Inteligencia Artificial y Mercado Laboral: algo va a cambiar, es un hecho.

Giovanny Cardona Montoya, junio 24 de 2019.

 

Desde que Drucker habló por primera vez de Sociedad del Conocimiento (1959), hay evidencias teóricas y empíricas de que algo viene sucediendo en los procesos productivos. Si bien este tema va más allá de lo económico -lo cultural, lo social, lo político, etc.-, vamos a concentrarnos en la dimensión económica del proceso.

Drucker señaló, entonces, que las empresas estaban vinculando trabajadores que pasaban más tiempo interactuando con la información que con las máquinas , las herramientas o la tierra -los tradicionales factores de producción-. En otras palabras, se trata de trabajadores cuya labor principal es la gestión del conocimiento. Estamos pasando de habilidades físicas a las de pensamiento. He ahí la clave de la nueva competitividad.

Esta sociedad del conocimiento se ha acompasado en las últimas décadas, del desarrollo de ciertas tecnologías entre las que se destacan las del transporte y las de la información y las comunicaciones -TIC-. El avance de estas tecnologías ha sido fundamental para el denominado proceso de globalización, el cual ha venido derrumbando fronteras para la interacción entre las personas del planeta, a la vez que, acelera todos los procesos de producción e intercambio de bienes y servicios.

El auge de las tecnologías siempre ha traido consigo transformaciones en el mercado laboral. Los avances frecuentemente han desplazado labores humanas pero al mismo tiempo han reclamado que la población tenga una formación más compleja para interactuar con dichas tecnologías: ya sea para gestionarlas o para potenciarlas hacia la producción de bienes y servicios antes impensables.

Así, con el vehículo a motor, los cocheros y jinetes perdieron su trabajo; pero los nuevos conductores pudieron transportar más pasajeros, más carga, a distancias mayores y en menor cantidad de tiempo.Se destruyeron muchas ocupaciones (el herrero, el fabricante de sillas de montar, por ejemplo) pero nacieron muchas más,ya que, al poder transportar más gente, a mayores distancias y en menor tiempo, el mercado se incrementó (el conductor, el piloto, el mecánico, el ingeniero, etc). Hubo más y mejor trabajo; menos físico, más intelectual.

La Sociedad del Conocimiento parece replicar el reto de anteriores revoluciones industriales (la de los artesanos con respecto a la economía rural; la de la máquina a vapor; la de los vehículos de combustible). Ahora, nuevamente, el desarrollo científico y tecnológico está automatizando y robotizando procesos, a tal punto que desaparecen  muchos oficios, tareas, labores, empleos y hasta profesiones: el conductor de transporte público -aéreo y terrestre-, el técnico contable, el médico general, el maestro de tiza y tablero, el mensajero, el soldado de campo de batalla (eso sí es una muy buena noticia), el operario de máquinas de cualquier fábrica, etc. Todas esas tareas las realizan máquinas: ahora las palabras claves son “algoritmos”, “apps”, “drones”, “robots”.

Sin embargo, el fenómeno de la destrucción de empleos y la creación de nuevos se está dando en un contexto diferente al de revoluciones anteriores.

1. Nos encontramos en un mundo superpoblado. La tierra era un planeta subpoblado hasta bien entrado el siglo XX. Ahora se destruyen millones de empleos pero ¿está listo el sistema para entrenar y reubicar a tanta población?

poblacion mundial2. Vivimos en un mundo interconectado, no existen los fenómenos locales o nacionales sin consecuencias de carácter internacional, incluso, global.  Las Cadenas Globales de Valor hacen que si una empresa entra en crisis, las consecuencias de desempleo se expandan por todo el planeta. Nada sucede de manera local o aislada.

Entonces, la pregunta es: ¿Si el desempleo que generará la Inteligencia Artificial es de carácter global, pero las políticas por el empleo se toman es a nivel nacional, será posible que se logre un reordenamiento del mercado laboral, que sea equilibrado en la ecuación nación-planeta?

comercio mundial 2016Las firmas desagregan su producción a través de procesos de manufacturación oversea y offshoring.

 

3. La teoría de la economía política siempre ha confrontado dos paradigmas antagónicos. De un lado, la tesis de Adam Smith que señalaba que el empresario buscando su lucro personal generaba un beneficio social o colectivo. Así, con el ánimo de vender más y obtener más ganancias, el empresario reduce costos y/o eleva calidad, lo que al final beneficia a una mayor cantidad de consumidores (la sociedad). Del otro, la teoría de Karl Marx, quien señalaba que los intereses sociales eran antagónicos de los privados. Un ejemplo de la tesis de Marx sería la idea que el empleador preferiría pagar salarios más bajos (beneficio privado), lo que se traduciría en menos capacidad de compra de toda la sociedad.

