De Westfalia a la sociedad de la transformación digital.

Giovanny Cardona Montoya, noviembre 16 de 2020.

 

Acabo de leer un libro del nonagenario Henry Kissinger (Orden mundial. Reflexiones sobre el carácter de los países y el curso de la historia). Y no se le puede leer sin la inevitable curiosidad que despierta su condición de ex Secretario de Estado de los Estados Unidos en los tiempos de Nixon y Ford. Su figura como político no deja de ser controversial; en su gestión debió lidiar con el final de la guerra de Vietnam. Diversos movimientos sociales cuestionan la supuesta vocación pacifista de Kissinger -galardonado en 1973 con el premio Nobel-; su paso por la Secretaría de Estado se dio en tiempos en que dictadores militares frenaron democracias en Suramérica; algunos de ellos con el apoyo de la CIA.

kissinger

(Ver reseña del libro, la cual acabo de publicar en la Universidad Nacional de Rosario, Argentina).

Este libro me recordó un tema del que poco hablamos pero que está ahi, latente, en el marco de las transformaciones de las que hablamos todos los días: cuarta revolución industrial y transformación digital. Se trata de la encrucijada que enfrentan los Estados nacionales. ¿Cuál es su futuro?

La evolución de las tecnologías de comunicaciones está permitiendo a ciudadanos de todos los países acceder a servicios libremente, a pesar de que al interior de cada nación existe una reglamentación sobre los mismos. Tal vez si me transporto usando la plataforma Uber no estoy haciendo uso de un taxi, pero se sustituye dicho servicio, el cual, por cierto, se halla regulado y restringido. Lo mismo sucede con el servicio de la hotelería y la plataforma airbnb. Y, ni qué decir de las criptomonedas que ponen en entredicho la soberanía monetaria del Estado.

binario mundo

Hay más casos, la educación superior virtual internacional, los servicios de streaming, etc. Ahora, aunque varios de estos casos se van resolviendo a través de nuevas legislaciones que tratan de ponerse a tono con la realidad que se deriva de la globalización y de la sociedad del conocimiento, no todos se regulan; algunos siguen en largos litigios, incluso, continuando con la prestación de un servicio que temporalmente se considera ilegal.

El tema es que detrás del Estado nación se halla una compleja sociedad que se divide entre aquellos que valoran los nuevos servicios, que los ven como un nivel superior de desarrollo y otros que sienten que sus industrias se debilitan, ya que, nacieron y se han desarrollado bajo un esquema de control estatal. Los hoteles se resienten, los propietarios de taxis se ven afectados, los canales de televisión nacional y de cable sienten la amenaza de la competencia externa y la banca central pierde capacidad de injerencia en la estabilidad macroeconómica.

El Estado nación es la base de esta reflexión. Antes de 1648, el mundo eurocéntrico era guiado por la simbiosis entre el Sacro Imperio Romano y las élites territoriales del viejo mundo; una amalgama entre casas reales y el papa. Un constante diluvio de matrimonios y divorcios entre el heredero al “trono de San Pedro” y los frecuentemente efímeros reyes europeos.

Pero, todo cambia con la paz de Westfalia (1648), la cual se convierte en causal de divorcio definitivo entre la iglesia católica y los gobernantes laicos de los nacientes Estados nacionales. Westfalia es la semilla de la modernidad geopolítica. En principio Westfalia no significó una novedad; se trataba como en otros acuerdos, de “verdadera y sincera paz y amistad cristiana, universal y perpetua” (Kissinger, p. 37). Sin embargo, Westfalia sentó las bases de un nuevo orden internacional centrado en las relaciones entre Estados, en lugar de dinastías, casas reales o inclinaciones religiosas. Nacía el Estado soberano.

Durante los siguientes siglos, los principios westfalianos se expandieron por todo el planeta, especialmente después de los procesos de descolonización de África, Asia, Oceanía y América. Las élites de los nacientes países fundaron sus Estados tomando como referente el modelo consolidado en Europa Occidental. Westfalia sentó las bases de un mundo conformado por Estados, los cuales son supremos hacia el interior del territorio e independentes allende sus fronteras.

Bajo el paraguas ideológico del Estado westfaliano los países nos hemos dado nuestros régimenes normativos. constitución política, leyes y decretos. Al interior de cada nación ciertas actividades se prestan con amplia libertad, otras tienen sus restricciones: se regula la prestación del servicio médico o del educativo; se controla la profesión de abogado o de contador público, etc. ¿Todo ello para qué?, para asegurar la calidad del servicio, para equilibrar el balance entre la oferta y la demanda, para recaudar ingresos para el Estado, etc. Cada Estado tiene sus propias razones.

