La piel que habito, de Pedro Almodóvar

El mismo autor pero con otra piel

Por: Oswaldo Osorio


Desde hace algunos años las películas de Almodóvar ya no son tan esperadas, en parte porque sus buenos filmes en línea se acabaron y, a veces, hay que soportar las salidas en falso de una carrera que pasó de fascinante a brillante y luego a irregular. Esta última entrega, con su arrevesada trama y los malabares de sus planteamientos, está a mitad de camino entre esas ideas geniales y extravagantes que han definido su universo y un relato sin alma y de casi perfecta pero artificial ejecución.

Muchas de sus películas han tenido esas retorcidas y casi improbables tramas, en cierta forma eso hace parte de su estilo. Y aunque ésta toma más tiempo de lo conveniente para coger forma, termina siendo una historia bien construida, con cierta originalidad y al final sorprendente. Sobre todo porque después de la primera mitad se convierte en un thriller, tornándose intrigante y un poco oscura, con esa mezcla de verosimilitud y artificio propia del género.

Ya Almodóvar en varias de sus películas se había valido del quehacer médico como componente de sus historias, solo que esto normalmente servía como detonante o excusa para crear situaciones y explotar emociones, pero en esta cinta, con su trama ensortijada y el tono de thriller, ese componente médico se toma el relato y es llevado a obsesivos extremos, más cercanos a los filmes de David Cronenberg (por lo enfermizo y visceral-anatómico) que al melodrama pasional por el que se le reconoce.

Pero lo más cuestionable de esta película (de Almodóvar, porque es inevitable juzgarla teniendo su obra como referente) es que no parece hablar de nada significativo, pues difícilmente la obsesión enfermiza y llevada al extremo puede decir algo relevante sobre las emociones humanas. Este eminente médico, obsesionado por la venganza, por una mujer, por su esposa muerta y su hija loca, poco nos puede decir acerca de la vida, la pasión, el amor o sobre cualesquiera de esos sentimientos de los que siempre nos había hablado este director en sus películas.

Todo se queda en un jugueteo ficcional muy llamativo y hasta entretenido, pero hecho con los artificios del thriller y hasta de la ciencia ficción: las armas de fuego que crean o solucionan puntos de giro, organismos transgénicos aplicados en los humanos, los flashbacks que sorprenden revelando secretos o la información suministrada a su debido tiempo. Cada cosa bien puesta en el relato para asombrar, para turbar con insólitas situaciones o encantar con los bucles del argumento. Aunque también hay recursos fáciles o icluso donde Almodóvar se calca a sí mismo, como el personaje díscolo que entra para desquilibrar el orden establecido, quien es familiar de la criada, perseguido por la justicia y que viola a una mujer, exactamente como ya lo había hecho en Kika (1993).

Y no, no es que sea una película tediosa, torpe o exasperante, justamente todo lo contrario; y tampoco es que no se reconozca el universo y el estilo del famoso director manchego, de hecho, aquí hay muchos de sus elementos y temas recurrentes: amor y muerte, pasión y sexo, obsesión, dilemas de identidad y género, etc. El problema es que parece un divertimento extravagante que pudo haber hecho cualquier otro, más que una de esas obras suyas que emocionaban al espectador con esos personajes tan cursis, arrebatados y entrañables.

La cara oculta, de Andrés Baiz

O del entretenimiento momentáneo

Por: Oswaldo Osorio


Entre todas las tipologías de cine que se podrían crear, existe el cine bien hecho y el buen cine, que tal vez son parecidos, pero nunca la misma cosa. Algunas afortunadas películas pertenecen a ambos tipos, pero esta cinta de Andrés Baiz es solo cine bien hecho, porque se trata de un thriller que en general cumple su objetivo y evidencia su metódica concepción, pero que termina siendo apenas eso, un buen ejemplar de cine de género que se olvida cuando empiezan los créditos finales.

