Medellín no puede contaminar un poco más

Giovanny Cardona Montoya

Marzo 25 de 2019.

Se han hecho virales en los últimos días, unas declaraciones del Secretario de Medio Ambiente de Medellín, quien, con el ánimo de explicar que había una coyuntura crítica en las presentes semanas con respecto a la calidad del aire en el Valle de Aburrá, señaló desprevenidamente que el resto del año “Incluso podemos hasta contaminar más.” Sólo quiero aprovechar sus desatinadas palabras poner el debate en otro contexto: el Calentamiento Global es una realidad que vino para quedarse, no es un problema coyuntural.

Continuar leyendo

Economía Colaborativa: entre el Desarrollo Sostenible y la pauperización del salario.

Si necesitas un vehículo que te transporte sólo tienes que dar un clic en tu celular -incluso, si sólo quieres que te den un “aventón”-. Si quieres un hospedaje económico en otra ciudad o país, sólo tienes que dar un clic en tu celular. Si tienes hambre y quieres un domicilio, sólo tienes que hacer clic.

taxi o uber

Economía colaborativa: ¿fuente de desarrollo sostenible o de desaceleración económica?

La Economía Colaborativa es una categoría reciente de las relaciones socio-económicas, la cual se fortalece gracias al desarrollo de las TIC. Dicha economía permite que se optimice el uso de recursos como los vehículos o la propiedad raíz -habitaciones u oficinas-. Así, por ejemplo, si tienes una habitación disponible en tu casa, puedes rentarla; o sea, hacer uso de una capacidad ociosa generándote algún ingreso. Lo mismo sucede si tu trabajo cotidiano no te agota plenamente, entonces, puedes unirte a Uber y ofrecer el servicio de transporte urbano, obteniendo un ingreso extra.  Continuar leyendo

Colombia necesita crecer 5% anual en el largo plazo. ¿Qué no hacer?

Giovanny Cardona Montoya. Septiembre de 2018.

 

Lo he leído muchas veces, incluso el Banco Mundial nos lo dijo hace ocho años: debemos tener un crecimiento sostenido del 4% o 5% para poder abandonar el subdesarrollo. El mensaje no es sólo para Colombia, lo es para toda América Latina. El hecho es que dicha tasa de crecimiento raras veces se ha alcanzado en Colombia en los últimos 25 años. De hecho, el BID resalta que desde 1960 hasta 2017 la tasa promedio de América Latina ha sido de 2,6%. Continuar leyendo

Economía colombiana: el problema no es el bajo crecimento del PIB, es el subdesarrollo.

No estamos en recesión, es el subdesarrollo nuestro verdadero problema.

Hace un par de años, con la caída de los precios internacionales del petróleo y otros commodities, las finanzas públicas y los indicadores que miden la producción colombiana, PIB y exportaciones, entraron en crisis y reaparecieron los megáfonos que alertaban una posible recesión.

Algo bueno le encuentro a los anuncios de crisis de la economía colombiana en las últimas décadas, puesto que sirven para recordar lo frágil que es nuestro aparato productivo.

El siglo XX fue el de la industrialización para Colombia; con un modelo proteccionista en boga nacieron y se consolidaron muchas de las grandes manufactureras de este país: textileras, confeccionistas, locerías, productores de alimentos, ensambladores, etc. Gracias a este proceso, el país incrementó el autoabastecimiento de bienes manufacturados; a la vez que las exportaciones de café se acompañaron de productos manufacturados de mediana y baja complejidad tecnológica.

cafe

Sin embargo, lo que sucedió desde finales del siglo XX ha sido todo lo contrario: Colombia se ha convertido  en un país importador, altamente dependiente de bienes manufacturados en el exterior. En el último decenio este país se ha venido desindustrializando de manera alarmante. Desde hace 10 años el Consejo Nacional de Competitividad viene monitoreando el desempeño de la economía colombiana y particularmente señala cómo se viene reduciendo el Valor Agregado Nacional de las exportaciones a lo largo de las años.

sofisticacion de exportaciones colombianas1

El hecho es que después de un cuarto de siglo de Apertura Económica, proceso sugerido para  elevar la competitividad de la economía colombiana, la realidad es que los cambios que se han vivido se pueden sintetizar:

– los consumidores colombianos han ampliado el menú de oportunidades, incrementándose la oferta de bienes y servicios de calidad semejante a la de mercados internacionales;

– la minería se ha expandido, convirtiéndose en la principal fuente de divisas por balanza comercial;

– la esfera de servicios se ha modernizado, especialmente en el ámbito de las TIC.