Todo indica que la actual revolución tecnológica (la de la Inteligencia Artificial) permitirá nuevamente confrontar las dos anteriores hipótesis. El desarrollo tecnológico destruirá empleos, esa es una verdad de a puño. Como dice John Charles Pool: “un robot puede hacer un auto, pero no puede comprarlo”; entonces, ¿cómo va a reaccionar el sistema ante esta creciente y acelerada realidad?

La Inteligencia Artificial destruye empleos, entonces, ¿qué hará el sistema de economía de mercado? ¿quién tendrá la razón, Marx o Smith?

Hay medidas que se pueden tomar para que las posibilidades que ofrece la nueva revolución tecnológica no se traduzcan en una aguda crisis de la economía de mercado. Veamos algunas de ellas:

crecimiento acelerado, exponencial y de calidad del sistema educativo a nivel global. Si la cobertura educativa crece y las personas se forman en el manejo de las nuevas tecnologías y en competencias transversales como la gestión del cambio y de la incertidumbre, el emprendimiento, el trabajo en redes, la creatividad intelectual y artística, entre otras, entonces, probablemente la economía mundial viva una nueva expansión. ¿Quién pagaría semejante inversión en el corto y mediano plazo?

reducción de la jornada laboral para absorrver una mayor cantidad de mano de obra. ¿Quién pagaría esta reforma laboral mundial?

– aprobación de una renta mínima universal para todos los habitantes del planeta: si las personas no trabajan no tienen ingresos, entonces, no consumen; ¿sino consumen, para quién producir?

El carácter planetario de la actual revolución tecnológica y la velocidad con la que se presentan los cambios en los procesos productivos, fruto de los desarrollos tecnologícos de nueva generación, hacen de esta nueva contradicción tal vez la más aguda que haya tenido la economía de mercado en sus siglos de existencia.

 

 

El salario mínimo en Colombia es muy alto. ¡¿Qué?! ¿No estarás hablando en serio?

Giovanny Cardona Montoya. Junio 8 de 2019.

 

Leer indicadores económicos -interpretarlos- es una habilidad necesaria para no caer en la superficialidad de ciertos titulares de prensa que buscan simplicar realidades que son complejas. Y no lo logran; se corre el riesgo de banalizar hechos que requieren más reflexión.

¿Ha leído este titular: “Pasto la ciudad más cara del país”? Pero la razón de dicha afirmación es que el reporte del DANE coloca a dicha ciudad como la de mayor inflación en el respectivo período de análisis.  La ciudad con la inflación más alta no es la que tiene el costo de vida más alto. Eso es malinterpretar el indicador.

Hace varios años el muy poco popular ministro de hacienda, Alberto Carrasquilla, indicó que el salario mínimo colombiano era “ridiculamente” alto. ¡Y ahí fue Troya! Ahora, el premio Nobel Christopher Pissarides lo ratifica: el salario mínimo es “desastrosamente” alto.

¿Qué significa decir que un salario es muy alto?

Una primera perspectiva nos invita a comparar salarios entre países. En enero de 2019, el salario mínimo más alto de América Latina lo tenían los uruguayos con US$460, mientras Venezuela tenía el salario más bajo con un monto de US$7,0. Colombia ocupaba el 9o puesto con un salario de US$284 dólares, incluido el subsidio de transporte. Incluso, Nicaragua y México tienen salarios más bajos que el colombiano. Por lo tanto, esta perspectiva no nos da mucha información. Incluso, con la revaluación del dólar (más evidente en unos países que en otros), el salario mínimo en Colombia ha bajado más de 2 dólares a junio de 2019.

Otra perspectiva tiene que ver con el poder adquisitivo: ¿es suficiente el salario mínimo para que un trabajador satisfaga dignamente sus necesidades básicas? Para aproximarnos a una respuesta, podemos usar como referente la Canasta Básica Familiar (CBF) definida por el DANE; su composición fue actualizada en enero de 2019 y para una familia de cuatro integrantes tiene un costo de COP 3.488.000, lo que equivale a 4,2 salarios mínimos. Por lo tanto, en un hogar de dos adultos y dos hijos (en 1990 el promedio de los hogares colombianos era 4.6 personas), los padres no pueden proveer los bienes y servicios básicos para la familia si sus ingresos son inferiores a cuatro salarios mínimos.