Fue inevitable experimentar cierta desilusión al ver que este filme no tenía ese tono visceral y oscuro de su cortometraje La Hoguera (2007) y su película Satanás (2007). En este nuevo proyecto solo se mantiene el buen pulso narrativo de este director y su eficacia con las imágenes, porque por lo demás, estamos ante un thriller ciertamente original en su historia y bien contado, pero que emociona y sorprende apenas en la justa medida (eso sí, no vea el tráiler porque le cuentan la mitad de las sorpresas).

El material promocional de la película habla de una historia que “explora los límites del amor, los celos y la traición”, no obstante, estos elementos solo son una excusa argumental que están en la superficie del relato, el cual se concentra en lo mismo que la mayoría de los thrillers: el enigma por resolver. En este caso, se trata de la misteriosa desaparición de Belén, la novia del protagonista.

Solo hasta que se revela la razón de esta desaparición, la trama toma la fuerza y el interés de los que carecía en casi toda la mitad de la película. Es cierto que toda esa primera parte es para preparar los eventos finales, que ciertamente crean una verdadera tensión y sorprenden genuinamente, pero de todas formas es mucho tiempo de espera y diálogos de trámite y falsas pistas prescindibles,  todo lo cual se pudo haber reducido para mayor eficacia del relato.

Esto mismo ocurre con los tres protagonistas, que pasan demasiado tiempo siendo tan sosos y comunes y corrientes que no es posible identificarse con ninguno de ellos. Solo al final las dos mujeres consiguen un giro en su comportamiento que le cambia un poco el registro a sus personajes, pero no hay mucho tiempo para apreciar de qué más son capaces, porque poco después termina la película.

Andrés Baiz logró hacer una película que, en términos de producción, supera mucho del cine colombiano, ya por sus coproductores españoles, por su distribuidora internacional, por el gran nivel que consigue en su factura y por tratarse de cine de género, pero no nos dice mucho con su película, no hay nada significativo en ella como para recordarla, solo es una cinta óptima para quienes gustan de las películas que entretienen y sorprenden momentáneamente.

Defendor, de Peter Stebbings

El súper héroe sin cerebro


Imáginese Kick Ass, pero dramática y sin complacencias con el público. Una película con una interesante premisa: un hombre que tiene un leve retraso mental se convierte en un defensor callejero, pero apelando a toda la imaginería de los súper héroes, como su infantil visión del mundo se lo dicta. El director encuentra el tono apropiado para que el hacer verosímil el relato y, al mismo tiempo, sea posible esta idea disparatada. Woody Harrelson interpreta uno de los mejores roles de su carrera y es perfecto para este personaje. USA. 2009.

Decálogo del cinéfilo

Por: Andrés Burgos

Uno. Si la película es rusa y en blanco y negro, no hay que comprar crispetas a la entrada.

Dos. Resulta conveniente evadir las películas latinoamericanas donde salen prostitutas intelectuales, que declaman o sueltan datos enciclopédicos. Existe allí una alta posibilidad de que también aparezca una gallina caminando sobre una mesa o algún personaje haga el chiste sobre la contradicción de la inteligencia militar.

Tres. Los susurros resultan más importantes en las películas de acción que en las intimistas.

Cuatro. La cámara como protagonista equivale al lenguaje como protagonista en un libro. Juzgue usted.

Cinco. Amo profundamente las películas orientales, en especial las coreanas. Pero eso de saberse muchos directores, teniendo claro cuál es el nombre y cuál el apellido, es francamente no tener nada más que hacer.

Seis. Que la cámara se levante, en un movimiento de grúa, mientras un personaje grita adolorido al cielo es una imagen que ya solamente se puede permitir la comedia. No importa que Clint Eastwood lo haya hecho en Mystic River.

Siete. El talento de un director mucho le debe a la capacidad de rodearse de la gente adecuada.

Ocho. La posibilidad de que el cine gringo salga con una escena erótica memorable está en proporción directa con la eventualidad de que los franceses logren una de comedia.

