Colombia y su economía no competitiva.

Octubre 10 de 2021. Giovanny Cardona Montoya

 

Desde finales de la década de 1980,  en la llamada Sociedad del Conocimiento han proliferado las TIC y las redes; el transporte de personas y mercancías se ha modernizado y masificado; la caída del Muro de Berlín trajo consigo la conexión de Europa del Este al circuito económico global; la ventaja competitiva ha hecho surgir a economías emergentes como Brasil, Chile, Corea, Taiwán, Singapur o China; el sector terciario de la economía ha venido desplazando a la industria manufacturera en el PIB mundial y los mercados globales han bajado sus barreras, especialmente en lo referente al movimiento de capitales y al comercio de bienes manufacturados.

En este contexto, desde la década de 1990, Colombia abandonó el modelo proteccionista y se embarcó en una Apertura Económica. Con este cambio se esperaba una marcada modernización del aparato productivo, una mayor inserción en los mercados globales con participación de exportaciones con valor agregado y, en consecuencia, un incremento de los niveles de bienestar de la población. Como Visión, Colombia en 2005 estableció 3 metas para el año 2032: 1.) Ser la tercera economía más competitiva de LatAm -con exportaciones con valor agregado-; 2.) Una estructura económica menos informal y; 3.) Un ingreso per cápita de nivel de renta media-alta. Pero, los resultados después de 15 años han sido ambivalentes.

A pesar de la relativa estabilidad macroeconómica, el Consejo Nacional de Competitividad -CNC- ha señalado, a través de sus informes anuales, que no hay muchos logros en el proceso de modernización del aparato productivo. Según los datos del Foro Económico Mundial ( 2017), Colombia se mantiene por encima del puesto 60 del Índice Global de Competitividad, por detrás de vecinos como Chile, Panamá, México y Costa Rica y muy cerca de Perú. La explicación de este rezago se da por problemas estructurales en infraestructura, ciencia, tecnología, educación, innovación, salud y empleo formal.

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Según el CNC, la mayoría de los estudiantes colombianos que presentan las pruebas Pisa están por debajo del nivel dos (2) en ciencias y matemáticas, que corresponde al nivel mínimo. En lectura, llegan a este nivel casi el 50%; mientras, en los niveles altos -4, 5 y 6- no se halla ni el 10% de nuestros estudiantes. Este dato es fundamental si se tiene en cuenta que la comprensión lecto-escritora, la lógica y el pensamiento matemático, al igual que el conocimiento y el método de las ciencias se consideran fundamentales para desarrollar el pensamiento crítico y analítico, para la argumentación y para la innovación.

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El CONPES 3674 señala la importancia de una estrategia integrada de gestión de capital humano, lo cual puede implicar, entre otros, fortalecer el perfil de los docentes escolares. El tema de la educación es crítico si se le vincula con su la productividad de los trabajadores en el proceso productivo. Según CNC en todos los sectores (agrícola, manufacturero, servicios y comercio) se presenta una gran brecha entre la productividad promedio de los trabajadores y la mediana. O sea, la mediana muestra que la productividad más recurrente es baja, lo que señala una diferencia en el desempeño de algunas empresas modernas con personal cualificado y procesos organizados, con respecto a la mayoría, Mipymes, ineficientes y de baja productividad.

 

Otra evidencia de este rezago es la falta de inversión en ciencia y tecnología. Mientras los países que nos preceden en el Índice Global de Competitividad (IGC) invierten más del 1% del PIB en I+D+i, Colombia es renuente a reorientar sus recursos de cara a la sofisticación de la producción de bienes y servicios. Según IMD (2017), Corea dedica a I+D+i casi 4% de su PIB, mientras Portugal destina 1.6%. España y Brasil invirten alrededor de 1.5% de su PIB, mientras Colombia apenas rodea el 0.25%. En síntesis, los países que nos preceden en competitividad son aquellos que invierten en educación y en investigación y desarrollo.

Otro indicador que pesa en nuestra baja competitividad es el referente a transporte y logística. Según el ÍGC, Colombia permanece en los últimos años alrededor del puesto 65 con un índice de 2.9, muy por debajo de pares como Chile, Perú, Brasil o México. Según el CNC, los problemas no sólo se asocian con la infraestructura, sino que hay serias debilidades en materia de gestión logística en las empresas.

Otra característica de las condiciones de competitividad que envuelven a las empresas colombianas es la que tiene que ver con el ambiente de competencia. Según el ÍGC, hay una percepción baja de que en Colombia funcione de manera efectiva la ley antimonopolio. Aunque la participación de la Mipyme es importante, la concentración del capital es significativa y se percibe como una tendencia que reduce la competitividad, especialmente en las industrias de la esfera de servicios: transporte aéreo nacional, banca, comercio al detal, medios informativos y de entretenimiento, entre otros.

Todos estos indicadores que señalan un rezago absoluto y relativo en materia de innovación y productividad de las industrias colombianas se evidencian en el deterioro de nuestro desempeño exportador. Según el CNC, se ha venido dando un proceso de reducción de la sofisticación de la oferta de bienes que Colombia vende en el exterior. Entre 2007 y 2013 la participación de los bienes primarios en la oferta exportadora colombiana creció en un 40%, llegando a representar el 66% en el total de ventas al exterior. En cambio, las exportaciones de complejidad tecnológica alta y media, que otrora representaban el 20% del total, apenas alcanzan el 10% en la actualidad. Colombia ha pasado de ser un proveedor de agroindustria a un exportador de minería de hidrocarburos. Según datos de la DIAN, antes de la caída de los precios de los combustibles del 2014 (DANE, 2017), el petróleo y el carbón eran responsables del 70% del total de exportaciones al exterior.