En otras palabras, ni en comparación con los trabajadores de otros países, ni con respecto a las necesidades básicas de las familias, se puede señalar que el salario mínimo en Colombia sea alto. Más bien, todo lo contrario.

Pero existe otra perspectiva sobre la que se puede hacer este análisis y es la que explica que el ministro y el Nobel hayan dicho que el salario mínimo colombiano es muy alto: se trata de la perspectiva de los costos de producción y de la productividad.

Desde esta perspectiva, el relativamente alto salario mínimo se considera la causa principal de la informalidad y del subempleo. Según Fedesarrollo, el salario mínimo representa mas del 80% del salario medio de los colombianos. En los países europeos esta equivalencia no alcanza el 50%. En otras palabras, el salario mínimo tiene un mayor peso en el mercado laboral de Colombia. La relación de oferta y demanda de trabajo estaría intimamente relacionada con el salario mínimo. Ello lleva a los expertos, como el ministro Carrasquilla o el Nobel Pissarides, a sugerir que un salario mínimo más bajo podría reducir el desempleo y el subempleo.

De hecho, algunos expertos se atreven a señalar que el incremento del desempleo en Colombia, en los últimos meses, (10,2%) se explicaría en parte porque el salario mínimo se incrementó por encima de la inflación de 2018 y del leve incremento de la productividad (0.52%).

Ante esta realidad han surgido varias propuestas, empezando por el congelamiento del salario mínimo para que baje en términos reales (el no incremento, con una inflación de 3 o 4%, significa una caída real del poder adquisitivo del salario mínimo). Otra idea es la aprobación de salarios minimos diferenciales: para jóvenes, por ejemplo, o por sectores económicos. Todas estas propuestas se fundamentan en la idea que, menores salarios estimularían a las empresas a vincular formalmente más trabajadores.

Pero la pregunta de fondo es: si somos una economía poco productiva, ¿la solución es menguar el salario de los trabajadores o invertir para elevar la productividad de los mismos? ¿Cuál es la garantía de que un salario mínimo más bajo se traduzca en más empleos formales y no en un incremento de ganancias de empresarios poco competitivos?

La economía colombiana es monoexportadora (depende en gran medida de hidrocarburos, más intensivos en capital que en trabajo) y la industria manufacturera, al igual que el agro, se han deprimido a tal punto que somos importadores de gran parte de los bienes que consumimos. Entonces, una caída en el salario (nominal y real) puede contraer el mercado doméstico, desestimulando las inversiones para el incremento de la producción. Con datos de 2018 podemos señalar que el consumo de los hogares representa cerca del 68% del PIB en Colombia. Y, si la mayoría de los hogares depende del salario mínimo, la consecuencia nefasta pareciera inevitable.

¿Hay otro camino?

La productividad es una variable que relaciona el resultado del trabajo con los recursos utilizados para lograrlo. En otras palabras, cuánto producto se obtiene con una cantidad determinada de recursos. Según el Foro Económico Mundial los salarios en Suiza, Estados Unidos, Singapur, Malasia y Emiratos Árabes son los más productivos. A la vez que, una hora de trabajo en Irlanda, Noruega, Luxemburgo, Dinamarca u Holanda produce muchos más dólares en bienes o servicios que en cualquier otro lugar del planeta.

productividad laboral

A pesar de que Colombia se halla entre los 30 países más grandes del mundo, ya sea por población, PIB o territorio, los diferentes índices que miden la competitividad y la productividad en el mundo colocan a nuestro país en puestos secundarios: Índice Global de Competitivad (puesto 60), Anuario de Competitividad Mundial (puesto 58) y escalafón Doing Business (puesto 65). Y el hecho es que los países que tienen mayor productividad y competitividad no son los que tienen salarios nominales más bajos o, incluso, jornadas laborales más extensas. Tan sólo basta con mirar estos indicadores entre los integrantes de la OCDE, donde naciones como Chile o México aparecen con baja productividad, bajo salario nominal y larga jornada laboral, contrario a lo que sucede en los países europeos integrantes de la Organización.

indice global de competitividad

En cambio, es claro que los países más productivos son aquellos que tienen mayor cobertura y calidad educativa e invierten una tasa importante de su PIB en I+D+i (alrededor del 2% en las naciones de la OCDE). En cambio, Colombia, hace años tiene una meta de dedicar el 1% del PIB en I+D+i, pero este indicador apenas alcanza el 0,45% y, según el Consejo Nacional de Competitividad, la meta no se alcanzará en el mediano plazo. En materia de educación, los resultados tampoco son muy optimistas: la cobertura en educación superior rodea el 50% de la población que culmina educación media; pero sólo 53 de cada 100 estudiantes universitarios se graduan.