Nueve. Si a uno le dicen que una película hay que verla leyendo su contexto, la cosa no pinta nada bien.

Diez. Vade retro a quien no le gustó Toy Story.

Publicado en la Revista EL Maslpensante N° 125 de noviembre de 2011

Holocausto: dos miradas sin novedad

Holocausto: dos miradas sin novedad

Por: Oswaldo Osorio


Por estos días coinciden en la cartelera dos películas sobre el holocausto, Mis recuerdos de Ana y La redada. Ambas tienen en común el tratamiento sensiblero del tema y los forzados giros argumentales. La primera es italiana (con un artificial doblaje en inglés) y la segunda francesa, y son también dos ejemplos de ese cine que no es capaz de decir nada nuevo sobre un tema que ya ha sido muy trasegado.

Mis recuerdos de Ana (Memories of Anne Frank), de Alberto Negrin, retoma el personaje de Ana Frank, tantas veces recreado por el cine y la televisión, pero no se centra en lo importante del personaje, esto es, los más de dos años que estuvo oculta en un ático y que son relatados en su célebre diario, sino que esta historia se aventura a especular sobre su destino y el de su familia en los campos de concentración.

Por eso toda la película es una sucesión de lugares comunes vistos en incontables películas: la crueldad de los nazis, pero aquí dibujados con burdas muecas de maldad; la separación de las familias entre gritos, con una excesiva banda sonora de Ennio Morricone puesta al servicio de la redundancia dramática; el hambre, la convivencia con la muerte, etc. Y cuando se propone ser reflexiva, lo hace torpemente con artificiales episodios, como el examen que le hace el rabino al estudiante de la SS.

De otro lado, La redada (La rafle), de Rose Bosch, parece querer decir algo distinto porque presenta dos variaciones importantes: la primera, es que se trata de los judíos en París, y la segunda, que el relato se centra en los niños. Sin embargo, el protagonismo de los niños solo es el vehículo para forzar las situaciones dramáticas y sentimentales, así como para repetir el disco rayado de la crueldad de los nazis y el miedo cómplice del resto de la sociedad.

También está la reiterada idea del médico y la enfermera que se convierten en el sustento físico y moral del grupo de judíos. Pero en definitiva es una cinta que no ofrece ninguna vuelta de turca sobre el tema, ningún personaje significativo ni una idea que no suene repetida. Concesiones al público sí hay muchas, algo que es muy fácil de conseguir con el ternurismo explotado de una historia con niños.

Hay a quienes los exaspera la insistida referencia a ciertos temas en el cine, como la dictadura argentina, el conflicto en Colombia, la guerra civil en España o el holocausto mismo. No se dan cuenta de que son tópicos que, por su importancia histórica y el fuerte drama humano que conllevan, le permite al cine seguir reflexionando con grandes palabras sobre la condición humana en el contexto de un importante momento histórico.

No obstante, para contar lo ya contado y no repetirse, es necesario proponer una perspectiva distinta o proporcionar elementos diferentes, así lo demuestra, a propósito de estas dos películas, una corta lista de buenos títulos sobre el holocausto: La lista de Schindler (Steven Spielberg), La vida es bella (Roberto Begnini), Adam resucitado (Paul Schader), La decisión de Sophie (Alan J. Pakula), El triunfo del espíritu (Robert M. Young) o Juicio a Dios (Andy De Emmony).

Por eso, en estos casos, tal vez es mejor quedarse en casa viendo una buena película en video que morirse de tedio en una sala de cine.


Sherlock Holmes: Juego de sombras, de Guy Ritchie

Más de lo mismo… pero no hay problema

Por: Íñigo Montoya


Lo que hizo Guy Ritchie por el personaje de Sherlock Holmes en el cine es equivalente a lo que hizo Tim Burton por Batman, esto es, quitarle ese aire de héroe cursi y aburrido para ponerlo al día con el cine entretenido, de gran presupuesto y amplias audiencias.

