Todo el cine ya no se ve en cine

Por: Oswaldo Osorio

Hace 20 años yo iba a cine 300 veces al año. Ahora, aunque lo quisiera, no podría, porque la oferta de la cartelera ha bajado esa cifra casi hasta la mitad. Paradójicamente, las salas de cine se han multiplicado. Con las que acaba de abrir Cinépolis, solo en el área metropolitana de Medellín llegan a casi un centenar. En otras palabras, actualmente hay más dónde ver cine, pero menos cine para ver.

No hay que pensar ni investigar mucho para saber la razón de esto, porque tal situación se da desde que, en 1927, Cine Colombia compra la empresa de los hermanos Di Doménico y contrata a los Acevedo para que hagan noticieros y dejen de hacer películas. De esta manera, el mayor exhibidor del país saca del camino a las dos familias pioneras del cine nacional, y así despeja el panorama para poder llenar sus salas con todo el cine de Hollywood que siempre le ha sido más rentable.

De manera que, al parecer, simplemente es un asunto de oferta y demanda, la natural imposición de la industria sobre el arte, en un medio que está más determinado que cualquier otro por este doble componente. Sin embargo, verlo así sería un facilismo conformista, porque, por un lado, cuando se estrenaban más películas, el cine también era rentable, y por otro, antes no había más público que ahora, al contrario, en los últimos cinco años se ha duplicado.

El problema es que el facilismo es más bien por parte de los exhibidores, quienes siempre van sobre seguro con cierto tipo de cine, como por ejemplo las sagas (Destino Final 5, Transformers 3, X-Men 5, Harry Potter 8), las infantiles (Kung Fu Panda 2, Cars 2, Los Pitufos) o  las películas de súper héroes (Thor, Capitán América, Linterna verde), por solo mencionar los títulos que este años monopolizaron la cartelera.

Y como se sabe, salvo por las películas en 3D (que ya están bajando sus ganancias), los exhibidores ganan tanto o más dinero con la confitería, que no con las entradas a cine. Así que tampoco es un gran sacrificio pedirles que de las cinco o diez salas de sus múltiplex, dejen una o dos con cintas que diversifiquen la oferta.

Estas empresas deben saber que, como todas, también tienen una responsabilidad social, y si trabajan con una expresión artística, tal práctica es una obligación mayor. Con una más variada oferta, incluyendo más títulos de calidad y diferentes, la contribución de los exhibidores a la formación de públicos sería inapreciable, porque ese es un proceso necesario en el que todos ganamos, sobre todo los mismos exhibidores.

Por eso, cuando un espectador ve la cartelera (sobre todo en época de vacaciones), se da cuenta de que en más de la mitad de las salas están las mismas cuatro películas. Entonces, se conforma con lo que hay o desiste de entrar y se compra una camiseta o se dirige al primer local de hamburguesas que encuentre.

Los espectadores que queremos ver más cine, adicional a las miserias que nos ofrece la codicia de los exhibidores, pues recurrimos a las tantas alternativas que la tecnología y el mercado negro hoy nos permite: tiendas de DVD piratas, descargas por internet, TV por cable o películas online. A través de estos medios, la oferta se multiplica exponencialmente, pero el cine muere un poco, porque ya la calidad de la imagen y el sonido serán más deficientes, difícilmente tendremos la complicidad de la sala oscura y la imagen se reduce ridículamente.


Cuando el amor es para siempre, de Gus Van Sant

Diferente puede ser bueno

Por: Oswaldo Osorio

Amor, muerte y cáncer. Una conocida ecuación que el cine ha ensayado con diferentes resultados. Generalmente ello depende de quien se encuentre tras la cámara, y en este caso es un señor director a quien se le dan bien los dramas juveniles. Con solo una joven pareja, conversando, deambulando y esperando lo inevitable, Van Sant ofrece aquí una bella, melancólica y delicada película, como ya antes lo había hecho.

Desde la renegada Drugstore cowboy (1988), pasando por la cruda poesía de Los dueños de la noche (1992), hasta la descarnada y opresiva Elephant (2003), este director ha demostrado su sensibilidad para retratar y reflexionar sobre el universo juvenil urbano, poblado generalmente por muchachos díscolos, al borde del abismo o al menos diferentes al grueso de su especie.

