A problemas globales, soluciones globales: el planeta es más que una sumatoria de países.

Giovanny Cardona Montoya, noviembre 28 de 2021.

 

Si bien, China y algunas otras naciones tienen una historia milenaria o, al menos, de siglos, es con la paz de Westfalia en 1648, que Europa siembra las bases de la idea de los estados nacionales y, en consecuencia, se abren para la geopolítica mundial las ideas de soberanía y de fronteras. Lo que nació como un acuerdo de reyes y cortes europeas para sacar al Papa del juego del nombramiento de soberanos, terminó siendo fuente para lo que hasta hoy se reconoce como el eje  de la geopolítica en todo el planeta: las relaciones entre estados nacionales soberanos.

¿Tienen los Estados soberanos el monopolio del ejercicio geopolítico?

Aunque la geopolítica tiene diversas definiciones (Haushofer, Kjellen, Wallerstein, Ratzel, Ritter, entre otros), se puede decir que ésta se ocupa de estudiar los países como entes geográficos y la puja por el control de los territorios, entendido dicho control generalmente como acción de los Estados soberanos. Sin embargo, la realidad mundial, especialmente desde comienzos del siglo XX, ha gestado actores diversos que hacen parte de algunas dudas “de origen heterodoxo” sobre el monopolio de los Estados en materia de geopolítica.

Por ejemplo, algunos críticos del desarrollo del capitalismo señalan que la expansión de las compañías multinacionales por el planeta les da a éstas un poder que intimida incluso a gobernantes. El club de las compañías multinacionales más grandes del planeta está conformado por empresas que tienen un valor bursátil superior al PIB de muchos países.

De otro lado, el desarrollo de la diplomacia de la paz y la cooperación internacional en el marco de la arquitectura de la ONU trajo consigo la aparición de organismos multilaterales que se ocupan de temas que afectan a todos los países. Ahora, si bien, pertenecer o no a estos organismos es una decisión soberana, en muchos casos es sumamente costoso no adherirse.

Los ingentes esfuerzos que hizo China para lograr su adhesión a los acuerdos del GATT-OMC (2001), reflejan la importancia que, la que ya era una gran potencia comercial del mundo le daba a ser parte del sistema multilateral de comercio. El argumento más simple es que mientras el coloso asiático no pertenecía a la OMC, el resto de naciones del planeta no tenían la obligación jurídica de otorgarle la condición de Nación Más Favorecida (NMF) que sí se otorgan entre sí los firmantes de dicho acuerdo multilateral.

De otro lado, la existencia de bloques de integración, especialmente el caso de la Unión Europea, es una evidencia particular del ejercicio de funciones soberanas por parte de entes supranacionales conformados por países que las ceden de manera voluntaria. Para ampliar la reflexión sobre soberanía y supranaconalidad, les recomiendo este artículo.

Por último está el hecho de que diversos países se están rompiendo por dentro. De la descentralización a la autonomía regional y de ésta a la independiencia. Son volcanes en ebullición países como  Bélgica, España o la misma Italia y han hecho erupción otros, como Etiopía, Yugoslavia, Checoeslovaquia y la URSS. Los Estados soberanos son seres vivos en permanente transformación endógena. Sobra decir que aún quedan casos a “medio resolver” o sin resolver como Taiwán, Palestina, Cosovo o el Tíbet que, en medio de su ambigua identidad, ejercen protagonsimo geopolítico.

 A crisis globales, soluciones globales.

 Para que el concepto de soberanía tuviera sentido práctico fue necesario que se aplicara el principio de No Injerencia, que consiste en la inhabilidad de cualquier país a inmiscuirse en los asuntos domésticos de otros (ver artículo 2.7 de la Carta de la ONU). Sin embargo, otros principios como “intervención humanitaria” o “derecho de injerencia” tienen una creciente aceptación en la jurisprudencia internacional para justificar la intervención de un país en otro sin la aprobación del segundo, cuando motivaciones humanitarias así lo requieren. Obviamente las diferentes experiencias en las que algunos países han acudido a este argumento, no han estado exentas de debates o han sido fuente de conflicto.

Pero ahora el asunto que deseo presentar se relaciona con la forma como la Globalización ha permeado o, incluso, derrumbado las fronteras nacionales y los gobernantes no se han dado cuenta o se niegan a aceptar el hecho y las consecuencias al interior de sus “territorios soberanos”. Me refiero a un conjunto de fenómenos que la literatura ya reconoce como “problemas globales”, o sea que sus dimensiones y especialmente sus consecuencias no reconocen muros físicos o metafóricos; en otras palabras, adquieren un carácter transnacional. Hago referencia a temas como Amenaza Nuclear, Calentamiento Global, Narcotráfico, Pandemias, Migraciones y Refugiados, entre otros.