La crisis iniciada en el tercer trimestre de 2014, derivada de la caída en los precios mundiales de commodities, particularmente hidrocarburos, es una clara evidencia de la necesidad de tener un aparato productivo más diversificado y con mayor valor agregado. En 2015, los ingresos por exportaciones de petróleo se derrumbaron en un 50%, o sea, un 25% de la totalidad de las importaciones. Adicionalmente, los hidrocarburos golpearon las finanzas públicas, ya que representan el 16%, y además afectó la entrada de inversión extranjera directa, especialmente direccionada a la minería.

En el largo plazo, nuestros empresarios tienen una gran oportunidad, ya que la diversificación y sofisticación de la producción es un reto en ciernes; adicionalmente, hay enormes posibilidades alrededor del aprovechamiento de las tierras no cultivadas (la mayor parte de las tierras aptas para la agricultura están dedicadas a la ganadería), la biodiversidad y el desarrollo de biocombustibles de segunda y de tercera generación (desechos y micro algas).

En consecuencia, reactivar el sector manufacturero, particularmente la agroindustria, al igual que la producción agrícola y ganadera, será de uno de los principales retos de los empresarios colombianos. Las necesidades de infraestructura y las potencialidades que ofrece un entorno cada vez más exigente en materia de preservación del agua, de los bosques y de la calidad del aire, abren un espacio importante para los negocios. Colombia tiene una biodiversidad preponderante a nivel global y posee tierras cultivables que pueden ser utilizadas en el desarrollo de agricultura orgánica y en la producción de biocombustibles de segunda generación, principalmente.

La economía mundial ahora es un entorno complejo con unos niveles de especialización muy profundos (Cadenas Globales de Valor). Para insertarse en dichas cadenas será necesario trabajar en la innovación de valor y en estrategias de internacionalización; los empresarios deberán fortalecer las redes y alianzas estratégicas con proveedores y asociaciones de consumidores e invertir en recurso humano cualificado y en tecnología avanzada.

Aprovechar estas oportunidades de mercado implica revisar los modelos de gestión de las empresas, lo que exige:
– Fortalecer las competencias gerenciales que le den una visión más completa del negocio, basada en el talento humano;
– Formalización del empleo y consolidación de modelos de gestión de talento humano que estimulen nuevas estructuras oorganizacionales en las que quepa el trabajo en equipo, teletrabajo y trabajo en redes;

– Consolidación de estrategias de largo plazo, fundamentadas en gestión del conocimiento con fines de innovación;
– Gestión de cadenas productivas, esto es, trabajar bajo el esquema de “visión compartida” entre las empresas que integran la cadena;
– Centrarse en la innovación y en las estrategias de diferenciación -foco o  atributos- para no depender de los vaivenes de las tasas de cambio o de los aranceles. La estrategia debe buscar un posicionamiento en el imaginario de los clientes a partir de la agregación de valor.
– Consolidar las empresas familiares para que trasciendan en el tiempo y continúen su aporte al desarrollo económico.

Democracia, la verdadera utopía.

El ser humano se debate entre absolutos y utopías. En alguna época la verdad indiscutible era “exportar mucho e importar poco”. En las últimas décadas el liberalismo económico, en su versión neoliberal, ha sido tratado como una profesía realizada. No por casualidad, Fukuyama alcanzó a declarar que el final de siglo XX, neoliberal y sin la amenaza del comunismo soviético, era “el final de la historia”.

Pero no sólo hay absolutos en la economía; también en la dimensión religiosa, dominada a lo largo de los siglos por paradigmas como el cristianismo, el islam o el hinduismo. Verdades indiscutidas para miles de millones de personas.

En el ámbito político, la democracia es, tal vez, el absoluto más consolidado. Aunque se respeta o se convive con ciertos regímenes no democráticos -como el chino o los tribales de algunas provincias de países africanos o de pueblos originarios en Suramérica y Centroamérica-, la realidad es que la democracia se venera como uno de los mayores bienes públicos de la humanidad: “hemos llegado a Itaca” ó “hemos encontrado el Dorado“.

Pero, así como los grupos sociales, los pueblos o las llamadas civilizaciones (occidental, árabe-islámica, etc.) se han erigido sobre paradigmas temporalmente indiscutibles (décadas, siglos, milenios); también es verdad que la dialéctica de los procesos sociales y de la naturaleza ha servido de método para estructurar las antítesis que nuevas generaciones han antepuesto a los postulados dominantes de las diferentes épocas.

A lo largo del siglo XX, el capitalismo fue confrontado con la utopía del socialismo: “Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo” sentenciaba Marx en su manfiesto,a finales del siglo XIX. Y su fantasma se materializó en forma de un bolchevismo que sacudió el orden establecido hasta la caída del muro de Berlín. A las religiones se les han antepuesto el ateismo y el agnosticismo, dos primos que a veces confundimos con gemelos.