Tal vez eso es lo único que molesta un poco de esta película: la marcada singularidad de la pareja protagónica, que es lo que permite ese mundo un tanto bizarro que construye la historia, lo cual, al menos en un principio, resulta de cierta forma artificial, lleno de una estilización que solo es posible en la ficción. Pero aunque esto sea así, como ocurre casi siempre con el arte, es posible que el artificio y la estilización hablen de cosas reales y concretas.

En esta cinta lo real es el imperativo de la muerte y lo que se concreta es el amor, nada menos que los dos elementos más determinantes de la vida. A estos dos personajes, que son demasiado poco ordinarios, en principio los une esa personalidad poco común y el contacto que tienen con la muerte. Pero cada uno de ellos asume una posición diferente. Ella se muestra serena y madura ante lo tristemente inevitable, mientras él aparece infantil y colérico.

Ambos parecen atribulados héroes del romanticismo, incluso la película enfatiza esa diferencia y esa actitud existencial –aumentando de paso la carga de estilización- con la indumentaria de los protagonistas, ataviándolos con pintas decimonónicas que no reparan en anacronismos. Aunque si bien en este tipo de elementos hay estilización, en general se trata de un relato tremendamente sencillo, que hace de la sutileza y la funcionalidad el mejor vehículo para hablar de esos temas tan solemnes y esenciales.

Así mismo, esa sencillez está presente en el tono en que está planteado el relato, un tono cruzado por el romanticismo y la melancolía, que no por la tristeza, porque a pesar de la ominosa amenaza de la muerte que lo determina todo en esta historia, su visión es de una sosegada felicidad, casi rebajándose al optimismo.

Entonces, el amor y la muerte, que deberían ser contrarios, pero que tantas veces se presentan como uno solo, le dan vida a esta sutil y bella película, dirigida por un cineasta que sabe hablar de estos temas y recreada con unas imágenes igualmente sencillas pero cargadas de poesía.


Muestra Caja de Pandora 2011

El futuro del cine colombiano

Por: Oswaldo Osorio


La riqueza del cine colombiano no está solo en el concepto ya limitado de cine, sino en uno más amplio y diverso: el audiovisual. En este sentido, no solo estamos hablando de los largometrajes de ficción que se proyectan en las salas de cine, pues con el audiovisual el espectro se expande a la producción en video y a otros formatos y categorías como el cortortometraje, el mediometraje, el documental, el experimental y el video clip.

El XII Festival de Cine de Santa Fe de Antioquia, que se realizará entre el 7 y el 11 de diciembre, es un festival temático, que en este año se ocupará de México y el cine sobre su revolución. Por esta razón, cada año este evento “viaja” a distintas partes del mundo, pero sin olvidar lo que se está haciendo en Colombia. De ahí que la Muestra Caja de Pandora es esa presencia del audiovisual nacional en el festival.

Se trata de una selección de lo mejor que se ha producido en el país durante el último año, con una duración no mayor a cincuenta minutos y en las categorías de ficción, documental, experimental y video clip. Para conseguir esto, se hace una convocatoria en todo el país a la que respondieron dos centenares de trabajos y se seleccionó una treintena, la cual es complementada con las mejores obras de otras muestras nacionales.

El resultado de esta selección es algo que apenas si está insinuado en el cine colombiano, esto es, una inmensa diversidad de temas y propuestas narrativas y estéticas que evidencian la vitalidad y las búsquedas en las que andan, principalmente, los jóvenes realizadores del país, es decir, los futuros cineastas colombianos.

Y es que esta muestra tiene como criterios esenciales para su selección la originalidad, el rigor y el riesgo, cualidades que son incluso puestas por encima de la factura, porque lo que debe importar es lo que los autores puedan decir con los medios expresivos del audiovisual, no tanto lo bonito que se vea la imagen gracias a un gran presupuesto o a lo último en tecnología.

Por eso se podrán ver en la muestra trabajos realmente originales y audaces en su propuesta como Él, ella y nosotros (Mateo Betancur), Así de simple (Andrés Montoya), Incorpórea (Rossana Uribe), Parking Lot (Álvaro D. Ruiz), Ella y la implosión (Sebastián López Borda), Ensayo de banda (José Leonidas Rendón), entre otros.

