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¿De cuál Cuba habla Petro?: los viejos olvidados y la crisis energética

Bajo la sombra de una posible crisis, Trump amenaza con imponer aranceles a los países que suministren petróleo a una Cuba sumida en apagones crónicos.

  • El 20 por ciento de la población cubana es mayor de 60 años, la mayoría de los jóvenes han huido del régimen que instauró Fidel Castro hace más de medio siglo. Foto: Getty
    El 20 por ciento de la población cubana es mayor de 60 años, la mayoría de los jóvenes han huido del régimen que instauró Fidel Castro hace más de medio siglo. Foto: Getty
Daniel Rivera Marín

Editor General

hace 2 horas
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Esta semana, en la alocución en la que dijo que sería un hombre inolvidable en la cama, el presidente Gustavo Petro sacó a bailar una frase que revela una miopía política extraña: “Y lo tengo que decir: es muchísimo mejor vivir en Cuba, en medio de la cultura, que en Miami, en medio de un trancón, sin cultura propia”. La cultura cubana es innegable, pero los sueños de la revolución han terminado mal, con una generación que muere sin haber salido nunca de la isla, escudriñando entre la basura para encontrar que vender, de qué sacar centavos.

Justo esta semana, el podcast El Hilo —de la casa Radio Ambulante— contaba el drama que viven los ancianos en Cuba, donde la cuarta parte de la población tiene más de 60 años, crecieron bajo el dogma de una revolución que no se pensaba, era parte de su existencia, como la música pop para los jóvenes del mundo. Hoy, décadas después, tras la muerte de Fidel, la revolución parece un sueño que no tuvo vocación de realidad. Es decir, sucedió, pero no fue lo que se esperaba.

Hace diez años visité Cuba, me sorprendió como a todo el mundo ver un país quieto, como si se tratara de una película de los años 70, vi algunos músicos tocando algunas canciones de Buena Vista Social Club —traté de encontrar quien cantara alguna de Silvio, pero nadie— y conocí un puñado de jóvenes de menos de treinta años, compartimos un helado después de esperar una fila que le daba la vuelta a un parque, nos sentamos en la muralla que ve hacia el mar Caribe, hoy ninguno de ellos vive en la isla, se fugaron por algún hueco hacia México, hacia Estados Unidos, hacia Centroamérica.

Recuerdo que una pareja de unos 27 años soñaba con ver a Bad Bunny alguna vez, preguntaban por los escenarios y el mito de Pablo Escobar, el patrón del mal, querían saberlo todo, habían visto la serie gracias a una memoria USB que se vende en La Habana con lo último de la televisión internacional. De eso hoy ya queda poco y parece que en la isla la crisis es tremenda.

Y es que La Habana hoy no solo lucha contra el salitre que corroe sus muros; lucha contra la oscuridad. En las calles de la capital cubana, donde las filas para conseguir gasolina se miden en cuadras y horas de vida perdidas, el anuncio que llegó desde Washington este jueves ha caído como un mazazo. Donald Trump, en un movimiento que recuerda los capítulos más tensos de la Guerra Fría, ha firmado una orden ejecutiva que amenaza con imponer aranceles a cualquier país que ose venderle petróleo a la isla.

La medida, justificada por la Casa Blanca bajo el argumento de “seguridad nacional”, busca cortar el último respirador artificial de una economía que ya estaba en cuidados intensivos. Para el cubano de a pie, como Vivían Valdés, una farmacéutica de 60 años que cuida a su madre con Alzheimer, la diplomacia de los aranceles no es un juego de poder macroeconómico, sino una tragedia personal.

“Creo que eso es lo mejor, que negocien”, dice Vivían entre lágrimas, resumiendo el sentir de una población que ha visto cómo, en las últimas semanas, los apagones han pasado de ser una molestia a una condena de más de diez horas diarias. El miedo no es solo a la oscuridad, sino al hambre y a la falta de medicinas que esta nueva escalada promete profundizar.

El petróleo: el talón de Aquiles

El panorama para el régimen de Miguel Díaz-Canel nunca había sido tan sombrío. Históricamente, Cuba dependió del flujo de crudo venezolano, un cordón umbilical que se cortó abruptamente el pasado 3 de enero, cuando una operación militar estadounidense depuso a Nicolás Maduro y puso el sector petrolero de Venezuela bajo control de Washington.

