La sargento Matacho, de William González

Esa cosa bandolera

Oswaldo Osorio

matacho

La historia nacional siempre ha sido una deuda del cine colombiano, y especialmente hay unos episodios o temas que han debido abordarse desde hace mucho tiempo y con mayor frecuencia. Uno de ellos es el de los llamados bandoleros en la época de la Violencia. Esta película paga una cuota de esa deuda al contar la historia de Rosalba Velasco, alias La sargento Matacho, un relato convincente en su puesta en escena que propone una singular mirada de la guerra desde esta particular mujer.

Lo que más llama la atención de esta historia, por supuesto, es la naturaleza de su protagonista, no solo por el hecho de ser mujer, con todo lo que esto implica, como se verá, sino también porque, inicialmente, es una víctima, pero que luego deviene en victimaria. Esa ambigüedad moral y lo que podría verse como una justificación de sus acciones y su actitud, de alguna manera la hace un personaje más complejo y atractivo. Aunque también se puede cuestionar su construcción y el insólito papel que desempeñó en este conflicto.

Después de presenciar la muerte de su esposo a manos de las fuerzas oficiales, Rosalba comienza a hacer parte de la resistencia que los liberales instauraron en el campo, lo que subsecuentemente terminará siendo el nacimiento de la guerrilla en el país (véase Canaguaro, de Dunav Kuzmanich). Primero, se arroja de frente a la guerra por su cuenta, impulsada por el deseo de venganza; y después, termina siendo reclutada por los grupos armados y hasta siendo la pareja de varios de sus jefes, incluso quedando embarazada varias veces.

Hasta aquí puede ser claro lo que ocurre con esta mujer y su contexto, no obstante, el relato se ve condicionado por un aspecto que lo cambia todo y que se puede leer de distintas formas: resulta que la  sargento Matacho, como fue bautizada por arrojada y sanguinaria, es presentada como un ente que no habla ni puede tener algún contacto emocional con nadie. Esto se puede ver como una consecuencia de la despersonalización por el trauma de la guerra o también que lo que parecía ser ese personaje complejo y atractivo, termina siendo un monigote unidimensional que solo reacciona en circunstancias extremas.

Es por eso que es el coro de personajes que la rodea y sus circunstancias, son lo que mueve la historia y plantea sus ideas sobre el conflicto y este significativo periodo de la historia del país. Ella, en cambio, parece quedar reducida a un objeto, ya de ese mundo machista (el de esta cultura y la época) o de la guerra misma; o incluso un objeto del mismo argumento y de la narración.

En otras palabras, esta película puede ser vista como el intenso relato de una mujer arrastrada a la espiral de la guerra, o también como la historia que reposa sobre un ambiguo personaje que es presentado como una cosa (una víctima convertida en aguerrida victimaria), pero que termina siendo otra (excusa argumental y objeto unidimensional usado por su entorno machista).

La sensación que queda, entonces, es la de una película acertada en su puesta en escena, la recreación de una época y su contexto, una mirada reflexiva al interior del conflicto y un coro de actores y personajes que hacen funcionar tanto el relato como la historia. Pero por otro lado, esa protagonista, que sirvió de hilo conductor para que todo esto sucediera y con la que el espectador se identifica casi todo el metraje, en retrospectiva parece solo eso, un hilo fino al que hay que inventarle una interpretación en los sucesos, sin dimensión ni matices, un animalito que solo sirve para matar y para parir… Aunque ya a partir de esta última contradicción se podría empezar a escribir otra crítica de la misma extensión.

 

 

 

El discípulo, de Kirill Serebrennikov

La biblia parlante

Oswaldo Osorio

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Con la combinación entre religión y sexo siempre se podrá crear polémica, un discurso efectista y unos dramas llamativos. Es cierto que en esta película no solo se contraponen aspectos sexuales a un sermón cristiano fundamentalista, pero por ahí empieza la cosa: cuestionando los bikinis, la homosexualidad y las clases de educación sexual. Por eso, esta historia puede ser tan pertinente en los debates que propone como gratuita y sensacionalista en sus mecanismos argumentales y dramáticos.

