Kinestoscopio 93: La revista para los que aman el cine

Acaba de salir la última edición de la única revista de cine del país, un heroico proyecto cultural que, insólitamente, ha sobre vivido ya 21 años. Con su reciente propuesta en la diagramación y algunos cambios y adiciones en sus contenidos, la actual revista se muestra renovada y más atractiva para su público, aquel que ama el cine.

La portada de este último número no podía estar dedicada a otro tema que a la más reciente película colombiana, más específicamente de Medellín: Los colores de la montaña, del director Carlos César Arbeláez. Una entrevista con el realizador y una crítica sobre el filme abren el contenido que trae la revista sobre el cine nacional, que siempre es uno de sus más importantes tópicos. Es por eso que también se puede encontrar en este número una reseña sobre el Festival de cine de Cali y un texto sobre Andrés Caicedo.

El dossier está dedicado a las nuevas caras femeninas de la cinematografía latinoamericana, con lo cual se da un significativo informe sobre el nuevo protagonismo que las mujeres tienen en el cine de la región. Así mismo, trae la infaltable sección de críticas a películas de cartelera, entre ellas Micmacs, Rabia, Red social, Machete, Solo un hombre y Hierbas salvajes. Adicionalmente, las dos novedades de la revista son las secciones dedicadas al documental y al cine de serie B, además de las ya tradicionales: Filmes invisibles y Sueño eterno.

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Marte necesita mamás, de Robert Zemeckis

Los fracasos de un director prometedor

Por: Íñigo Montoya



Hasta hace una década el nombre de Robert Zemeckis se perfilaba como el más prometedor de la industria de Hollywood. Se hablaba de él como el sucesor de Spielberg, por su capacidad de hacer películas de gran éxito, con historias bien contadas y una cierta calidad cinematográfica: la saga de Volver al Futuro, Quién engañó a Roger Rabbit, La muerte le sienta bien, Forrest Gump, Contacto, Náufrago, entre otras.

Sin embargo, en la última década, su empeño con la animación digital por vía de la técnica del capture motion (filma primero a los actores y luego los convierte en animación 3D), solo le ha significado unos irregulares resultados, tanto en la taquilla como en la calidad cinematográfica.

Ha hecho cuatro películas con esta técnica: El expreso polar, Beowulf, Los fantasmas de Scrooge y Marte necesita mamás. Esta última ha sido su mayor descalabro, sobre todo en lo comercial, pues las expectativas eran muy altas y la respuesta fue tan pobre que le cancelaron su próximo proyecto, una nueva versión del Submarino amarillo.

Y efectivamente, esta nueva cinta infantil si bien presenta un planteamiento argumental con cierta originalidad (un niño tiene que rescatar a su madre raptada por marcianos que la usan para criar a sus propios niños), termina siendo desarrollado de forma muy convencional y predecible, aunque sin llegar a ser tediosa o malograda.

Igualmente, la concepción visual es atractiva, pero todo el trabajo en que se ha puesto Zemeckis con su “nueva técnica” no se diferencia demasiado de las otras películas de animación, pues su ambición es lograr el mayor realismo posible en las expresiones y movimientos de los personajes, y si bien tiene mayores avances que la animación convencional, la diferencia no es suficiente como para que por sí sola ya tenga un atractivo superior a las demás.

No es que sea una mala película, al contrario, tiene todos los elementos de una bien lograda película infantil de animación, pero teniendo en cuenta las ambiciones, inversión y expectativas de la cinta, así como el nombre de su director, el hecho de que el resultado sea solo una película más del montón es lo que pone en evidencia su fracaso como producto industrial y cinematográfico.

Invasión del mundo: Batalla – Los Angeles

Bala, explosión, muerto, avance, más bala

Por: Íñigo Montoya

Es muy significativo, y también un poco sorprendente, que la película más taquillera del momento, tanto en Colombia como en Estados Unidos, sea una película extrema, es decir, una cinta que, al parecer, sería solo del gusto de una franja del público, la que gusta del cine de acción más simple y descerebrado.

Porque este filme de ciencia ficción no es otra cosa que un largo tiroteo de casi dos horas. Además, una historia, como suele suceder con el cine más comercial, muchas veces contada, desde El día de la independencia (Ememrich) hasta La guerra de los mundos (Spielberg): una invasión extraterrestre en la que no hay más interlocución con los alienígenas que la violencia y el deseo de exterminio total.

La cinta enfatiza su intención de ser contada solo desde este punto de vista, el de la acción y la violencia, cuando los protagonistas son todos soldados, apenas sazonados un poco con algunos civiles que solo están allí para hacerles más dura su labor.

