Little, Chiron y Black
Oswaldo Osorio
Es común ver la marginalidad social tratada por el cine, pero en esta película se le suma la que es producto de la discriminación por lo que parecen ser las preferencias sexuales del protagonista, así como una suerte de auto marginación debido a su comportamiento. Con esta triada de desventuras, se acerca en cierta forma a ese exceso de calamidades con que el filme Precious (Lee Daniels, 2009) reblandeció al público en su momento, no obstante, en esta cinta hay una mesura y sutileza que finalmente consigue crear una fábula triste y conmovedora.
Dividida en tres momentos de la vida de este héroe marginal, el relato lo sigue de cerca en su adversa existencia: pobre, sin padre, sin amigos, con una madre drogadicta y un ensimismamiento, casi un pavor ante el mundo, que hace de él un ser en extremo vulnerable, fácil de compadecer y arrancar emociones de compasión. Es mucha calamidad concentrada en un pobre muchacho y en una sola vida. El problema es que cuando una historia apela a esta acumulación de desventuras, corre el riesgo de parecer forzada en su drama, artificial en su trama y facilista en sus capacidades para tocar los sentimientos del espectador.
Luz de luna (Moonlight, 2016) se tarda mucho en demostrar que no está hecha del todo así (aunque ciertamente algo de eso hay). Su trama se mueve con parsimonia y sin sobresaltos, porque se concentra, sobre todo, en ese tempo que dicta la personalidad de su protagonista, su eterno silencio, su sempiterna actitud dubitativa, ese temor permanente que hace que parezca más un animalito asustado que un saludable niño, adolescente u hombre. Casi todo lo que hay fuera de su mundo de silencio y recelo representa una amenaza.
Es la intimidad que, a la larga, logra sentirse con este personaje lo que le da hondura a una historia que parece hecha de lugares comunes sobre la marginalidad y la intolerancia: pobreza, drogas, bullyng, discriminación y desamparo. Pero el relato consigue que, luego de la persistencia en su acercamiento y la mirada compasiva sobre este personaje, esas desgracias solo sirvan de excusa para entender su universo interno e identificarse con él. Sin trampas emocionales muy evidentes ni siendo obvios con su angustia y sufrimiento.
Y así, con una mezcla entre un tratamiento realista de la puesta en escena y algunas imágenes bellas fotográficamente o potentes en su concepción expresiva o poética, la película arma un sólido arco dramático y existencial que toma un rumbo que, aunque inesperado, en definitiva no sorprende, porque ese segmento final, el del niño hombre, termina siendo consecuente con toda esa vida de vicisitudes y temores que el argumento ha expuesto, pero también con una callada y obstinada firmeza de carácter que lo define tanto como sus miedos.
Tal vez pueda verse como una película que hace un doble juego, el primero, más dudoso, es el de buscar una empatía y emotividad fácil a fuerza de esa acumulación de desventuras; pero el segundo, más honesto y difícil de conseguir, es el de construir un personaje con un paisaje emocional profundo y complejo, pero definido con sutileza y economía de recursos. Y es este segundo componente el que hace la diferencia con tantas otras películas sobre las mismas temáticas y personajes.
Un origen y dos vidas
Oswaldo Osorio
Nada más descorazonador que un niño perdido en una ciudad con millones de habitantes y a miles de kilómetros de su casa. Con este planteamiento argumental, a prueba de estoicos emocionales, arranca una historia que, además, está refrendada por la advertencia inicial de “Basada en hechos Reales”. Así que no hay pérdida, tanto para ser varias veces nominada a los premios Oscar como para no dejar un ojo seco en cada sala de cine donde se presente y, de paso, recoger buenos réditos en la taquilla.
Este parece un encabezado burlón y despectivo ante un relato manipulador y sensiblero, pero si bien en parte ese es el objetivo, pues algo de eso tiene el filme, tampoco hay que despreciar de tajo una historia porque está hecha de un material cargado de emociones, así como de situaciones en las que es difícil no identificarse con su protagonista y hacer fuerza de principio a fin por su destino.