Un adolescente se convierte en un ferviente creyente y lector de la biblia. Tanto las personas en su colegio como su propia madre, empezarán a padecer un acoso y persecución por parte de este joven, quien esgrime, con literal vehemencia, las consignas de las santas escrituras. Pero lo que al principio se revela como un personaje potente y un relato lleno de posibilidades en su complejidad ideológica y dramática, termina siendo una agotadora reiteración de una situación y personaje que, finalmente, se antojan monolíticos y forzados en busca de un efecto.

Aunque es cierto que uno de estos efectos son las lecturas y alusiones que se pueden hacer al contexto de la Rusia y el mundo actual. De un lado, pone en evidencia lo peligroso, arbitrario y hasta absurdo que puede ser el radicalismo religioso, y más aún, tomar al pie de la letra el sentido de los libros sagrados. De otro lado, se infieren comentarios y cuestionamientos sobre este país, del que es conocido la homofobia estatal, su inclinación dictatorial y hasta un atávico antisemitismo aún latente en la sociedad.

Pero uno de los grandes problemas de la película es la gratuidad y unidimensionalidad con que es construido su protagonista. En él solo vemos un instrumento amplificador de los pasajes bíblicos para confrontar a una sociedad que, por demás, no es religiosa en un gran porcentaje, y menos todavía cristiana. Nunca es posible conocer los matices de este joven, tampoco sus motivaciones ni el real sentido de lo que busca más allá de una simple y conveniente locura mística. Incluso termina por ser inconsistente hasta en su mismo fundamentalismo, cuando el guionista lo pone a levantar criminales calumnias contra alguien.

Sin embargo, este efectismo en su personaje y en el tratamiento del tema está conducido por un potente sentido de la puesta en escena, tanto en la fuerza interpretativa de sus actores y la tensión permanente que hay entre los personajes, como en el cinetismo y expresividad que hay en sus imágenes y en la forma como la cámara logra sumergir al espectador en este intenso (aunque artificial) drama. Porque se trata de una película con una premisa poderosa y llena de posibilidades ideológicas y dramáticas, pero termina por agotarse en la reiteración sin matices ni profundidad y en la presentación de debates fáciles y provocadores.

 

 

Paterson, de Jim Jarmusch

Todos los días la poesía

Oswaldo Osorio

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Casualmente, antes de la proyección de esta película, que está llena de casualidades, presentaron un cortometraje en el que entrevistan a varios poetas, y cuatro de ellos coincidían en decir que la poesía está en todas partes. Alguno de ellos también decía que solo se necesita que alguien pueda distinguirla y ponerla en palabras. Según esto, la poesía puede, incluso, estar en una caja de fósforos,  y tanto Jarmusch como el chofer de bus que protagoniza su último filme lo saben.

Sobre todo Jarmusch, que con una sólida, estimulante y casi infalible obra, ha sabido encontrar esa poesía que pulula en el mundo en las cosas simples: una conversación tomando café y fumando un cigarrillo, la soledad de un hombre mayor o la rutina de este chofer de bus, a quien lo único extraordinario que le pasa o hace es poder poner en palabras esas cosas que ve a diario y propiciar que trasciendan con su modesto acto creativo.

Paterson vive en la ciudad de Paterson. Es la primera de muchas coincidencias de esta película, la mayoría de las cuales resultan divertidos o encantadores guiños que, en sí mismos, se convierten en poesía en razón del tono sencillo y desenfadado de este relato. Hay otras coincidencias que se pueden antojar forzadas, como el encuentro con la niña poeta y el japonés amante de la poesía. Pero si bien puede molestar su conveniente y artificial inclusión, para efectos de lo que el director quería decir sobre la poesía y su protagonista funcionan perfectamente.

En esta historia la rutina y la poesía son dos opuestos que conviven cotidianamente. Opuestos porque no hay nada menos poético que la rutina ni nada más extraordinario que un buen poema. Por eso, aunque cada día Paterson se levanta, desayuna cereal, maneja el bus, recoge el correo, cena y toma una cerveza, en medio de esa invariable rutina surge el milagro de la poesía, como esa verde hierba que brota de entre las grietas de las losas de concreto en las grandes y grises ciudades.