Así mismo, algunas con una sobresaliente madurez  en su visión y realización  como Movi-dos (Felipe López), Un juego de niños (Jacques Toulemonde), Anatomía de un mártir (Miguel A. Oliveros), Mu Drua -Mi tierra- (Mileidy Orozco Domicó), El otro lado (Yizeth Bonilla), Yo tengo la casita (Nicolás Guarín y René Palomino), y más.

Todo el talento y la heterogeneidad de nuestro país audiovisual están representados en estas películas. Algunas duran solo un minuto y nos pueden revelar todo un universo, otras le ponen imágenes a una canción y resultan ser una fascinante experiencia estética. Y así, se podrán ver una a una durante dos maratónicas jornadas nocturnas afuera del Cementerio de Santa Fe de Antioquia, observadas por un millar de vivos que cada año hacen de este uno de los mejores santuarios del audiovisual nacional.

Silencio en el Paraíso, de Colbert García

Las oscuras sendas del país

Por: Oswaldo Osorio


Por más que se haya hablado de un tema, abordarlo desde una nueva perspectiva podrá decir algo inédito o ahondar más en él. Esta cinta es sobre el más grande escándalo del gobierno de Colombia de los últimos años. Pero en lugar de encarar de entrada y explícitamente el crimen de estado en cuestión, el relato prefiere sugerir sus horribles consecuencias por vía de la construcción de una historia y unos personajes que le dan un rostro más humano a tal injusticia y crueldad.

Es por eso que esta película, inicialmente, está planteada como una historia sobre la marginalidad: Un barrio periférico de Bogotá, un pobre joven pobre que perifonea publicidad para sostener a su familia y la delincuencia que asfixia a todos con sus extorciones. Entre los truhanes y la falta de oportunidades, todo está servido para que tanto el protagonista como otros jóvenes del barrio sucumban ante la voracidad de un país tan corrupto.

Bueno, pero también está el amor. Un amor concebido en las fronteras opuestas a la guerra sucia que se ejerce a diario en Colombia. Es un amor ingenuo, tímido y romántico. Además, parece ser la única razón que alegra el día, el único motivo para vivir y soñar, hasta para cambiar súbitamente el semblante. Pero esta promesa de amor solo sirve para hacer más dolorosos los acontecimientos que se avecinan.

Con estos elementos, el relato construye un personaje y un universo ricos en detalles, sólidos y que logran que el espectador se identifique fácilmente con ellos. Y justamente es en el conocimiento orgánico y cercano de esta realidad donde se encuentra la novedad en el punto de vista.  El trágico destino final de estos jóvenes y sus familias se mencionó y denunció infinidad de veces, en los medios principalmente. Pero conocerlos de cerca, saber de sus sueños y afectos, eso solo lo consigue el cine con películas como esta.

El componente político y de denuncia en esta cinta solo puede sospecharse hacia el final, cuando estalla dolorosamente ante la cara del espectador, cuando se revela la ignominia de una práctica asesina y corrupta amparada por el Estado. Por lo demás, vemos una emotiva y casi pintoresca historia de amor y sobrevivencia, todo guiado de la mano de un personaje que se antoja tan real como entrañable.

A pesar de algunas inconsistencias (como la forzada relación entre el protagonista y la mujer que contrataba jóvenes), esta cinta tiene la virtud de saber armar un relato que, a partir de situaciones más o menos cotidianas en la vida de un joven que habita un barrio marginal, consigue crear un relato fluido y con una tensión solo insinuada, pero que nunca decae. Porque no hay en esta película furibundos discursos ideológicos, muy a pesar de que termina siendo una devastadora denuncia política.

Con un tratamiento realista en la puesta en escena y la fotografía, y con una cámara que sabe cuándo estar en la soltura del hombro y dónde ubicarse para conseguir un buen encuadre, esta película sigue de principio a fin a un joven que bien puede representar todo lo bueno y lo malo de este país. Lo bueno estuvo siempre en él y lo malo en una de esas oscuras sendas por las que se ha encaminado Colombia.

La versión de mi vida, de Richard J. Lewis

Una vida para contar

Por: Carlos Guillermo Mora Aucú


En el mundo del cine es muy común que directores lleven la literatura a la pantalla grande y lograr atrapar la atención de los espectadores, removiendo en ellos sentimientos, emociones y, de vez en cuando, sacarles una que otra carcajada.

