¿Por qué la economía colombiana no crece de manera sostenida? Por miopes.

Giovanny Cardona Montoya, agosto 4 de 2019.

 

Si hacemos memoria, desde que Colombia comenzó su apertura económica, sólo hemos tenido tres años en los que el crecimiento del PIB ha superado la barrera psicológica del 5%. De resto, nuestros indicadores de crecimiento han sido lánguidos y en 3 ocasiones hemos enfrentado el rostro oscuro de la recesión.

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La estructura del PIB colombiano.

Hacia 1990, cuando vio la luz el CONPES 2465 que indicaba el camino de la apertura económica, los propósitos se veían bastante claros: fortalecer la industria doméstica gracias a unas más sólidas relaciones comerciales y a la mayor disponibilidad de insumos. Sin embargo, el cambio que ha dado la estructura del PIB no parece mostrar, casi 30 años después, que ese propósito se halla logrado.

Mientras para dicho año, la industria manufacturera y el sector agropecuario representaban el 45% del PIB colombiano, casi 6 lustros después estos sectores sólo alcanzan el 17%. En contravía, comercio, minería y sector financiero incrementaron su participación en la estructura del PIB.

¿De qué depende el crecimiento del PIB colombiano?

En la cotidianidad colombiana se evidencia una visión miope de gobernantes, medios de comunicación, gremios y empresarios. El problema del crecimiento económico se podría analizar desde una perspectiva de desarrollo (evaluar el modelo de desarrollo) o macroeconómica (la que guía nuestros ojos mes a mes, trimestre a trimestre y año tras año). Es esta última la que evidentemente inspira a gobernantes y empresarios a la hora de tomar sus decisiones. Veamos:

- La mirada macroeconómica.

Esta perspectiva nos ha acostumbrado a monitorear las tasas de interés del Banco de la República, el precio del dólar y cualquier otra decisión coyuntural de gobierno o de la geopolítica internacional (las guerras comerciales de Trump o el precio del petróleo).

Bajo esta perspectiva, estamos atacando los síntomas, pero no las causas del bajo crecimiento. Es por ello que los medios y el gobierno “elevan cohetes” cuando el FMI indica que tenemos la mejor tasa de crecimiento de la región o que el ente subió nuestras perspectivas de crecimiento una o dos décimas. Nos acostumbramos a la precariedad del presente: alta informalidad económica, desempleo de 2 dígitos, exportadores de commodities mineros. Subdesarrollados es el nombre del juego.

Por lo anterior, el crecimiento económico depende del precio internacional del petróleo, del dinamismo del sector constructor y del gasto público. Por ningún lado aparecen categorías como Productividad, Agregación de Valor, Innovación, Emprendimiento o Competitividad.

Bajo esta perspectiva nos llamamos a engaños cuando aplaudimos la llegada de la Inversión Extranjera Directa -IED-, la cual no conoce nuestros campos, ni nuestras fábricas. Es una inversión que llega principalmente a la minería y subsidiariamente a la banca, al comercio y a las comunicaciones. Pero ahí no termina esta trama. Por cuenta de servicios internacionales (componente de la cuenta corriente de la balanza de pagos), año tras año, en forma de repatriación de utilidades y pagos de intereses de deuda externa se desangra el mismo capital. Así, por ejemplo, en 2018, los ingresos netos de capital (incluído el aumento de reservas internacionales) ascendió a casi 12 mil millones de dólares. Pero la sola repatriación de utilidades (sin el pago de interes de deuda externa) superó los 10 mil millones de dólares. O sea, “agua que viene, agua que se va”.

No somos un país atractivo para IED en sectores manufactureros o agro, ni tampoco para la reinversión de utilidades. De hecho, es larga la lista de empresas que han cerrado plantas en Colombia para proveernos desde sus factorías en países con los que tenemos firmados TLC. Entonces, sí hay un problema de fondo.

- La mirada del modelo de desarrollo.

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Esta perspectiva, tan poco analizada por gremios, empresarios, gobierno y medios de comunicación, busca las raíces del bajo crecimiento económico, analizando los determinantes de nuestra competitividad.