El caso es que se trata de un épico viaje emocional contado en dos actos, el primero, da cuenta de la desgracia del pequeño Saroo, quien tiene que lidiar con un insondable y abusivo mundo con tan solo cinco años. Es una parte realizada con eficacia narrativa, belleza en las imágenes y un equilibrado manejo de lo emocional sin acercarse mucho al tono de pornomiseria. El único problema es que parece un deja vu con ¿Quién quiere ser millonario? (Danny Boyle 2008), y más lo es cuando en el segundo acto aparece el mismo actor, Dev Patel, haciendo también de joven redimido y salvado del mundo de las calles.
El segundo acto es, entonces, ya el joven Saroo viviendo en Australia con su familia adoptiva. Paradójicamente, aunque es menos intensa emocionalmente y casi nada atractiva en su argumento, esta parte resulta de mayor hondura y complejidad en la construcción de los personajes y en las implicaciones de sus cuestionamientos sentimentales y sicológicos.
Se trata de una pregunta eterna y universal, connatural del ser humano, y es sobre conocer sus orígenes como condición para definir la identidad propia. Por eso, independientemente de lo equilibrado, feliz y realizado que parecía estar Saroo, ese componente esencial le faltaba a su existencia, lo cual lo lleva a una espiral de frustración, angustia y desesperación que prácticamente lo convierte en otra persona.
Es como si hubiera empezado otra película, porque todo en ella cambia, lo cual, visto en perspectiva, es un contraste que la enriquece y amplifica esa historia de vida que allí se está contando. Y aunque el título en español torpemente sugiere el final (el original es Lion), de todas formas es una de esas películas en las que, aunque es fácil de predecir casi todo lo que va a ocurrir, lo importante es el viaje, el emocional, el geográfico y el que hace la narración.
Publicado el 19 de febrero de 2017 en el periódico El Colombiano de Medellín.
El padre absurdo
Oswaldo Osorio
Una forma tan eficaz como pasmosa para desarmar la racionalidad, la automatización y el culto a la productividad de la sociedad actual bien puede ser combinar el absurdo, el ridículo y el humor. Winfried lo sabe, y lo aplica como antídoto contra la infelicidad en medio de la cual parece vivir su hija. Mientras lleva a cabo su cometido, conduce al espectador por un relato desconcertante en su propuesta dramatúrgica y en la relación entre los personajes, así como impredecible en su argumento.
Inés trabaja como ejecutiva de una corporación, parece llevar una buena vida, hasta que su padre la visita por sorpresa y empieza una suerte de asedio contra la normalidad y la rutinaria vida de su hija. En un principio, es difícil leer el tono del relato, pues parece un incómodo drama sobre esta relación filial. Pero paulatinamente, esas situaciones incómodas y absurdas que protagoniza Winfried, ahora transmutado en Toni, se empiezan a tornar divertidas y hasta hilarantes.
No hay una trama convencional, solo esa sucesión de situaciones en la que Toni irrumpe en el mundo de Inés de forma cada vez más insólita, con actos absurdos, insuflados por una gran personalidad y que alcanzan a sorprender y divertir a todos, salvo a su hija. Es como una terapia de choque contra una vida que no se disfruta en esa vertiginosa carrera de los compromisos corporativos.
Sin embargo, el vacío parece ser compartido por ambos. Pero si bien la hija se descifra fácil a partir de esa alienación por la competitividad capitalista, con la cual fácilmente se pierde el verdadero sentido de la vida; en el caso de Toni todo es incertidumbre y ambigüedad, no se sabe bien si es un transgresor social o un viejo desorientado y en crisis por la muerte de su perro y la distancia con su hija.
Es un personaje complejo e impredecible, y sin duda la razón por la que esta producción entre Alemania y Austria sea una pieza original y estimulante, que sostiene permanentemente la atención y la curiosidad por el futuro de sus protagonistas, eso a pesar de sus casi tres horas de duración.
Luego queda claro que todos estos encuentros y desencuentros entre padre e hija, toda esta sarta de situaciones insólitas, ridículas, embarazosas y graciosas, es un viaje emocional que experimentan ambos personajes, tanto individualmente como en su relación. Todo tal vez para aventurar una definición de lo que es la felicidad y cuál es el sentido de la vida, o incluso para evidenciar que esa triste y racional mujer no es tan distinta de su díscolo e irreverente padre.