Esto ocurre con el libro La versión de Barney, escrita por Mordecai Richler y publicada en el 1997. Una novela cómica en la que situaciones del personaje protagónico tienen similitud con algunas experiencias del escritor, como el haber conocido a Mann Florencia, la mujer de la cual se enamoró en vísperas de su primer matrimonio con su primera esposa, Catherine Boudreau, y de quien, años más tarde, se divorció para casarse Mann Florencia.

El libro que aún tiene gran éxito, sobre todo en Italia, es llevado a la pantalla grande con el nombre de La versión de mi vida, película dirigida por Richard J. Lewis y protagonizada por Paul Giamatti en el papel de Barney Panofsky, un judío que, a modo de recuerdos, nos cuenta sus triunfos, sus fracasos, sus amores, sus desilusiones y sus reservas. Un personaje que lleva al espectador a mirar más allá de lo que se puede ver, pues le permite esculcar entre secretos, afectos y resentimientos, alegrías y tristezas, de un pasado que va marcando el curso de su vida.

Por el título se tendería a creer que es una película de superación personal, pero no, tiene una narrativa que muestra situaciones cotidianas de una manera emotiva, entretenida. Posiblemente quienes vean la película sentirán afinidad con la vida de Barney, un personaje que no es un superhombre a quien todo le sale bien, así como los que estamos acostumbrados a ver en la mayoría de las películas, esto sin el ánimo de juzgar, ya que son géneros diferentes, pues como dice el dicho “cada quien tiene lo suyo” y cada película te sumerge en un mundo diferente.

Está película logra hacer buen empalme del pasado y el presente para contar una historia en un ir y venir de recuerdos tratando de hacer un balance de la vida misma de un hombre común y corriente que toma buenas y malas decisiones a lo largo de su vida.

La versión de mi vida te acerca a la historia de un personaje que ríe, que llora, que comete errores e intenta repararlos, un ser que simplemente vive, así como muchos actores del diario vivir.

La extraña, de Feo Aladag

Ciudadanas de segunda

Por: Oswaldo Osorio


La mujer en la cultura islámica es una ciudadana de segunda. Esa tesis ya se conocía bien con películas como El círculo, Kandahar, Caramel o La manzana. Pero no por eso esta cinta resulta menos reveladora y contundente al respecto, pues aunque todas las historias estén contadas y todas las tesis hayan sido planteadas, una nueva película sobre lo mismo puede llegar a tener igual o mayor fuerza que la primera, como sucede en este caso.

Todo el relato está evidentemente en función de la denuncia al maltrato y marginación de las mujeres en el contexto islámico, aún cuando estén en occidente. Las férreas reglas de sumisión ante los hombres y los castigos físicos y sociales son iguales en Turquía o en una ciudad europea. Por eso la joven Umay, junto con su hijo, se viven yendo, porque ni con las leyes de protección occidentales ni al amparo del amor familiar están a salvo.

Un atávico asunto de honor es la razón para descargar implacables repudios por conductas que son consideradas naturales en occidente. El absurdo “qué dirán” es el castigo al que toda una comunidad teme, porque nunca se habla aquí de moral religiosa. Se debe suponer que de ahí viene todo ese condicionamiento a la mujer y la configuración de la moral social, pero nadie aquí golpea o desprecia en el nombre de Alá, porque es a la deshonra, basada en un primitivo código de los hombres, a lo que se le tiene miedo.

Pero se podría pensar ¿Quiénes somos nosotros o esta directora austriaca para juzgar la moral de una de las culturas más sabias y milenarias de la humanidad? Eso sería considerar que hay una superioridad moral de nuestra cultura sobre aquella. El problema es cuando, luego, vemos que los motivos del repudio social pueden ser pasados por alto después de “lavar” el deshonor con una transacción monetaria.

Como ya se dijo, muchas otras (y hasta mejores) películas hacen esta denuncia. Pero lo que hay que destacar en esta es que no se limita a poner en entredicho el proceder de una comunidad según sus leyes morales, sino que va más allá y ubica su lupa sobre entidades morales más pequeñas e importantes, como la familia y las personas mismas. Porque Umay no quiere huir de su comunidad, sino que desea que su familia la acepte a pesar de aquella.

De manera que el propósito de la protagonista, más que hacer una lucha de liberación (con lo cual solo bastaría alejarse de ese entorno social), es buscar que sea aceptada con su manera de pensar, y más aún, insiste decididamente en que, al menos su familia, cambie esa mentalidad que los obliga a tornar el amor en odio.