– No hay políticas de Estado que definan sectores estratégicos que deseemos desarrollar a largo plazo. Hoy hablamos de Economía Naranja, y eso no tiene nada de malo. Excepto que seguramente será un propósito de gobierno que caducará en 2022. Porque este gobierno, al igual que los anteriores, no siembra a largo plazo; sólo busca salir dignamente al terminar su período. Por miradas estrechas como ésta es que Bogotá no tiene Metro o que Colombia no es una potencia turística o agroindustrial.

– No hay convicción de la importancia de invertir en Ciencia, Tecnología e Investigación o de desarrollar las vías terciarias que comuniquen al campo y los poblados con las grandes urbes para dinamizar un potencial mercado interno. Aquí las evidencias saltan a la vista: no hay patentes, no hay investigación científica, no hay alianzas entre empresas y universidades para desarrollos tecnológicos, no hay…

– No se toman decisiones para elevar la cobertura y calidad de la seguridad social. Los intereses privados -y a veces mafiosos-, que financian campañas políticas, no permiten que se desarrolle una estrategia agresiva público-privada para formalizar el empleo, lo que reduciría el déficit fiscal crónico (menos gastos por SISBEN), viabilizaría al sistema de salud (además de financiarlo para que mejore la calidad de sus servicios). Formalizar el empleo beneficia a todos, pero nadie quiere pagar ese costo (más del 40% de los trabajadores reciben salarios informales).

En síntesis.

No es que la economía colombiana no crezca (de manera sostenida) porque cae el precio del petróleo o porque sube el dólar (o porque baja, ¡qué locura!, mala la devaluación, mala la revaluación), o porque el Banco de la República no baja las tasas de interés.

No, la economía colombiana no crece de manera sostenida porque no hay una Visión Compartida de Futuro. Somos miopes, aquí nadie piensa a largo plazo. Ese es el punto.

Con Duque, la economía va mal. Pero no peor que antes.

Giovanny Cardona Montoya (junio 16 de 2019).

 

Hoy no busco defender o cuestionar al gobernante de turno -el del presidente Iván Duque de Colombia-; el objetivo es poner en tela de juicio nuestra ferviente costumbre de entrar en discusiones acaloradas sobre los problemas coyunturales de la economía. Y no es que la coyuntura no exista o que no sea importante, pero, lo que es más relevante es entender las raíces estructurales que nos traen a las dinámicas de corto plazo.

Para empezar, los medios, los académicos, los políticos, los empresarios y el público en general se trenzan en un acalorado debate ya que el desempleo cruzó nuevamente el umbral del 10%. En abril de 2018 el desempleo era 9,5%, un año después estamos en 10,3%. ¡Rasguémonos las vestiduras! Pero ese no es el problema de fondo.

Lo crítico va más allá del “listón psicológico del 10%.

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– En Colombia, de manera crónica, desempleo más subempleo giran al rededor del 50% de la población económica activa (PEA) -actualmente, 44,2%. Eso sí es grave.

– Según el DANE, aproximadamente el 54% de la población colombiana accede a salud a través del SISBEN, o sea que hacen parte de los hogares en los cuales viven desempleados y subempleados, sin que haya cotizantes al sistema de seguridad social. Sólo 44% de la población se hallaría en el grupo de cotizantes -cuentan con un empleo formal-. En consecuencia la cobertura en salud es subsidiada en gran medida (con un consecuente déficit fiscal) y, adicionalmente, la mayoría de la población no estaría haciendo un ahorro pensional. Esto también es consecuencia de un mercado laboral cronicamente insuficiente.

– Según el DANE, 9 millones de colombianos -44& de la PEA- ganan un salario mínimo. Esto tiene muchos indicios y consecuencias preocupantes: de un lado, indica baja productividad y poca sofisticación de productos de las empresas colombianas. De otro lado, señala familias pobres y un mercado de bienes y servicios poco desarrollado. Un hogar necesita 4 salarios mínimos para acceder plenamente a la Canasta Básica Familiar.