Pero la mutación que sufre el mundo a causa de la transformación digital hace porosas las fronteras de los Estados nacionales. Puedo estudiar con una universidad extranjera, puedo adquirir criptomonedas que no son emitidas por la Banca Central, puedo hospedarme en una casa de familia sin la regulaciones que tienen los hoteles, etc. Esto va más allá de los cambios en el mercado, esto pone en entredicho la forma como se ha entendido y ejercido la soberanía de los Estados a lo largo de varios siglos.

¿Cómo podrán coexistir los Estados soberanos y la globalización en un mundo interconectado? ¿Será posible?

No sólo la transformación digital ha cuestionado el rol supremo del Estado nación; la proliferación de armas nucleares que pueden destruir a todo el planeta, las pandemias (como la actual del Covid), el calentamiento global, han hecho mella en la capacidad de cada país de valerse por sí solo. Los retos y oportunidades globales han traído a la mesa categorías como: acuerdos intergubernamentales, supranacionalidad, derecho de injerencia, entre otros.

Cada época tiene un sello propio. La religión delineó la cosmovisión previa a Westfalia; la razón iluminó a los tiempos de la Ilustración y el nacionalismo marcó los siglos XIX y XX. Ahora, la ciencia y la tecnología trazan las líneas del devenir.

Del final de la era industrial heredamos la ciber-tecnología para un mundo más interconectado. Pero, parece que el Estado nación y lor organismos multilaterales (interestatales) tienen una naturaleza insuficiente para seguir jugando el rol rector que se les delegó hace casi 400 años (a los primeros) y casi un siglo a los segundos.

 

 

 

 

Debate económico: ¿es un error subsidiar a los pobres?

Dar el pescado o enseñar a pescar: ¿Falso dilema?

El asistencialismo que caracteriza al Socialismo del Siglo XXI en Venezuela, la existencia del SISBEN en el régimen de Seguridad Social en Colombia y la actual política del presidente Santos de construir 100 mil viviendas gratis, son ejemplos de políticas asistencialistas bastante cuestionadas, especialmente desde una perspectiva neoliberal.

Frecuentemente se presentan evidencias empíricas y explicaciones que, desde diversas corrientes de la psicología o la sociología, sirven de base para argumentar que el asistencialismo estimula la inproductividad e invita a no participar en procesos productivos.

Ahora, desde la perspectiva económica, este tema tiene diversas aristas. En Europa se reconocen, por ejemplo, diferentes modelos de Estado de Bienestar. Aunque, en general, éstos se han debilitado en todo el mundo, los modelos existentes son buenos referentes para el análisis que nos proponemos.

Experiencias de Estados de Bienestar: paralelo con América Latina

El Modelo nórdico -aplicado por Suecia, Noruega, Dinamarca, Finlandia y Holanda- se caracteriza por un alto gasto social de carácter universial y unas políticas activas para acelerar la reinserción de desempleados al mundo laboral.  En cambio el modelo continental -Alemania, Francia, Bélgica- está más centrado en la cobertura pensional y de invalidez. Sus políticas activas para la reinserción laboral son menores.

El modelo anglosajón es menos amplio en recursos pero, semejante al nórdico, también se centra en el tema laboral: subsidios para aquellos que han perdido empleo y políticas activas para recuperarlo.En el caso de los países mediterráneos, la seguridad social es mucho menor y se centra en el aseguramiento de la pensión.

De los anteriores modelos podemos destacar tres contrastes: el primero, entre aquellos países que establecen beneficios universales y los que segmentan, ya sea por incapacidad o en función de su participación en el mercado laboral. El segundo contraste tiene que ver con la finalidad: un asistencialismo dirigido a fortalecer el mercado laboral u otro que se centra en la compensación ante la ausencia de ingresos. El último contraste es cuantitativo: los nórdicos dedican grandes recursos a la seguridad social, mientras los países mediterráneos tienen un muy bajo gasto en este ítem.

Si hacemos un rápido balance de los modelos presentados, veremos que los países que aplican el modelo nórdico tienen una menor propensión al desempleo. En el modelo continental hay una gran brecha entre Alemania, con un desempleo del 6%  y el de Francia que bordea el 14%.  En la actual crisis, son los mediterráneos los que enfrentan la mayor crisis laboral, acompañados de Irlanda (anglosajón).

Si traemos este caso a la realidad latinoamericana, veremos que el panorama de los países con mayor intervención estatal (Venezuela, Argentina,  Brasil) no es menos positivo que el de aquellos que han privatizado más fuertemente su economía. De hecho, la tasa de desempleo abierto en Colombia es superior a la de los países recién enumerados. Sin embargo, Chile y Perú, con modelos neoliberales, también presentan buenos resultados en este indicador.

Ahora, una de las razones de ser de un Estado de Bienestar es la equidad. De acuerdo al índice GINI, los países que implementan el modelo nórdico se hallan entre los diez países más equitativos del mundo. Los del modelo continental aparecen entre los primeros 30 y el Reino Unido con Irlanda, entre los primeros 50. En síntesis, es evidente que el modelo nórdico ofrece mejores resultados tanto en materia de desempleo como de distribución de la riqueza.

