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Tras 15 cirugías, Priscilla Gómez ahora baila en la Royal Opera House

La actriz y bailarina monteriana hace parte del actual elenco de La Traviata, ópera que está en temporada en uno de los escenarios más importantes del mundo. EL COLOMBIANO conversó con ella.

  • En su carrera como actriz, Priscilla ha hecho parte de varias producciones, entre esas Selena:la serie. Foto Cortesía.
    En su carrera como actriz, Priscilla ha hecho parte de varias producciones, entre esas Selena:la serie. Foto Cortesía.
hace 2 horas
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El 16 de mayo de 1988, frente a la Royal Opera House de Londres, quitaron el velo blanco que cubría a Young Dancer, la escultura del artista italiano Enzo Plazzotta que inmortaliza en bronce a la bailarina australiana Katie Pianoff. La figura, apoyada en el pie izquierdo en punta mientras ajusta su zapatilla, se convirtió con los años en un punto de referencia del Covent Garden –uno de los epicentros culturales de Londres– y en una suerte de pozo de los deseos: allí se detienen niñas y jóvenes que sueñan con una carrera en la danza, pidiéndole a esa bailarina inmóvil que les conceda el favor de una carrera exitosa y, tal vez, algún día cruzar la calle y pisar el escenario de la Royal Opera House, hogar del Royal Ballet, una de las compañías más prestigiosas del mundo.

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Justo eso era lo que pedía Priscilla Gómez cuando de niña pasaba por allí. Hoy, después de una vida dedicada al arte y tras más de 15 cirugías, la bailarina y actriz colombiana hace parte del grupo de 30 bailarines que hace parte del elenco de La Traviata, la obra de ópera que estará de temporada en la Royal Opera House hasta el 17 de febrero.

EL COLOMBIANO conversó con ella acerca de su pasión por el ballet y la actuación, y sobre cómo alcanzó su mayor sueño luego de que su carrera como bailarina parecía haber llegado a su fin.

Su historia

Priscilla nació en Bogotá, pero se define con orgullo como monteriana: “Yo nací en Bogotá, pero toda mi familia es costeña. Monteriana con mucho orgullo, hasta el perro de mi casa es monteriano. Y desde niña bailo ballet”. Sus primeros pasos los dio en la academia Anna Pavlova, en la capital, antes de mudarse a los 10 años a Madrid, donde terminó su entrenamiento. Desde muy temprano su camino fue el del ballet profesional: ganó campeonatos nacionales en España durante dos años consecutivos, participó en torneos internacionales y, a los 15 años, llegó a Londres para estudiar ballet clásico en el English National Ballet. Más adelante bailó en compañías de otros países y ciudades, como el Joffrey Ballet de Nueva York.

El impulso para dedicarse a la danza vino desde el hogar. “Mi casa ha sido una casa muy afín con la lúdica, con el arte, con la expresión artística. Mis papás son apasionados de la música, de la danza; mi mamá quería ser cabaretera. Entonces, cuando la hija le salió y le dijo: ‘Quiero ser bailarina’, mi mamá dijo: ‘sí’”, recuerda. Su padre fue quien le mostró el ballet cuando tenía cuatro años, poniéndole videos como La Sílfide del Royal Ballet, la misma compañía con la que hoy comparte escenario. “Creo que mis primeras memorias en la vida son de él poniéndome ese video de algo megalejano, pero precisamente por cultivarme esa pasión es que hoy estoy aquí”.

Creció en un entorno donde el arte nunca fue visto como una afición menor: su abuelo dirigió el primer cine de Montería, una prima estudió actuación, su hermana es artista y su hermano, filósofo y músico. Desde el primer día que pisó un estudio de danza supo que ese sería el camino de su vida. “Entonces, crecí, creo, con un entorno que nunca vio las artes como una afición, sino como algo muy serio, tanto que yo desde el primer día que pisé un estudio de danza supe que ya eso era lo que quería hacer el resto de mi vida”.

Sin embargo, ese sueño estuvo marcado por las lesiones. Quince cirugías en sus articulaciones –todas por el ballet– la obligaron, en más de una ocasión, a despedirse de su sueño. “A la danza le había dicho adiós hace mucho y solo me había enfocado en la actuación, y de una manera u otra he vuelto. Me he recuperado y me di otra oportunidad”.