Para hacerlo, lo primero fue convertirlo en un hombre de acción con carácterísticas de anti héroe, con lo cual el relato ganó vistosidad y vertiginosidad en el aspecto narrativo y visual, así como complejidad en la contrucción de los personajes, porque Watson también tuvo su transformación.

Esta segunda entrega es un poco más de lo mismo, lo cual no necesariamente es un defecto, pues la anterior cinta tenía mucho de entretenida, inteligente y bien lograda. Tal vez la gran diferencia está en el antagonista, pues en la primera película, muy ingeniosamente, opusieron a la racionalidad de Holmes un conflicto que provenía de lo sobrenatural, mientras que en esta “solo” le opusieron una mente genial equivalente a la suya.

De manera que toda la cinta es un duelo declarado entre la inteligencia de dos hombres y el desarrollo de la trama es la forma como mueven sus fichas. El juego de ajedrez final es una clara imagen de esa lógica que domina todo el relato.

Guy Ritchie se caracteriza por hacer una cine tremendamente vistoso y entretenido, pero sin mucho para decir. Esta película está dentro de esos lineamientos, y no es que se trate de una película hueca, pero lo cierto es que su virtud está en los aspectos formales y narrativos, así como en el fascinante empaque que este director inglés siempre sabe concebir, y eso ya es suficiente para quienes solo quieren pasar un buen rato con cine hecho con inteligencia y eficacia.

Las mejores películas del 2011

O las limitaciones de las listas

Por: Oswaldo Osorio


Es un placer culposo hacer listas. Lo único cierto en ellas es que hay que creerles solo en la medida en que se comparta los criterios y el gusto de quien las hace. Esta lista, además, está llena de limitaciones: películas estrenadas en 2011, ni siquiera en Colombia, sino en Medellín, donde la oferta es menor.

Es por eso que muchos de los grandes títulos del año (Melancolía, El árbol de la vida, El niño de la bicicleta, Tenemos Papa, El artista…), no fueron contemplados, ya porque nunca se estrenarán en el país o porque se verán con un año o más de retraso. Lo importante de las listas es que son un referente, sobre todo para quienes no son muy cinéfagos y agradecen que alguien les limpie un poco la oferta de tanto ripio de celuloide que siempre abunda por ahí.

1. Medianoche en París, de Woody Allen. Esta cinta es una carta de amor que el siempre genial director neoyorkino le hace a la Ciudad Luz. En ella está lo mejor de su cine: serias reflexiones sobre el arte y el amor cruzadas por el humor y la fantasía.

2. Un año más, de Mike Leigh. Hecha por un director que nunca decepciona, esta cinta habla de personas corrientes que lidian con situaciones corrientes, y aún así, resulta una significativa historia, inteligente y cargada de connotaciones.

3. Lazos de sangre, de Debra Granik. Un conmovedor relato que se adentra en un desconocido sector social de Estados Unidos, donde violencia, familia y marginalidad están presentes en cada personaje y su visión del mundo.

4. De dioses y hombres, de Xavier Beauvois. Un inspirador y reflexivo filme sobre la religión pero sin proselitismos, que habla con lucidez acerca de la naturaleza humana y de manera sosegada con su narración y sus imágenes.

5. El asesino dentro de mí, Michael Winterbottom. Descarnado e inquietante thriller que casi nos hace comprender y apreciar a un asesino. Una historia de atmósferas densas y personajes impredecibles.

6. Bright star, de Jane Campion. La historia de un amor insatisfecho y un retrato del más puro romanticismo. El esbozo a trazos gruesos de uno de los cultores de este movimiento literario, el poeta John Keats.

7. Los colores de la montaña, de Carlos César Arbeláez. Esta entrañable película habla del conflicto colombiano con sutil contundencia, sin gritos ni sensacionalismo; así como de la naturaleza de los niños, sin empalagos ni sensiblerías.