Sin embargo, el llamado proceso de internacionalización de la economía colombiana deja dos grandes lastres que evidencian que el tren del Desarrollo Económico, en el cual embarcaron los tigres asiáticos (Corea, Taiwán, Singapur, etc.) y algunas naciones de otras latitudes (Sudáfrica, Brasil, Turquía, China, India), ha partido sin nosotros:

la industria manufacturera y la agricultura han contraido su participación en el PIB y en las exportaciones. El país importa un alto porcentaje del valor de las manufacturas y de los alimentos que consume;

– la distribución de la riqueza se ha consolidado como una de las menos equitativas del planeta: cada vez un número más pequeño de millonarios posee una mayor porción de la riqueza del país, mientras el porcentaje que pertenece a los segmentos de la población más pobre ha disminuido.

En síntesis, el problema de Colombia no es la caída en los precios de los combustibles; no es la desaceleración económica la que nos debe preocupar, sino el modelo de desarrollo que siembra inequidad y pocas posibilidades de que se incremente la riqueza de modo sostenido.

¿Dónde está la base de nuestro subdesarrollo?

El desarrollo económico sostenible de este siglo XXI se apoya en tres pilares:

crecimiento sostenible a lo largo del tiempo;

– preservación del entorno natural y cultural;

– generación de oportunidades para una distribución de beneficios que reconozca las necesidades de toda la población.

En Colombia no sucede ninguna de estas tres condiciones. Si bien Colombia ha vivido pocas experiencias de recesión, técnicamente hablando, la verdad es que raras veces el PIB se expande a tasas significativas. Sin embargo, lo más notorio es que no se crece de manera sostenida y que dicho crecimiento se apoya en gran medida en una minería insostenible.

Y con el tema de la minería se evidencia nuestra segunda ausencia: un entorno preservado y sostenible a largo plazo. Hemos dejado de ser una economía agroindustrial para convertirnos en extractores de minerales e hidrocarburos. El deterioro del medio ambiente como consecuencia de una minería  expansiva y la falta de reservas confirmadas de petróleo, hacen insostenible nuestro modelo económico.

La consecuencia de todo esto es una sociedad injusta, con élites privilegiadas que quieren vivir como en Europa, mientras millones de familias viven como en el país más subdesarrollado del planeta. .

Hay que revisar el Modelo de Desarrollo.

Creo que le hemos dado muchas vueltas al tema. Durante más de 25 años hemos estado esperando los milagros de la inversión extranjera, de los TLC, del mercado sin controles, de las privatizaciones, de la apertura económica. Los ajustes derivados de reformas fiscales, reformas laborales, reformas a la seguridad social y demás reformas han sido paños de agua tibia que no ponen el acento en el problema central: ¿cuál futuro país deseamos construir? Para ello, es necesario repensar algunos temas estratégicos:

– tomar decisiones de fondo en lo referente a la educación, la investigación y la innovación. El actual  sistema educativo no garantiza que los futuros bachilleres y profesionales sean “ciudadanos” e “innovadores”. La ampliación de cobertura no ha sido suficiente. Hay que revisar el tema y tomar decisiones radicales;

– tomar decisiones sobre la necesidad de desarrollar lo rural, la agricultura, la agroindustria y la economía ambiental. No sólo se trata del post-conflicto y el regreso de los campesinos al campo; no sólo se trata de que tenemos un gran potencial para autoabastecernos de alimentos y de otras materias primas de origen vegetal o animal; se trata del hecho que el futuro del planeta depende en gran medida de agua y vegetaciones que existen en pocos países, incluído Colombia. Hacemos parte de la solución al desarrollo sostenible global;

agricultura sostenible

– tomar decisiones sobre lo que significa la integración regional o global. Somos un país “pasivo” sin identidad en los escenarios internacionales. Dependemos de lo que deciden las grandes potencias y los mercados emergentes. Colombia es una de las 35 economías más grandes del planeta (territorio, población y PIB), ese tamaño le genera derechos y deberes frente a la comunidad internacional. Tenemos un enorme potencial en el vecindario, con países grandes y economías significativas, con culturas cercanas que podrían facilitar el intercambio y la integración. Pero para eso hay que romper ciertos paradigmas que sólo nos permiten mirar hacia el Norte.

Podríamos complementar la lista: faltan ingenieros, falta estimular las artes y las ciencias sociales y humanas, hay que resover el problema de la infraestructura, la calidad de la salud, la óptima atención a la primera infancia, etc. Pero  más que una lista, lo que el país necesita es reconocer que somos una economía subdesarrollada, no somos un “mercado emergente” y debemos dejar de mirar nuestros problemas sociales y económicos como retos de corto plazo.

