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La historia de los balones del Mundial desde 1930 hasta el Trionda de 2026: del cosido a mano al chip con IA

En 1930, Uruguay y Argentina no se pusieron de acuerdo sobre qué pelota usar en la primera final del torneo y resolvieron usar una diferente en cada tiempo. En 2026, Trionda lleva un chip que envía datos en tiempo real y trabaja con IA para ayudar a los árbitros a tomar decisiones en fracciones de segundo. Entre esos dos momentos caben casi cien años de innovación.

  • Diego Armando Maradona con el balón Azteca, el que se usó en México 86. FOTO AFP
    Diego Armando Maradona con el balón Azteca, el que se usó en México 86. FOTO AFP
  • James Rodríguez y el Trionda en el debut de Colombia en el Mundial 2026. Cuatro paneles, chip de IA y los colores de tres países en una sola pelota. FOTO AFP
    James Rodríguez y el Trionda en el debut de Colombia en el Mundial 2026. Cuatro paneles, chip de IA y los colores de tres países en una sola pelota. FOTO AFP
hace 1 hora
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El sábado 10 de julio de 2010, Diego Forlán se graduó como el único futbolista que supo domar al Jabulani, el polémico balón que Adidas creó para el Mundial de Sudáfrica. Esa noche, en el estadio Nelson Mandela Bay, el delantero recibió un centro de Egidio Arévalo Ríos por la banda derecha y conectó una volea desde la medialuna del área.

La pelota entró por todo el ángulo al arco custodiado por el arquero Hans-Jörg Butt, que en apenas dos segundos se transformó en estatua. Inatajable. Ese fue el 2-1 parcial en el partido por el tercer puesto entre Uruguay y Alemania, el quinto tanto de Forlán en el torneo y, según el ranking oficial de la FIFA, el mejor gol de Sudáfrica 2010.

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Lo paradójico es que ese hombre de 1,87 m., con cabello rubio y apodado Cachavacha, hizo lo que quiso con el mismo balón que tuvo en vilo a todo el mundo. Jabulani era, sobre el papel, la pelota más avanzada que se había visto: ocho paneles termosoldados en 3D moldeados para formar la esfera más perfecta en la historia del torneo, once colores que celebraban a los jugadores de cada equipo, los once idiomas oficiales del país y las once ciudades anfitrionas.

Pero sobre la cancha, era otra cosa. Cambiaba de trayectoria en el aire sin aviso, casi con voluntad propia. Los arqueros se quejaron desde el primer partido. Los delanteros también. Estudios aerodinámicos posteriores confirmarían lo que todos creían: el Jabulani era demasiado liso, sus costuras demasiado angostas y superficiales, su velocidad crítica de estabilización demasiado alta. Por debajo de ese umbral, la pelota no se dejaba domar.

Esa historia del Jabulani es también la historia de todo lo que los diseñadores de balones han aprendido, torneo a torneo, desde que los seleccionados de Uruguay y Argentina se pelearon por cuál pelota usar en la primera final del mundo, en 1930. Una historia que arranca con cuero que absorbía agua y se volvía más pesado en la lluvia, y que termina con un chip inteligente que convirtió al balón en parte del sistema arbitral.

La era del cuero (1930-1966)

En Uruguay, en 1930, el primer Mundial de la historia comenzó con una disputa que no era táctica ni política. Los capitanes de Argentina y Uruguay no lograron ponerse de acuerdo sobre cuál usar en la final. La solución fue salomónica, cada equipo jugaría con su favorito durante un tiempo. Argentina usó el Tiento, doce paneles largos de cuero, y se fue al descanso ganando 2-1. Uruguay sacó el T-model, once tiras cosidas a mano con forma de T, y ganó el segundo tiempo 3-0. Campeón del mundo y con su pelota.

Esa anécdota resume lo que fue la primera era, llena de inconsistencia, improvisación y cuero. Los balones de los primeros mundiales eran fabricados en el país anfitrión, con materiales locales y sin ningún estándar global.

El Federale 102 de Italia 1934, de 13 paneles cosidos a mano, introdujo un detalle pequeño pero significativo, ya que el orificio de la vejiga se cerró con hilos de algodón en lugar de cuero, “para hacer el cabeceo menos doloroso”, reseña la FIFA en su museo en Zurich.

