La arquitectura también se construye desde la sensibilidad. En Colombia, cada vez más mujeres amplían los límites de la disciplina con una mirada que combina rigor técnico, intuición y una profunda atención por la manera en que las personas habitan el mundo. Desde el paisaje urbano hasta la escala íntima de los interiores, estas arquitectas han construido trayectorias sólidas que hoy se convierten en referentes.
Lea también: Construcción modular: eficiencia y sostenibilidad con precisión matemática.
Diana Wiesner: la arquitectura como acto de cuidado
Antes de pensar en edificios, Diana pensaba en lugares. En su juventud recorrió zonas rurales, tuvo contacto con comunidades y estudió fotografía, una experiencia que afinó su mirada hacia el territorio y las personas. Llegó a la arquitectura guiada por una intuición temprana. Allí encontró una forma de reunir sensibilidad, observación y una profunda vocación de servicio.
Desde sus años de formación entendió que su interés no estaba solo en la escala del objeto construido. Mientras otros se concentraban en la forma del edificio, ella miraba el contexto, el paisaje, la vida social y las dinámicas del territorio. Ese impulso encontró finalmente un cauce cuando descubrió el campo de la planificación del paisaje, donde pudo integrar arquitectura, biodiversidad y ecología urbana.
Con el tiempo, esa mirada se convirtió también en una forma de activismo. Hace casi dos décadas fundó la Fundación Cerros de Bogotá, una iniciativa cívica que trabaja por la defensa del sistema natural de la ciudad a través de propuestas, redes ciudadanas y proyectos con enfoque social. Ella misma define su postura como un “activismo delicado”: silencioso, propositivo y profundamente comprometido con los lugares.
En un campo históricamente dominado por hombres, Wiesner reconoce que abrirse camino exigió rigor, persistencia y años de trabajo para ganar espacio. Hoy su trayectoria es una referencia en el cruce entre arquitectura, paisaje y ciudadanía. Una práctica donde diseñar no es solo proyectar espacios, sino también cuidar el territorio que los sostiene.
María Adelaida Herrera: una mirada sensible sobre el espacio
La arquitectura le llegó a través de la curiosidad. Desde niña tenía una inclinación natural por cuestionar lo que veía y por encontrar respuestas a problemas que ella misma se planteaba. Durante años creyó que su camino estaba en la ciencia porque disfrutaba los laboratorios, el método de observar, formular hipótesis y analizar resultados. Hoy reconoce que esa lógica sigue presente en su proceso creativo. Diseñar, para ella, también es investigar.
Su infancia transcurrió entre Medellín y Bogotá, en casas que sus padres transformaban cada vez que llegaban a habitarlas. Cambiaban detalles, intervenían los espacios, les daban identidad. En ese gesto cotidiano empezó a entender que los lugares pueden construirse desde lo íntimo y lo emocional.
Esa intuición tomó forma años después, cuando viajó a Italia para hacer una maestría en Diseño interior. Allí descubrió que los espacios no solo cumplen funciones sino que también provocan sensaciones. De regreso a Colombia fundó, junto a su socio Miguel León Borda, el estudio Crearq, desde donde defiende que cada proyecto debe tener un lenguaje propio y responder al contexto, al usuario y a la experiencia que se quiere crear.
Maria Adelaida habla de su trabajo con una palabra que la define: misticismo. Una mezcla entre imaginación y arraigo, entre mundos oníricos y una conexión muy concreta con la materia. En esa búsqueda también reconoce la sensibilidad que muchas mujeres aportan a la arquitectura, que hace que un espacio, más que verse bien, se sienta bien.
Jimena Londoño y Laura Escobar, la belleza de lo cotidiano
En la arquitectura hay proyectos que buscan deslumbrar y otros que buscan comprender cómo se vive un lugar. El trabajo de Jimena y Laura pertenece a esta segunda categoría, una arquitectura atenta a los gestos cotidianos, a esos detalles discretos que definen la forma en que habitamos un espacio.
Su relación con el oficio empezó mucho antes de la universidad. En la infancia ya estaban rodeadas de materiales y pequeñas construcciones improvisadas. Jimena armaba casas con cobijas y cojines; Laura pasaba horas en el taller de aeromodelismo de su padre entre cartones y pegantes. Sin saberlo, ambas exploraban el lenguaje que años más tarde las uniría.
Se conocieron en la Universidad Nacional, donde estudiaron Arquitectura en un entorno en el que la mayoría de los profesores eran hombres. El verdadero desafío apareció después, cuando empezaron a dirigir obra. Dos arquitectas jóvenes al frente de equipos de construcción despertaban más de un escepticismo. Con el tiempo, a punta de rigor, argumentos y una determinación tranquila, se ganaron el respeto del gremio.
De ese recorrido nació Jotaele Arquitectura, un estudio que construye su identidad alrededor de la idea de que la arquitectura debe responder a la vida cotidiana. Más que producir casas espectaculares, su interés está en comprender cómo se vive realmente un espacio. La luz donde alguien lee, la comodidad de una silla en el comedor, la cocina donde ocurre buena parte de la vida familiar.
Esa sensibilidad —dicen— tiene mucho que ver con la forma en que las mujeres observan el mundo. Una atención especial al detalle, al cuidado y a las dinámicas del habitar que da lugar a una arquitectura más humana.
Tras dos décadas de trabajo, su mayor satisfacción no está en las fotografías de revista, sino en volver años después a un proyecto y encontrarlo vivo, habitado y funcionando exactamente como lo imaginaron.