Un triunfo sin sobresaltos
Oswaldo Osorio
El cine siempre será un poderoso instrumento para guardar la memoria, para revisitar la historia cada que sea necesario y, con ello, recordar luchas o valores de la humanidad que no debería perder de vista el presente. Esta película, en buena medida, parece haber sido hecha con esas intenciones, y su objetivo esencial lo consigue con claridad y eficacia, sin embargo, como relato, aproximación al tema y propuesta dramatúrgica, resulta de una elementalidad apenas soportable.
Cuenta la historia de tres mujeres negras que, a principios de la década del sesenta, hicieron parte del equipo que apoyaba a la NASA con los cálculos matemáticos para mandar a los primeros hombres al espacio. Desde la escena inicial, cuando un policía trata de intimidarlas pero termina escoltándolas a su trabajo, ya se sabe cómo será el resto de la película: una tibia demostración de la adversa situación de la gente de color a causa de la segregación racial, seguida de pequeñas victorias morales gracias a su talento y representadas de forma harto complaciente, cuando no condescendiente.
Es cierto que, como se sugirió con la reflexión inicial sobre la memoria, puede ser un efectivo vehículo para dar a conocer, sobre todo a las nuevas generaciones, una situación que se vivió hace apenas medio siglo y que ahora es impensable. No obstante, eso acaso la deja como una película con un cierto valor didáctico y aleccionante, lo cual no es nada despreciable, pues si el cine es útil para enseñar algo valioso y si alcanza a emocionar y ser edificante con sobresalientes historias de vida, pues ya estaría salvado por su “valor de uso”.
Pero el cine también es un arte y una compleja forma de representación, llena de recursos y posibilidades (que es lo que se supone premian todos estos certámenes, con los Oscar a la cabeza, que ha ganado o en los que ha sido nominada esta película). En ese sentido, resulta una cinta tremendamente predecible, y no tanto en su gran final, que igual ya por la historia o al menos por el trailer todos conocen, sino en sus recursos narrativos y dramatúrgicos: cada giro y cada situación están trazados con aburridora claridad por esa agenda aleccionadora con que fue concebido todo el filme. Es que ni siquiera la historia de amor le falta a este calculado relato.
En el contexto histórico de la guerra fría, de la carrera espacial y de la lucha por los derechos civiles y de las mujeres, esta película lo reduce todo a unas cuantas anécdotas y al sentimentalismo de unas situaciones de las que las tres heroínas salen fácilmente victoriosas y enaltecidas. Es decir, todo un rico y poderoso material histórico e ideológico desperdiciado para solo capitalizar su componente anecdótico y sensiblero.
Publicado el 5 de febrero de 2017 en el periódico El Colombiano de Medellín.
El criminal de las buenas maneras
Oswaldo Osorio
El cine de gánsters se asienta sobre una paradoja en relación con su público: a pesar de las acciones moralmente reprochables de sus personajes, el espectador suele sentirse identificado con los protagonistas y secretamente espera que se salga con la suya. En esta película esa paradoja se ve acentuada con las características del personaje central, pues se trata de un hombre aplomado, sensible, libertario y hasta romántico.
Es la cuarta película como director del actor Ben Afleck, y en ninguna ha decepcionado. Tal vez en esta última (Live by night, 2016) sorprende menos por tratarse de una variación de otro proyecto suyo: Atracción peligrosa (The Town, 2010), pues ambos son thrillers protagonizados por criminales, ladrones de banco en una y gángsters en la otra, con una historia de amor de por medio y la singular personalidad del protagonista, algo así como un malo bueno.
Joe Coughlin es un criminal irlandés de Boston que es reclutado por la mafia italiana para dirigir, en plena época de la Prohibición, las operaciones en un pueblo de Florida. En términos argumentales, el filme sigue la estructura propia del género, esto es, la lucha criminal por hacerse al poder y mantener el control de los negocios ilegales sobre otras facciones, criminales o institucionales. Pero la historia cuenta con las variaciones necesarias que toda película de género requiere para hacer alguna diferencia con las demás.