Pero estos son sólo ejemplos del binomio diálectico, absolutos-utopías, que ha guiado a la humanidad a lo largo de su historia. Aunque suene muy contundente, desde diversas perspectivas se puede afirmar que hemos llegado a nuestra mejor versión posible de la historia: nunca habíamos desarrollado, como especie humana, tanta capacidad de dominar la naturaleza para nuestro beneficio.

Pero, nuestra mejor versión posible de la historia no significa que sea la ideal; menos aún, que sea la apropiada para nuestro futuro.

En este momento histórico, la humanidad enfrenta un conjunto de retos que llevan a crecientes grupos poblacionales a clamar por nuevas utopías: la crisis del calentamiento global; la inequidad socio-económica que se traduce en millones de personas que viven en condiciones que creiamos superadas hace más de un siglo (desnutrición, mortalidad infantil, analfabetismo, discriminación de raza y género); y los riesgos de una guerra o de un “accidente” nuclear de magnitudes intercontinentales.

Democracia: ¿absoluto o utopía?

Para quienes vivimos en Occidente -los latinoamericanos nos consideramos hijos de la declaración de los derechos del hombre y el ciudadano-, la democracia es el mejor vehículo que ha diseñado la especie humana para cruzar la autopista que nos lleva del oscurantismo (racismo, inequidad, crisis ambiental) a la luz, esto es, al desarrollo social y ambientalmente sostenible. Pero, ¿realmente vivimos en democracia?

La democracia es una categoría creada por los griegos para impulsar su propia utopía -la utopía de su época-, la cual involucraba a un número importante de ciudadanos. Era pasar del monarca absoluto (llámese este emperador, rey, zar, etc.) al ciudadano como sujeto político. Para el momento histórico, dar poder político a los ciudadanos propietarios de tierras y esclavos y que pagaban tributos, era un “salto social”.

Pero la categoría democracia en sí se refiere al poder del pueblo. El poder que emana del pueblo. Y hoy, más de dos siglos después de la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, esto de “poder del pueblo” se entiende indiscutiblemente como una dimensión que cobija a todos los seres humanos. Y, aquí comienza a develarse la brecha entre la teoría y la realidad.

La costumbre es una clara enemiga de la duda. Cuando nos acostumbramos, no cuestionamos. ¡Eso no se hace!, decía mi madre. ¿Y por qué no?, preguntaba yo. Porque no, contestaba ella, -no siempre, pero sucedía-.

Nos hemos acostumbrado a reconocer y señalar que hay democracia en los países en los que dos o más candidatos, bajo un régimen electoral constitucionalmente concebido y legitimado por la comunidad nacional e internacional, se disputan el poder político, evidenciando una real posibilidad de alternancia. Entonces, hay democracia en casi toda América, en casi toda Europa y en muchos países asiáticos y africanos.

Así, por ejemplo, nos genera dudas Rusia, porque, a nivel internacional, gobiernos y medios de comunicación indican que la oposición goza de pocas garantías para el real ejercicio de la política. De igual manera, nos parece inaceptable la democracia china o cubana que se fundamentan en un solo partido político. No entendemos la democracia al interior de un solo partido. Vivimos el paradigma de la multiplicidad de partidos en el marco de la demoocracia. La costumbre enseña, entonces, que la presencia de varios partidos sería sinónimo de democracia.

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Si vemos la democracia como una cebolla, entonces, las elecciones entre candidatos de varios partidos son la capa superior. Pero, incluso, reduciendo el tema de la democracia a los procesos electorales y a la existencia de un Estado liderado por las fuerzas que triunfan en elecciones pluripartidistas, existen razones para llorar. Tanto Schumpeter (funcionalista) como Marx, encuentran insuficiencias en la contienda electoral por el control político del Estado.

Para el primero, la única democracia que existe es la aparente -las campañas-, que en la realidad se traduce en “la lucha de las élites por el voto de las masas”, sin configurar una verdadera “voluntad popular” si retomamos el espíritu del Contrato Social de Rousseau. El elegido no tiene compromisos con sus electores, se puede interpretar de Schumpeter.

En el caso de Marx, la democracia bajo la égide del capitalismo no es posible, ya que, son los dueños de los medios de producción  los únicos que pueden tener real injerencia sobre el Estado. De hecho, lo coptan.

Pero, más allá de este debate sobre la manifestación más superficial de la democracia: los partidos y las elecciones; la realidad es que como utopía, la democracia está lejos de materializarse.

Para adentrarnos en una segunda capa de la cebolla, preguntémonos sobre la “calidad” de los electores.

Si bien, la democracia formal declara el derecho de todos los ciudadanos a elegir y ser elegidos, la realidad es que hay millones de seres humanos que tienen una condición “infrademocrática”. El analfabetismo, la pobreza extrema y el desplazamiento forzoso -ciudadanos que viven sin techo, que no cuentan con documentos de identidad, que desconocen la realidad política de su territorio y que no tienen tiempo para pensar en algo diferente que no sea la supervivencia diaria-, son fuentes de exclusión democrática. Si Prahalad (2004) declaró que el planeta contaba con cerca de 2 mil millones de personas que vivían con menos de dos dólares al día, probablemente este dato pueda ser el punto de partida para formular la hipótesis de que, al menos, 1/4 parte de la población mundial vive por fuera de la democracia real, así ésta exista en su país.

