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El Cristo Mutilado de Bojayá: la historia de la imagen que sobrevivió a la masacre y que podría convertirse en patrimonio nacional

El 26 de junio, el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes dio concepto favorable para declarar esta imagen, junto con la del Inmaculado Corazón de María, como Bienes de Interés Cultural. Conozca su historia.

  • El Cristo Mutilado de Bojayá se encuentra en la iglesia San Pablo Apostol en Bellavista Nuevo. FOTO: Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes
    El Cristo Mutilado de Bojayá se encuentra en la iglesia San Pablo Apostol en Bellavista Nuevo. FOTO: Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes
hace 2 horas
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Entre los escombros y la sangre que dejó el cilindro-bomba, lanzado contra la parroquia de San Pablo Apóstol por el Frente José María Córdoba de las Farc el 2 de mayo de 2002 en plena ofensiva contra un comando del Bloque Élmer Cárdenas de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), el padre Antún Ramos encontró los restos de aquel Cristo al que días antes él y los más de 1.200 habitantes de Bellavista, la cabecera municipal de Bojayá, le susurraban sus plegarias.

Sin piernas ni brazos, con algunos fragmentos de su piel de yeso desprendidos, pero con el rostro y el torso intactos. Así encontró el párroco al Cristo Mutilado, mirando hacia el Inmaculado Corazón de María, que tras la explosión quedó convertida en una especie de viga, sosteniendo una de las paredes del templo para impedir que terminara de venirse abajo.

Contexto: El Cristo Mutilado y el Inmaculado Corazón de María de Bojayá serían declarados Bienes de Interés Cultural

“La recogí y la puse a un lado para que la lluvia no terminara de deteriorarla. También tomé el Cristo, le puse una lámina de zinc encima para protegerlo y lo dejé allí por un momento, en el templo, para que todo el que llegara pudiera verlo”, narró Ramos a EL COLOMBIANO y también agregó que, en ese momento, decidió levantarlo porque le “iluminó el cerebro” el pensar que esa imagen representaba la violencia, esa que recién había cobrado la vida de alrededor de 80 personas que estaban al interior del templo.

Antes de que ocurriera la Masacre de Bojayá, más de ocho advertencias de organizaciones no gubernamentales y organismos de control fueron realizadas al gobierno, alertando sobre las posibles confrontaciones que podrían presentarse en el Medio Atrato, donde los grupos paramilitares tenían planeado disputar el control territorial que desde finales de los 2000 estaba ejerciendo la guerrilla.

Lo que eran advertencias se hicieron realidad el 21 de abril de 2002 cuando las AUC desembarcaron en la zona en el marco de un operativo planeado por Freddy Rendón Herrera, alias “El Alemán”, jefe del Bloque Élmer Cárdenas, quien organizó a un poco más de 200 hombres bajo el mando de Pablo Montalvo, como relata Bojayá: La guerra sin límites, el informe que publicó en 2010 el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH).

Aunque primero llegaron a Vigía del Fuerte, municipio aledaño a Bojayá, los hombres armados terminaron desplazándose a Bellavista, se ubicaron en pleno casco urbano y utilizaron a la población civil como escudo humano durante los combates contra la guerrilla.

“El primero de mayo comenzaron los combates y la gente se refugió en la iglesia –alrededor de 300 personas, de acuerdo con cifras del CNMH–, porque era una de las pocas construcciones de concreto que había en el pueblo. Las demás casas eran de madera, así que la gente optó por meterse allí. Los enfrentamientos continuaron durante todo el primero de mayo y el 2 de mayo comenzaron a lanzar los cilindro-bomba”, recuerda el padre.

Después de la masacre, Ramos fue uno de los que ayudó a evacuar a los sobrevivientes de la iglesia y a que cruzaran el río Atrato hacia Vigía del Fuerte en botes, usando camisetas blancas para decir que eran civiles víctimas del fuego cruzado. Pocos días después, el párroco decidió regresar a Bellavista para buscar qué había quedado de lo que había sido su iglesia, esa a la que llegó en el 2000 como vicario y en la que asumiría oficialmente el cargo de párroco el domingo de la semana en la que ocurrió la tragedia.

Al principio, confiesa, pensó en quedarse con el Cristo: llevarlo a su casa, limpiarlo y conservarlo como una reliquia. Sin embargo, después pensó: “No es justo. Es egoísta de mi parte quedarme con estas imágenes solo para mí”. Así, después de haberlo llevado hasta Vigía del Fuerte, lo entregó a las Agustinas Misioneras, quienes le brindaron unos “primeros auxilios” y se encargaron de protegerlo.

Actualmente, la custodia la comparten la Diócesis de Quibdó, la parroquia de San Pablo Apóstol de Bellavista y la comunidad de Bellavista, junto con organizaciones y colectivos como el Grupo de Mujeres Artesanas Guayacán y el Comité por los Derechos de las Víctimas de Bojayá.

A pesar de los cuidados que ha recibido durante estas dos décadas, el deterioro del Cristo Mutilado ha sido una de las principales preocupaciones de sus protectores, especialmente entre 2014 y 2016, cuando, como cuenta a EL COLOMBIANO José de la Cruz Valencia, miembro del Comité, el cuerpo se estaba desmoronando, tal vez por el calor o la humedad del Chocó.