La película cuenta, como es necesario por cuestiones de ritmo y atención del espectador, con algunas escenas de “descanso”, en las que con la delicadeza de un fusil plantean unas emociones y sentimientos, pero por lo demás, es todo plomo y destrucción mientras van de un punto A a un punto B, es decir, tal cual como un video juego.

A pesar de todo lo dicho, si el espectador no tiene un prejuicio serio por este tipo de cine, es una cinta que se deja ver, porque hay que reconocer que tiene su poder hipnótico en la medida en que sabe usar sus recursos para sostener la atención -y tensión- este simplísimo esquema: bala, explosión, muerto, avance, más bala

Rango: Un western animado para adultos

Por: Íñigo Montoya

Aunque el cine de animación casi siempre es dirigido al público infantil, también es una técnica usada para hacer películas complejas en su construcción y orientadas a los adultos (El gato Fritz, Ghost in the Shell, Heavy metal, Final fantasy…). Pero entre estos dos extremos hay unas “indecisas” que son planteadas como lo uno y terminan siendo lo otro, como ocurre con esta cinta.

Rango es un camaleón que cae de su cómoda urna de cristal a la mitad del desierto. Llega a un moribundo pueblo típico de las películas del oeste y les hace creer que es un sanguinario asesino. Hasta aquí todo muy bien, una película ligera, ingeniosa y divertida que tenía toda la atención y risas de mi sobrina de seis años, quien estaba en la butaca de al lado. Pero lo que sigue a continuación es un western a la manera clásica, con toda la gravedad y complejidad que exige este género.

Aunque a los dos minutos ya se empieza a sospechar la dirección que podría tomar esta cinta, cuando el camaleón cae en el parabrisas de los personajes de Miedo y asco en Las Vegas, aquella delirante y drogadicta película de Terry Gilliam protagonizada por Johnny Depp (quien, justamente, hace la voz de Rango). Este guiño cinéfilo (como la aparición de Clint Eastwood más adelante y otros tantos más) ya empieza a contradecir lo que podría ser solo una película infantil.

Y efectivamente. Si bien a la historia general quieren darle un trasfondo ecológico, como está de moda ahora con el cine para niños, en esencia se trata de un western duro y directo que apela a todos los tics y esquemas del género. La trama sobre la escasez del agua se hace cada vez más compleja, en la medida en que nuevos personajes y subtramas se suman a la historia, mientras que el conflicto interno del personaje se transforma en un asunto existencial y filosófico.

Para ajustar, los personajes grotescos y oscuros cobran más protagonismo, mientras que la violencia y la intensidad de las secuencias se hacen más pesadas, tan pesadas como el sueño profundo en el que se encontraba ya mi sobrina y el niño parlanchín de dos filas más adelante. Para la mitad de la película, entonces, ya estábamos ante un western con todos sus componentes y el tono de gravedad correspondiente.

Ahora que ya estábamos conscientes de que se trataba de una película para adultos, y la mayoría de infantes habían sido excluidos del espectáculo, se podía ver que el principal problema de la cinta era que, precisamente, se tomó muy en serio los esquemas de las películas de vaqueros.

Y es que quien haya visto las suficientes películas del género, o incluso historias sobre falsos héroes en quien una comunidad deposita sus esperanzas, se dará cuenta de que Rango no le ofrece nada nuevo, todo lo contrario, termina siendo una cinta harto predecible.

Pero a pesar de que uno ya sabe qué va a pasar, e incluso cómo va a terminar, no es una película tediosa, pues su originalidad y atractivo está en los detalles: en los diálogos ingeniosos, en la concepción visual de la animación, en ese sucio y desgastado universo que recrean y en los guiños cinéfilos. Por todo eso vale la pena ver esta película, eso sí, sin niños, porque se aburrirán con la densidad y complejidad de una historia que de ninguna forma es para ellos.

Los colores de la montaña, de Carlos César Arbeláez

Los paisajes de la guerra

Por: Oswaldo Osorio


Lo más atroz que tiene el mundo es la guerra y lo más puro y honesto es la infancia. Cuando el cine reúne estos dos extremos, por lo general expresa con gran elocuencia la crueldad de la primera y la transparencia de la segunda. Y efectivamente, eso ocurre en esta entrañable película, la cual habla del conflicto colombiano con sutil contundencia, sin gritos ni sensacionalismo, así como de la naturaleza de los niños, sin empalagos ni sensiblerías.