El Swiss World Champion de 1954 usó cuero engrasado con un tono amarillento que mejoraba la visibilidad. En la final lluviosa de Berna, donde Alemania Occidental venció 3-2 a la favorita Hungría, absorbió agua durante los 90 minutos y se volvió progresivamente más pesado.

El Superball Duplo T de Brasil 1950 fue el primero sin cordones. El aire entraba directamente por una válvula insertada en uno de sus doce paneles, produciendo una superficie más uniforme y sellada.

En 1958, para elegir el balón del Mundial de Suecia, FIFA convocó una competencia entre más de cien pelotas sin marca: ganó la número 55, el Top Star, de 24 tiras de cuero recubiertas de cera para repeler la humedad.

El Mr. Crack de Chile 1962 fue el primero con válvula de látex, que retardaba la pérdida de aire.

El Challenge 4-Star de Inglaterra 1966, fabricado por Slazenger, empresa conocida por sus raquetas de tenis, pasó por pruebas de circunferencia, redondez, peso, pérdida de presión y distancia de rebote antes de ser elegido. La versión naranja se usó en la final entre Inglaterra y Alemania Occidental, donde Geoff Hurst marcó el primer hat-trick de la historia de las finales mundialistas en la victoria inglesa 4-2.

Infográfico
La historia de los balones del Mundial desde 1930 hasta el <i>Trionda</i> de 2026: del cosido a mano al chip con IA

La revolución (1970-2002)

México 1970 fue el primer Mundial transmitido en vivo por televisión a escala global y la FIFA necesitaba un balón que se viera bien en pantalla. La solución llegó de la mano de Adidas, recién nombrada proveedor oficial, y se llamó Telstar: 32 paneles, 12 pentágonos negros y 20 hexágonos blancos. Un diseño que con el tiempo se volvió universal.

El nombre venía del satélite de comunicaciones responsable de las primeras transmisiones internacionales en vivo. “Su diseño de 32 paneles es tan icónico que todavía es lo que la mayoría de la gente imagina cuando le piden que dibuje un balón de fútbol”, dice una placa del museo de la marca, The Archive, en la ciudad de Herzogenaurach, Alemania.

El Tango Durlast de Argentina 1978, bautizado en honor al baile más famoso del país anfitrión de esa edición, introdujo las tríadas curvas, un motivo visual tan exitoso que se repetiría en los cinco mundiales siguientes.

El Tango España de 1982 fue el último balón de cuero de la historia del Mundial.

En 1986 llegó el Azteca. Hasta ese año, todos los balones del Mundial habían sido fabricados con algún componente de cuero o material natural. El problema era siempre el mismo: el cuero absorbe agua.

En condiciones de lluvia o humedad, el balón se volvía progresivamente más pesado, cambiaba su comportamiento y castigaba por igual a jugadores y porteros. El Azteca se fabricó íntegramente con material sintético y resolvió ese problema de una vez.

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Sus gráficos estaban inspirados en los templos y murales de la civilización azteca, con lo que se inauguró otra tradición, la del balón como objeto cultural que refleja la identidad del país anfitrión. Desde entonces, ningún balón del Mundial ha vuelto al cuero.

El Etrusco Unico de Italia 1990 fue el primero con una capa interna de espuma repelente al agua.

El Questra de Estados Unidos 1994 añadió espuma que suavizaba los cabezazos, inspirado en el 25 aniversario de la llegada del hombre a la Luna.

El Tricolore de Francia 1998, primero multicolor en la historia del torneo, incorporó miles de microesferas de espuma que lo hacían más ligero y veloz.

El Fevernova de Corea y Japón 2002 rompió con el diseño de las tríadas que había dominado desde 1978 y mejoró el núcleo de espuma para una trayectoria más predecible.

La era de los chips (2006-2026)

Con el +Teamgeist, en Alemania 2006, Adidas dijo adiós definitivamente a los paneles cosidos entre sí. Ese balón rompió la tradición con 14 paneles en forma de hélice termosoldados, pegados mediante calor en un proceso que eliminó las costuras externas y produjo una superficie más uniforme.

Para la final en Berlín, los alemanes fabricaron una edición especial dorada, el +Teamgeist Berlin, con los nombres de los dos equipos, el estadio, la ciudad y la hora del partido estampados en su superficie. Fue la primera vez que el balón de una final del Mundial llevaba ese nivel de personalización.

