García, de José Luis Rugeles

Un hombre simple en un mundo podrido

Por: Oswaldo Osorio

La diferencia esencial entre el cine de género y el cine de autor es que el primero apela a un esquema, además siempre tiene unos elementos conocidos, mientras que el segundo pretende ser más libre en su expresión y busca ahondar en las ideas, los ambientes y sus personajes. Por lo general, tienden a ser dos tipos de cine que se excluyen entre sí, pero también es posible lograr una combinación, un equilibrio incluso, como ocurre en esta película.

El relato empieza sin los esquemas del caso, más bien con un tono en la narración y construcción de personajes que se está haciendo muy frecuente en el cine contemporáneo, en el cine de autor para ser preciso, que es definido por una suerte de naturalismo cotidiano en la puesta en escena y un ritmo pausado que es el propio de personajes comunes que llevan vidas igual de corrientes. Así, lentamente y con tranquilidad, con una velocidad que es más la de la vida que la del cine, se va develando la personalidad de García, ya en su casa, en su trabajo o en la relación con su mujerm y esa personalidad es la de un hombre simple, introvertido y nada ambicioso.

Sin embargo, este personaje común tendrá que chocar contra un mundo que quiere otras cosas, un mundo que trasgrede esa ética básica que García tiene y que, incluso, se mueve más rápido que él. Por eso, como ocurre con muchas de las historias de la ficción, ésta se trata de algo extraordinario que le sucede a alguien ordinario, y justo ahí es cuando entra en acción el cine de género, el thriller en este caso. (Es necesario revelar sorpresas del argumento de aquí en adelante).

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El origen, de Christopher Nolan

La realidad por capas

Por: Oswaldo Osorio

El mundo de los sueños es uno de los temas más viejos del cine. La realidad onírica es la que más fácil se le da a los medios del séptimo arte y a la que, junto con la fantástica, mejor provecho le ha sacado. Por eso, de tan recurrente que ha sido en las pantallas, es necesario que cada director que lo retome haga la diferencia, como ocurre en este filme. Porque no se trata de una cinta más sobre el tema, sino una de las más complejas y sofisticadas historias que se haya hecho, un verdadero viaje a las posibilidades del subconsciente y a su aprovechamiento argumental y narrativo.

Es difícil pensar en otro director de la industria que, en la última década, haya logrado combinar la originalidad, el talento y el éxito comercial como lo ha hecho Christopher Nolan. Está claro que lo suyo son los thrillers sicológicos. Pero no los limita simplemente al loquito sofisticado que asesina gente, tipo Hannibal Lecter, sino que su inmersión en la desequilibrada sicología de sus personajes siempre es más sólida y compleja que los clichés del género. Memento, Insomnia y hasta las dos últimas entregas de Batman tienen esta marca, la de no solo ser perfectos thrillers, sino también una inmersión en las profundidades de la sicología de sus personajes.

Al principio, esta película puede parecer una de tantas que recurren al esquema de hacer que la acción pase de una realidad a otra, un esquema que ha sido muy explotado, sobre todo en estos tiempos de realidades virtuales. Sin embargo, rápidamente se puede ver que no solo es un Matrix onírico, sino que tiene la capacidad de trascender esa simple y vieja idea de Alicia atravesando el espejo, para darle una vuelta de tuerca planteando una lógica similar a la de las muñecas rusas, las matriuskas, en la que una realidad es sólo una capa que recubre otra realidad y ésta, a su vez, encierra otra.

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Dos hermanos, de Daniel Burman

La familia no se escoge

Por: Oswaldo Osorio

Un hermano puede ser un extraño íntimo. Porque los hermanos pasan buena parte de sus vidas juntos y, por lo general, la vida entera en contacto permanente, pero de todas formas, en lo profundo, pueden ser unos desconocidos entre sí o, incluso, es posible que cada cual diga que, de no ser hermanos, nunca aceptaría al otro como amigo. En esta película ocurre algo parecido. Dos personalidades contrarias, unidas por la sangre y por la soledad de la cuasi vejez, que al mismo tiempo conviven y se enfrentan, se deprecian y se aman.