Además de esta oposición, la esencia y la fuerza de este personaje, y por extensión de la película, también está en su naturaleza como poeta. A diferencia de la mayoría de sus colegas, que se invisten y se autodenominan como tales, Paterson no se considera más que un chofer de bus. Escribir para él es otra de las necesidades vitales que tiene, y lo hace sin las pretensiones del artista tocado por las musas. Tal vez por eso sus poemas y su discreto oficio parecen mucho más sublimes y honestos. También por eso, nunca titubea frente a una página en blanco, aunque se resista a pensarse como poeta.

De nuevo, entonces, Jim Jarmusch nos toca con una historia y un personaje sencillos y corrientes, pero llenos de poesía. Además, con el mérito de hacer el relato de una rutina sin que parezca tediosa. Así mismo, una película sobre la poesía, también es sobre el amor, en este caso una bella y simpática historia de amor, en un segundo plano, pero siempre presente, dándole aliento al poeta y vida a sus poemas.

El ídolo, de Hany Abu-Assad

Más allá del cine

Oswaldo Osorio

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Esta película cruzó medio mundo hasta nuestras salas, no tanto por sus valores cinematográficos, sino más bien por su tema, su aleccionadora historia de éxito y, sobre todo, por sus connotaciones políticas. Y es que tanto la historia en que se basa como el mismo relato, están apuntalados en asuntos que no necesariamente tienen que ver con virtudes artísticas, ya sean musicales o cinematográficas.

En ella se cuenta la historia de Mohammed, quien desde niño, junto con su hermana y dos amigos, trata de forjarse una carrera como cantante. Pero el problema es que no estaba en Nueva York, ni siquiera en El Cairo, sino en Gaza, en medio de la represión y limitaciones impuestas por Israel, así como de la opresión y censura de un régimen conducido por el fundamentalismo islámico.

Podría pensarse que el nombre que se forjó el director palestino Hany Abu-Assad con valiosas y contundentes películas como La boda de rana (2002), Paradise Now (2005) y Omar (2013), sería la razón para que se distribuyera este filme, pero la verdad es que, a diferencia de estos tres títulos, esta nueva película parece hecha por un cineasta corriente y oportunista. Su historia de triunfo y superación, idependientemente de  estar basada en el célebre cantante que participó en el concurso Arab Idol, está planteada y desarrollada con el mismo tono sensiblero y populista propio del famoso reality show internacional.

En término emocionales, el relato está diseñado para tocar las fibras del espectador con recursos la más de las veces fáciles y gratuitos: un personaje entrañable que padece una fatal enfermedad, un tibio amor que sirve de motivación o la solidaridad de los amigos que solo aparece cuando el relato lo requiere. Es cierto que todo esto está estructurado de forma precisa y eficaz, pero no por ello se debe pasar por alto lo manipuladora y efectista que está concebida la puesta en escena y su narración.

Decenas de personas han pasado alrededor del mundo por este popular concurso, pero la particularidad de este participante es su origen y las difíciles condiciones que tuvo que superar para conseguirlo. Pero especialmente, tanto el personaje como la película, consiguen una inusitada trascendencia por las implicaciones políticas. No era un joven el que cantaba, sino todo un país oprimido ante el silencio del mundo entero. No solo es una película sobre una historia de éxito y superación, sino el relato épico y emotivo de una nación victimizada que pudo hacer de este episodio un símbolo de su lucha y dignidad ante la comunidad internacional. Sigue siendo cine, pero no tanto en su valía como un medio de expresión, sino más bien como un vehículo para impactar emocionalmente al gran público.

La defensa del dragón, de Natalia Santa

Tumbar el propio rey

Oswaldo Osorio

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Hay ajedrecistas que abandonan las partidas cuando las ven perdidas. No tienen la paciencia ni la disposición para tramitar y recibir la derrota. No parecen interesados por el fin sino por el juego, pero solo por aquel en el que tienen la expectativa de ganar. Viven como reiniciando la vida, forzando nuevas oportunidades. Eso hace Samuel, el protagonista de esta película, tanto en el juego como en su existencia, la cual parece estancada en ese bucle de reiniciar partidas, a la espera de ganar alguna.