Otro elemento que incide sobre la “calidad” del elector, es el acceso a la información veraz, suficiente y oportuna. Descontando el analfabetismo funcional, por suerte cada vez más reducido en el mundo, está la cuestión de las fuentes de información. El debate sobre las condiciones ideales nos ha llevado a un mundo en el cual conviven los medios de comunicación privados -frecuentemente conectados con grupos de interés económico o político-, los públicos -probablemente inclinados hacia los intereses del gobierno de turno-, y los llamados independientes, que tienden a relacionarse con movimientos sociales y ONG.

Si bien la diversidad es un preciado bien, el riesgo está en la intención del comunicador. ¿De qué sirve la diversidad, si se trata de fuentes que informan con la intención de vender una postura, de convencernos con respecto a ella? Estamos hablando de ética. ¿Cuál es la frontera ética de los medios de comunicación en la sociedad actual? Los médicos, esperamos que se rijan por el Juramento Hipocrático cuando intervienen nuestro cuerpo; ¿qué código guía al medio de comunicación a la hora de informarnos?

Entonces, la “calidad” del elector se halla en riesgo día a día, cuando los medios de comunicación tienen motivaciones comerciales o políticas a la hora de informar. Y eso parece suceder frecuentemente. De hecho, a propósito de las costumbres, nos hemos habituado a aceptar que un medio es gobiernista o de oposición, que un periódico pertenece a un grupo empresarial y que informa sobre temas económicos que interesan a las empresas del grupo. Y sólo decimos “es que ese medio les pertenece”. ¿Acaso esto es un entorno favorable a la vida democrática?

Ahora con el desarrollo de las telecomunicaciones e Internet, la situación se ha vuelto más compleja. El extremos son las fake news, de las cuales no hay que hablar mucho, ya que,  son una clara transgresión del espíritu democrático.

Pero está el tema de los algoritmos y las redes sociales. La verdad es que no es fácil entender este nuevo mundo de las comunicaciones (yo también lo entiendo poco, por eso me esmero en pisar suave cuando recorro esa autopista), pero hay dos realidades que, a mi gusto, son palpables. La primera es que las redes tienden a darme “gusto” no a “informarme”: los algoritmos de las redes sociales existen para tratar de entenderme como sujeto de mercado, no como ciudadano. No lo digo yo, lean a Harari o a Chomsky o vean el documental Dilema Social.

La segunda realidad es que las redes sociales desataron la bestia que llevamos dentro. La timidez ha desaparecido, la apatía ha muerto, la erudición nos ha aflorado. Gracias a las redes hablamos todos, de todo y en todo momento. Desaparecieron nuestras dudas, hemos visto la luz. Cuestionamos, opinamos, aseveramos y enjuiciamos sin pensarlo dos veces. Ahora que todos podemos ser autores, también tenemos acceso a demasida información inutil, poco rigurosa y, a veces, peligrosa. El riesgo no nace en las redes, emana de la “calidad” de ciudadano democrático que ya somos. Y la consecuencia será la “calidad” de ciudadano que estamos construyendo.

Yo no diría que el presente mundo es peor que aquel de la desinformación de siglos pasados, cuando unos pocos -el rey o el papa- eran los únicos iluminados que podían enriquecer nuestra “calidad” de ciudadanos. Pero tampoco aseveraría que esta maraña en la que se han convertido los sistemas de información y comunicaciones nos está dando más luz.

¿Qué nos queda?

Nos quedan los maestros, con su invaluable tarea de ayudar a desarrollar el pensamiento crítico y autónomo de sus estudiantes. Maestros que siembren, no que ilustren. Maestros que despierten almas, no que llenen cerebros como repositorios de información. También nos quedan los políticos decentes y los periodistas responsables. Los hay.

En manos de ellos está que esta capacidad que el ser humano ha creado con su ingenio (la 4a revolución industrial) nos impulse hacia la utopía y no a la destrucción de la especie. Porque con los riesgos de insostenibilidad social y ambiental y de una catástrofe nuclear, esto último podría suceder.

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Educación: ¿presencial o virtual? Esa no es la pregunta correcta.

Hace siglos-muchos siglos atrás-, la humanidad decidió que la educación requería de escenarios, metodologías y contenidos escolarizados. O sea, que el aprendizaje silvestre de la vida cotidiana y la familia no alcanzaba. ¿No alcanzaba para qué? En términos generales, no era suficiente para preservar el cada vez más rico y complejo acervo de conocimiento de la humanidad. En términos prácticos, no daba la talla para seguir construyendo ciudadanía, para consolidar la convivencia social, para fortalecer el ejército, para desarrollar la economía, etc. Los grupos sociales (tribus, pueblos, naciones, estados) requieren de ciertos sistemas de educación estandarizada y formalizada (escolarizada) para seguirse desarrollandose como comunidad. De ahí, la Escuela, la Universidad, el Museo, la Biblioteca.

Con esta narración, entre metafórica y simple, explico por qué nació la educación escolarizada.

