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En 30 años, la Red de Músicas de Medellín ha transformado más de 80.000 vidas

Para comprender la trayectoria y los logros del programa de la Alcaldía de Medellín, que en 2026 cumple tres décadas de su creación, obligatoriamente hay que conocer la historia de Juan Guillermo Ocampo, quien soñó y logró que los niños de la ciudad aprendieran música cuando la violencia no daba tregua.

  • La Red de Músicas de Medellín está conformada por 28 escuelas. FOTO Manuel Saldarriaga.
    La Red de Músicas de Medellín está conformada por 28 escuelas. FOTO Manuel Saldarriaga.
  • Este es Juan Guillermo Ocampo, fundador de Amadeus y de la Red. FOTO Julio Herrera.
    Este es Juan Guillermo Ocampo, fundador de Amadeus y de la Red. FOTO Julio Herrera.
  • La que está sentada en la silla es Ana López, quien aprendió a tocar violín en la Red y hoy en día hace parte de la Orquesta Filarmónica de Medellín. Cortesía.
    La que está sentada en la silla es Ana López, quien aprendió a tocar violín en la Red y hoy en día hace parte de la Orquesta Filarmónica de Medellín. Cortesía.
  • Este es Felipe Vélez, quien hizo parte de una de las primeras generaciones de la Red al ingresar en 1997 a la escuela de Aranjuez. Ahora hace parte de la Orquesta Filarmónica de Medellín. Cortesía.
    Este es Felipe Vélez, quien hizo parte de una de las primeras generaciones de la Red al ingresar en 1997 a la escuela de Aranjuez. Ahora hace parte de la Orquesta Filarmónica de Medellín. Cortesía.
07 de marzo de 2026
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Con un televisor barrigón, un VHS con sus respectivas cintas y un equipo de sonido, subía Juan Guillermo Ocampo a finales de los ochenta las lomas de Castilla y Aranjuez para ir a predicar sobre música. Y predicar, que es finalmente persuadir, no bajo la premisa de que por cultura o cualquier otro pretexto el otro debe conocer las bondades superiores de Mozart o Beethoven, sino con la excusa de que la música es mucho más que técnica y partitura.

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Con eso en mente fue que llegó a esos dos barrios del norte de Medellín, en los que, al igual que en toda la ciudad, la violencia era un brote que parecía imposible de erradicar. Allá iba a dar charlas de apreciación musical, un formato que había arrancado en Amadeus, primero en su sede del centro y después en la de Laureles, la empresa familiar que creó en 1988 ante la poca oferta de partituras, instrumentos, accesorios e insumos musicales en la ciudad.

Aunque su origen fue comercial, el sueño con esta compañía era que tuviera una función social que, como dice Juan, entre choque y choque fue encontrando el sentido en el entorno cultural de Medellín. En ese entonces, además de que la cultura se iba marchitando por el caos de bala y muerte del narcotráfico, estaba esa idea de que esa música sin letras, y que escuchaba la gente de corbata y tacón, primero, no era para los que vivían en el barrio y, segundo, era una cosa aburridísima.

“Y había tantos problemas y muchos pensaron en muchas soluciones. Para nosotros fue un gran descubrimiento entender que el problema no era cultural, sino social; que había que incursionar en la labor social que necesitaban los barrios. Entre esos elementos o actores de la solución estaban la música, el arte, la cultura y, sobre todo, la educación. Teníamos que educar a los adultos, a los jóvenes y a los niños, pero hacerlo de una manera divertida, moderna. No se trataba de poner a escuchar a Beethoven en estilo rock, sino de hacer agradable a Beethoven”, recuerda Ocampo, que para poder ir a conversar sobre música clásica en Castilla y Aranjuez, donde estaban en guerra ambos bandos por el territorio, lo primero que tuvo que hacer fue encontrar la manera de ganarse la confianza de los vecinos y los “dueños” de las cuadras.

Arrancó invitando a organizaciones culturales de ambos sectores a las charlas que se hacían en la sede de su negocio. Como quedaron amañados y, por ende, convencidos, el siguiente paso fue preguntar si había espacio para algo así en el barrio. Luego, con las autorizaciones pertinentes, Juan Guillermo llegó a quitarle el “frac” a la música y a hablar de ella como lo que es: una expresión del talento y de la creatividad humana.