Sin el subsidio de Caracas, La Habana giró su mirada hacia México. Entre enero y septiembre del año pasado, la petrolera estatal Pemex exportó a la isla unos 17.200 barriles de crudo diarios. Sin embargo, ese salvavidas ahora tiene un precio que México podría no estar dispuesto a pagar. El decreto de Trump establece un arancel adicional ad valorem a las mercancías de los países proveedores, una amenaza directa a la estabilidad comercial de sus socios, especialmente ahora que se avecina la revisión del T-MEC.

La presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, ha alzado la voz advirtiendo sobre una “crisis humanitaria de gran alcance” que afectaría hospitales y servicios básicos en la isla. No obstante, su retórica de solidaridad choca con el pragmatismo económico: “Tampoco queremos poner en riesgo a nuestro país en términos de aranceles”, admitió, reflejando el dilema de una región que observa cómo el magnate republicano utiliza el comercio como un arma de asedio político.

Una isla entre el asedio y el silencio aliado

Mientras el canciller cubano, Bruno Rodríguez, califica la medida de “brutal acto de agresión” basado en “mentiras”, en las calles de La Habana se empieza a cuestionar el papel de los aliados históricos. Rusia y China, tradicionales contrapesos de la influencia estadounidense, han mantenido una postura que muchos isleños tildan de tibia.

“Ellos apoyan a Cuba diplomáticamente, pero las palabras no resuelven los problemas”, comenta Jorge Martínez, un ingeniero de 60 años. La percepción general es que ni Moscú ni Pekín están dispuestos a sacrificar sus complejas relaciones comerciales con el gobierno de Trump por salvar el sistema eléctrico cubano. El aislamiento es, por primera vez en décadas, casi absoluto.

Dentro de este tablero de ajedrez, la figura de Marco Rubio, secretario de Estado y descendiente de cubanos, cobra una relevancia casi mítica. Rubio ha sido el arquitecto de una política que no busca simplemente presionar, sino forzar un cambio de régimen. La orden ejecutiva de esta semana acusa a Cuba de desestabilizar la región mediante la inmigración y de aliarse con organizaciones como Hamás y Hezbolá, además de Irán.

¿Espacio para la negociación?

A pesar de la retórica incendiaria, hay señales contradictorias que mantienen viva una tenue llama de esperanza. Trump ha instado a La Habana a “alcanzar un acuerdo” antes de que sea demasiado tarde. Díaz-Canel, aunque rechaza cualquier “concesión política”, ha reiterado su disposición al diálogo.

Sin embargo, el margen de maniobra es mínimo. El PIB cubano ha caído un 11% en el último lustro. La escasez de divisas ha hecho colapsar el sistema de salud y la red eléctrica. Para estudiantes como Jorge Grosso, de 23 años, quien pasó 24 horas en una fila para comprar gasolina, la situación es insostenible: “Al final nos están asfixiando. Lo que se viene va a estar duro, muy duro”.

El fantasma del “Periodo Especial” de los años 90 recorre nuevamente el Malecón, pero con una diferencia fundamental: esta vez no hay un bloque soviético, ni una Venezuela chavista que acuda al rescate. El gobierno republicano ha dejado claro que la única salida es la capitulación o la asfixia total.

El impacto regional

Para el resto de América Latina, y especialmente para Colombia y México, la crisis cubana es una advertencia de la nueva era de la diplomacia estadounidense. El uso de aranceles como castigo por relaciones externas marca un precedente peligroso para la soberanía económica regional.

Si Trump logra cortar el suministro de petróleo mexicano y de otros actores menores, Cuba podría enfrentar un colapso total de sus servicios básicos en cuestión de meses. La pregunta que queda en el aire es si la estructura del Partido Comunista Cubano podrá resistir el descontento de una población que, como Vivían, ya no tiene lágrimas para llorar por la falta de medicinas, sino solo el cansancio crónico de quien vive a oscuras.

La Habana espera, bajo un sol abrasador y frente a gasolineras vacías, a ver si el diálogo que proponen sus ciudadanos se materializa en las oficinas de Washington o si, por el contrario, el tornillo seguirá girando hasta que el sistema finalmente quiebre.

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