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Ahora, muchos siglos después, la Universidad ha venido enfrentando el dilema de ofrecer más cobertura o mantener la calidad. ¿Por qué dilema? porque la filosofía económica que nos controla (o nos inspira, si suena menos duro) señala que el conocimiento es un bien escaso. En economía, un bien escaso es aquel que no existe en cantidades infinitas a precio cero. En otras palabras, educar cuesta. Así que, cada paso que damos para ampliar cobertura o mejorar la calidad implica algún nivel de inversión de recursos escasos (tiempo, materiales, suelo, etc.).

El problema de la cobertura tiene que ver con la posibilidad de dar educación a los más pobres y a aquellos que viven más alejados de las grandes urbes. La calidad tiene una doble connotación: una educación que sea consistente con los retos del desarrollo sostenible de la humanidad y la naturaleza y, a la vez, consecuente con el proyecto de vida de cada estudiante.

Resolver ese dilema debería seguir siendo el eje de las preocupaciones de los hacedores de políticas educativas. Sin embargo, la coyuntura de la pandemia del Covid-19 nos está enfrascando en lo que considero es una discusión bizantina: ¿debemos volver al campus presencial o continuar con la educación virtual?

 

Ni lo uno ni lo otro; sino ambos.

Estamos reduciendo el proceso formativo a una mediación. Ni la plataforma zoom, ni un salón con sillas, mesas y tablero, educan; son sólo recursos. La educación es mucho más que eso.

Una experiencia curricular incluye relaciones entre personas, un componente cognitivo (problemas de aprendizaje, objetos de estudio, objetivos y contenidos -conocimientos, habilidades y valores-) y un componente afectivo: métodos, medios, formas y sistemas evaluativos. En el currículo, la plataforma digital o el aula de clases, apenas alcanzan a ser medios.

Sin embargo, la diversidad de medios es ahora una gran oportunidad para redoblar los esfuerzos en pro de una educación con pertinencia, calidad y amplia cobertura. O sea, lo que pretendo con este ensayo es reducir a sus verdaderas proporciones el debate entre presencial o virtual pero, a la vez, quiero elevar a un nivel superior la cuestión sobre el potencial de estrategias como alternancia, blended learning (aprendizaje híbrido) y ubicuidad.

Las primeras dos, alternancia y aprendizaje híbrido, se refieren a una especie de distribución del tiempo -organizada por los educadores-, entre el aula  de clases y la plataforma de comunicación remota. Pero, de otro lado, la ubicuidad como la explica Diego Mazo, rector de la Institución Universitaria CEIPA, es una categoría que abre al estudiante el abanico de oportunidades para elegir su mejor lugar y momento para continuar con el aprendizaje.

En la sociedad del conocimiento, en la cual no deben existir barreras de tiempo o espacio para aprender, la educación puede ser un proceso continuo en ambientes discontinuos.

 

Al pan, pan y al vino, vino.

Hay un conjunto de realidades que necesitamos reconocer para continuar con una discusión sobre cobertura y calidad en nuestros tiempos:

– un buen campus universitario puede ser aprovechado de maneras diversas durante una jornada de aprendizaje: debates con docentes y compañeros, talleres en ambientes físicos, eventos feriales, tertulias informales, deporte, cultura, etc. Pero, cuando aquel se utiliza fundamentalmente para que el estudiante reciba información de sus profesores (clase magistral), entonces, no sólo es un desperdicio sino que se convierte en una barrera injustificable para acceder al conocimiento. Así, por ejemplo, los estudiantes de jornadas nocturnas que llegan literalmente “corriendo” a la universidad desde sus lugares de trabajo, pierden el tiempo de desplazamiento cuando la clase consiste en una sesión teórica de transmisión de información, a la cual se pudo acceder desde una plataforma de comunicación remota.

educacion tradicional, educacion moderna

– una buena propuesta educativa virtual ofrece muchas oportunidades para facilitar el acceso a la información y al conocimiento, a la comunicación bidireccional entre el docente y sus estudiantes e, incluso, a la co-creación y difusión de nuevo conocimiento.

– la educación superior ofrecida bajo modalidad presencial combina inevitablemente la comunicación y los contenidos que se intercambian en el aula con aquellos a los que se puede acceder desde canales, buscadores y plataformas digitales especializadas.

– La informática y el Internet son un recurso enorme para fortalecer procesos de enseñanza, aprendizaje, creación y difusión de conocimiento. La virtualidad (comunicación en línea -sincrónica y asincrónica-, acceso a contenidos y escenario de divulgación) es una oportunidad del mundo moderno para ampliar la cobertura educativa con calidad y pertinencia. ¿Por qué pertinencia? Porque desempeñarse en redes, desenvolverse en ambientes interculturales y co-crear sin barreras de tiempo o espacio, hoy son competencias fundamentales para la profesión y la vida.

– Con la madurez que tienen la pedagogía y la didáctica, la educación de calidad puede expandir su cobertura a todo el planeta, combinando diferentes escenarios de aprendizaje, de comunicación, de acceso y de co-creación de conocimiento. Se aprende en el hospital, en la granja, en el aula de clases, en el museo, en las plataformas virtuales, etc. Maestros y estudiantes se comunican face to face o por medios remotos de manera sincrónica o asincrónica. El menú de oportunidades es amplio. Cada vez más amplio.