Hasta aquí todo muy bien en esta película. El problema es cuando nos detenemos en la construcción de su historia, la cual, si bien durante casi todo el metraje sostiene una lograda tensión dramática, tiene un par de trucos burdos como si se tratara de un masticado thriller: Empezar con la última escena y el impactante giro del final, fueron recursos como sacados de otra película, porque el tono cuestionador y de fuertes argumentos dramáticos de esta historia, no necesitaban nada de eso. Es algo que en la visión general del filme se puede pasar por alto, pero no deja de ser molesto.


El precio del mañana, de Andrew Niccol

El tiempo como moneda de cambio

Por: Oswaldo Osorio


¿Quién quiere vivir para siempre? Esta es una pregunta que a muchos, sin pensarlo demasiado, les perece necia. ¿Qué pasaría si se pudiera detener el proceso de envejecimiento? Es otra cuestión en la que la mayoría de personas ven más ventajas que desventajas. Con esta película es posible pensar sobre estos asuntos, sin embargo, la forma como está desarrollada privilegia la trama de acción, dejando de lado esas interesantes reflexiones que solo un relato de ciencia ficción puede propiciar.

Ya Andrew Niccol, en su inspiradora filmografía como guionista y director, ha hecho posible conciliar una buena trama de ciencia ficción o fantasía con serios planteamiento acerca de la condición humana. Con Gattaca habló de las consideraciones existenciales y éticas de la manipulación genética y con El Show de Truman de la imposibilidad de planificar y controlar el inquieto espíritu humano.

Con esta cinta tenía las mismas posibilidades, pues su planteamiento resulta tremendamente atractivo y lleno de sugestivas variantes. Se trata de un futuro en el que los seres humanos dejan de envejecer a los 25 años y en adelante su vida se rige por el tiempo como moneda de cambio, donde los ricos pueden llegar a tener hasta siglos y los pobres viven el día a día con unas cuantas horas, incluso minutos, hasta que puedan “ganar tiempo”.

Con este planteamiento argumental, (plagiado del relato ¡Arrepiéntete, Arlequín!, dijo el señor Tic-tac, de 1965, escrito por el célebre novelista de ciencia ficción Harlan Ellison), se sugieren importantes reflexiones de fondo de tipo existencial en las relaciones del hombre con el tiempo, así como de tipo ideológico al evidenciar que, sin importar la época, siempre habrá una clase oprimida y otra opresora que regula el sistema para que nunca nada cambie.

Y aunque algunos personajes hacen notar lo tediosa y -a la larga- inútil que es la vida eterna, y la trama tiene un tufillo de espíritu revolucionario en la lucha contra el sistema, el peso de estos aspectos, en el sentido general de la historia, no es suficiente como para sacarla del montón de cintas de ciencia ficción que están más interesadas en unas dinámicas que enganchan fácilmente al gran público, como la obvia historia de amor, las persecuciones como el principal recurso de la acción y los héroes anti-sistema más cercanos a Bonnie and Clyde que al Che Guevara.

De otro lado, no puede haber película distópica sin una buena propuesta visual que construya un universo verosímil. En este sentido Niccol recurre de nuevo a la lógica aplicada en Gattaca, esto es, una estética entre sofisticada y minimalista, con una visión retro del futuro. Una decisión que seguramente les ahorró presupuesto, nada demasiado llamativo, pero que en general funciona para validar la historia que se cuenta.

Se trata de una película entretenida, sin duda, y que parte de un original planteamiento del que podría desprenderse más de lo que se dijo. Por eso es evidente que fue una película más pensada para complacer a un público muy amplio (elegir a la súper estrella del pop Justin Timberlake en el protagónico ya era una señal) y no tanto para sacarle provecho a una de las principales virtudes del cine de ciencia ficción: la posibilidad de cuestionar seriamente la condición humana en su relación con el la tecnología y el futuro.


Octubre, de Daniel y Diego Vega

Un octubre como todos

Por: Cristian Camilo Aguilar y Carlos Mora


Una sociedad regida por valores religiosos y que ha caído en la monotonía del sistema capitalista que la gobierna se revelan en la película peruana Octubre, de los hermanos Daniel y Diego Vega, galardonada en Cannes.