Samuel tiene poco más de cincuenta años, es maestro de ajedrez y padre de una hija de la que poco se ocupa. Junto con dos amigos mayores que él, deambula por la ciudad y por la vida. Juegan, conversan y esperan lo que tal vez nunca va a llegar. Es una sensación de patetismo y declive que permanece con ellos, sobre todo con Samuel, durante casi todo el relato. No es la vida sino un sopor de ella.

Es una vida sin excitaciones, casi inmutable. Por eso, la fuerza de la película está, no tanto en un improbable argumento ni en la intensidad de un drama que no llega a concretarse, sino en la mirada que la directora hace de estos tres hombres y su cotidianidad. Ella sí parece con la sensibilidad y paciencia para percibir y tramitar esa lenta derrota. Y lo hace desde la construcción de personajes, los diálogos y la concepción visual.

Estos personajes están definidos, en principio, por sus oficios: el ajedrecista que ya no compite, el relojero de fina piñonería en un mundo digital y el médico homeópata jugador de póquer. Son personajes determinados más por sus carencias y marginalidad de un mundo que pasa raudo al lado de ellos. También definidos por su relación, una serena amistad guiada tanto por la solidaridad como por su mutuo reconocimiento como almas afines, a pesar de las evidentes diferencias.

Así mismo, los diálogos, que es donde más suceden cosas, se mueven con naturalidad entre los extremos de las nimiedades propias de la cotidianidad y las hondas reflexiones sobre la existencia y las relaciones interpersonales. Y lo mismo ocurre con el universo visual que encierra la parsimoniosa vida de estos tres hombres: es orgánico y lleno de detalles. Hay una suerte de filigrana en las imágenes, los objetos y los movimientos de los personajes que la cámara capta casi siempre con cuidado y desde una necesaria inmovilidad.

Natalia Santa hace aquí una película sobria, madura, aunque tal vez un poco distante emocionalmente, pero también de una tremenda sensibilidad para observar, describir y definir lo que es este mundo de tres hombres mayores que parecen estar en un prematuro crepúsculo de sus vidas. No obstante, siempre deja abierta la posibilidad de ganar una partida, o al menos de empezar otra cada que se les antoje.

Norman, de Joseph Cedar

Un buen nadador

Oswaldo Osorio

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Hay un tipo de personas en la vida que no tienen nada y son expertos en ninguna cosa, pero aun así, solo armados de labia y habilidad para las relaciones personales, consiguen lo que sea, o al menos creen hacerlo. Esta es la historia de un hombre así, un ser patético y fascinante al mismo tiempo, que lleva al espectador hacía distintos y contradictorios tipos de sensaciones y emociones.

El hombre es Norman Oppenheimer y el contexto en que se mueve es el Nueva York de los grandes negocios de la comunidad judía. Norman es un hombre ahogándose haciendo señas  en el vasto mar, así lo describe su sobrino ante los imposibles planes que aquél hace para entrar al círculo íntimo de los poderosos. La metáfora es clara y angustiante, como en principio parece ser la vida de Norman, pero justo lo más estimulante de este relato es cómo se va develando su participación en una maraña de relaciones e intenciones ocultas, todo en función de unos intereses económicos.

Incluso Norman es el más misterioso y enmarañado de todos. Su insondabilidad es uno de los atractivos de este personaje, y por extensión, de la película misma. Aunque ese puede ser uno de los fallos de la historia, pues nunca se sabe bien lo que está pasando, porque Norman parece viviendo en un mundo de suposiciones y hasta de ensoñaciones de triunfo y reconocimiento. Nada se dice con claridad ni nunca se muestran todas las cartas.

