La chica de la capa roja, de Catherine Hardwicke

La sexy caperuza

Por: Íñigo Montoya


La directora de Crepúsculo esta vez fue contratada para hacer otro relato de cine fantástico, ahora dedicado a la contraparte de los vampiros, esto es, los hombres lobos. La novedad es que se trata de un relato inspirado en el célebre cuento infantil de Caperucita Roja, pero llevado al territorio del cine de acción y romántico.

Porque lo primero que hace esta versión es otorgarle una carga sexual al personaje central para hacerla una cinta atractiva y ponerla al día. Una rubia con generosos atributos es la caperuza roja de esta historia, quien además es pretendida por un par de galanes, el leñador y el herrero. Luego sazonan el relato con un típico conflicto medieval de cacería de brujas y listo, ahí tienen el doble conflicto, el romántico y el de acción.

Aunque descrito así suena demasiado calculado –que en efecto lo es- de todas formas la composición general de la historia funciona para crear una trama atractiva, llena de inesperados giros, narrada con la precisión que siempre caracteriza al cine de Hollywood y con una concepción visual que sabe explotar el paisaje, la época y a sus bellos y carismáticos protagonistas.

70 años de El ciudadano Kane

La importancia y vigencia de un clásico

Por: Oswaldo Osorio


La historia de la mejor película de todos los tiempos empieza con una simpática anécdota. Una compañía de teatro de New Jersey aterrorizó a los habitantes de esta ciudad, en 1938, con una impactante y realista adaptación de La guerra de los mundos, de H.G. Wells. Detrás del pánico colectivo, producido por esta transmisión radial que anunciaba una invasión extraterrestre, estaba un joven llamado Orson Welles.

Lo importante de la anécdota es su consecuencia inmediata, y es que, apenas con 23 años, este joven firmó un contrato con la RKO, una de las más poderosas productoras de la época. Pero no cualquier contrato, sino uno sin precedentes en la industria, pues le permitieron dirigir, producir, escribir y protagonizar varias películas con plena libertad creativa.

Este detalle de la libertad creativa, que por primera y última vez se le otorgaba a una persona (le quitaron ese privilegio con los siguientes filmes del contrato), es el elemento decisivo para que esta película fuera posible. Porque Hollywood nunca le ha apostado al genio creador, sino al camino seguro, que en aquel entonces –y todavía- era el atractivo de sus estrellas y los esquemas conocidos de los géneros cinematográficos.

Welles podía contar cualquier historia, y se decidió por la vida de un magnate de las comunicaciones, inspirada en la vida de William Randolph Hearst. Es cierto que dicha historia, como otras tantas, gira en torno al materialismo y al capitalismo, a la megalomanía y egocentrismo de un hombre, y es un retrato de la sociedad y la política de Estados Unidos, pero la diferencia fue cómo lo contó este director y lo que dijo sobre estos tópicos.

Rosebud

El hilo conductor de esta película es un cuento de detectives. La trama busca el significado de la última palabra que dijera Kane antes de morir: Rosebud. Es posible que una sola palabra explique la vida de un hombre, pero lo cierto es que esta búsqueda dio lugar a las principales rupturas propuestas por esta película en relación con el cine de su tiempo: la discontinuidad en la estructura narrativa y la variación del punto de vista.

Por aquel entonces, el cine apenas se estaba afianzando en sus convenciones. La narrativa clásica, eminentemente lineal, se imponía, así como los relatos en primera o tercera persona, pero rara vez mezclados. Lo que hace Orson Welles, junto con su guionista Herman Mankiewicz, es contar la historia de este hombre a partir de seis puntos de vista distintos, los cuales definen el orden no lineal del relato.

Así mismo, su propuesta visual redefinió las posibilidades estéticas del lenguaje del cine. Y no es que Welles (en complicidad con su fotógrafo Greg Toland) se haya inventado nada, sino que fue la forma como entendió los recursos formales del cine (iluminación, encuadres, angulaciones, uso de la profundidad de campo, lentes, etc.) y cómo los combinó y los aplicó en beneficio de la expresividad, el drama y la estética de su filme, lo que la convirtió también en una obra maestra y referente para piezas futuras.

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Diario de Íñigo. La ciudad sin Luis Alberto Álvarez.

Abril 30 de 2011. La ciudad sin Luis Alberto Álvarez.

Cualquier persona más o menos iniciada en el cine, y mayor de 15 años, debería saber quién era Luis Alberto Álvarez. Mis alumnos, que tienen 20 y estudian audiovisuales (lo cual los debería convertir en iniciados), no lo saben. Ninguno. Ni siquiera los de la Universidad de Antioquia, en donde hay una sala en la biblioteca y un auditorio bautizados con su nombre. Una de las personalidades más importantes de la cultura nacional, pero sobre todo, de Medellín, no está en los registros de la generación Facebook. Y no es que pida con esto un culto a la personalidad, pero si se olvida el nombre, también se olvida la obra, y realmente es una lástima que los textos de este señor se pierdan en el olvido y, con ellos,  la forma como miraba el cine.