8. En un mundo mejor, de Susan Bier. Los conflictos afectivos y familiares están aquí en  primer plano tratados en toda su complejidad, mientras de fondo, el gran tema de la venganza es cuestionado y analizado de manera inteligente e impactante.

9. Así se siente el amor, de Mike Mills. Una cinta que habla de la tristeza a partir de dos historias de amor, una filial y otra romántica. Un sutil relato que juega con el contrapunto entre la emotividad de las situaciones y el adverso estado de ánimo de su protagonista.

10. Rompecabezas, de Natalia Smirnoff. Una historia de liberación que de forma mesurada e inteligente habla del universo femenino y del machismo institucionalizado por la familia y el matrimonio.

Caballo de guerra y Las aventuras de Tintín

Spielberg: dos pasos atrás

Por: Íñigo Montoya


La gran virtud de Steven Spielberg es que ha conseguido con muchas de sus películas el esquivo equilibrio entre ese doble carácter del cine –y por momentos contradictorio- de arte e industria. Películas suyas como Encuentros cercanos del tercer tipo, El color púrpura, El imperio del sol, rescatando al soldado Ryan, La lista de Schindler, Inteligencia artificial o Atrápame si puedes, tienen mucho de gran cine y, al mismo tiempo, consiguieron conectar con el gran público.

No obstante, tiene un grupo de películas que están más del lado del cine de evasión y entretenimiento, al cual es más difícil encontrarle virtudes mayores a las de hacer que sean eficaces concretando ese objetivo. En ese grupo se podrían mencionar películas como Tiburón, ET, Indiana Jones, Jurassic Park, Minority report o La guerra de los mundos. De todas formas, son muy buenas películas en su tipo.

Pero hay un tercer grupo de películas que verdaderamente dejan mucho qué desear. Son filmes que fueron creados ya con intenciones de pertenecer al primero o al segundo grupo, pero que no consiguen tener éxito en una u otra forma. Las dos películas que acaba de estrenar, casi simultánemente, pertenecen a este grupo.

Con Las aventuras de Tintín, obviamente, quería hacer un gran filme de aventuras dirigido al público infantil y juvenil. Seguramente esa es la razón para elegir la técnica de “captura de movimiento” (filma los actores y los convierte en animación 3D), porque es atractivo visualmente y está de moda.

Pero a pesar de todo el prestigio de la legendaria histoireta del belga Hergé, Spielberg solo consiguió un relato de aventuras común y corriente, cargado de toda la acción y los lugares comunes típicos de lo más comercial de este género. Es cierto que visualmente consigue una estética propia y hasta fascinante, pero con la tecnología de ahora eso ya no es mayor mérito. Incluso se le debe reprochar que sus imágenes y acciones no explotan el sistema de 3D en todo su potencial (un 70% de la película se puede ver sin las gafas).

De otro lado, está Caballo de guerra, una película que está siendo promocionada como otra entrega de los grandes filmes bélicos de Spielberg, pero lo cierto es que se trata de un relato forzado y sensiblero que tiene a un (milagroso) caballo como su héroe e hilo conductor. Las profundas reflexiones y los duros dramas humanos que se le han visto en sus películas de guerra desaparecen aquí para construir aislados capítulos que explotan la emotividad de una situación y tal vez el amor por los animales.

De manera que con una película quería ser comercial y puro entretenimiento, lo cual puede que logre con cierto público, pero en realidad solo hizo una cinta como cualquier otro director pudo haber coseguido, sin toda su fama y muchas veces demostrado talento; mientras que en la otra, un tema con el que este cineasta ha dicho grandes cosas, solo consigue reproducir la emotividad fácil y el sentimiento predecible.

Dos comedias colombianas

De Guatecolombia a Guatepeor

Por: Iñigo Montoya


La ya tradicional comedia colombiana de navidad esta vez llegó por partida doble, como para quien no quiere caldo. Como siempre, Dago García presentó su capítulo anual de una saga que hace años no hace sino decepcionar a quienes en algún momento creíamos que era posible conciliar el humor popular con el ingenio, así lo hizo con películas como La pena máxima, Te busco –y en menor medida- Muertos de susto.