En síntesis, la idea de bajar el salario mínimo para mejorar el desempeño económico colombiano no sólo es socialmente injusto, sino que las evidencias internacionales señalan que es ineficiente. El riesgo es que sacrificar nuevamente el ingreso de los trabajadores en lugar de invertir en educación, ciencia y tecnología y otras condiciones de infraestructura, no sólo no daría los resultados esperados sino que agudizaría los niveles de inequidad en la distribución de la riqueza y mantendría al país postrado como un exportador de commodities y dependiente de las importaciones de bienes con alto valor agregado.

No se debe reducir el salario de los trabajadores, se debe incrementar la productividad del salario.

Colombia tiene un sistema económico insostenible.

No importa quien gane las próximas elecciones presidenciales en Colombia, cualquier propuesta que apueste por la continuación del actual modelo económico será un error. Para sustentar esta afirmación voy a apoyarme en dos premisas: i) los logros en términos de bienestar son precarios y ii) el aparato productivo es cada vez menos competitivo. Continuar leyendo

Empleo, subempleo y desempleo: un tema humano, no sólo económico.

“Un robot puede hacer un carro, pero no lo puede comprar”

Pool, J. C.

He querido comenzar este artículo con el sencillo párrafo del libro de Pool, ya que el tema del empleo, visto desde la perspectiva económica, tiene una clara asociación con el consumo: a diferencia de la esclavitud, en el capitalismo es necesario que los trabajadores reciban una remuneración, ya que los bienes y servicios que se producen necesitan consumidores con ingresos para adquirirlos. Sin embargo, los robots no son un tema de ciencia ficción; la automatización, la robotización y la sistematización de procesos es una realidad creciente que vuelve las labores productivas cada vez más”tecnológicas”,menos humanas.

binario mundo

Definiciones básicas.

Para hablar de empleo, debemos reconocer la existencia de Población Económica Activa (PEA); esto es, el segmento de la población que está en edad de trabajar, necesita trabajar, quiere trabajar y busca o tiene trabajo. Esta definición reconoce tanto la necesidad económica como la voluntad de trabajar, o sea, de realizar una actividad productiva a cambio de una remuneración. Adicionalmente, en esta definición es importante señalar la existencia de límites cronológicos, donde la infancia y la vejez son los bordes entre los que se define la PEA. Aquí hay particularidades derivadas de los niveles de desarrollo de los países. Entre más desarrollado es un país, menor es el rango de la PEA, mientras que en los países con menos desarrollo se permite el trabajo infantil y se debe laborar hasta bien entrada la vejez porque no hay un sistema de seguridad social que garantice una pensión de retiro a los ancianos.

trabajadores en tunel

Luego tenemos la categoría Desempleo. Esta define a los integrantes de la PEA que no hallan trabajo y, por ende, no tienen ingresos. La diferencia técnica que puede existir entre un país y otro la hacen los criterios con los que se definen las edades legales para trabajar o el tiempo que debe permanecer la persona sin trabajo (semanas o meses) para ser considerado un desempleado.

Ahora tenemos, por último, al Subempleo. Cuando hablamos de subempleo nos referimos a personas que: a.) no obtienen, al menos, un ingreso equivalente al mínimo legal vigente; b.) ejercen un trabajo inferior a las capacidades para las que se ha preparado (ingenieros que trabajan como técnicos, por ejemplo). O sea, en la primera definición se presenta al subempleo como una situación individual de insatisfacción; en la segunda, como una pérdida social, ya que se han invertido recursos sociales (alimentación, seguridad, educación) para preparar una persona que, en la práctica, produce bienes y servicios que requieren capacidades inferiores a las que posee.

De igual manera, el salario  mínimo tiene una doble connotación dialéctica: un bajo salario mínimo indica que las personas empleadas tienen un nivel reducido de satisfacción de sus necesidades, lo que puede estimular la contratación de nuevos trabajadores; pero, de otro lado, la remuneración baja limita la capacidad de la población de acceder a los bienes y servicios que se ofrecen en el mercado, lo que desestimula la creación de nuevos empleos.