Cada país toma la decisión de usar o no energía nuclear y, preocupantemente, ha crecido el número de naciones que decidieron tener armas nucleares como instrumento de disuación. El punto es que si se presenta un accidente nuclear -ni qué hablar de una guerra-, las consecuencias se expandirán por países que no tuvieron ninguna injerencia en la decisión de poseer dicho armamento. Recuerdo que fue Suecia y no El Kremlin, quien prendió las alertas cuando hace 35 años se presentó el accidente en la estación nuclear de Chernobyl. Quienes estábamos en Ucrania o Bielarrusia en ese momento fuimos informados de los hechos, cuatro días después de que se inició el incendio.

Con el calentamiento global sucede lo mismo. Los gases de efecto invernadero los producen principalmente algunas naciones, Estados Unidos, China, Rusia, Australia, entre otros. Pero las consecuencias son globales. Colombia, que es relativamente un menor contaminante, no se libra de las consecuencias de los actos de los demás países del planeta. Para invertir el ejemplo, la acelerada deforestación en Colombia reduce las capacidades del planeta de absorber los gases de efecto invernadero.

Pero, para resolver este problema delegamos en cada nación por separado para que haga su aporte a la solución. Y aquí hay dos problemas: el primero es que no todos cumplen sus compromisos o, incluso, no se comprometen. El segundo es que muchos países no pueden resolver de manera aislada su problema. Y hay miles de ejemplos:

– los países industrializados tendrán en 10 años, el 70% de su parque automotor convertido a eléctrico o híbrido; sin embargo, sus empresas seguirán vendiendo carros a gasolina por todo el planeta. Y obviamente, la clase media de India y China, que se ha movilizado en transporte público o en bicicletas, pues, querrá comprar esos carros.

– Colombia depende en un 70% de las exportaciones de hidrocarburos; para abandonar dicha industria debería fortalecer su sector agrícola y agroindustrial aprovechando las ventajas que tiene para ello -suelos fértiles, mano de obra, experiencia, variedades climáticas, ubicación geográfica, etc.-. Sin embargo, ni con la firma de decenas de TLC tendrá acceso a otros mercados con productos de las cadenas del azúcar, los granos o los lácteos. Es imposible.

– Y así, las naciones del Medio Oriente o Rusia dependen de la exportación de hidrocarburos, otros de la ganadería; las empresas contaminantes generan millones de empleos, etc. Hay muchos ejemplos para que “cada país en particular” no haga lo suficiente para salvar el planeta.

– El tema de los refugiados es lo mismo. Las familias huyen de tierras que inunda el mar -refugiados ambientales-; otros abandonan sus países porque el fruto de sus cultivos no se vende en los mercados o tiene precios irrisorios. Otros escapan de las balas de una guerra en Siria, en la que participan Estados Unidos y Rusia y que se alimenta del mercado mundial de armas.

La actual pandemia -y no sólo ésta- nos coloca en una situación similar. La vacuna es la solución, entonces, los países más pudientes se abastecieron de suficientes vacunas para sus habitantes. ¿Y África? En tanto el virus encuentre caldo de cultivo en territorios de baja tasa de vacunación, el riesgo de que nos siga afectando a través de mutaciones críticas estará latente. En este momento enfrentamos la nueva variante -Ómicron-, se halló en África, entonces, la solución “inteligente”: se suspenden los vuelos desde ese continente. ¿En serio?

Somos un mundo globalizado, hay gente que tiene familiares en África, hay negocios con África, hay turismo de ída y vuelta con África…, quienes viven en ese continente son personas como nosotros.¿Qué son estas soluciones? ¿En qué estamos pensando?

Screenshot_20211128-133250_2

Una reflexión para terminar.

Este es un planeta que afronta sus mayores retos como entidad unitaria. La vida en el planeta (animales, humanos y vegetales) está en serio  peligro desde que el actual tren de producción y consumo, aunado a un increible crecimiento demográfico, deterioró las condiciones de vida: calidad del aire y del agua, incremento de temperaturas y reducción extrema de los suelos aptos para la vegetación -agrícola o forestal-.

Adicional a lo anterior, las armas de destrucción masiva penden como una espada de damocles sobre nuestras cabezas. Y, para terminar, el inevitable riesgo de las pandemias que, por muchas razones, pueden aparecer y ser una afrenta para la vida de los humanos y de otras especies.

Todo lo anterior me lleva a sugerir una tesis: la praxis de las relaciones internacionales hace agua frente a las realidades que enfrentamos. Los Estados soberanos en las actuales condiciones de economías de mercado y bajo el espíritu de lo que hemos establecido como eje del desarrollo -la posesión de bienes, el acceso a servicios y la acumulación material-, no son capaces de enfrentar con efectividad estos problemas globales.