– En los países de la OCDE -organización a la que ya pertenece Colombia-, 52, 6% de los jóvenes de 18 a 24 años de edad está estudiando, 33,1% no estudia, pero trabaja y el  14,3% restante es Ni-Ni. Para no ahondar en cifras, es claro que tenemos un gran reto en materia de cobertura.

– Muchas de las personas que no acceden a la educación superior lo hacen por barreras de tiempo (laboran) y/o espacio (viven en el campo o son víctimas de la maraña vehicular de las grandes ciudades.

 

Simbiosis entre virtualidad y educación presencial: más cobertura, más pertinencia.

Si bien el conocimiento es un bien escaso (tiene costo), invertir en él es una decisión altamente rentable. Un ciudadano políticamente culto, un trabajador bien entrenado, un artista bien cultivado, un médico altamente cualificado, un ingeniero creativo, un científico riguroso, un trabajador social comprometido, con seguridad aportarán con creces al desarrollo social, cultural, político y económico de una sociedad.

Por lo tanto, estamos ante una oportunidad que exige dos tipos de inversiones:

inversiones fuertes en ampliación de acceso a la informática y a Internet, por todo el territorio nacional y a todos los estratos socio-económicos. Ello implica, además de redes, acceso a dispositivos y entrenamiento para el uso de los mismos. Este es el nuevo alfabetismo: aprender a leer, escribir, navegar por Internet y usar plataformas digitales. El amplio acceso debe ser para las familias y las instituciones educativas. Ahora no sólo hay que llevar agua, gas y energía eléctrica a los hogares.

inversiones para la reinvensión curricular y cualificación de docentes, de modo tal que la educación sea un proceso de calidad, sin barreras de tiempo y espacio. Eliminar el muro que separa a las modalidades -presencial y virtual- y ofrecer programas híbridos para que los estudiantes “asistan a clases” desde cualquier lugar y en diferentes momentos.  Hermanar el aula de clases con el ciber-espacio, combinar la comunicación sincrónica (face to face o remota) con la asincrónica, enlazar todas las bibliotecas, museos y demás repositorios de información y conocimiento, es una tarea que no se puede abordar desde lo táctico, sino desde lo estratégico y pedagógico: una nueva concepción curricular en la que los objetivos de aprendizaje, los contenidos, las metodologías y las evaluaciones se repiensen para desarrollarse en ambientes discontinuos, desde una perspectiva de la ubicuidad.

Algo es real, ni el docente, ni la biblioteca tienen el monopolio del conocimiento. También es una verdad de a puño que, aunque hay un conocimiento fundamental que no se puede abandonar -la filosofía, las ciencias naturales, la matemática, etc.- y hay retos perennes: la felicidad del ser humano, la justicia social y el desarrollo sostenible, también es cierto que la humanidad debe desarrollar su capacidad de adaptación a las condiciones cambiantes del entorno social y natural. Por ende el sistema educativo tiene que ser flexible, adaptarse a las nuevas realidades y reconocer los nuevos retos y oportunidades; lo que no significa que deba perder su rigor científico y pedagógico.

Estudiante o maestro: no importa donde estés, el proceso formativo no se debe detener.

 

 

¿Pymes o mipymes?: diferencias más que semánticas.

Giovanny Cardona Montoya. Noviembre 22 de 2020.

 

No existe el lenguaje ideológicamente neutral; cada expresión lingüística, con sus matices, tiene sentido propio. En la literatura especializada acostumbramos hablar de pymes y mipymes con una intención inicial de señalar a aquellas unidades productivas más pequeñas o frágiles si se les compara con la gran empresa.

La intencionalidad de este lenguaje es agrupar a aquellas empresas que requieren un tratamiento especial a la hora de distribuir los beneficios de una política pública de fomento o al advertir las consecuencias de normativas tributarias que puedan desestimular la producción.

Sin embargo, estas dos categorías -pymes y mipymes- que pretenden definir supuestamente el mismo agregado, reúnen unidades de análisis muy disímiles, lo que puede conllevar que los propósitos del legislador o del ejecutivo se diluyan por la falta de claridad acerca de las reales posibilidades y limitaciones de aquellos “enfermos que recibirán el medicamento”.

La desagregación de empresas en subgrupos con propósitos de fomento tradicionalmente se hace a partir de indicadores cuantitativos como, número de trabajadores, valor de ventas anuales o valor de los activos. En Colombia, con el decreto 957 de 2019 se determina que el valor de ventas anuales será el único utilizado para caracterizar y diferenciar a las microempresas de las pequeñas empresas y de las medianas empresas con respecto a las políticas y programas de fomento empresarial.

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Adicionalmente, y con el ánimo de explicar la pertinencia de esta discusión, es destacable que la economía global y la de las diferentes regiones evoluciona en una dirección casi que generalizada:

  • En la estructura del PIB cada vez tiene una mayor participación la economía terciaria (comercio y servicios), en detrimento del peso relativo de la industria manufacturera, dejando al sector rural en el tercer lugar.
  • Las grandes empresas representan alrededor del 1% de las unidades productivas de los diferentes países del planeta, mientras que las microempresas equivalen casi al 90% de las mismas. El rango de participación de estas últimas puede variar de país a país pero, de lejos, son el mayor número de empresas del mundo. Por último, las pymes pueden ser aproximadamente el 8-12% del universo productivo.