Una película en la que sus personajes son antagónicos en valores, pues mientras algunos de ellos están ligados a la fe católica, otros se sienten más identificados con el valor del dinero; como es el caso del protagonista de la historia,Clemente, un prestamista independiente que trata de evadir toda clase de compromiso de carácter sentimental y busca una solución para salir de la responsabilidad que tiene con su hija, una niña recién nacida fruto de una relación casual con una prostituta, quien se ha marchado sin dejar huella. Para él la prioridad es el negocio que ha heredado de su padre, el cual le permite conseguir dinero que garantice su bienestar físico.

En el caso de las prostitutas no sólo los favores sexuales se cobran, sino que se saca provecho económico de cualquier situación, porque así lo exige el entorno de marginalidad en el que se mueven.

De otro lado, Sofía es una mujer soltera muy devota al Señor de los Milagros y se ofrece a cuidar la hija de clemente. Pese a sus valores católicos, trasgrede las líneas de lo prohibido incurriendo en el pecado con tal de ganarse el amor del protagonista. Ella se debate entre la fe por sus santos y la pasión que siente por él.

Cada uno de los personajes representa la vida cotidiana de una sociedad sumida en un sistema capitalista, un sistema que acompañado por una doctrina religiosa que impide actuar fuera de los parámetros establecidos, haciendo del ser humano un ser egoísta, materialista, culpable y solo. Es un sistema que hipnotiza y pocas veces permite despertar, cuando la vida pende de un hilo muy delgado. Una película que revela la codicia, los sentimientos, las emociones y unos valores que son base de la moralidad interna.

Que la cosa funcione, de Woody Allen

Desprecia a tu prójimo y ama la vida

Por: Oswaldo Osorio


El mejor humor del cine de Estados Unidos ha sido hecho por judíos: Chaplin, los hermanos Marx, Jerry Lewis, Mel Brooks y los hermanos Zucker, por solo mencionar a los más importantes de sus respectivas épocas. El último gran cómico judío del cine, Woody Allen, y el último gran cómico judío de la televisión, David Larry, se unen aquí para presentar una comedia ingeniosa y aguda, con una rara mezcla de odio por la humanidad y gusto por la vida.

No es la gran comedia del director de Annie Hall, ni tiene el atrevimiento propio del creador de Seinfeld o de su popularísmo programa Curb your enthusiasm, pero sí es una juguetona cinta llena de guiños y de planteamientos inteligentes, más parecida a lo que hace décadas se le veía al director neoyorkino y un poco distante de esas salidas en falso, dramas maduros y “humor serio” que se le ha visto en los últimos años.

La razón de este cambio de tono tiene que ver con que, efectivamente, la base del filme es un guion que Woody Allen escribiera a mediados de los setenta. Tal vez ahí radica la explicación de ese juego contradictorio que define a su protagonista: un hombre mayor que se bate cada día contra la especie humana (algo más afín con el Woody setentón que la dirigió y con el cinismo de Larry que la protagoniza), pero que se mantiene bien dispuesto para aceptar y –a regañadientes- disfrutar lo que sea que le depare la vida.

La relación entre un hombre mayor y una joven vuelve a ser el planteamiento que mueve un relato de este director. No obstante, en esta cinta la diferencia de edad (acentuada por la enorme diferencia de sus personalidades), no es motivo de conflicto como en otras de sus películas, sino que, justamente, es lo que da lugar a situaciones cómicas y a esas agrias y deliciosas diatribas de este hombre que “estuvo a punto de  ganarse el Premio Nobel” y que le habla a la cámara para mayor desconcierto del espectador.

Y cuando parece que se está agotando esa dinámica del contrapunto entre el genio y la bruta (enfrentamiento planteado en clave de inofensiva pero graciosa caricatura), entran un par de inusitados personajes que refrescan ese juego de contrastes en torno a la sofisticación de los habituales habitantes de Manhattan y los palurdos de la llamada “América profunda”. Además, con esto nuevamente Woody Allen arremete contra esos coterráneos suyos que alcanzan la imbecilidad por sus prejuicios.

Sin ser una de sus obras maestras, de todas formas esta película tiene todo eso por lo que muchos abrazamos complacidos y fascinados el cine de Woody Allen hace ya décadas (!): un personaje neurótico con el que no nos identificamos totalmente pero que comprendemos y nos divierte, una lúcida y sardónica visión del mundo, la ingeniosa crítica a la condición humana y el humor estimulante que hace reír con la boca y con el intelecto.