Pero esta cinta va más allá de lo tediosa que parece su historia por la descripción inicial de sus componentes. Es cierto que está hecha de la pura cotidianidad de unos personajes en general ordinarios, quienes además protagonizan una historia en la que tampoco nada extraordinario ocurre, pero es en la mirada del director y lo que, a la larga, termina mostrándonos de ellos y de su relación lo que puede hacer la diferencia.

Daniel Burman, su director, fue uno de los protagonistas del Nuevo Cine Argentino, el cual se dio desde mediados de los años noventa y se constituye en el único movimiento de renovación en el cine latinoamericano en cuarenta años. Es un dato significativo, porque da indicios de que estamos ante un cineasta con carácter y experiencia. Tal vez sea quien más éxito ha tenido de su generación y de ese nuevo movimiento, que aún no se ha hecho viejo. Sus películas tienen unas temáticas y un tono muy similar a ésta, son historias que denotan casi una obsesión del director por las relaciones familiares, con todo lo que ello implica: los afectos, la variedad de personajes, la emotividad, la identidad o la falta de ella, entre otras cosas.

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Mentiras tecnológicas en el cine de acción

Por: Oswaldo Osorio

El cine es ilusión, esa es su esencia en todo sentido: son imágenes fijas que percibimos con la ilusión de movimiento, son luces y sombras proyectadas en una pantalla que crean la ilusión de realidad, y pueden ser lugares y personajes inexistentes y fantásticos que materializan universos ilusorios. Esta gran ilusión es posible gracias a los medios tecnológicos que, desde hace 115 años, ha ido desarrollando el séptimo arte. No obstante, si bien ahora todo está permitido para ser creado, solo existe una condición: la verosimilitud, y eso es justamente lo que está perdiendo el actual cine de acción.

Si bien esta reflexión surge a propósito de la última película de Tom Cruise y Cameron Díaz, Encuentro explosivo (James Mangold, 2010), se trata de una tendencia del cine de acción de los últimos años. Por ejemplo, que el petiso pero fornido señor Cruise, apenas con un leve giro, salte del techo de un automóvil, a través de la estrecha ventanilla, al asiento delantero, o que en una moto a gran velocidad tome a su pasajera y, con un movimiento tan veloz como un parpadeo, la siente en frente suyo, son dos acciones que, efectivamente, ocurren ante los ojos del espectador, pero que también todos, de inmediato, tienen la certeza de que tales cosas son físicamente imposibles, que sutileza o credibilidad de la ilusión se ha convertido en una descarada mentira.

Decía André Bazin que lo que gusta al público del cine fantástico es su realismo, es decir, la contradicción entre la objetividad de la imagen y el carácter increíble del suceso. Pero esto sólo aplica para el cine fantástico (ciencia ficción, fantasía y horror), en el que el espectador debe aceptar que un hombre vuele, desaparezca o se mueva tan rápido que el tiempo se detiene. La razón de ser de otros géneros, en cambio, entre ellos el cine de acción, es el realismo respaldado por la verosimilitud, es decir, que sea creíble todo lo que ve.

El punto de quiebre que en este sentido el cine actual está experimentando, es a causa de los actuales avances tecnológicos, en especial las nuevas posibilidades ofrecidas por la imagen digital, es decir, aquella que no es producto de lo registrado por una cámara, sino que puede ser creada o manipulada por computador. Entonces películas como Encuentro explosivo, Agente Salt, Crank o Los ángeles de Charlie, por ejemplo, lo que han hecho es forzar las leyes de la física y la lógica del mundo real que pretenden recrear, para llevar al extremo la espectacularidad de las acciones y las destrezas de sus héroes. Y lo más irónico es que ya no necesitan dobles, porque la pantalla verde y la imagen digital lo pueden todo en la comodidad y seguridad de un set de grabación.

El problema con esto es que el atractivo de los héroes de acción y sus hazañas depende, en buena medida, de que el espectador crea que eso es posible por las habilidades mismas del héroe, no por los trucos tecnológicos del cine. Es por eso que la saga de Jason Bourne o las últimas dos entregas de James Bond han resultado mucho más populares y exitosas que tantas cintas de súper héroes que últimamente se han hecho. Porque en estas película los personajes ejecutan sorprendentes acciones, pero posibles, registradas con la cámara como si realmente hubieran ocurrido con la verosimilitud necesartia. Y si hay efectos, estos se mantienen en los límites de la ilusión, y no del burdo artificio que se aprovecha de la perfección técnica y visual para impactar de manera facilista e incluso gratuita.