En Sudáfrica 2010, con el Jabulani, muchos de esos avances casi se pierden. La lección que aprendieron Adidas y la FIFA es que la perfección geométrica y el rendimiento aerodinámico no son lo mismo.

El balón más redondo que había pisado un Mundial resultó ser el más impredecible. Sus costuras, las más estrechas y superficiales de cualquier pelota mundialista reciente, lo hacían demasiado liso. Un estudio publicado en Applied Sciences confirmaría que el Jabulani exhibía la velocidad crítica más alta entre los balones de los últimos cinco torneos, eso significa que necesitaba ir más rápido que cualquier otro para estabilizarse en el aire.

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El Brazuca de Brasil 2014 aprendió la lección aerodinámica. Seis paneles con forma de hélice, superficie asimétrica y costuras distribuidas estratégicamente para garantizar estabilidad en el vuelo. Más de 600 futbolistas profesionales, 30 equipos científicos y meses de pruebas de laboratorio avalaron su diseño antes del primer partido. Su nombre fue elegido por más de un millón de votantes.

En Rusia 2018, el Telstar 18 miraba al mismo tiempo hacia atrás y hacia adelante. Su diseño rindió homenaje al icónico balón de 1970 con un motivo pixelado que imitaba los paneles negros del original. Con su nombre, Adidas quería que el mundo recordara de dónde venía todo. Pero en su interior llevaba algo que con el Telstar de México jamás se imaginó, un chip NFC que permitía a los aficionados interactuar con el balón usando sus teléfonos.

El Al Rihla de Qatar 2022, cuyo nombre significa “el viaje” en árabe, voló más rápido que cualquier balón en la historia del torneo. Su innovación más decisiva fue la tecnología Connected Ball, sistema que enviaba datos en tiempo real a los árbitros y que resultó fundamental para resolver decisiones de fuera de juego en fracciones de segundo.

Lo que Adidas propone ahora con el Trionda, en el Mundial 2026, es un chip con inteligencia artificial y cuatro paneles. Esto representa el menor número en la historia del torneo, basados en la geometría de un tetraedro con los bordes curvados para aproximarse a la esfera.

Su nombre fusiona “tri”, por los tres países anfitriones, y “onda”, por la ola que los aficionados crean en los estadios de América.

Estudios en túnel de viento publicados en Applied Sciences confirmaron que el Trionda tiene las costuras más profundas y anchas de los últimos cinco balones mundialistas, lo que genera mayor rugosidad superficial y una velocidad crítica más baja.

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Esto permite que el balón entre antes en el régimen de vuelo estable, corrigiendo el error del Jabulani.

Pero su innovación más disruptiva no está en la superficie. Bajo su cubierta, hay un chip instalado que envía datos de movimiento en tiempo real al VAR, combinado con rastreo de jugadores e inteligencia artificial, para reducir los tiempos de revisión arbitral y mantener el juego en movimiento.

Hoy, 96 años separan el T-model de cuero cosido a mano que Uruguay sacó en el segundo tiempo de la primera final del mundo y el Trionda con chip e inteligencia artificial que rueda en los estadios de Norteamérica. En ese tiempo, los balones del Mundial han cambiado de material, de forma, de tecnología y hasta de nombre. Lo único que el primero y el último parecen tener en común es que son redondos. ¿Con qué nos sorprenderá la FIFA en cuatro años?

La geometría compleja del Trionda

James Rodríguez y el Trionda en el debut de Colombia en el Mundial 2026. Cuatro paneles, chip de IA y los colores de tres países en una sola pelota. FOTO AFP
James Rodríguez y el Trionda en el debut de Colombia en el Mundial 2026. Cuatro paneles, chip de IA y los colores de tres países en una sola pelota. FOTO AFP

El de este año es el primer balón del Mundial basado en un tetraedro, una figura geométrica de cuatro caras que parece la menos indicada para convertirse en esfera.

El truco está en las curvas. Los bordes rectos se reemplazan por arcos que se ajustan entre sí para redondear la forma.

El resultado es un balón con apenas cuatro paneles que, sin embargo, tiene 12 simetrías rotacionales, menos que las 60 del Telstar clásico. Esa asimetría relativa es una de las razones por las que los físicos siguen mirando de cerca cómo se comporta en vuelo cuando el jugador no le imprime rotación. Sin spin, las zonas más rugosas del balón sienten más resistencia del aire que las más lisas, lo que puede generar desviaciones impredecibles.

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