Escritor de telenovelas, dirigida por Felipe Dothée, parece más el clavo con que Dago se quería sacar sus odios contra el sistema que le dio fama y fortuna. Es por eso que en esta cinta son más las puyas contra la televisión y los canalas, así como las reforzadas salidas argumentales, que un planteamiento cómico sólido. De hecho, llega un momento en que el intento de hacer humor desaperece y se instala en el relato un aburrido drama.

Adicionalmente, para infortunio de Dago, este año Mario Ribero con Mamá, tómate la sopa, una comedia con las mismas pretensiones, le salió al paso y se le robó el público. El gancho del título y la presencia en el protagónico de la medio diva Paola Turbay le ayudaron a ser bien recibida por los espectadores.

Sin embargo, a pesar de tener un planteamiento que en principio promete, luego todo se diluye en una trama que empieza siendo predecible, pasa por la colección de clichés cómicos y, así como la de Dago, insólitamente trasmuta en drama.

En otras palabras, nuevamente los intentos de hacer comedia en el país se ven frustrados por el poco sentido para hacer humor inteligente y sólido, porque todo se queda en situaciones improblamente cómicas, en chistes flojos y, peor aún, en el desconocimiento de la lógica del género porque muchas veces terminan siendo absurdos dramas.

Con el cine a cuestas


Por: Oswaldo Osorio

El cine llegó a Medellín a galleras y plazas de toros en los estertores del siglo XIX. Por aquel entonces, igual que lo hizo Bruno Crespi en Macondo, un ejército de empresarios trashumantes se repartió las ciudades y pueblos del mundo para llevar el cinematógrafo, si venían de parte de los hermanos Lumière, o el proyectoscopio, si los había mandado Edison.

Claro que Macondo fue el único lugar que despreció la nueva atracción, cuando sus habitantes vieron como un engaño que un actor muerto en una película, resucitara para la cinta de la semana siguiente. Por lo demás, el cine fue acogido con fervor desde las grandes capitales del mundo hasta los más recónditos e impronunciables poblados. Y todo empezó con centenares de proyectores viajando en barco, tren o a lomo de mula. Por eso el cine comenzó siendo portátil, una atracción de feria ofrecida por nómadas de la luz y de la imagen en movimiento.

A finales de 1898 se dio la primera función de cine en Medellín. Era un proyectoscopio, traído por los señores Wilson y Gaylord, en el que se pudieron ver las acostumbradas imágenes de aquel entonces, esto es, películas entre cinco y diez minutos que todavía no contaban historias sino que mostraban la febril actividad de las grandes ciudades: trenes, transeúntes, bailes, carruajes surcando las calles, etc.

Esas primeras funciones fueron en el Teatro-Gallera, años más tarde serían el Teatro Principal y a partir de 1910 es el célebre Circo España el que empieza a tener al cine como uno de sus acostumbrados programas, los cuales intercalaba con obras de teatro, zarzuelas y corridas de toros. Dos años después, sus administradores se asocian con los hermanos Di Domenico, pioneros de la producción y la exhibición del cine en Colombia, para mantener una programación más regular y variada. El cine ya estaba en casa.

Se abren los templos del cine

Y así como ocurrió en Medellín, al mismo tiempo se dio el advenimiento y furor del cine en todo el mundo. Esos proyeccionistas nómadas esparcieron las semillas para que se crearan las primeras salas de cine. Ya para la primera década del siglo XX los llamados Nickelodeones invadían las ciudades de Estados Unidos, y con ellos el cine se convertía en la forma de entretenimiento más popular, pero también significaron el inicio del predominio del cine sedentario.