¿Por qué trabajar? ¿Para qué trabajar?

Ya sabemos que en economía al trabajador se le entiende como mano de obra y como consumidor. O sea, es una herramienta para producir bienes y servicios y para consumirlos a la vez. Pero socialmente hablando, ¿qué es el trabajo para las personas?

Si bien para la economía de mercado el empleo es la forma más recurrente de obtener ingresos para que las familias puedan acceder a los bienes y servicios necesarios para la satisfacción de sus necesidades materiales; el trabajo es también la oportunidad de plasmar los talentos creativos que se traducen en obras que dan placer a quien las crea.

Por lo anterior, el reto central de un régimen laboral, socialmente hablando, es prodigar a las personas la oportunidad de trabajar en organizaciones y con retos tales que les permitan desplegar todos sus talentos para realizar obras que satisfagan a quienes las usarán (consumirán) y a quienes las elaboran.  En consecuencia, tanto el subempleo (desaprovechar las capacidades) como la mala calidad del trabajo (mal jefe, mal ambiente, retos insignificantes) son características fundamentales de lo que se podría definir como una sociedad infeliz.

feliz diferente a los demas

¿Las máquinas reemplazan a los hombres?

Si reducimos este tema al plano económico, entonces, renace la duda con la que empezamos la discusión: ¿si las máquinas (robots) producen los bienes, entonces, quién los comprará? Ante esta disyuntiva surgen dos opciones que no son antagónicas:

1. La reducción de la jornada de trabajo para asegurar la ocupación en el nivel de pleno empleo. Si el trabajo es dignificante, si la economía de mercado requiere de compradores para que el sistema de producción permanezca y si la tecnología eleva la productividad y destruye puestos de trabajo que son más mecánicos que creativos, entonces, la jornada laboral seguirá reduciéndose, abriéndose cada vez  más espacio para el ocio;

2. Extensión de la jornada de ocio. El ocio es una categoría que tiende a confundirse con la vida improductiva. Nada más alejado de la realidad. El ocio se debe entender como la oportunidad de las personas de dar rienda suelta a su creatividad sin que medie el interés o la necesidad de una remuneración.

En síntesis, cuando las personas tienen talentos desarrollados (y desarrollables) y motivaciones arraigadas -no sólo  materiales-, entonces pueden desplegar su capacidad creativa, ya sea en su tiempo laboral o en su tiempo de ocio, para enriquecer a la sociedad con las obras resultado de su creatividad. Cuando el fruto de su trabajo está enriquecido de estética y de motivaciones éticas, ademas de su valor intrínseco (valor de cambio), entonces su valor de uso (utilidad) crece, en tanto eleva su pertinencia material y adquiere, adicionalmente, una espiritual.

realiza tus sueños

Populismos de derecha e izquierda: ¿qué tienen en común?

“Los populistas no están de moda, hablar mal de ellos, sí” (N.N.)

Se ha consolidado una especie de consenso global (y globalizante), en el sentido que los valores que son tan preciados a Occidente están en peligro con el auge de los llamados populismos, sean estos de derecha o de izquierda.

Sin embargo, el consenso trae consigo, generalmente, el riesgo de la falta de discernimiento. Es tan obvia la “maldad” en los populismos que no dejamos espacio para la reflexión. Este siglo XXI está cargado de movimientos políticos denominados “populistas”, sin mayor explicación: “son populistas, entonces, son malos

Populismos en el siglo XX.

Dussel nos recuerda que en el siglo XX hubo movimientos nacionalistas denominados populistas, los cuales incluyen a Lázaro Cárdenas (que nacionalizó el petróleo mexicano), a Irigoyen y a Perón en Argentina, Getulio Vargas en Brasil y a Arbenz, derrocado en Guatemala (1954) por élites que defendían intereses del capital norteamericano en Guatemala.

Esta experiencia de gobiernos y partidos populistas alimentó el surgimiento y desarrollo de una burguesía nacional, a la vez que se consolidaba, atada a ésta, una naciente clase obrera. El populismo, entonces, se entendía, como procesos nacionalistas que desdecían de las teorías clásicas y neoclásicas del desarrollo económico (liberalismo económico), para explorar nuevos caminos que sacaran a los frágiles países latinoamericanos, del subdesarrollo.

trabajadores

Una de las fortalezas del populismo del siglo XX es que gradualmente se fue apoyando en tratados teóricos que daban nuevas perspectivas al desarrollo de los países. El marxismo, el estructuralismo y la Cepal (ésta última, en las décadas de 1960 y 1970) sirvieron de base para que los procesos sociales y económicos de naciones denominadas subdesarrolladas tomaran rumbo propio, lo que se tradujo en industrialización, consolidación de clases sociales urbanas, reformas agrarias y fortalecimiento de la participación ciudadana en lo político (voto femenino, por ejemplo).