Entre tanto, casi todo el tiempo se siente pena por el protagonista y se busca alguna bocanada de sentido en tal entramado de relaciones e intereses. La ambigüedad en esas relaciones y la hipocresía en esos intereses aumentan el grado de desorientación, y aun así, no impele a desprenderse del posible destino de este particular hombre, interpretado por un renacido Richard Gere.

No es una película especialmente atractiva desde lo visual ni lo narrativo, solo por momentos intenta algunas soluciones creativas a una trama donde lo que importa son personas conversando (incluso por teléfono), lo cual no es suficiente. No obstante, tal vez todo eso era innecesario, porque ese castillo de naipes afilado que Norman construye, y que amenaza con venirse sobre él, progresivamente resulta de suficiente interés para aguardar un final que terminará siendo sorpresivo y tocado por una inesperado sentimiento hacia este patético hombrecito.

Un don excepcional, de Marc Webb

Una vida normal

Oswaldo Osorio

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Vivimos en un mundo en el que se le trata más mal que bien a quien es diferente, incluso no importa si esa esa diferencia es un don excepcional. Por eso, el conflicto de fondo de esta película parte de la intención de proteger a una niña de las consecuencias que su condición de genio de las matemáticas le pueda acarrear en el mundo real. A partir de esta intención, el relato desarrolla una historia inteligente y reflexiva, llena de momentos emotivos y divertidos.

La historia empieza con el primer día de escuela de la niña, una escuela normal, donde, por supuesto, ella se aburre. Entonces de inmediato aparece el dilema de la educación que debe tener Mary: ¿Una convencional en la que socialice y desarrolle actividades propias de su edad o llevarla a una escuela para niños superdotados, y con ello separarla del mundo y enfatizar su diferencia frente a los demás? No hay una respuesta fácil para esta cuestión y todo el relato construye una serie de dramáticas situaciones y confrontaciones que toman partido por una u otra opción.

Cada parte se define claramente casi desde el principio. De un lado, su tío, que quiere que tenga una vida normal; mientras del otro, la abuela, quien insiste en canalizar su potencial. Esta confrontación se hace mucho más evidente cuando es llevada a los estrados judiciales. Así que lo que parecía un drama familiar toma visos de court room movie. Planteado así, parece un antagonismo demasiado básico, casi maniqueo, y la forma como presentan a la abuela, una mujer distante e impositiva, no ayuda mucho.

No obstante, ambas partes asumen esta confrontación de manera tan racional y civilizada, así como desprovista de rencores y bajezas, que el drama de este conflicto se desarrolla más a nivel de las ideas y los argumentos, antes que de las emociones ciegas y lesivas. Otra cosa es cuando el conflicto toca a Mary, puesto que, necesariamente, por su edad y a despecho de su desarrollo intelectual, ciertos sentimientos y emociones la abruman y sobrepasan su desamparo de niña huérfana.

Aunque no necesariamente sea una historia del todo predecible, este es un personaje y un conflicto recurrentes en el cine. Cada película lo soluciona de manera distinta, pero suelen tener en común el tono emotivo y ese dilema entre la normalidad y el cerrado mundo de la academia.  Así se puede ver con la película de Jodie Foster, Una mente brillante (1991), en busca de Bobby Fishcher (Steven Zaillian, 1993) o hace poco en la de Morgan Matthews, A Brilliant Young Mind (2014).

Sobresale también en esta película sus diálogos lúcidos e inteligentes, que no solo se refieren al conflicto y las situaciones en cuestión, sino que proponen unas ideas claras y reflexivas sobre la vida, la visión del mundo y las relaciones entre las personas. Con esos diálogos, tejiendo ese difícil conflicto y la seria confrontación de las partes, el relato se hace fluido y envolvente, haciendo de este filme una obra entrañable emocionalmente y estimulante intelectualmente.

 

La leyenda: La historia del verdadero Rocky, de Philippe Falardeau

Érase un pobre sangrador

Oswaldo Osorio

THE BLEEDER

El boxeo es el deporte más frecuente en el cine y la saga de Rocky es la más popular de la industria (otra cosa es que la cinefilia prefiera a Toro salvaje). Por eso esta nueva obra es un referente importante para este tipo de películas y está llena de sentido por fuera de lo que cuenta entre su título y los créditos. Es una vuelta de tuerca a esa historia de Rocky que empezó en la vida real, se volvió cine y luego continuó en la realidad, para terminar de nuevo como película, es decir, otro ejemplo de ese doble espejo reflejándose ya habitual en la historia del cine.