Llevando el tema a la dimensión administrativa, o sea, la de revisar las capacidades de gestión en las organizaciones, es evidente que la microempresa de subsistencia y la de acumulación simple -con equipos de trabajo familiares e informales- no tienen la suficiente masa crítica para implementar de manera autónoma modelos de gestión rigurosamente diseñados, integrales y modernos.

En otras palabras, hablar de planeación, dirección y control; de estrategia, táctica y operación; o de áreas funcionales –mercadeo, finanzas, producción, talento humano, etc.- en una empresa en la que el gerente y su familia realizan la totalidad de las labores administrativas y, posiblemente, productivas, no tiene ningún sentido práctico.

Con lo anterior no estamos señalando que las fami-empresas y microempresas no requieran de enfoque estratégico de gestión, sino que las recetas o políticas de fomento que se implementen hacia ellas deben reconocer sus particularidades, muy lejanas a las realidades que, en términos de recursos viven las pymes y la gran empresa.

Sin embargo, hay que diferenciar microempresas de subsistencia de las de acumulación. Tiendas y salones de belleza de barrio o fábricas artesanales de alimentos, generalmente son unidades productivas de subsistencia, las cuales, para su desarrollo acuden a programas de fomento en materia de formación en contabilidad, formalización de la empresa, acceso a micro-crédito, asesorías en materia de requisitos sanitarios, etc. Estas unidades están alejadas de preguntas como estrategia o internacionalización.

Otra situación muy diferente se presenta con las microempresas de acumulación ampliada. Generalmente se trata de empresas maduras o emprendimientos gestados por profesionales o expertos que tienen un capital intelectual que les permite visualizar su empresa más allá de sus activos tangibles; desde el potencial de sus ideas y planes de negocios. Estas organizaciones productivas definitivamente están en una liga mayor y tienen necesidades y retos más definidos con respecto al crecimiento y la expansión. Algo mas parecidos a las aspiraciones de las pymes.

En síntesis, la palabra mipyme no tiene un sentido práctico. Todo lo contrario, desdibuja la realidad y no permite dilucidar de manera significativa características comunes entre la mediana empresa y la microempresa de subsistencia; al contrario, llama a la confusión desviando los recursos de fomento y menguando su impacto.

Es mucho más funcional reconocer de manera aislada a las microempresas (diferenciando las de subsistencia de aquellas que tienen nivel de acumulación -simple o ampliado-), las cuales representan casi 90% del universo empresarial, con un gran impacto en empleo y en abastecimiento local o como proveedores de medianas y grandes empresas.

A diferencia de la microempresa, la pyme -especialmente la mediana empresa- es una organización que no sólo tiene una visión estratégica más definida, sino que tiende a moverse en mercados abiertos (incluso, globales) y a conectarse a cadenas de valor creadas por grandes multinacionales. De hecho, para países como Taiwán, la pyme es el principal actor de sus cadenas exportadoras desde hace más de tres décadas.

En síntesis, la categoría mipyme es compleja y reune un ramillete de organizaciones bastante diversas, lo que hace muy difícil sacar conclusiones y hacer generalizaciones.Los programas de fomento deben diferenciar a la microempresa de las pymes si se espera tener impacto significativo y estructural en lo económico y lo social.

La microempresa, particularmente la de subsistencia y la de acumulación simple, representa el mayor grupo de empresas de cualquier país, generan grandes cantidades de empleos (muchos de ellos, informales) y presentan también las mayores tasas de mortalidad. El apoyo que éstas necesitan es fundamental para reducir la pobreza y la inequidad; además, son semillas que pueden jugar un papel fundamental, a largo plazo, en el camino hacia el desarrollo económico sostenible.

 

 

El suicidio de la democracia real.

Giovanny Cardona Montoya, noviembre 3 de 2020.

Recuerdo hace un par de décadas cuando el partido socialista francés convocó a sus electores a votar en segunda vuelta por el conservador Jacques Chirac. ¿Y por qué? porque había que detener al ultraderechista y populista Frente Nacional (FN) de Jean Marie Le Pen. En 2017 se repitió la escena, esta vez los partidos de izquierda apoyaron a Macron para evitar que Marine Le Pen, hija del fundador del FN, tomara las riendas del país.

Por medio de procesos democráticos el mundo ha visto ascender al poder a políticos que representan la negación del pluralismo político e ideológico y de la división de las ramas del poder público. Políticos de talante totalitarista, autocrático o, incluso, teocrático, han llegado a regir los destinos de sus naciones gracias a procesos electorales pluripartidistas.

Hitler, Daniel Ortega, Hugo Chávez,  Robert Mugabe, Vladimir Putin o el mismo Donald Trump son algunos ejemplos de políticos que han usado la democracia para el ascenso a la cúspide del Estado y luego desdecir de sus instituciones.

¿Por qué la democracia sirve de escenario para que populistas, xenófobos, racistas, totalitaristas , guerreristas, negacionistas, etc. asciendan al poder por la vía legal?

Voy a proponer una respuesta a esta pregunta: la democracia a medias no es democracia.

Tenemos varios imaginarios sobre lo que significa democracia. El más común es el que hace referencia a “la voluntad popular”, “el contrato social” o el triunfo de las mayorías. Es una idea que viene de Rousseau y otros representantes de la Ilustración, quienes delinearon los principios de un sistema donde todos los ciudadanos son iguales, racionales y eligen a sus gobernantes.