Entonces, si el cine de acción no es verosímil, si el espectador, a pesar del realismo de la imagen, que ya todo lo puede hacer, “no se la cree”, entonces se pierde la esencia de este género, que no es otra que crear la ilusión de que estos héroes y sus hazañas son posibles. Y en definitiva, todo este asunto se reduce al eterno problema de la relación del cine con la tecnología, que hay realizadores que usan esa tecnología como un recurso más del lenguaje del cine para contar una historia o desarrollar unas ideas, mientras que otros son apenas hábiles artesanos con los efectos especiales que, en su desconocimiento de la esencia del cine o como concesión a la taquilla, los usan como un fin y no como un medio, como la luz que resplandece y no que ilumina.

El che 1 y 2, de Steven Soderbergh

El hombre detrás de la calcomanía

Por: Oswaldo Osorio

Al cine muy pocas veces se le da bien contar historias sobre héroes o íconos de la historia, más aún si hay un gran presupuesto y un director de Hollywood de por medio. Por lo general se cae en reduccionismos idealistas o lo resuelven todo con una serie de anécdotas. Pero esta película es una afortunada excepción. La historia de Ernesto “Che” Guevara (desde la noche que conoció a Fidel Castro hasta el día de su muerte) es tratada por Steven Soderbergh con honestidad y audacia. La honestidad está en su aproximación sin artificios a esta figura histórica, y la audacia en plantear un relato sin concesiones comerciales, estar hablada en español y su larga duración son las principales pruebas de ello.

A pesar de sus prometedores inicios, Steven Soderbergh parecía que se había acomodado en la última década haciendo complacientes piezas llenas de estrellas y vacías de sentido, como la saga de La gran estafa, por ejemplo. Sin embargo, sorprende la temeridad y seriedad con que planteó este proyecto de largo aliento: Una película de casi cuatro horas y media que se vio obligado a dividir en dos para su distribución: Che, el argentino y La muerte del Che.

Soderbergh, quien escribió el guión basado en las memorias del Che, se concentra en hacer un retrato mesurado y sugerente. Por eso, más que de sus hazañas, como lo han hecho otras tantas películas que han contado su historia, esta cinta da cuenta de su actitud ante ellas, del carácter sereno de este hombre y sus lúcidos fundamentos ideológicos. De ahí que lo más sobresaliente del filme es que no sucumbe a idealizar al héroe, tampoco a hacer apologías ingenuas y mucho menos a reducirlo todo a anécdotas ni a explotar las posibilidades que dicha historia tenía como cine de acción.

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Shrek 4, de Mike Mitchell

El ogro que dejó de serlo

Por: Íñigo Montoya

Como se sabe, desde Toy Story las películas infantiles han cambiado sustancialmente. Generalmente son historias ya despojadas de la inocencia y ternurismo que caracterizaba este tipo de cine, para convertirse en relatos más complejos e ingeniosos que también buscan complacer al público adulto. La primera entrega de Shrek (2001) así lo demostró, y tanto el público infantil como el adulto respondieron a la propuesta, sin embargo, las tres secuelas que le siguieron perdieron el rumbo de lo que se podría considerar un cine inteligente y de calidad.

Y es que a partir de la segunda entrega de esta saga, ese universo tan original y divertido que planteaba, el cual se sustentaba en la idea de parodiar el mundo de los cuentos de fantasía, ya deja de ser atractivo y efectivo con el público, pues se hace reiterativo y predecible, pero sobretodo, la construcción de los personajes y las situaciones, adquieren un matiz ordinario y hasta vulgar.  La segunda, pero especialmente la tercera parte, parecen más comedias televisivas de fin de semana creadas para adolescentes, cargadas de chistes de doble sentido o con un humor hecho a golpe de flatulencias y secreciones.