El origen

En esas primeras citas, que se realizaban a las siete de la noche, eran pocos los niños y varios los adultos que se sentaban a escuchar, por ejemplo, la historia que narra Las bodas de Fígaro, de Mozart, que, si uno lo piensa bien, hasta podría llegar a ser argumento de un buen culebrón mexicano.

Así fue como, entre chiste y chanza, se enamoraron de la música clásica, que en radios o parques de esos barrios poco o nunca había sonado. La acogida fue tanta que Ocampo quiso dar un segundo paso para quedar en medio de ese conflicto que estaba desangrando la juventud de ambos lados.

Les propuso a las comunidades unirse por primera vez, en 1990, para realizar Feliz Navidad Antioquia, un evento que, según periódicos de la época, reunió a más de 180 músicos de la ciudad durante toda una semana para presentarse en distintos lugares, como el Parque Central del barrio Aranjuez y en El Planchón de la Esperanza, en el barrio Castilla.

Eso que parecía una locura funcionó y no se quedó ahí. Tres años después inició El Momento de la Música, un espacio gratuito que se realizaba cada viernes a las siete de la noche en el Parque de Banderas, en el Estadio, donde se proyectaban videoconciertos y en el que jóvenes y adultos se reunían a hablar de música. Y, al igual que Feliz Navidad, este espacio, que se convirtió en un evento imperdible para muchos en esa época –podían asistir hasta 200 personas–, también resistió ante los golpes de la violencia, como el 3 de diciembre de 1993, cuando el día anterior, y también en Laureles, habían asesinado a Pablo Escobar y la sugerencia era quedarse en casa y silenciar la música.

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“No logramos solucionar el problema de la música y la cultura en Medellín, pero sí aportar a un resultado en el que lo social, la educación y los niños se unían en un proyecto supremamente poderoso. Si juntábamos esos tres elementos, ahí es donde todo empezaba a tener sentido. Entonces, en ese momento, ya teníamos eco en las comunidades, claridad en el enfoque social y estaba claro que el tema era la educación”, cuenta Juan sobre cómo fue que surgió la pregunta: ¿y qué tal si esa educación estaba basada o dirigida hacia los niños?

El proyecto

La respuesta a ella fue la Red de Escuelas de Música de Medellín, donde el propósito era formar musicalmente a niños de la ciudad de manera gratuita. Y, aunque uno no lo crea, en ese entonces esa idea tuvo detractores. “Este loco quiere formar orquestas sinfónicas infantiles y juveniles. Eso no va con la historia. Eso no se ha hecho nunca y está destinado al fracaso”, cuenta Juan Guillermo que fue lo que muchos pensaron y dijeron, y que no faltaron los puristas que pegaron el grito en el cielo, argumentando cosas como que un niño solo puede y debe aprender violín desde los cuatro, que el profesor debía ser un experto que viniera de tierras europeas o que, si realmente querían tocar el instrumento, debían practicar más de seis horas al día.

Aparte de querer emprender una revolución que algunos calificaron de absurda, encontrar la manera de llevarla a cabo tomó tiempo, porque desde el principio la meta era crear algo que se sostuviera en el tiempo y, más importante aún, con la consciencia de que la promesa que se le hace a un niño es inquebrantable.

La solución a la que se llegó fue que, para asegurar su existencia, estas escuelas debían contar con el apoyo de la Alcaldía bajo un Acuerdo Municipal. En 1996, en los acuerdos 3 y 4, se estableció la creación de la Red de Bandas y Escuelas de Música de Medellín –ahora conocida como Red de Músicas de Medellín–, que ya cuenta con 28 escuelas y 12 agrupaciones.

Desde que comenzó a funcionar como un programa de ciudad, Amadeus –que fue donde nació la idea y que ya tenía experiencia en enseñanza musical gracias a la escuela de música que abrió en 1994– estuvo al frente de la Red.

La que está sentada en la silla es Ana López, quien aprendió a tocar violín en la Red y hoy en día hace parte de la Orquesta Filarmónica de Medellín. Cortesía.
La que está sentada en la silla es Ana López, quien aprendió a tocar violín en la Red y hoy en día hace parte de la Orquesta Filarmónica de Medellín. Cortesía.