Pero hay postulados menos idealistas. J. A. Schumpeter sólo reconoce la existencia de la democracia formal: las campañas, las convenciones, los discursos, el día de las elecciones, los escrutinios, etc. Pero, este autor austriaco-norteamericano cuestiona la existencia de la voluntad popular;  para él se trata de una categoría ficticia, utópica.

Schumpeter declara la existencia del Caudilismo Competitivo, que no es otra cosa que la puja de las élites por el voto de las masas. Este autor tiene una perspectiva denominada “realista” opacando la importancia del pueblo a la hora de elegir a los gobernantes. Para Schumpeter es claro que los vencedores en la contienda electoral no tienen compromisos con los votantes, lo que no significa que sus actuaciones no puedan verse como favorables a unos u otros sectores de la sociedad.

elecciones

Más dramática aún es la perspectiva marxista: no puede existir democracia con propiedad privada, ya que, las instituciones del Estado son coptadas por las clases propietarias de los medios de producción. En otras palabras, el Estado es la estructura política de las clases dominantes -la burguesía, no de los trabajadores.

Luego de ver estas tres perspectivas conceptuales, vamos a desarrollar la tesis que provoca esta columna. La democracia supone ciertas condiciones sin las cuales esta institución es simplemente formalidad. Desde la perspectiva del elector sugiero dos condiciones claves: 1. Conocimiento mínimo; 2. independencia del elector.

La idea de conocimiento mínimo se fundamenta en la tesis kantiana de la mayoría de edad. Se trata de ciudadanos dotados de pensamiento crítico y autónomo, capaces de argumentar y debatir alrededor de sus decisiones políticas. La cobertura educativa y la calidad de las escuelas es fundamental para fortalecer un sistema democrático. Bajas tasas de cobertura y un sistema pobre en formación de competencias ciudadanas, son caldo de cultivo para una débil democracia.

La calidad y cobertura educativa se amalgaman con el acceso a información suficiente y confiable. Además de que los medios de comunicación y particularmente los noticieros, puedan representar intereses políticos, económicos, sociales o religiosos particulares (o privados), hoy existe el riesgo de acceder a Fake News en las redes sociales. Un ciudadano no cultivado en lo político es presa fácil de información falsa o poco objetiva.

La independencia mínima del elector está relacionada con su libertad de movimiento y de actuación. Territorios donde el Estado reina son fundamentales para que los electores se puedan expresar sin presiones. Y, tal vez, esta libertad se vive en muchos territorios del planeta, pero no en todos. Zonas donde la ley la imponen las bandas criminales (con fines políticos o de otra índole), la autonomía del elector se constriñe, se reduce. Ahí se debilita la democracia.

Pero, la mayor talanquera para que el elector actue con independencia es la pobreza. Familias con necesidades básicas insatisfechas son presa fácil de la corrupción electoral. La venta del voto y el clientelismo (que se traduce en prevendas estatales a cambio del voto) son el mayor cáncer de la democracia.

Con lo anterior quiero señalar que a lo largo de las décadas hemos estado idealizando una democracia imperfecta. La comparamos con China o con Arabia Saudita o con Corea del Norte y, entonces, nos sentimos orgullosos. Pero nuestra autocomplacencia y la crónica tolerancia frente a las debilidades del sistema corroen a la democracia, la debilitan. La venta de los votos y el clientelismo crónico asfixian a la democracia real.

Ahora, una dimensión más profunda de la ausencia de estas dos condiciones es la marginalidad. Grupos poblacionales de desplazados, de mendigos y de habitantes de la calle se convierten en ciudadanos de segunda y de tercera. Ellos no cuentan, no participan, ni siquiera se dan cuenta; son la máxima evidencia de la ausencia de una democracia real. ¿Dónde queda entonces, la voluntad popular? ¿De qué mayorías hablamos?.

Ahora, cuando las debilidades democráticas del elector -poco conocimiento e independencia- se perpetúan, entonces, crece la privatización de los bienes públicos del Estado: familias que se apoltronan en el poder, empresas que cobran con contratos y personas naturales que lo hacen con cargos públicos, los servicios prestados (dinero y votos) durante las elecciones.

Una democracia débil, caldo de cultivo para candidatos tiranos y populistas.

Ahora, volviendo al punto original, podemos comprender por qué electores insatisfechos, decepcionados de demócratas “aparentes”, de gobernantes que no cumplen sus programas de gobierno y de problemas sociales que no se resuelven o, peor aún, se agudizan, son caldo de cultivo para que mesías, demagogos y vendedores de ilusiones accedan al Estado. Es la frustración de los demócratas de la base la que catapulta a populistas y tiranos a las más altas esferas del poder político.

El populista Trump derrotó hace 4 años a una Hillary Clinton que representaba a las tradicionales castas corruptas y se erigía como símbolo del nepotismo político (la consolidación de la familia Clinton, otro clan como los Bush o los Kennedy). Chávez fue elegido como respuesta a la frustración de los venezolanos con un bipartidismo que gobernó por décadas y dilapidó la riqueza de las bonanzas petroleras.

Una democracia aparente es el suicidio de la democracia real.