería que se hallaban en plena huelga a conseguir plata para pagar sus deudas haciendo un aparatoso y magnífico striptease colectivo.

No tenían cómo ganarle a Titanic, pero su nominación como mejor película en los Óscar del año siguiente fue la demostración de lo hondo que había calado en los espectadores aquella hazaña cotidiana realizada por lo que, nos parecía, gente común y corriente.

Por eso resulta interesante esta especie de actualización del modelo, más de 20 años después, que hace Gilles Lellouche con la ayuda de algunos de los actores más valiosos del cine francés, como Mathieu Amalric o Guillaume Canet.

Si nos fijamos en este grupo de cuarentones que se juntan en un club de natación por la absurda posibilidad de ser el primer equipo de nado sincronizado masculino de Francia, encontraremos que las reivindicaciones sociales que buscaba la película inglesa se han atenuado pues Lellouche prefiere enfocarse en las nuevas preocupaciones del hombre promedio, o al menos en aquellas que tienen más prensa.

Por eso tenemos al hijo que no sabe qué hacer con su mamá ahora que sufre de Alzheimer y está olvidando su rostro, y al roquero viejo que no supo retirarse a tiempo y da más pena que lástima en sus enérgicas presentaciones en salones de bingo; al que sigue sin saber cómo relacionarse con una chica y al que se ha desconectado emocionalmente de su familia y necesita antidepresivos para poder vivir. Prácticamente están todos los tipos de crisis de los cuarenta, reunidos para que cada quien se identifique con el que tenga más a mano.

Es todo tan calculado para conmover que inevitablemente sospechamos de la intención de Hombres al agua, pero Lellouche esquiva la sospecha con buenos diálogos, con secuencias imaginativas (como el comienzo en el que habla de las constantes del universo) y con la exageración de ciertos elementos cómicos, que le funcionan muy bien gracias a su excelente reparto.

Por eso uno incluso disculpa la caída en el sentimentalismo más barato (que la entrenadora que renueva las pocas habilidades del equipo padezca una discapacidad física es un golpe bajo) y ciertos caminos inevitablemente predecibles.

Perdonamos a Lellouche una banda sonora mucho menos poderosa que la de The full monty, pues para compensar, la música original que compone Jon Brion es divertida y les suma mucho a las imágenes.

En resumen, aunque disfrutamos esta historia francesa y la recomendaremos para una tarde en que necesitemos sentirnos mejor, buscaremos más pronto que tarde a su predecesora, para recuperar esa sensación de originalidad y frescura que Hombres al agua solo consigue cuando estos buenos muchachos, hombres como usted o como yo, llevan puesto el vestido de baño.

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