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03 de septiembre de 2011
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Vigésimo tercer domingo ordinario

"Dijo Jesús: Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos". San Mateo, cap. 18.

Mientras avanzan maravillosamente las técnicas de comunicación masiva, cada uno de nosotros, aunque parezca extraño, padece una angustiosa soledad. En medio de nuestras ciudades, abrumadas de mensajes visuales y auditivos, somos desesperadamente solitarios.

Nacimos de una comunidad de amor: Dios es comunidad. También lo es la familia que nos trajo a la vida. Y en nada podemos prosperar, sin la ayuda de la comunidad. El estudio, el arte, los negocios, los viajes, el deporte, la religión, el descanso, tienen un sentido grupal y suponen compañía. Solos, permanecemos incompletos. El hombre es un ser en relación.

El Evangelio es un llamado a vivir comunitariamente. Ya no por un instinto tribal, ni menos aún por egoísta conveniencia. Es una invitación a ser personas, dentro de un grupo concreto, reunidos por los vínculos de un amor purificado. Seguros de la presencia de Jesús.

Cuando José vacila ante el nacimiento de Jesús, Mateo nos recuerda una frase de Isaías: "Este niño será llamado Emmanuel, que significa Dios con nosotros". Más tarde Jesús explica que, donde dos o tres estemos reunidos en su nombre, Él nos hará compañía. Y antes de enviar a sus apóstoles a predicar por todo el mundo, repite su promesa: "Yo estaré con vosotros hasta el fin de los siglos".

Raras veces nos reunimos en nombre del Señor. Por eso no sentimos su compañía.

Nos encontramos como socios, compañeros, colegas, vecinos o cómplices, pero pocas veces como amigos y hermanos.

Los sociólogos nos hablan de relaciones primarias y secundarias. Aquellas se basan en lo que somos. Estas, en lo que hacemos o tenemos.

El hogar, el grupo de amigos, el colegio, la empresa, no alcanzan a ser comunidad, cuando apenas nos unen relaciones secundarias. Nos interesa lo que el otro hace, lo que pudiera darnos.

Nuestra convivencia, semejante a la de un hotel, no ayuda al crecimiento, a la alegría, a la plenitud.

Vivimos como las piedras de un muro, yuxtapuestas pero incomunicadas. No nos conocemos a fondo, ni nos queremos.

Bajo la luna del desierto, un viejo pastor árabe pregunta a sus hijos:

-¿Cómo es posible adivinar en la noche, que ya se acerca la mañana?

-Si advierto que entre las sombras se mueve un perro y no un chacal, dice uno.

-Cuando descubro que cerca a las palmeras corre una oveja pequeña y no un cabrito, responde el otro.

-Estáis errados, -replica el anciano. Si al que viene hacia mí por el sendero lo distingo como un amigo y un hermano, es porque empieza a amanecer.


(Publicado el 8 de septiembre de 1981)

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