Los alumnos

Un día de clase común y corriente, cuando Ana López tenía 12 años, llegó una mujer a decir que aquellos que quisieran aprender a tocar violín podían acompañarla a la escuela de música que quedaba por fuera del colegio. Ana fue una de las que decidió ir. A la salida, como estaba próximo el fin de la jornada, se encontró con su mamá y le contó a dónde iba, y la emoción fue automática: cuando Ana estaba dentro de ella, su mamá agarraba un radio, le colocaba música clásica y se lo pegaba al vientre para que pudiera escuchar. Así fue como llegó a la escuela de Alfonso López de la Red y, así mismo, inició un cambio rotundo en su vida.

Ese mismo cambio le llegó a Felipe Vélez, que en 1997, pero en la escuela de Aranjuez, conoció el contrabajo, un instrumento que no conocía y que lo deslumbró por sus sonidos graves, su vibración y, cómo no, sus dimensiones. Felipe fue uno de los primeros estudiantes de esa escuela y también uno de los primeros de la Red en ir de gira con la Orquesta de los Países Andinos, conformada por estudiantes destacados del programa, a otras ciudades del país, Venezuela, Perú, Ecuador y Bolivia.

Ana, por su parte, recuerda que esas giras –con las que montó en avión por primera vez, conoció otras ciudades de Colombia y hasta llegó a Europa– y, en general, la Red, para los niños y jóvenes que estaban allí implicó conocer un mundo nuevo; para algunos, uno alejado de los miles de riesgos que ofrecía la calle.

En 1999, la Unesco reconoció a la Red como “La nueva cara de Medellín para el mundo” , y esa fue la imagen que continuó proyectando el programa en el extranjero con su visita a algunos de los escenarios culturales más importantes, como el Conservatorio de Madrid y la Casa de América, en España; en Italia, el Parque de la Música, la Plaza de San Marcos, y hasta en el Vaticano estuvieron tocando para el papa Juan Pablo II.

Y aunque los conciertos no pararon y el reconocimiento tampoco, lo cierto es que ese nunca fue la meta a cruzar. “La idea nunca fue que se convirtieran en músicos, sino que la música les sirva en un momento de su vida, que les ayude a enfocarse, a encontrarse, a definirse. Y si la música puede continuar en sus vidas, perfecto. Y si no, pues están todas las demás carreras, que también son excelentes. Hoy en día calculamos que poco más de la mitad no se dedicaron a ella y, visto desde ciertos análisis de hace 30 o 40 años, eso podría indicar un fracaso del proyecto. Pero no: por el contrario, es un éxito. Es decir, que la música les sirve incluso a quienes no continúan con ella y eso, por decirlo de alguna manera, es el descubrimiento del siglo”, asegura Juan Guillermo, quien enfatiza que la causa siempre fue humana y que la competencia fue siempre esa realidad cruda y amarga que se vivía en los barrios a causa de la violencia, que la Red reemplazó con un instrumento, un segundo hogar y un abrazo.

Ana y Felipe dan fe de ello, casi dos décadas después, ahora los dos siendo músicos profesionales: ella violinista y él contrabajista de la Orquesta Filarmónica de Medellín (Filarmed) –donde, para que se tenga una dimensión, aproximadamente el 40 % de los músicos viene de este programa–.

“En la parte humana, para mí el protagonista siempre va a ser Juan. En la vida de todos nosotros. Nos enseñó a ser responsables, constantes. Todo lo que somos ahora tiene que ver con eso. Yo sigo en la música, gracias a Dios, pero también tengo compañeros médicos, arquitectos y de muchas otras profesiones que vienen de esos mismos inicios. Y son buenos en lo que hacen por ese comienzo que tuvimos con Juan. Claro, aprendíamos música, pero antes de cada ensayo hablábamos del respeto, del compromiso. Siempre nos inculcó eso de estar juntos, de avanzar juntos y de tener valores. Porque en una orquesta pasa algo muy claro: si no estamos unidos, eso no suena, no funciona. Y en la vida es igual. Hay que ir juntos, escucharnos y avanzar como una unidad”, dice la violinista.

