El acto de despertarse encierra unas posibilidades infinitas. Ese instante en que alguien se reincorpora del sueño de ocho horas y regresa a la lucidez es uno de los prodigios del misterio. Es un segundo que participa de varias naturalezas: es nacimiento, estupor, confusión, resurrección, búsqueda, dolor, agriedad, luz, esperanza, temor.
El novelista y dramaturgo dublinés Samuel Beckett puso en boca de su personaje Molloy la siguiente perplejidad: "Al despertar no siempre me acuerdo de quién soy". El suspenso de identidad o la ignorancia del lugar en que se está o del nombre del día en que amanece, son signos de ese vacío tremendo que ocurre en el momento del regreso a la vigilia.
Puede uno resultar siendo un insecto, como lo entrevió Kafka con Gregorio Samsa. Puede aparecer el sol y el Orlando de Virginia Woolf comenzará a ser mujer luego de haber sido hombre, como si se tratara de un pez mero. En el puro soplo de luz cuando los ojos reanudan su misión de lucidez, hay una tregua de coordenadas, un intervalo de la gravedad, una interrupción de las leyes que otorgan sensatez y propiedad a los humanos.
De entre todas las idiosincrasias aplicables a la hora del despertar, la resurrección es quizás la más adecuada, en especial si se acepta que el sueño es una pequeña muerte. Si Molloy no recuerda quién es, tal vez se deba a que apenas está comenzando a ser alguien diferente al de la noche última.
De modo que cada despertar es una oportunidad para mutar de esencia, para estrenar la aventura de ser hombre. Ahora bien, si no es dable aprovechar cada día esta ocasión, por lo menos valdría la pena no perder la metáfora. El cambio es una probabilidad cotidiana, como rutinario es el acto de dormir y el consiguiente de despabilarse. Cada sol es un astro interior, cada despiste frente a la identidad es el chance para trocar esta identidad.
No es lo mismo ingresar en la muerte de mentiras creyendo que al día siguiente quien se reincorpora es uno mismo, idéntico todos los días, que entregarse a la noche con la conciencia de un abismo inminente. Ocho horas son la tercera parte de la vida, y ocho horas suministradas en rigurosas cuotas diarias son la plataforma suficiente para hacer borrón y cuenta nueva. Despertar es volver a vivir, es voltear el trazo de la vida.
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