Hace 27 años, el entonces presidente de la Apertura Económica nos anunció: “Bienvenidos al Futuro”…y el futuro llegó. Volvámos a intentarlo. No más pañitos de agua tibia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Por qué ser “Occidental” frena el Desarrollo Sostenible?

Cuando recuerdo que en el aula de clase me enseñaban el mundo, los profesores hablaban de Occidente y Oriente. Con cierto orgullo, consensuábamos con los docentes que nosotros los colombianos éramos occidentales, porque con Occidente se relacionan el Estado de Derecho, los Derechos Humanos, la Racionalidad y el Enciclopedismo. Hoy me genera sospecha esa afirmación.

¿Qué es ser Occidental en el presente?

El planeta se está agotando: tala de bosques, se reduce el oxígeno de calidad, escasez de agua potable, deterioro del clima (cada vez menos  predecible y con temperaturas extremas) y hambrunas son, tal vez, las principales características de esta crisis.

Una de las principales razones de esta crisis es el comportamiento de la especie humana, con un protagonismo no desdeñable de nosotros “los occidentales”. ¿Por qué esta afirmación? Porque algo que caracteriza a “los occidentales” del último siglo es que nos gusta poseer y consumir ilimitadamente. He ahí el problema si se le entiende desde la perspectiva cultural e individual.

Poseer, ¿sinónimo de bienestar?

Vivimos en una sociedad donde medimos el éxito, la felicidad e, incluso, el bienestar con base en el valor de las posesiones. Poseer más significa más riqueza, más satisfacción, más estatus, más felicidad…más bienestar. Así nos sentimos y eso no se puede cambiar de la noche a la mañana.

Pero la crisis que vive el planeta conlleva repensar esta forma de medir el desarrollo de las personas y las familias. Y no se trata de abandonar lo mejor de la cultura occidental, todo lo contrario, lo mejor es apoyarse en su humanismo y su racionalidad para cuestionar el comportamiento nocivo que hemos asumido como consumidores.

El bienestar es una categoría económica que plantea la posibilidad de optimizar producción, intercambio y consumo, logrando la mayor satisfacción (valor) con el menor esfuerzo (costo) posible.

Si comenzamos por el esfuerzo, entonces, reconozcamos algo: estamos pagando el mayor costo por lo que poseemos. Para consumir como lo estamos haciendo en la actualidad estamos acabando con el planeta; estamos sembrando hambrunas y estamos condenando el bienestar de futuras generaciones. En otras palabras, queda perfectamente argumentado desde la racionalidad y el humanismo “occidental” que no estamos logrando mayor bienestar, puesto que estamos pagando el mayor costo: sacrificando el futuro del planeta y condenando a las generaciones futuras.

Ahora, si hablamos de valor (beneficios, satisfacciones) entonces, también tenemos argumentos muy “occidentales” para cuestionar el supuesto bienestar:

  • Poseer un vehículo particular (por persona, ni siquiera por familia). ¿Cuánto tiempo gastamos en llegar al trabajo o al hogar debido a los problemas de movilidad? ¿con quién compartimos el “trancón”?
  • ¿Cuánto dedicamos de nuestros ingresos al pago de deudas asociadas al consumo –renovar el celular, comprar ropa de marca, reponer productos desechados que no son reutilizados porque ya “no están de moda”?
  • ¿Cuánto dedicamos de nuestros ingresos al uso de medicamentos y tratamientos que buscan compensar nuestro distanciamiento de lo natural –aire puro, comida sana, agua potable, actividad física-? Vamos al gimnasio después de la jornada laboral porque no montamos en bici para ir a la oficina, tomamos vitaminas y otros nutrientes en frascos, para compensar la no ingesta de frutas o verduras y otros alimentos naturales.

bicycle-2027664_640

 

Es evidente que no podemos cambiar de la noche a la mañana ciertas costumbres, pero es claro que algunos beneficios tienen más que ver con la aceptación social y el estatus, que con el placer que puedan percibir los sentidos: aromas, colores, sabores, texturas; o con las emociones que puedan emanar del alma –serenidad, compañía, alegría, etc.-

En síntesis: estamos pagando un alto costo por ciertos placeres que a veces son “relativos”. En cambio, un estilo de vida más solidario y más saludable (usar el metro o la bicicleta) podría regresarnos a ciertos hábitos que eran “ambientalmente” más VALIOSOS, con un menor COSTO social: lo hacemos por nosotros, por el prójimo y por las generaciones futuras.

No hay que ser budista o taoísta para entender que dedicar más al ser que al poseer es un “buen negocio” para nosotros, para el planeta y para nuestros descendientes.

vehicles-146444_640

12