En esta cuarta parte estos problemas se agravan aún más. Con una historia no demasiado ingeniosa, chistes igual de flojos y vulgares, villanos que no tienen el suficiente peso para hacerla interesante y un relato tan predecible que da tedio, resulta siendo una cinta que parece haber abandonado a sus dos públicos iniciales, el infantil y el adulto, para quedarse con el segmento de adolescentes que tal vez crecieron con la película.

Con esto no quiero decir que todos los adolescentes son tontos, pero la masa de ellos sí que lo es, y una película como Shrek 4 es la perfecta excusa para irse al centro comercial con el grupo de amigos, comprar crispetas y reírse con facilidad y haciendo alboroto de todas las sandeces que se ven en esta película.

Lo más paradójico, es que el filme empieza con un planteamiento serio y dirigido más a los adultos, y es la idea de que el matrimonio y los hijos, con toda la responsabilidad que implican, despojan violentamente a todo hombre de su libertad y su identidad. Pero luego vemos que, por supuesto, este asunto solo era una excusa para propiciar una historia de aventuras para gran bicho verde. Al final, quienes nos tomamos en serie el cuestionamiento inicial, presenciamos al patético protagonista que renuncia a todo lo que es a cambio de una vida de rutina y tedio, una vida en la que él ya no es el dueño de si mismo y ya nunca será lo que lo define como ser.

La mujer del anarquista, de Peter Sehr y Marie Noëlle

Sobre héroes y vencidos

Por: Oswaldo Osorio

Otra película sobre la guerra civil española. Son tantas que se pierde la cuenta, y eso que al país solo ha llegado una pequeña muestra. Esta insistencia en el tema por parte del cine español, como ocurre con todas las cinematografías nacionales, se debe a esa función del cine de reflejar y reflexionar sobre la realidad, así como a la necesidad que tiene una sociedad de exorcizar los demonios de su historia para conocerse mejor. La cuestión aquí es si a partir de una historia mil veces contada se dice algo nuevo, en esta cinta la respuesta es afirmativa solo parcialmente.

Lo primero que llama la atención es la forma en que está estructurada esta historia. Normalmente el cine plantea una trama central y un protagonista principal, pero aquí lo que se ve es algo sí como tres capítulos, cada uno con una trama distinta y con cambio de protagonistas. Esto trae unas consecuencias negativas para el desarrollo argumental y dramático del relato, pues se antoja equívoco e inconsistente, y por eso por momentos es difícil identificarse con los cambiantes protagonistas y mantener el interés en la fragmentada trama.

La primera y segunda parte son las menos interesantes, porque están construidas con los mismos elementos vistos en tantas películas sin que haya variaciones significativas, sin que contenga esos nuevos aspectos o un punto de vista distinto que la diferencie del montón de buenas y malas películas que han recurrido a este tópico.

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Una exusa para mirar nuestro dolor

Por: Íñigo Montoya

Cuando los extranjeros vienen a hacer películas sobre Colombia, normalmente el resultado son relatos esquemáticos, cargados de estereotipos y  con visiones sesgadas o superficiales de nuestra realidad. Cintas como María llena eres de gracia (Joshua Marston, 2004) o Rosario Tijeras (Emilio Maillé, 2005) buena fe pueden dar de ello. Sin embargo, no es el caso de esta producción alemana, que se muestra más honesta con su propuesta y su mirada a una situación problemática de Colombia, lo cual consigue porque, justamente, sitúa su punto de vista del lado de un ingenuo y sorprendido extranjero.

Este punto de vista es el que permite que el relato se acerque sin prejuicios ni viciado a la violencia de un barrio marginal en la ciudad de Cali. La película consigue hacer un retrato general de la marginalidad y la criminalidad de este sector, pero hasta allí llegan sus alcances, porque en realidad no consigue dar pistas sobre las razones de esta problemática, ni la forma en que funciona, solamente es testigo de las consecuencias superficiales: muerte, crimen organizado relacionado con el micro tráfico de drogas, confrontaciones entre bandas, desplazamiento, etc.

Por lo demás, todo el tiempo asistimos a la mirada ingenua y casi inconsecuente de un médico de origen alemán que hace su pasantía. Toda su relación con los personajes y el conflicto urbano es forzada, tanto narrativa como argumentalmente. Conoce personas de forma gratuita y toma decisiones que no son coherentes con su oficio ni su naturaleza.