Es la ópera prima de Carlos César Arbeláez, un juicioso e intuitivo director que tiene un valioso recorrido en el documental (con poderosas obras, entre muchas otras, como Negro profundo: historias de mineros y Cómo llegar al cielo) y en el cortometraje, con La edad del hielo (1999) y La serenata (2007), dos títulos que ya dejan entrever un estilo propio y un universo: el eficaz trabajo con actores naturales, un talento para retratar la cotidianidad y el color local, y una propensión a mirar con gracia y naturalidad las situaciones adversas.

En este país no se dejarán de hacer películas sobre el conflicto, es necesario e inevitable. Las mejores cintas colombianas generalmente son las que abordan este tema. Pero ante el riesgo de la reiteración y el lugar común, es la novedad del punto de vista y el tono en el tratamiento lo que puede hacer la diferencia, lo que dirá algo nuevo ante lo ya dicho muchas veces.

Esta película propone esa diferencia con su tono y punto de vista. La mirada desde los niños reconfigura y le da otro matiz a la visión que se tiene del conflicto armado en Colombia, a la forma y el proceso como es vivido por la gente del campo. Esto lo hace con la sólida construcción de una atmósfera de cotidianidad y desenfado que se va quebrando y donde, progresivamente, impone un ambiente desequilibrado.

Este proceso es presentado casi sin asomo alguno de violencia explícita o estruendosa, aunque sin quitarle la gravedad al asunto. Porque, en principio, no es un relato sobre la guerra en sí, ni sobre el desplazamiento forzado, sino sobre los momentos previos a todo ello, sobre la pérdida de la inocencia, en este caso representada en la pacífica vida campirana y enfatizada con la mirada y la amistad de unos niños.

Aunque la película da cuenta del momento coyuntural de la irrupción de la guerra, también se puede ver que hay cierta familiaridad con ella: un hermano en la guerrilla, la colección de balas, los grafitis, los tipos que van y vienen, en fin, una serie de elementos que hacen parte del paisaje, pero que solo son tomados en cuenta cuando empiezan a perturbar sus vidas, o cuando, muy elocuentemente, un salón de clase se empieza despoblar.

La lucidez y contundencia de esta historia es transmitida al espectador por medio de un relato sólido y sutil, pues sabe crear una progresión dramática que gana en intensidad y se muestra sugerente y contenido en las reflexiones que propone sobre el conflicto y su efecto en el campo y en los niños. Además, tiene la medida precisa para combinar esto con momentos de cotidianidad y jocosidad, por lo que resulta ser un filme duro y comprometido, pero también entretenido y encantador.

Vea más en:

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Ensayos – críticas – cine colombiano – cómics – cuentos de cine


Biutiful, de Alejandro González Iñárritu

Bella la película, burda la historia

Por: Íñigo Montoya

Nunca he sido un gran fanático de este director mejicano, y menos cuando se juntaba con el guionista Guillermo Arriaga para hacer sus revolturas en la estructura narrativa, muchas veces sin necesidad, como en 21 gramos. Sin embargo, no se les puede negar la intensidad dramática que lograban, la solidez de sus personajes y muchas poderosas imágenes.

Luego de Amores perros, 21 gramos y Babel, llegó el inevitable divorcio. En la separación de bienes salieron bien librados, así lo demostró Arriaga con su película Fuego y González Iñárritu con esta nueva y celebrada y nominada cinta. Pareciera que no se hicieran mucha falta. Además porque se evidenció lo parecidos que son en la concepción y realización de sus historias.

Biutiful es una pieza de gran fuerza e impacto. Es un relato que sabe conectar muy bien con las emociones del espectador a partir de la concepción de un personaje sólido e intenso, que además está respaldado por la siempre consistente interpretación de Javier Barden.

Así mismo, la atmósfera de angustia y opresión que se respira durante todo el metraje es construida con minuciosidad y potencia. La marginalidad toma un protagonismo que no sucumbe a la pornomiseria ni a recursos tramposos para quebrar las emociones del espectador, para sacarle una lágrima fácil.

No obstante, si bien el material argumental y dramático es tratado con respeto, inteligencia y sensibilidad, el problema en realidad es de lo que está hecho. Es decir, si bien no hay trucos ni facilismos en el tratamiento de la historia, es lo que la compone la razón para sospechar. Porque es muy fácil hacer un duro drama con la siguiente lista de temas: protagonista con cáncer y dos niños, madre alcohólica, problemas con la policía, precariedad económica e inmigrantes ilegales.

Ni Arriga ni Iñárritu saben de mesura en la composición de sus historias, ni juntos ni separados. Y si bien sus películas finalmente resultan significativas en lo que plantean y afortunadas en su construcción, la materia prima que usan es casi siempre excesiva sin razón y burda en su concepción.