El director canadiense Philippe Falardeau (Profesor Lazhar, 2011) cuenta la historia de Chuck Wepner, ese boxeador de segunda en el que se inspiró Silvester Stallone para escribir Rocky (1976). Y como ocurre en la mayoría de películas sobre este deporte –probablemente por eso es el predilecto del cine- su historia tiene que ver menos con los combates en el ring que con el drama personal de un hombre carismático pero lleno de defectos y con una vida marcada por los altibajos.

La supervivencia económica, la irresponsable actitud para con su familia, los delirios de fama y los vicios son una carga muy pesada para un deportista que debería concentrarse en su carrera. Y justo en el contrapunto entre estos dos aspectos, esto es, el peso de la vida y el éxito en el deporte, es en lo que se marca la diferencia entre lo que le interesa contar a una película que. Como Rocky, pretende complacer a un público amplio (y de paso ganarse tres de los principales Oscar de ese año) y otra que busca explorar las posibilidades dramáticas de un personaje sin hacer concesiones edificantes.

Sin que necesariamente esto signifique denostar la película de Stallone, porque efectivamente tiene sus virtudes en el retrato que hace de este boxeador mediocre, también hay que tener en cuenta que es un retrato definido por la corrección política, la idealización de una victoria pírrica y la conveniencia de terminar la historia en uno de los picos emocionales de la vida de este boxeador.

Falardeau, en cambio, desplaza el deporte a un segundo plano, no maquilla la ambigua moral del protagonista y lleva su historia hasta las últimas consecuencias. Con esto consigue un personaje más dimensionado, lleno de contradicciones y por el que se sufre honestamente, más allá de las victorias que pueda o no tener en el ring. Así mismo, continuar el relato después del célebre combate con Mohamed Ali, traslada el conflicto de la emoción fácil que produce una contienda de boxeo al cuadrilátero de la vida, del resto de la vida, donde el amor, la familia y la supervivencia son más importantes que un cinturón de campeón.

La leyenda: La historia del verdadero Rocky (The Bleeder, 2016) es, además, un bello ejercicio de hacer que el cine se parezca al viejo cine (el de celuloide), esto debido a la ambientación de época, los años setenta, y al constante uso de imágenes de archivo. Por eso es una película que transporta a otro tiempo y a la piel misma de un hombre que inspiró toda una saga cinematográfica, y ahora inspira una nueva película que le dibuja sus facciones de cerca, como un hombre y un boxeador más real y complejo, sin la edulcoración de Hollywood.

 

Corazón gigante, de Dagur Kári

El niño adulto

Oswaldo Osorio

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Lo mínimo que se necesita para que nos pasen cosas en la vida es salir de la casa. Pero Fúsi, el cuarentón que aún vive con su madre y protagonista de esta película, parece que no sabe eso, o al menos apenas está por descubrirlo. Cuando es presionado a que vaya a una clase de baile su vida empieza a cambiar, por eso esta historia es la de la transformación de un hombre que, en casi todos los sentidos de su vida, todavía parece un niño.

Aparentemente es un relato centrado en la cotidianidad de un personaje ordinario, como tantos vemos en el cine contemporáneo de autor. Pero en realidad es justo lo contrario, es el relato de una serie de pequeñas cosas extraordinarias que le suceden a este hombre ordinario, como ir a una clase de baile, que una niña quiera su compañía y jugar con él, conocer a una depresiva mujer, planear un viaje a Egipto o cambiar de trabajo temporalmente.

Nada de esto estaba en la vida de Fúsi, hasta que salió de su casa. Pero la apuesta de esta película no es tanto por mostrar que le ocurran estas cosas, sino por la actitud con que él las asume. Básicamente esa actitud es la de un niño adulto, con una mezcla entre ingenuidad y generosidad, lo cual lo hace un ser entrañable y quien despierta de inmediato un sentimiento de simpatía y el deseo de que no tenga problemas y que todo mejore para él.