Tras varias reuniones, decidieron buscar a un experto para restaurar la imagen, que finalmente fue encontrado por las Agustinas en Bogotá. Fernando Cuéllar fue el encargado del proceso, cuyo costo asumieron la comunidad y el Comité de Víctimas. Las instrucciones fueron claras: debía quedar lo más cercano posible a su estado actual, sin buscar restaurar lo que la guerra le quitó, sino simplemente detener las afectaciones que el paso del tiempo, el clima y otros factores habían generado.

“Recuerdo que cuando fuimos a reclamar el Cristo en Bogotá hubo un choque emocional. El proceso de restauración fue importante, pero implicó retirar gran parte de la capa pictórica que tenía, porque ya se estaba desprendiendo. Parte de lo que se retiró fue conservado como una reliquia. Está ubicada en la parte posterior del Cristo y fue recubierta para mantener esa conexión con la imagen original”, cuenta De la Cruz.

El impacto de volver a ver el Cristo recién restaurado tal vez hizo que la memoria regresara al momento en que nació el fervor de los bojayaseños o, mejor dicho, que se intensificara. Lo que se sabe de la figura antes de la masacre es que, por lo menos cuando el padre Antún llegó a la iglesia, tanto esta como la Virgen ya estaban allí y, aunque eran objeto de veneración entre los creyentes, no tenían la relevancia que alcanzaron después.

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José recuerda que lo que decían familiares y amigos cuando supieron que el Cristo había sido encontrado entre las ruinas era que ni él se había salvado de semejante tragedia, que su cuerpo había sido destruido igual que el de sus vecinos y seres queridos.

Pero, con el tiempo, ese significado se transformó y, en las heridas del yeso, también comenzaron a ver un llamado para que no siguieran quedando ni otros Cristos ni más personas mutiladas por la guerra. Eso lo han comprendido no solo los habitantes de Bojayá, sino también víctimas del conflicto armado de diferentes regiones del país, que ven reflejados en esta imagen su dolor y su anhelo de paz.

En estos años, al Cristo se le han atribuido milagros, mientras que de la Virgen la historia más conocida cuenta que, el día de la masacre, el manto que llevaba cubrió a una familia que salió ilesa del atentado.

La casa de ambas imágenes es la iglesia San Pablo Apóstol en Bellavista Nuevo, la reubicada cabecera municipal de Bojayá ubicada a pocos kilómetros de donde ocurrió la masacre, y son pocas las veces que alguna ha salido del templo.

El Cristo acompaña cada 2 de mayo la conmemoración que realizan las víctimas y, en 2017, cuando el difunto papa Francisco visitó Villavicencio para encontrarse con víctimas del conflicto armado, creó una oración frente a esta imagen. Durante estas dos décadas también se han elaborado varias réplicas que hoy se exhiben en museos y otros espacios de memoria, como la que se encuentra en el Patio de la Memoria, en el Cementerio Central de Palmira, en el Valle del Cauca.

Gracias a todo lo que simbolizan, este viernes el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes dio luz verde para que el Cristo Mutilado y el Inmaculado Corazón de María sean declarados Bienes de Interés Cultural del Ámbito Nacional, una distinción reservada para aquellos lugares, objetos o manifestaciones de excepcional importancia histórica y cultural para el país, y que garantiza su protección y preservación por parte del Estado.

Aunque con esto la declaratoria oficial todavía no queda en firme, es un paso relevante para que el Ministerio expida la resolución que la oficialice. Cuando eso pase, ambas figuras quedarán amparadas por el régimen de protección que ofrece ese estatus.

“Es un ejercicio que consideramos muy importante. Estos son elementos que ya tenían un valor simbólico supremamente alto para la comunidad de Bojayá, pero el país también lo entendió así. El día en que el Consejo Nacional de Patrimonio Cultural dio el concepto favorable para la declaratoria, todas estas mujeres rompieron en llanto de felicidad, porque entendieron que aquello que había sido tan valioso para nosotros también pasaba a ser un patrimonio de todos los colombianos”, afirma José.

Lo que sigue para el Comité es continuar con los trabajos para acondicionar la iglesia del antiguo Bellavista, donde el CNMH tiene la tarea de desarrollar un diseño museográfico que narre la historia de ambas imágenes. Una vez esa obra esté terminada, la idea es que el Cristo y la Virgen sean trasladados a ese que será su santuario.

Esta acción, al igual que la declaración de Bien Cultural, hace parte de la Ley 2087 de 2021, que rinde homenaje a las víctimas de la masacre de Bojayá mediante diferentes medidas, como la declaración del día conmemorativo y la ejecución de acciones orientadas a la recuperación del lugar de memoria en Bellavista Viejo.

El próximo 11 de julio, una delegación del Gobierno llevará a cabo el acto de reconocimiento de responsabilidad y petición de perdón a las víctimas de Bojayá por las fallas del Estado, en particular de la Fuerza Pública, para proteger a la población civil. Será un acontecimiento histórico en el camino de lucha del Comité y de la comunidad.

“Espero que esto sirva como un aliciente para seguir invitando a construir paz, más aún ahora, cuando continúa la estigmatización de la población del Pacífico. Ojalá la gente venga a visitar el Cristo, que puedan verlo muchos y que nos invite a todos a reflexionar. Más que una imagen fría, melancólica o dolorosa, el Cristo nos llama a la reconciliación, sobre todo en estos momentos de incertidumbre. También es un recordatorio de que la guerra siempre termina golpeando más a quienes vivimos en la periferia del país”, concluye el padre Antún.

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