Más interesante y compleja resulta esa contradicción entre la personalidad del protagonista y las acciones que acomete por su oficio. Es el dilema de un hombre que, en esencia, es noble, pero que inevitablemente tiene que recurrir a la crueldad para desempeñar el rol que decidió para su vida. Todas sus buenas maneras, su ecuanimidad y lo amoroso que es con sus parejas terminan siendo cuestionadas por la sucesión de crímenes y bajezas, porque matar a un hombre siempre será matar a un hombre. Pero Coughlin dice que es tan fácil como apretar un gatillo.
Aun así, sentados en la butaca, queremos que le vaya bien a este criminal, ya por la paradoja mencionada al principio, por el particular carácter de este gánster o porque tal vez nunca nos había caído tan bien Ben Affleck en un papel. Faltaría ver si Hollywood, donde pocas veces el crimen paga, le perdonará a este “buen hombre” sus acciones.
El relato sabe equilibrar muy bien la trama de acción de una película de gánsters con esta ambigüedad moral de su protagonista, que le da mayor profundidad y textura a las situaciones y a la relación entre los personajes. Incluso, de fondo, la historia también tiene un discurso que alega contra los prejuicios raciales, culturales y sociales, lo cual contribuye a que no sea solo una cinta de mafiosos matándose entre sí, sino una película con todo el atractivo del cine de género, pero con algo de hondura y seso como para no sentir que apenas se está a merced del vaivén de una trama.
El hombre con el corazón roto
Oswaldo Osorio
El sufrimiento y las adversidades emocionales son en buena medida la materia prima de los relatos de ficción. Con tal material se crean dramas o melodramas de intensidad variable y argumentos que lo aprovechan para construir sus giros, progresiones narrativas y sorpresas. Aunque el argumento de esta película es un material recurrente en muchas historias de este tipo, propone sustanciales diferencias en la forma en que construye su relato y en el tono de la dramaturgia que elige para su puesta en escena.
Durante los primeros minutos, el relato se concentra en presentar y describir a su protagonista, Lee, un conserje lacónico y ensimismado, que puede estallar con violencia en cualquier momento, un hombre un poco patético que da la idea de tener algo quebrado por dentro. Cuando recibe la noticia de la muerte de su hermano, suceso que parece el conflicto central del filme, paulatinamente entendemos que en el fondo al director le interesa más contar la historia de Lee y explicar las razones de su peculiar estado de ánimo.
Para lograr esto, resulta fundamental el sistemático uso del flashback, que reconfigura la estructura narrativa alternado el presente con el pasado, donde el presente es el drama de la muerte del hermano y el pasado es todo ese iceberg de emociones que subyace en la trágica vida de Lee. Además, una parte esencial del conflicto del presente es la relación entre Lee y su sobrino, así como las decisiones sobre el futuro de este.
Pero como en toda historia bien construida, esos aspectos necesariamente están relacionados. En este caso, ese pasado, el drama del presente y el conflicto acerca del futuro del sobrino están estrechamente ligados de dos distintas y complementarias maneras: una externa, en la mayoría de las acciones que conforman la trama, a través de todo lo que ocurre en torno a la enfermedad y muerte del hermano; y otra interna, en el tono del relato y la permanente pesadumbre que define las atmósferas, que son determinadas por el personaje de Lee y su afligido espíritu.
La marca fundamental de este relato, en lo que hace la mencionada diferencia, es que, a pesar de los eventuales sucesos de intensidad o giros dramáticos, casi siempre se mantiene sin sobresaltos ni efectismos dramatúrgicos. Puede que a algunos espectadores esto se les traduzca en un tedio narrativo, pero ese tono es el que define la esencia del protagonista y lo que, si bien hay un par de sucesos extraordinarios empujados por la muerte, hace a esta película tan cercana a la vida, a una cotidianidad determinada por la fricción de los altibajos emocionales y las complejas relaciones interpersonales.
Vista en perspectiva, podría antojarse como una colección de golpes de efecto dramáticos en lo que respecta a su argumento, pero el relato y la puesta en escena parecen decir otra cosa, concentrándose en ese universo emocional del protagonista, creando con ello una pieza reflexiva y conmovedora, el callado lamento de un hombre con el corazón roto.