Por lo tanto, indicar que un desempleo de 10,3% es preocupante pero que una tasa por debajo de 10% “está bien”, es una seña de que estamos evadiendo los verdaderos problemas de nuestra economía desde una perspectiva de desarrollo sostenible; o sea, de empresas, económica, social y ambientalmente rentables.

Veamos una segunda evidencia del “cortoplacismo miope” de nuestros analistas: la economía colombiana creció 2.8% durante 2018, lo que evidencia una recuperación económica desde 2016. ¡Brindemos por este logro!…¿cuál logro?

– La economía colombiana necesita crecer a tasas superiores al 5% durante un período largo para reducir de manera efectiva la pobreza, a través de la formalización del empleo. Así lo señaló la CEPAL en la última década de 1990 y lo ratifica el gobierno colombiano en este último año. Desde 2007 -hace 12 años- Colombia no alcanza una tasa de crecimiento igual o superior al 5%.

– Una de las razones por la que el crecimiento de 2018 no fue más precario, tiene nombre propio: recuperación de los precios internacionales del petróleo. Para un país que no tiene reservas internacionales para ser exportador a largo plazo -la Agencia Nacional de Hidrocarburos habla de 6-7 años-, un crecimiento centrado en la exportación de hidrocarburos -petróleo y carbón representan 70% de las exportaciones- no es muy promisorio.

– Sin embargo, en vez de hablar de estrategias para generar nuevas industrias, el país le apuesta al fracking. El actual gobierno estimula (en sus discursos al menos) a la economía naranja, pero en el congreso se discute es una ley para permitir el fracking en Colombia, o sea, alargar la dependencia de los hidrocarburos como  fuente de exportaciones y de inversión extranjera, abandonando a los agricultores y manufactureros.

– Las políticas de economía naranja -si se implementan- serán de gobierno, durarán hasta 2022; en cambio, la ley que legalice las nuevas técnicas de extracción de hidrocarburos será política de Estado. Esperemos a los magistrados, ellos tienen la última palabra en este momento.

mapa del fracking

En síntesis, nos equivocamos si seguimos mirando la economía desde una perspectiva de políticas de gobierno -corto plazo- y de crecimiento económico en lugar de desarrollo económico. La economía en este primer año del gobierno de Iván Duque no tiene buenos síntomas, pero no está peor que la que hemos construido a lo largo de 3 décadas desde la apertura económica de 1990.

Como lo hemos dicho en artículos anteriores, el modelo neoliberal de los tigres asiáticos – Corea, Taiwán, Singapur- que se proclamó como referente para nuestra apertura económica no se parece en nada a nuestra realidad: abrimos las puertas a la competencia externa, pero las políticas para desarrollar competitividad a base de innovación y agregación de valor  no se han cumplido. Son 3o años perdidos que nos han convertido en países exportadores de hidrocarburos y que han desindustrializado al aparato productivo. Consumimos producto importado de manera significativa y creciente.

Si las políticas económicas neoliberales pretenden ser exitosas en Colombia, no es suficiente la firma de TLC con “medio mundo”. Es necesario invertir en educación, en investigación, en desarrollo y en innovación. Formalizar el empleo y estimular los sectores, agrícola, agroindustrial y manufacturero en general, son también estrategias necesarias. Permitir que el país siga dependiendo de las exportaciones mineras es, además de un peligro para el medio ambiente, prolongar el subdesarrollo, la informalidad económica y la inequidad social.

 

 

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taxi o uber

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Colombia necesita crecer 5% anual en el largo plazo. ¿Qué no hacer?

Giovanny Cardona Montoya. Septiembre de 2018.

 

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Colombia tiene un sistema económico insostenible.

No importa quien gane las próximas elecciones presidenciales en Colombia, cualquier propuesta que apueste por la continuación del actual modelo económico será un error. Para sustentar esta afirmación voy a apoyarme en dos premisas: i) los logros en términos de bienestar son precarios y ii) el aparato productivo es cada vez menos competitivo. Continuar leyendo