¿Quiénes son los populistas del siglo XXI?

En este siglo XXI, los gobiernos de centro-izquierda en América Latina, contrarios al modelo de globalización neoliberal, han sido denominados “populistas”. Con el liderazgo de Chávez y el poder de Lula, la región se llenó de estos gobiernos, con excepción de Colombia y México (Chile es un caso aparte, merece un capítulo propio). Este denominado populismo no duró mucho y antes de terminar la segunda década del siglo, parecen ser cosa del pasado. Pero, lo que es claro es que estos gobiernos cuestionaron el modelo de globalización neoliberal que se impuso en el planeta desde la década de 1980.

Adicionalmente en naciones de Europa, y ahora en Estados Unidos, también han surgido movimientos políticos denominados “populistas”; son una especie de nacionalismos que cuestionan en parte a la globalización existente. Sin embargo, estos movimientos no tienen raíces de izquierda (por decir, comunistas, socialistas, socialdemócratas o algo parecido), sino todo lo contrario, vienen de las entrañas de los movimientos conservadores. Los hay con fuerza en Francia, en Austria, en Holanda y expresan un triunfo concreto en Reino Unido al haber logrado la aprobación del Brexit, o sea, desconectar la isla británica del bloque europeo.

¿Qué se le cuestiona a los populistas?

A los populistas latinoamericanos se les cuestiona desde la “ciencia”, por la falta de ortodoxia en sus modelos económicos: practican políticas “populistas” insostenibles. O sea, se señala que lo que hacen es loable pero no viable; en cambio, lo que sí sería sostenible sería la economía de mercado. En la crítica se les recuerda que el socialismo prosoviético y el modelo keynesiano habrían demostrado su ineficiencia y entraron en desuso. El Estado cede su preeminencia al mercado.

neoliberalismo money

A los populistas europeos y a Trump se les acusa de xenófobos, de racistas, de poner en entredicho los valores occidentales, construidos a lo largo de los siglos. La idea de frenar la libre movilidad de personas y la intención de revalorizar la “identidad nacional” se cuestionan como ideologías que contradicen un objetivo más loable, cómo lo es el de la libertad de las personas, en este caso la libertad de movimiento.

En otras palabras, el “consenso” prooccidental combina los cuestionamientos al “neoproteccionismo” y a la xenofobia y los convierte en un mismo “demonio”: el populismo.

Pero ¿quién vota por los populistas? ¿por qué lo hacen?

Aqui es donde deseo deshacer el consenso. Existe un hilo conductor que relaciona a los populismos latinoamericanos de comienzos de siglo XXI con el discurso de Trump, de Le Pen o de los defensores del mismo Brexit. Y este hilo conductor son sus electores. Si bien es cierto que por Trump o Le Pen votaron personas que tienen una posición discriminatoria con respecto a los inmigrantes, la verdad es que muchos electores de los populistas de ambos continentes son obreros, campesinos y microempresarios que sienten que la globalización neoliberal les roba el empleo en particular y el bienestar en general.

Seguramente se puede aceptar que los políticos “populistas” manipulan la opinión pública, señalando, por ejemplo, que los inmigrantes roban los puestos de trabajo. Pero el hecho fundamental es que hay ingentes grupos de personas que cuestionan el  modelo económico que ha regido al planeta en los últimos treinta años. Tanto en América Latina como en Estados Unidos o en Francia, hay trabajadores que sienten que la globalización neoliberal les ha robado la oportunidad de tener garantizados unos mínimos de bienestar.

trabajador

En síntesis, si  bien los populismos del siglo XXI viven en un contexto diferente a los del siglo pasado y, además, no aparecen nuevas teorías de desarrollo social y económica que renueven los argumentos en pro del proteccionismo, la verdad es que el auge de estos partidos es, ante todo, una protesta que se está haciendo mundial, para cuestionar  a un neoliberalismo que impone una globalización inequitativa, que privilegia los logros del mercado más que los de los ciudadanos. Como ha sucedido en otros momentos, es posible que el remedio sea peor que la enfermedad, pero la cura no se puede buscar si se niega la existencia de una patología. Y  los síntomas son incuestionables.

 

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