Fue en Nueva York donde, debido a esas lesiones, decidió darle un giro a su carrera e irse por la actuación. Estudió arte dramático en la American Academy of Dramatic Arts y comenzó a combinar la danza con la actuación, participando en musicales, cine y teatro. “Allá hice musicales, cine, teatro y luego comencé a explorar con más profundidad mi rol como actriz”. La decisión definitiva llegó cuando uno de sus cirujanos fue claro: su pie no resistía más. Tres reconstrucciones de talón, un tornillo que le perforaba el hueso y la imposibilidad de volver a hacer puntas marcaron el final de una etapa. “Para tener una carrera longeva en el ballet clásico se empieza muy joven, y eso te define por completo: es tu identidad desde que eres niña. Yo era Priscilla, la bailarina. Nunca fui otra cosa, así que salir de eso fue muy difícil”, dice.

Aun así, la actuación siempre estuvo presente. Desde niña había sido cercana al cine, influenciada por su padre y su abuelo. “Siempre fui una bailarina muy histriónica, muy expresiva, y desde hace tiempo sabía que quería irme por el camino de la actuación. El problema era el cómo. Cuando eres bailarina de ballet no tienes espacio para hacer otras cosas: es una disciplina absorbente, exigente; estás ahí todo el día. Paralelamente, veía que mi cuerpo no iba a aguantar, que ya no era lo mismo. Mi cuerpo ‘normal’ era un cuerpo con ocho, nueve, diez, once, doce... hasta quince cirugías”.

Cuando tuvo que elegir fue cuando le dijeron que el pie estaba “destruido” y que necesitaba otra cirugía, no dudó: “Me tomó cinco minutos decidirlo: voy a ser actriz. Mis papás me decían: ‘No, tómate tu tiempo, piensa en otra carrera, tal vez donde puedas estar más sentada’. Y yo respondí: ‘No, voy a ser actriz’”.

El ballet, sin embargo, dejó huellas profundas en su manera de enfrentar la vida artística. La disciplina extrema, la resistencia, el aguante frente al rechazo y la repetición constante son aprendizajes que hoy aplica en los castings y en el trabajo actoral. A eso se suma la expresividad corporal, la conexión emocional y la versatilidad cultural y lingüística que le dio haber vivido en distintos países. “Haber estado expuesta desde niña a distintas culturas también me ha ayudado mucho a abrirme puertas en lugares como Inglaterra, Colombia o España. Me dio versatilidad lingüística: idiomas, acentos, la capacidad de adaptarme a diferentes contextos culturales. Sin planearlo, el camino en la danza fue nutriendo profundamente lo que hoy es mi carrera como actriz. Al final, creo que hay una sensibilidad que todos los artistas compartimos, aunque se exprese por canales distintos. Esa misma pasión, esa lucecita que sentí a los cuatro años al ver un ballet, es la que siento hoy cuando veo una gran película y la que me impulsa a querer hacer de esto mi vida”.

El regreso al ballet

Volver a la danza, y hacerlo en la Royal Opera House, fue algo que jamás imaginó posible. La Traviata es la segunda producción en la que participa allí. “Cuando dejé la danza, jamás pensé que volvería a bailar, y mucho menos en el escenario más importante de Europa y del mundo de la danza”, confiesa.

Aquel deseo que pedía frente a la bailarina de bronce parecía enterrado, especialmente después de años pensando que incluso caminar sería difícil. Sin expectativas, y en un momento crítico de salud, hizo una audición entre cientos de participantes y fue seleccionada tras varios filtros.

“Cuando dejé la danza, jamás pensé que volvería a bailar, y mucho menos en el escenario más importante de Europa y del mundo de la danza, el mismo en el que soñé estar desde niña (...) Durante años pensé que ni siquiera volvería a caminar bien, después de todo lo que les ha pasado a mis articulaciones. Pero, tras mucho tiempo y de maneras inesperadas, hice una audición sin expectativas, compitiendo contra cientos de participantes, en un momento muy crítico de salud. Después de pasar un filtro de 60 bailarinas quedé seleccionada y aquí estoy”.