Por el soporte en el que se encuentra la obra, el cine es el arte que más condiciones exige para ser consumido. Esto se debe, en principio, a su base tecnológica, pero también a unos requerimientos necesarios a la hora de presentar una película: proyector, pantalla, sonido amplificado, butacas y sala oscura. Si bien estos requerimientos inicialmente se ajustaron a la itinerancia de un pasatiempo que apenas se daba a conocer, cuando fue más popular y rentable fueron concebidos para grandes salas y así ofrecer un mejor espectáculo.

Para los años veinte los Nickelodeones, que todavía tenían mucho de teatro de variedades, habían sido sustituidos por los grandes templos del cine, creados en función de las proyecciones cinematográficas y dotados de un gran aforo. En Bogotá ya hacía años operaba el famoso Teatro Olympia y en Medellín se construyó, en 1924, el siempre recordado con nostalgia Teatro Junín.

El primero duró 33 años y el segundo una década más. Ambos sucumbieron ante la concepción de progreso de los gobernantes de turno, al de Bogotá le pasaron por encima una calle y al de Medellín lo aplastaron con el edificio más emblemático de la ciudad. Luego de más de medio siglo como la forma predominante de exhibir películas, el fin de estos templos del cine en Colombia hace parte de una tendencia mundial, a partir de la cual empiezan a desaparecer esas grandes estructuras dotadas de cuatro mil o seis mil butacas (como el Junín y el Olympia, respectivamente). En consecuencia, para los años ochenta el panorama había cambiado casi por completo. Los cines de barrio dejaron de existir y el público empezó a ver cine en sus betamax o en pequeñas salas agrupadas en multiplex incrustados en centros comerciales.

Del Kinestoscopio al iPad

Pero la razón de ser de este recorrido por la exhibición del cine no es el lamento y la nostalgia, sino reparar en una paradójica situación que se presenta desde hace unas dos décadas y que en los últimos años ha cobrado mayor fuerza. Y es que el cine de nuevo ha empezado a ser portátil y trashumante. Otra vez la tecnología lo hace posible. El formato de video (ya en VHS o DVD) y los cada vez más pequeños y baratos proyectores de video, han devuelto el cine a la carretera y lo han sacado a las calles y plazas públicas.

Pasando agachados por el complejo –para estos casos- asunto de los derechos de autor, instituciones, cineclubes, festivales de cine y hasta pequeños empresarios como los de hace un siglo, cargan sus películas y proyectores hacia todos los rincones de las ciudades y del país. El medio centenar de muestras y festivales que hay en Colombia dan fe de ello, pero también los programas culturales y de formación de públicos llevadas a cabo por distintas entidades y hasta –muy tímidamente habría que reprochar- por los mismos entes estatales.

La gran diferencia con el cine portátil de hace cien años es que ahora todas esas funciones son gratis. El eslogan propuesto hace más de una década por el Festival de Cine de Santa Fe de Antioquia de “cine bajo las estrellas”, se ha impuesto en este nuevo ciclo de películas nómadas, y el techo de estrellas no se cobra. Igualmente, el “Cine Andariego”, uno de los principales programas itinerantes de Medellín, es una bella expresión que le da nombre a esa vocación que tienen muchos para echarse el cine a cuestas y llevarlo a un público siempre ávido de ver las historias de la gran pantalla.

Esta situación llega a una coincidencia mayor con los orígenes del cine cuando es posible ver que ahora, por vía de los computadores portátiles y los iPad, que un considerable número de espectadores ven las películas en solitario, así como se prefiguró Edison que se debía ver el cine cuando creó el Kinetoscopio, el cual, a diferencia del cinematógrafo, solo podía ser visto por una persona, porque la película estaba proyectada dentro de una caja y se veía a través de una rendija. La diferencia es que el aparato de Edison era grande y solo almacenaba una película, mientras los dispositivos actuales se pueden llevar bajo el brazo y conteniendo hasta varios centenares de películas. El ciclo del consumo de cine parece que volvió al mismo punto, pero es abismalmente diferente.