El policía y el poeta
Oswaldo Osorio
La persecución política contra el poeta Pablo Neruda es una excusa para que, de nuevo, el cineasta Pablo Larraín hable de la historia de Chile y la comente de forma reflexiva e inteligente. Se trata de una película muy distinta a esas obras por las que se dio a conocer, pues le apuesta, con la ayuda del dramaturgo Guillermo Calderón, más a un relato poético, consciente de sí mismo y con mayores recursos estéticos y narrativos.
En títulos como Tony Manero (2008), Post Mortem (2010) y El club (2016), Larraín apeló al realismo, la economía de recursos y la crudeza de sus historias para construir unos complejos personajes que comentaban el contexto histórico de su país. En No (2012) cambia un poco de registro y se concentra más en una trama que tiene unas importantes
repercusiones en ese contexto. Su voz como cineasta ha sido siempre clara y potente, sabiendo articular personajes, historias y temas en relatos de gran impacto dramático, con su propio carácter estético y con fuerza en sus planteamientos éticos e ideológicos.
Neruda es un falso biopic, elaborado a partir de una serie de hechos ocurridos en 1948, cuando el poeta fue perseguido por el gobierno a causa de su militancia en el Partido comunista. Es decir, partiendo de algunos hechos y personajes reales, guionista y cineasta inventan otras situaciones y personas, la principal de ellas es el inspector de policía que tiene a su cargo capturar al nobel cuando pasa a la clandestinidad.
De manera que no es una película solo sobre Neruda, sino también sobre este policía, quien en su labor detectivesca y de persecución, así como en la creciente obsesión por todo lo que tenga que ver con su prófugo, proporciona otro punto de vista acerca del célebre poeta, de su obra y su personalidad. Además, puede ser lo más interesante de la película y lo que marca la diferencia para que esta película no sea otra biografía cinematográfica ensamblada sobre el mismo esquema como tantas otras.
Este personaje y su visión le permite al relato convertirse en un thriller, en un policiaco con visos de cine negro, que hace del protagonista y sus circunstancias un material más atractivo y dinámico en términos dramáticos y narrativos. Así mismo, le confiere a la película una autoreflexividad en la que se contrastan la realidad y la ficción, e incluso la ficción misma reflexiona poéticamente sobre sí.
Ahora, la mirada que la película hace del poeta no es nada idealista ni generosa, sino que más bien se decide por recrearlo desde distintas facetas: el poeta célebre y ególatra, el militante entre comprometido y farsante, y el hombre sensible aunque hedonista y aburguesado. De poesía se habla poco, porque al parecer interesaba más el complejo retrato de este hombre y el contexto político del Chile de aquel entonces.
No es el cine de Larraín que conocemos, y aun así mantuvo ese nivel en sus personajes, historia y temas. Creó una película original en su tratamiento y rica en recursos visuales, narrativos y poéticos. Contó una historia a medias sobre Neruda, pero con mucho más valor en sus connotaciones y expresividad a que si hubiera simplemente recorrido cronológicamente su biografía.
Oswaldo Osorio
Coldplay – Up&Up
Distintos y contradictorios espacios, acciones y objetos, trasgresiones en la direccionalidad de las imágenes y manipulación de las proporciones, son los principales recursos de este video para crear sus ingeniosos y bellos juegos visuales, cargados de fuerza alegórica y poética.
Calvin Harris – My Way
Escenas cotidianas o grandilocuentes intervenidas por el glitch (error en la imagen digital), primero con minimalismo y sutileza, pero progresivamente, invadiendo las imágenes al punto de deconstruirlas, creando una nueva y sugerente estética.
Jamie xx – Gosh
En el insólito escenario de esa réplica de la torre Eiffel que hay en China, se desarrolla esta suerte de distopía, poblada por improbables personajes y una impactante coreografía que bien podría hablar de alienación y totalitarismo.
Metronomy – Hang Me Out To Dry
Ante el convencionalismo y obviedad de casi todos los videos narrativos, resulta estimulante encontrar una historia contada de forma tan original y con tal economía de recursos.
Massive Attack, Ghostpoet – Come Near Me
La simpleza de la idea narrativa que plantea y como se desarrolla este video contrasta con la potencia y posibles significados de su propuesta conceptual. Una simple acción de principio a fin y de ella se podría sacar todo un alegato acerca de la condición de la mujer en la sociedad patriarcal.