Lo descubrirían si visitaran una biblioteca, pero no, ahora lo poco que quieren saber de cine lo googlean, sin importarles –aunque muchos lo sepan- que la red está llena de falsos profetas (como este que firma, incluso).

Crimen de autor, de Claude Lelouch

El juego de la ficción habla del amor

Por: Oswaldo Osorio


Cualquier lugar es mejor que el lugar en el que estamos, decía alguien en una ya lejana película alemana. Y en esta francesa hay una idea similar, cuando un policía afirma que son incontables las personas que quieren irse, de un día para otro, y dejarlo todo tirado. Esta idea le confiere un fondo de hastío existencial y desesperación a esta película, y aún así no es una historia triste, pues algo de humor y amor hay en ella; ni tampoco muy trascendental y tediosa, porque está sobre la estructura del thriller, que la hace muy entretenida.

Claude Lelouch realiza películas desde hace medio siglo, pero muchos lo han desdeñado luego del enorme éxito que tuvo con Un hombre y una mujer (1966), un melodrama romántico ganador de Cannes y el Oscar a la mejor cinta extranjera. Y es cierto que este director es proclive a los cuentos ligeros y a las historias de amor, así como al cine popular y de gran presupuesto, pero al tiempo puede hacer un cine más personal, modesto y profundo.

Esta película es un ejemplo de esa versatilidad, porque puede ser vista como un inquietante relato de misterio (a la manera francesa, por supuesto, es decir, con sutileza y sin los efectismos de Hollywood para este tipo de historias) y, al mismo tiempo, como un juego intelectual con el concepto de ficción, así como una reflexión sobre la búsqueda de la identidad y del amor.

Parecen muchas cosas y muy disímiles para estar juntas, pero esa es la principal virtud de esta cinta, que esos tres grandes aspectos no sólo se identifican con claridad sino que tienen unidad, esto es, que una misma escena puede representar el misterio, la reflexión y el juego con la ficción, porque aquí lo uno siempre tiene que ver con lo otro.

Así, por ejemplo, la famosa escritora, quien a su vez tiene un escritor fantasma (aquel que escribe por ella), quien a su vez parece estar protagonizando la trama de la novela que está escribiendo, representan una multiplicidad de posibilidades en la relación entre realidad y ficción, o lo que es lo mismo, en la ficción dentro de la ficción.

Parece confuso enunciándolo, pero en la película funciona perfectamente para crear la intriga y, sobre todo, para esa ambigua construcción de los personajes, que es el recurso más importante de la trama, pues casi todo el sentido de la historia está en el juicio que el espectador hace de un personaje por lo que la película le hizo creer que es.

Pero en el fondo de esta intriga y juego con la ficción, está siempre la reflexión sobre asuntos fundamentales, como el amor, la identidad y lo que cada quien puede hacer con su vida. Algunos de esos personajes no quieren estar en el lugar donde están, a causa de lo que son y lo que quisieran ser, o del hastío con su propia identidad, o simplemente por el deseo de buscar el amor, que siempre es tan esquivo.

Este filme puede ser, entonces, la expectativa por saber quién es el asesino, o también el divertimento de ver una historia dentro de otra, o mejor, la historia de un fantasma que conoció a una mujer y quiso volver a la vida.

Río, de Carlos Saldanha

Los colores alzan vuelo

Por: Íñigo Montoya


Cuando Hollywood se mete con Latinoamérica, nada más sabe reproducir estereotipos y deformaciones de la realidad. Solo puede haber diferencia cuando hay alguien “de la casa” tras el proyecto, y ese es el caso precisamente de esta película, pues su guionista, director y productor nació y se crió en Rio de Janeiro, la ciudad que le da nombre a esta nueva cinta animada.

La idea de la película es muy buena, pues conecta el colorido y vivacidad de las aves tropicales con el tema ecológico, que es tan popular y “apropiado” para los niños. Su historia está planteada de forma muy inteligente a la manera de comedia romántica, incluso por doble partida: por un lado, la historia de las aves, que es la central y más original, y por el otro, la de sus “dueños”, que es más previsible.

A pesar de todo esto, su desarrollo es el de siempre: unos malvados villanos, la necesidad de los protagonistas de llegar de un punto A a un punto B franqueando todos los obstáculos posibles, un pequeño grupo de amigos fieles y encantadores, y un final feliz y aleccionador.

Esto quiere decir que es una película que tiene lo de casi todas las de su tipo, por lo que en general sorprende poco. Pero, de todas formas, los detalles y las pequeñas soluciones son originales y atractivos, además de exótico y refrescante el contexto en el que plantean su historia, esto es, la ciudad de Rio de Janeiro con todo su abigarramiento y colorido y, por supuesto, en medio del carnaval.