En esa misma línea, Vélez, que también es gestor cultural, asegura que “todo viene de la influencia de Juan Guillermo. Tener ese referente y, sobre todo, ese contacto con él hizo que me acercara mucho a la parte social y que realmente me importara. Me permitió entender el arte, y en especial la música, como un medio para ayudar a otras personas”.

En estos 30 años, la Secretaría de Cultura Ciudadana de Medellín calcula que entre 80.000 y 100.000 personas han pasado por la Red y que cada año atienden poco más de 6.000 niños, niñas y jóvenes, entre los 3 y los 24 años. Ocampo afirma que nunca, ni en sus mejores sueños, llegó a imaginar que esas primeras charlas darían pie a este proyecto que ha permitido, solo por mencionar algunos logros, que los programas de música de la Universidad de Antioquia y la Universidad EAFIT tuvieran más candidatos, o que niños soñaran e hicieran realidad el convertirse en músicos profesionales en escenarios internacionales. Lo que desea es que el enfoque no se pierda, que la semilla y el propósito humano no queden en el aire, “porque si esto se convierte solo en música nos devolvemos 40 años atrás”.

Este es Felipe Vélez, quien hizo parte de una de las primeras generaciones de la Red al ingresar en 1997 a la escuela de Aranjuez. Ahora hace parte de la Orquesta Filarmónica de Medellín. Cortesía.
Este es Felipe Vélez, quien hizo parte de una de las primeras generaciones de la Red al ingresar en 1997 a la escuela de Aranjuez. Ahora hace parte de la Orquesta Filarmónica de Medellín. Cortesía.

¿Cómo celebrarán los 30 años de la red de músicas de Medellín?

Santiago Silva Jaramillo, secretario de Cultura Ciudadana, habló con EL COLOMBIANO sobre el legado del programa y la celebración de su aniversario.

¿Cuál es el mayor logro de la Red en sus 30 años?

“Yo diría que hay dos logros principales. El primero es institucional: la permanencia. Son pocos los programas públicos, y particularmente los culturales, que llegan a cumplir 30 años. Esto ha sido posible no solo por la voluntad institucional, sino por una continuidad que ha permitido sostener el proyecto en el tiempo. El segundo logro es que la Red ha demostrado que la formación artística y la formación ciudadana a través de la música no son solo políticas culturales, sino políticas públicas efectivas. Han logrado impactos muy importantes a nivel territorial y comunitario y, en términos prácticos, se han convertido en uno de los mecanismos más importantes que ha tenido la Alcaldía en estos 30 años para transformar la realidad de miles de personas”.

¿Qué se tiene pensado para celebrar este logro?

“Empezamos este 27 de marzo con el primer concierto de temporada de la Red, que se hará durante la Noche Extendida del MAMM. Ese será el primero de una serie de conciertos que se realizarán a lo largo de todo el año para celebrar los 30 años de la Red. En todos ellos tendremos invitados y programaciones especiales.

La idea es que cada una de las 28 escuelas y de las 12 agrupaciones que tenemos en la Red tenga también la oportunidad de brillar y de presentarse en distintos escenarios de la ciudad. Y hacia finales de noviembre –aún estamos por definir la fecha exacta–, realizaremos un gran concierto, dirigido a toda la ciudad, especialmente a la comunidad que ha hecho parte del proceso: los papás, los familiares y los mismos estudiantes”.

¿Y qué nuevos proyectos vienen en camino?

“El primero tiene que ver con la diversificación de las escuelas. El año antepasado inauguramos la primera escuela pública de tango del país, que hace parte de la Red y tiene su sede en el edificio de Bellas Artes, en el centro de la ciudad.

Hace dos años también comenzamos con un nuevo tipo de escuela llamado Mutar, un proyecto que utiliza la innovación sonora para acercar a los jóvenes a la producción musical, al acompañamiento sonoro y a otras trayectorias dentro de la música más allá de la interpretación. La primera sede está en la comuna 13 y la idea es que en los próximos dos años se abran dos más para ofrecer nuevas alternativas formativas.

Otra novedad que queremos consolidar es la posibilidad de que los estudiantes puedan homologar su proceso formativo en la Red –que es informal– con títulos formales en áreas como formación musical o gestión cultural. Esto les permitiría fortalecer su camino hacia la empleabilidad y abrir nuevas oportunidades a futuro”.

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