Ante esta situación, siempre se presenta de forma irritante e inconexa casi cada acción y cada diálogo, porque lo que hacen es poner en evidencia que el personaje del médico es sólo una excusa para que un director extranjero se sorprenda y trate de entender esta, para él, extrema y exótica problemática. Y peor aún, si bien todo el asunto es muy forzado, resulta que, además, recurre a un esquema muy conocido: el personaje foráneo que llega a una zona de conflicto y se involucra en él por vía de una improbable relación amorosa y los lazos de amistad que establece con jóvenes y niños del lugar.

De manera que si bien se trata de una película con buenas intenciones, que no busca como otras explotar nuestra realidad, el procedimiento para acercarse a ella no es para nada convincente, y por eso todo queda en una suerte de mirada un poco sensacionalista del extranjero que se conmueve con nuestro dolor.

El cine rumiante

Por: Oswaldo Osorio

Todas las historias ya han sido contadas, eso se sabe. También se sabe que la industria del cine depende en buena medida de fórmulas y esquemas preestablecidos. Pero otra cosa es que el cine se copie a sí mismo, o a la televisión, poniendo en evidencia una probable crisis en el séptimo arte actual, al menos el que pretende ser comercial. Esto a propósito de tres películas que coincidieron en la cartelera reciente y que, por tener en común el hecho de ser productos reencauchados de la década del ochenta, es posible hacer algunas reflexiones sobre el asunto. Estas películas son Furia de titanes, Karate Kid y Los Magníficos.

De la primera, Furia de titanes, la razón para hacer el remake de la versión de Desmond Davis (1981) es los grandes avances logrados en los últimos años con la imagen digital, con la cual ya es posible crear cualquier cosa, desde espacios y objetos hasta personajes y criaturas. De manera que ya era posible perfeccionar los precarios efectos que tenía la versión original. Sin embargo, por este mismo motivo, la nueva versión confunde sus objetivos, y en lugar de concentrarse en construir sólidamente el relato mitológico, casi todo el énfasis lo pone en la espectacularidad del universo creado a partir de los efectos especiales y la imagen digital.

En cuanto a Karate Kid, se trata de un remake en todo el sentido de la palabra, es decir, son mínimas las modificaciones del original, realizado en 1984 (aunque hubo tres secuelas más y hasta una serie televisiva). El punto es que, sin que la película sea una obra maestra y ni siquiera con una historia o una idea significativas, veintiséis años después deciden repetirla tal cual, como si el público o el cine mismo no hubieran cambiado nada. Pero lo más preocupante del asunto, es que realmente los espectadores están premiando este refrito convirtiéndola en un éxito de taquilla.

Ahora, Los Magníficos fue una serie de televisión estrenada en 1983 que se prolongó por cinco temporadas. Su planteamiento era extremadamente simple, pues lo reducía todo a un relato de acción en el que se enfrentaban buenos contra malos. La película no cambia en nada esto, pero lo que sí hace es una puesta al día con el más raudo y espectacular cine de acción del momento, y si bien la trama parece más compleja que los ingenuos y repetitivos capítulos televisivos, en el fondo todo se reduce también al esquema de buenos y malos.

La historia del cine está llena de remakes, pero lo óptimo es que las nuevas versiones se hagan con el propósito de darle una vuelta de tuerca a la idea original y mejorarla, sin embargo, lo que estamos viendo con estos ejemplos es más bien un cine rumiante, consecuencia de una industria que está regurgitando los productos de hace veinte o treinta años y le está dando a masticar al público la misma cosa, apenas maquillada con las nuevas posibilidades tecnológicas o con la vertiginosidad del cine del momento, pero sin ningún atisbo de renovación. Pero como siempre, la industria solo tiene la mitad de la culpa, porque la otra mitad es del público, que parece no tener problema -aun más, lo exige- con que le den más de lo mismo.

Publicado el 5 de junio de 2010 en el periódico El Colombiano de Medellín.