Lecciones para un beso, de Juan Pablo Bustamante

Tratado de torpeza y mal gusto

Por: Íñigo Montoya

Esta película es desafortunada casi por cualquier lado que se le mire. Para empezar, se supone que fue concebida como una comedia romántica –o al menos así la promocionan-, pero la gracia se le ve poco y el romance es truncado por dos extremos: la torpeza o el mal gusto. Pero más grave aún, no tiene jamás en cuenta las claves a partir de las cuales funciona una comedia romántica.

Al parecer es la historia de amor entre dos adolescentes, pero lo menos que hay entre ellos es romance, ni siquiera al final, cuando el amor se gana un premio de consolación que no significa nada y antes molesta. En torno a ella, está lo peor de la cinta, lo más forzado y de mal gusto: la apuesta de los tres adultos por, no enamorar, sino conseguir tener sexo con tres mujeres.

El mal gusto y la torpeza empiezan por la prueba que piden para la apuesta (los pantis de la víctima sellados con la marca de un beso -¡Qué originales!-), pero se torna insoportable cuando el espectador es testigo de las bajezas que estos hombres usan como estrategias para obtener su objetivo, un comportamiento que está en las antípodas del romance.

Entre el niño tonto que ni habla ni protagoniza ninguna historia de amor y sus tres atarvanes  consejeros, se dan una serie de situaciones que poco tienen de divertidas y que solo resultan una retahíla de escenas que quieren forzar un humor que no existe, a no ser que a uno le parezca divertido el machismo grosero y los engaños mezquinos.

La película es muy colorida, como Cartagena (la de los turistas) y cuenta con la belleza siempre radiante de Cristina Umaña, que bien pudo ser cualquier otra actriz. Salvo Basile haciendo de él mismo, como siempre, y casi dos horas de profundo tedio, casi de indignación.

Los Agentes del destino, de George Nolfi

El amor se rebela contra el Plan Maestro

Por: Oswaldo Osorio


Esta película es una rara mezcla entre historia de amor, cine fantástico y con elementos del thriller. Pero en la medida en que estos componentes están repartidos equilibradamente, el relato mantiene su unidad y coherencia, aunque al final, como debería ser siempre, es la historia de amor la que se impone.

Pero esa unidad y coherencia, más que del guionista y novel director George Nolfi, proviene de un cuento del célebre escritor estadounidense Philip K. Dick, un autor que supo crear unos magníficos relatos de ciencia ficción (Blade Runner, Minority report, Una mirada en la oscuridad), que además de ser imaginativos y envolventes, también están siempre provistos de un trasfondo de reflexión sobre la sociedad y la naturaleza humana.

La premisa de la que parte esta cinta dice que existe un Plan Maestro al que los hombres obedecen, quiéranlo o no. Entonces la cuestión fundamental de que haya un destino es que su existencia contradice el derecho del libre albedrío. ¿Porque si todo ya está escrito, entonces para qué decidimos?  Y, como se sabe, las decisiones que tomamos es lo que nos define por encima de cualquier cosa. En esta película, entonces, se enfrentan esas dos fuerzas, el Plan Maestro y el libre albedrío. El tamaño de lo que representan (y lo que está en juego) pone en evidencia la fuerza del conflicto en esta cinta.

David y Elise no están destinados a enamorarse, pero el azar, esa némesis del destino, los une un par de veces y el Plan se empieza a contrariar. De manera que la trama plantea la tensión entre el destino que los rige y las decisiones que quieren tomar. El problema es que las decisiones no siempre son fáciles, porque no todo está en blanco y negro, generalmente hay matices y variantes.

Pero si bien toda cuestión se podría solucionar haciendo un inventario de ventajas y perjuicios, y por lógica tiende a imponerse lo razonable y lo correcto,  también es cierto que esta lógica puede ser vencida por fuerza mayores, el amor, por ejemplo, aunque también el odio o el deseo, y tantas otras incontrolables pasiones propias de la condición humana.

Y aunque estas cuestiones siempre están de fondo y son lo que motivan la construcción de los personajes y sus acciones, también tiene un gran protagonismo la forma en que está presentado el relato. El componente fantástico, por un lado, el de esos seres que manipulan el destino de los humanos, impone un tono de misterio y expectación que hace de éste un relato atractivo e imprevisible. Y el componente de thriller, por su parte, permite que la narración esté construida de forma precisa y acompasada, jugando con el suspenso y los giros inesperados.

De manera que si bien es un filme que propone una reflexión sobre asuntos como el destino y el libre albedrio, con el amor en medio de esa confrontación, está empaquetado como un eficaz producto de Hollywood, entretenido, envolvente, con un par de bellas estrellas como protagonistas y complaciente con el público. En otras palabras, es un cine inteligente y al mismo tiempo muy comercial.