El planeta no es un conjunto de países; es un sistema simbiótico de especies vivas -de origen animal o vegetal- que requieren de ciertas condiciones de aire, agua, clima y otros elementos, que aseguren el balance ideal para mantener la vida. Y esas condiciones se están perdiendo; en el último siglo a causa especialmente de la acción de la especie humana.

A problemas globales, soluciones globales. Si el multilateralismo democrático y la supranacionallidad no se fortalecen, la humanidad no saldrá bien librada de esta crisis. Los Estados soberanos todos, cual archipiélago, ya demostraron su incapacidad. La filosofía y la arquitectura de la Cooperación Internacional deben subir a otro nivel para estar acordes con los retos que enfrentamos.

Y un elemento central de esta redefinición tiene que ver con la democratización de dicha arquitectura, no sólo en términos de valorar los países más pequeños o los más pobres. También hay que preguntarse por el rol de otros actores: las comunidades locales y las originarias, las organizaciones y los movimientos sociales, las autoridades locales, entre otros. Ya está claro que los gobiernos centrales no ejercen una suficiente y adecuada representación de los intereses de la totalidad de los pueblos y culturas que habitan el territorio así denominado “soberano”.

O nos entendemos como sistema simbiótico o naufragamos.

 

Calentamiento global o la crónica de un desastre anunciado.

Giovanny Cardona Montoya, noviembre 1 de 2021.

 

Cada vez que hay una cumbre del Medio Ambiente, por lo menos desde la de Río en 1992, es evidente que los gobiernos se toman más en serio el tema. Pero, las evidencias posteriores a cada cumbre también demuestran que el creciente interés es inferior al reto. ¿Por qué esperar que la COP26 Glasgow no nos decepcione una vez más?

1. Génesis de la crisis.

En 1856, la científica Eunice Foote  demostró a través de un experimento, por primera vez, que el dióxido de carbono se calienta más que el aire que respiramos y que dura más tiempo caliente; por lo tanto, se deduce que una atmósfera de este gas elevaría la temperatura del planeta. Y, ahí nace la teoría del calentamiento global.  Pero, ¡oh sorpresa!, tres años después Edwin Drake encontró petróleo al oeste de Pensilvania y, entonces, comenzó la carrera ascendente de la industria del petróleo en Estados y Unidos…y en el mundo, por supuesto.

reservas de petroleo no convencional

Cien años después (en 1959), Edward Teller, físico reconocido de su época, advirtió que el uso incontrolado de las fuentes de energía fósiles estaría creando un efecto invernadero, el cual podría descongelar glaciales, incluso los cascos polares. Ya para 1965, la comunidad científica norteamericana se tomaba el tema muy en serio, lo que explica la carta que enviaron a Lindon B. Johnson, advirtiendo el peligro y clamando porque se tomaran medidas importantes.

2. ¿Cómo llegamos aquí?

Hacia el siglo XVIII, los recursos del planeta eran suficientes para atender el “espíritu de consumo” de la población mundial de la época: alrededor de 1500 millones de personas que necesitaban techo, vestido, alimento, transportarse, etc. Su tren de consumo era inferior a la capacidad de la tierra para regenerar la vida: animales, plantas, bosques. La tala de bosques, el pastoreo, el transporte de la época (apena surgía el vehículo mecánico a base de combustible fósil) eran procesos degradantes de proporciones aún adecuadas para este planeta.

Para producir los satisfactores de las necesidades humanas, las personas requerimos ciertos materiales y una cantidad X de energía, los cuales son extraídos de los sistemas ecológicos. Pero, de otro lado, los mismos sistemas ecológicos tienen cierta capacidad para reabsorber los residuos que se derivan de aquellos procesos de producción de bienes y servicios. Adicionalmente, la producción requiere de ciertos espacios físico, lo que implica ocupar territorios, incluso, desalojando especies de los mismos: población animal, vegetación, bosques.

Para medir el impacto de la actividad del ser humano sobre sobre la biocapacidad del planeta, Rees y Wackernagel (1996) formularon una unidad de medida denominada Huella Ecológica, la cual calcula “la superficie necesaria para producir los recursos consumidos por un ciudadano medio de una determinada comunidad humana, así como la necesaria para absorber los residuos que genera, independientemente de la localización de esta área”

De esta fórmula se deducen actividades asociadas a las áreas requeridas y la reducción de la capacidad de la tierra de absorber los residos:

Cultivos: área para producir los vegetales que se consumen.

Pastos: área dedicada al pastoreo de ganado.