Por esta razón, todo daría para que fuera la historia de un personaje patético y perdedor, pero como justamente es el relato de una transformación y el acercamiento gentil a un ser esencialmente noble, se trata de la historia de un hombre que prácticamente empieza a vivir después de los cuarenta. Entonces la película nos hace testigos de este punto de inflexión en la vida de Fúsi, y lo hace en ese mismo tono pausado y sin afanes como se mueve por el mundo su obeso y callado protagonista.

Lo que prevalece, entonces, es esa gentileza en el acercamiento, pues a pesar de los reveces que pueda tener Fúsi, no es de esas historias que se ensañan con su perdedor protagonista. De ahí que lo que se puede ver aquí es una suerte de fábula sobre un hombre nuevo, no exenta de momentos patéticos y de crisis, pero abordados con cierta compasión y hasta ternurismo, también con un sobrio sentido del humor, en la medida en que una película islandesa se lo pueda permitir.

Una mujer, de Daniel Paeres, Camilo Medina

Lo tomo y lo dejo

Oswaldo Osorio

unamujer

Hay personas que pasan por egoístas en la vida, pero en realidad es que están tan confundidas que no tienen la capacidad de pensar en los demás. Esa sería una forma de ver a Gabriela, la protagonista de esta película, una mujer que regresa al país y, de nuevo, desacomoda la vida de quienes ya habían recobrado la tranquilidad luego de su larga ausencia. Con toda la honestidad que puedan tener los sentimientos encontrados y por medio de un relato realista y una espontánea puesta en escena, es contada esta historia que, inesperadamente, termina siendo cautivadora y contundente.

Otra forma de ver a Gabriela sería como una niña caprichosa y madre desnaturalizada que utiliza a los hombres para llevar una vida despreocupada y solo proclive al placer. Tal vez no sea ni un extremo ni el otro, sino que probablemente tenga un poco de ambos, esto es, tan egoísta como desorientada en la vida. Y este es uno de los primeros aspectos que llama la atención de la película, que no teme presentar una protagonista por la que nadie sentirá ninguna simpatía, a lo sumo un poco de lástima. Incluso esto lleva a que las contradicciones de ella sean parecidas a las que se experimentan a la hora de querer juzgarla.

Y es que las contradicciones y los ires y venires acompañan todo el tiempo a la protagonista y la sencilla trama. Sin ser una mujer especialmente bella, incluso se antoja un poco desaliñada, consigue que su amante y su ex novio –y hasta su hermano- hagan lo que ella quiere, pero lo logra sin esforzarse demasiado, por lo cual tampoco parece una persona mezquina y maquinadora. De manera que las cosas se van dando de manera natural, dictadas por las veleidades de los sentimientos de Gabriela y sus emociones del momento, así como por el deseo de los demás de complacerla, aunque a veces sea a regañadientes.

Se ha hablado mucho del bajísimo presupuesto con el que contó esta película, pero en estos tiempos, en los que el realismo cotidiano es una importante tendencia en el cine de autor, no parece haber mucha diferencia con otras películas, con mejores medios, que hablan de gente ordinaria y sobre temas ordinarios. Mayor virtud, entonces, es la de esta propuesta que, por la forma como fue hecha, pide centrar la atención, no tanto en ese realismo simple y espontáneo, que ya es harto frecuente en este tipo de cine, sino en la fuerza de la situación dramática que está puesta en juego, en esos sentimientos encontrados de cada uno de los tres personajes principales y en las erráticas decisiones a las que los fuerza esta situación.

Con una trama que parte de una circunstancia trivial -el regreso de alguien y el encuentro con sus conocidos- esta la historia va cobrando una creciente dimensión y complejidad, que no tanto argumental, sino en las implicaciones emocionales en las que están envueltos sus personajes, unas implicaciones que van mucho más atrás del momento en que empieza la película y que se proyectan, de manera inquietante, más allá del momento en que aparecen los créditos finales.