Su primera temporada fue en julio de 2023, poco después de una cirugía de hombro. Luego vinieron más operaciones, hasta que pensó que todo había terminado. “Me habían dicho como: ‘Ya no creo que puedas bailar más’”. Pero los contratos volvieron, junto con la fisioterapia, el cuidado extremo y la preparación constante. Hoy vive su segunda temporada rodeada de bailarinas a las que admira, aprovechando que el cuerpo aún responde para cumplir ese sueño que marcó su infancia. “Afortunadamente me volvieron a ofrecer contratos y pues me sentí preparada, con mucha fisioterapia, cuidado y todo, y aquí estoy, volví”.

Dice Priscilla que está disfrutándolo profundamente y “aprovechando que el cuerpo todavía me responde para sacarme esta espinita de un sueño tan grande. En el elenco hay alrededor de 60 personas. Hay miembros del coro, están los protagonistas, los solistas, que son las sopranos, los tenores, los barítonos, los mezzos, y hay un elenco de bailarines que somos alrededor de 25 o 30. Y tenemos 20 funciones; empezamos en diciembre y acabamos en febrero, finales de febrero. Ya vamos por la mitad”.

Las jornadas durante la temporada son exigentes. Semanas de ensayo preceden a las funciones. Los días de presentación llegan temprano al teatro, hacen barra de ballet, calientan y realizan un ensayo previo más corto. Su rutina comienza alrededor de las cinco de la tarde y la obra se extiende por casi tres horas, con tres actos en los que aparece el elenco de bailarines.

“Cuando empiezan las funciones, llegamos al teatro temprano. Hacemos una barra de ballet, calentamos y se hace un ensayo previo de lo que se va a hacer en el escenario, pero más corto, y ya. En estos momentos estoy maquillándome, me peinan, cambio de estilo y así sucesivamente... Mi día de trabajo empieza a las 5:00 de la tarde, cuando acaba para los de los demás.

La obra dura tres horas. Son tres actos, dos horas y cuarenta y cinco minutos, pero tiene intermedios. Nosotros aparecemos en los tres actos y aquí estamos esperando toda la función”.

Bailar en la Royal Opera House cambió su perspectiva. “Creo que nada es imposible”, afirma. Aprendió a no limitarse por diagnósticos ni por el dolor, a confiar en su tenacidad y a cuidar su cuerpo sin renunciar a los sueños. Para ella, el hilo que la ha sostenido tras tantas caídas ha sido ese deseo que nació en la infancia y que sigue empujándola hacia adelante, con rigor, profesionalismo y una preparación que siente que ha durado toda la vida.

“Me he demostrado más de una vez que las cosas son como yo me propongo, obviamente sin pasarme por encima de la salud ni del cuidado. Pero, teniendo eso muy en mente, creo que me enorgullece mucho mi tenacidad: haber seguido adelante, no rendirme, aferrarme a ese sueño una vez más, haber ido a esa audición y haberme dedicado a recuperarme apasionadamente para, algún día, tenerlo”.

Estar en el lugar en el que está es algo que “uno romantiza mucho en la infancia”, pero para poder llegar a lograrlo se necesita de mucho rigor y mucho profesionalismo. “Hay que cumplir con muchas cosas y mantener el cuerpo en la mejor condición posible. Todo eso ha sido un aprendizaje muy grande y siento que llevo toda mi vida preparándome para este tipo de momentos”.

En paralelo, su carrera como actriz continúa creciendo. En Colombia ha participado en series como No fue mi culpa de Disney Plus, y en Inglaterra hizo parte de Selena: la serie, donde interpretó a la protagonista. También ha trabajado en películas en Colombia y Estados Unidos. Su proyecto más reciente es Francisco el Hombre, que será relanzado próximamente, y en el que interpreta tres personajes distintos, de épocas, cuerpos, voces y nacionalidades diferentes. Planea regresar pronto a Colombia para promocionar la serie y seguir combinando, mientras el cuerpo lo permita, la danza con la actuación.

A las niñas que sueñan con pisar ese escenario, Priscilla les deja un mensaje claro: que confíen en su determinación. “En Colombia se ve un poco lejano: no hay industria, no hay tradición de ballet. Yo les diría que no intenten seguir un camino que no existe, sino abrir su propio camino”. Para ella, la convicción en uno mismo es tan poderosa que, tarde o temprano, la vida termina devolviendo aquello que se pidió con tanta fuerza.

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