Toy story 3, de Lee Unkrich

Los juguetes también son para los adultos

Por: Oswaldo Osorio

De muy pocas películas se puede decir que han significado una revolución en la historia del cine. Toy Story (John Lasseter, 1995) es una de ellas, por ser la primera hecha enteramente con imagen digital, es decir, generada por computador y sin usar cámaras. Pero este hito técnico únicamente representa la mitad de su importancia, porque pudo ser solo una primera pero olvidable película hecha en computador, sin embargo, ella también inauguró una nueva era de un cine infantil que fue creado con la inteligencia y la complejidad necesaria para cautivar también al público adulto.

Y si bien desde entonces esa técnica y tipo de historias fue lo que se impuso como el estándar  del cine infantil (confinando la animación en dos dimensiones y los relatos simples e inocentes a la televisión), lo que ha conseguido esta película pionera, primero con su continuación, en 1999, y ahora con esta tercera entrega, no ha sido igualado por ninguna de su tipo. Sobre todo esta última se ve beneficiada por el completo conocimiento que el espectador tenía de los personajes, el universo y la lógica de la saga. Por eso, con ese terreno ya avanzado, Toy story 3 pudo ocuparse de profundizar más en el sentido de la trama y en sus personajes.

Ante este panorama, por lo difícil que sería escoger cuál de las tres entregas es mejor, es preferible hablar de ella como una sola, por la continuidad que le han dado a sus componentes, por su grado de elaboración en aumento y por el tono y el nivel que se sostiene a lo largo de las tres. No obstante, de acuerdo con esta lógica, la tercera parte sería la de mayor intensidad y en la que mejor conocemos a los personajes y, por ello, sus acciones y las relaciones que tienen entre sí son más significativas.

Por eso en esta última película su eterno conflicto, que ya de por sí trascendía hacia lo existencial, se hace aún más duro y complejo, pues a la dificultad de llevar la vida aceptando su naturaleza de juguetes, se le suma el hecho de que son los juguetes de alguien que ya no es un niño. Y para ajustar, se sienten despreciados y van a dar a algo muy parecido al infierno de los juguetes. Pero los conflictos que tienen que enfrentar no sólo son existenciales y emocionales, sino también los propios de un relato de acción y aventuras, por los villanos a los que tienen que vencer y los casi infranqueables obstáculos que deben sortear.

Saberse caducos y abandonados por su dueño dispara los sentimientos de cada uno de los juguetes, entonces afloran las crisis emocionales y las dudas existenciales. Incluso llega el momento en que pierden su identidad, no sólo como juguetes de Andy, sino en general, cuando son torturados en aquella guardería. Entonces se dan cuenta de que lo único que tienen en la vida es a ellos mismos, a esa amistad de fuertes lazos que los ha convertido en una familia, y ese es el sentimiento que cruza todo el relato y la sólida construcción de los personajes.

A este conflicto interno se le suma el externo, representado por la aparición, por vez primera en la saga, de un villano propiamente dicho, el oso Lotso (que huele a frutas), que además tiene un “brazo armado”, el bebé gigante. Como siempre, ese conflicto externo tiene que ver con desplazarse de un lugar a otro, juntos y sin que los humanos los vean cobrar vida, y con estos dos maléficos personajes el problema se potencia. Pero lo que hay que resaltar aquí es que incluso estos villanos, que generalmente el cine tiende a construirlos esquemáticamente, son tratados con sustancia y solidez, creándoles una historia y una dimensión sicológica. En especial llama la atención cómo consiguen hacer del bebé gigante a un personaje ambiguamente perturbador.

Estamos, pues, ante una pieza de gran valor cinematográfico y tremendamente divertida y entretenida, no sólo para el público infantil sino también para el adulto, que incluso la puede disfrutar más. Es decir, un filme que sabe combinar arte e industria, así como elementos para satisfacer a todos los públicos, lo cual es un logro alcanzado por muy pocos.

Posdata: El corto que siempre precede las películas de Pixar, esta vez uno titulado Día y noche, tal vez también es el mejor que se ha hecho, pues de forma insólita combina animación en 2D y en 3D, con un derroche de ingenio y humor desarrollando una idea de peso.

Publicado el 27 de junio  de 2010 en el periódico El Colombiano de Medellín.