En el caso latinoamericano hay que destacar dos elementos: el primero es que el primer país del subcontinente aparece en el puesto 66 (Argentina), seguido por Uruguay, Cuba y Venezuela. Estos países presentan una mejor distribución de la riqueza que Estados Unidos, inclusive. El segundo elemento es que, en general, hay una mejor redistribución en los países gobernados por la izquierda que en los que tienen un modelo neoliberal: México aparece en el puesto 120, Perú en el 127 y Colombia en el 150. Sin embargo, a pesar de sus avances, Brasil también ocupa uno de los últimos lugares de la lista.

Por último, están los indicadores de pobreza. La efectividad de un Estado de Bienestar se debe materializar en la reducción de la pobreza. En este caso, se da un hecho significativo: los países del modelo nórdico, al igual que Estados Unidos, Gran Bretaña, Irlanda o Canadá, presentan los mejores indicadores con respecto a la población que vive bajo la línea de pobreza. O sea, se hallen afiliados o no al espíritu del Estado de Bienestar, los países industrializados, en general, han logrado sacar a su población de los niveles más bajos de la pobreza.

Sin embargo, paralelo a los países industrializados se destacan algunas naciones latinoamericanas: Chile tiene un porcentaje de población bajo la línea de pobreza menor que Estados Unidos. Sin embargo, para el PNUD, es tan compleja la situación de países con gobierno neoliberal -Colombia y Perú-, como la de naciones del llamado Socialismo del Siglo XXI que tienen más del 30% de su población  por debajo de la línea de pobreza.

En síntesis podemos destacar los siguientes grupos de países:

PAISES DESARROLLADOS CON MEJOR DISTRIBUCION DE RIQUEZA. Hay más equidad y menos pobreza en los Países Industrializados que poseen un Estado de Bienestar amplio, el cual, además, es activo en sus políticas para regresar a los desempleados al mundo laboral.

PAISES DESARROLLADOS CON DISTRIBUCIÓN INEFICIENTE DE RIQUEZA. Países de Europa continental y mediterránea, industrializados, con Estado de Bienestar medianamente amplio pero, ineficiente. Tienen altas tasas de desempleo y se centran en los pensionados.

PAISES DESARROLLADOS CON INJUSTA DISTRIBUCIÓN DE LA RIQUEZA. Los Países Industrializados de corte neoliberal tienen una distribución menos equitativa de la riqueza, pero su poder económico logra que poca población viva bajo la línea de pobreza.  O sea, su índice GINI no es bueno, pero no hay pobreza extrema gracias al desarrollo de su economía.

PAISES EN VIA DE DESARROLLO CON MEJOR DISTRIBUCION DE RIQUEZA. Algunos países latinoamericanos como Uruguay o Chile se caracterizan por un crecimiento más estable de su economía, el cual se traduce en menos desempleo, buen índice de GINI y poca población bajo la línea de pobreza. En este grupo se incluye a Argentina pero su crecimiento económico es muy inestable, dependiente de una economía monoexportadora de commodities.

PAISES EN VIA DE DESARROLLO CON MALA DISTRIBUCIÓN DE RIQUEZA. Perú y Colombia son economías que crecen, pero poseen alto desempleo estructural (Colombia), mucha inequidad (GINI alto) y mucha población bajo la línea de pobreza. Venezuela y Ecuador tienen más equidad pero con mucha población bajo la línea de pobreza.

Moraleja 1:crecer sin distribuir no es justo, pero distribuir sin crecer no es viable. Es necesario fortalecer el empleo formal y la seguridad social contributiva para crecer y distribuir la riqueza de manera viable y justa. El subempleo y la expansión del SISBEN -en lugar de trabajadores contribuyentes- es un ancla que no permite desarrollarnos. Atender personas con limitaciones -ancianos, enfermos- es una prioridad, pero a las personas en capacidad de trabajar hay que darles herramientas para su desarrollo: educación, salud, alimentación y un transparente mercado laboral.

Moraleja 2: Los subsidios no son malos, per se, el problema es la mala gestión. Además de enfrentar la corrupción, es necesario seleccionar bien las ayudas a la población. Subsidiar la educación, la salud o la alimentación de niños y jóvenes es invertir en el recurso humano del futuro. Igual se puede decir de la ayuda que reciban las empresas si invierten en innovación, ciencia y tecnología.

En este mismo marco, darle vivienda a los ciudadanos más pobres no sólo es un acto de justicia, sino que es una gran oportunidad de mercado. Una vivienda es un activo que convierte a una familia en sujeto de crédito, de seguros, de negocios y en actor tributario. Una vivienda propia puede hacer la diferencia entre un trabajador informal y un empresario.