Clipping – wriggle
Un derroche de found footage y loops que, por su exceso, también puede verse como un tributo a estos dos eternos e indispensables recursos del discurso conceptual en el audiovisual. Con un hipnótico sentido del ritmo repite y mezcla imágenes sin complejos: desde los grandes clásicos del cine hasta la peor basura televisiva.
PJ Harvey – The Community Of Hope
Una canción y un video con claras intenciones de hacer una crítica a las políticas estatales y comerciales en los barrios pobres de la ciudad de Washington. Está compuesto por imágenes de la ciudad con un gran sentido plástico, especialmente en su composición.
DJ Shadow feat. Run The Jewels – Nobody Speak
Una metáfora explícita al orden mundial y a las relaciones internacionales. Un video con fuerza dramática y con un mensaje directo y contundente.
Moby & The Void Pacific Choir – Are You Lost In The World Like Me
Recreado con la estética de los animados de la década de los treinta, este video plantea una clara y enfática crítica a la sociedad moderna y su alienación, enajenamiento y pérdida de humanidad, especialmente por la influencia de los dispositivos electrónicos.
Major Lazer – Light it Up (feat. Nyla & Fuse ODG)
Una fiesta y despligue de plasticidad, color, ritmo, humor y sentido lúdico, todo por vía del baile y las posibilidades de la imagen digital en recrear distintas formas, movimientos y texturas.
El placer como enfermedad
Oswaldo Osorio
Es bien sabido que el placer sexual va más allá del simple contacto físico. Una mirada puede ser más estimulante que un desnudo frontal, y tal principio se potencia cuando se trata de gustos particulares, perversiones y filias sexuales. Este filme propone una pequeña colección de esas filias y con ellas hace una película coral, con un humor divertido e ingenioso, y hasta propone algunas reflexiones sobre el tema.
Dacrifilia, herbofilia o elifilia, esto es, excitarse con el llanto, las plantas o ciertos tejidos. Estas son algunas de esas particularidades en las preferencias sexuales que tienen los protagonistas de esta película, en la que cinco personas, con sus respectivas parejas, lidian, para bien o para mal, con estos singulares y a veces extravagantes gustos, que si bien suelen implicar un problema, también pueden ser fuente de gran placer.
La historia protagonizada por Candela Peña, por ejemplo, ilustra el amplio rango dramático que puede generar este tema, desde una mirada a lo sombrío que puede ser el matrimonio cuando falta el picante sexual o cuando uno de los dos se comporta de manera egoísta, hasta las hilarantes situaciones que desencadenan las mentiras de una mujer por hacer llorar a su esposo y con ello conseguir placer sexual.
Con una estructura narrativa que alterna cinco historias que solo tienen conexión entre sí por el tema, la película mantiene el buen ritmo de una lúcida e ingeniosa comedia, atemperada por momentos dramáticos que le dan el contrapeso reflexivo a las distintas tramas. Entonces sus historias pueden hablar de las dudas y la timidez de una pareja por aventurarse a nuevas experiencias, de la soledad de alguien que tiene un gusto demasiado específico para resolver sus necesidades afectivas y sexuales, o de los cuestionamientos éticos en el comportamiento de alguien que puede tener ciertos derechos con su pareja.
Parece una comedia ligera, y en cierta medida lo es, pero no solo es una comedia que habla de forma desenfadada de sexo, sino que, entre líneas, se aventura a reflexionar y cuestionar las convenciones sociales y culturales de lo que debe o puede ser el sexo. Sus cinco historias y el coro de personajes se toman muy en serio el asunto, que el director le haya dado un matiz jocoso, eso es otra cosa, lo cual funciona muy bien de cara al público.
Así que se trata de una buena comedia española, sobre el sexo y sus filias, y de allí saca una serie de situaciones tanto graciosas como dramáticas, y del conjunto de personajes, temas e historias resulta una película ingeniosa y encantadora. Los créditos finales están acompañados por una juguetona canción de Pedrina y Río (Enamorada), que le queda perfecta a esta película de Paco León.