Bosques: área de explotación para producir la madera y el papel.

Mar productivo: área para producir pescado y marisco.

Terreno construído: áreas urbanizadas u ocupadas por infraestructuras.

Área de absorción de CO2: bosques.

Todo iba bien, era una situación manejable, hasta que entró el siglo XX. La huella de carbono se ha multiplicado por 10 desde la década de 1960. La revolución industrial iniciada en el siglo XIX, el acelerado crecimiento demográfico y una cultura de sobrevaloración del tener sobre el ser conforman la base de lo que hoy se conoce como la crisis del calentamiento global.

La industrialización desmedida, la urbanización, el creciente uso de combustibles fósiles y una cultura de consumo sin límites, de una población mundial que se ha multiplicado por cinco en el último siglo, son los detonantes de una crisis que consiste en la incapacidad del planeta de mantener nuestro estilo de vida. Inspirados en una idelogía de producción y consumo ilimitados, la población ha adoptado un tren de vida inviable, basado en la posesión de bienes materiales.

Ya los gobiernos han aceptado que no podemos permitir que que la temperatura del planeta ascienda más de 1,5 grados C antes de 2030, con respecto a la era preindustrial, para lo cual debemos reducir la emisión neta (emisión menos absorción) de gases de efecto invernadero a cero -hoy es de 50 mil millones de toneladas-. Sin embargo, la temperatura ya ha subido 1.2 grados C y el reloj sigue su marcha. Los gases acumulados crecen y el calentamiento global no se detiene.

La emisión neta de gases de efecto invernadero y el calentamiento global se deben estudiar desde dos variables complementarias: la emisión de gases y la capacidad del planeta de absorberlos.

3. La emisión de gases.

Los principales gases de efecto invernadero son:

Dióxido de carbono (CO2). Se da por la quema de combustibles fósiles, residuos sólidos, árboles y material biológico. También por la producción de cemento.

Metano (CH4). Este se genera en la ganadería principalmente, también en producción y transporte del carbón y en la descomposición orgánica que se produce en la agricultura.

Óxido nitroso (N2O): agricultura, combustión de petróleo y  carbón y durante el tratamiento de aguas residuales.

Gases fluorados, los cuales surgen de procesos industriales.

En 2017, el CO2 fue responsable del 82% de los gases de efecto invernadero, seguido del metano (10%) (Agencia de Protección Ambiental de E-U). El lento desarrollo de las fuentes de energía limpias, al igual que el cambio de patrones de comportamiento –reciclar, caminar, usar bicicleta, reducir consumo de carne, etc.- responde a intereses económicos, debilidad en las normas ambientales y hábitos y arraigados de los seres humanos.

bicycle-2471178_640

4. La capacidad de absorción de los gases.

Los bosques y terrenos agrícolas cubren gran parte de la tierra y sirven para almacenar o absorber de modo natural importantes cantidades de CO2, impidiendo que éste salga a la atmósfera, lo que los convierte en neutralizadores parciales de la actividad contaminante del hombre, generando lo que se denomina la emisión neta de gases de efecto invernadero: gases emitidos, menos los absorbidos.

Sin embargo, no es fácil desacelerar la deforestación, ni lograr mejores prácticas forestales y agrícolas para la reabsorción de gases de efecto invernadero. Los bosques cubren el 31 por ciento de la superficie terrestre mundial. La deforestación y la degradación de los bosques continúan ocurriendo a un ritmo alarmante, lo que contribuye significativamente a la pérdida constante de biodiversidad.

Desde 1990, se estima que se han perdido unos 420 millones de hectáreas de bosque por conversión a otros usos de la tierra, aunque la tasa de deforestación ha disminuido en las últimas tres décadas. Entre 2015 y 2020, la tasa de deforestación se estimó en 10 millones de hectáreas por año, frente a los 16 millones de hectáreas por año en la década de 1990. La superficie de bosque primario en todo el mundo ha disminuido en más de 80 millones de hectáreas desde 1990.

Según la FAO, tan sólo en América Latina la tala de bosques entre 1990 y 2000 tuvo una tasa anual que fluctuó entre 0,1% en Chile y 5% en países como Uruguay, Salvador o Paraguay. Para alcanzar una media de 0,5% anual de deforestación de la extensión forestal en el subcontinente .

En síntesis:

En un circuito dialéctico que integra al desarrollo de las fuerzas productivas con la búsqueda de la maximización de la riqueza, avanza la espiral de producción y consumo que parece no agotarse, pero que encuentra sus límites en la capacidad finita que tiene el planeta de renovarse.

 

Retos multidimensionales de las empresas del siglo XXI

Octubre 3 de 2021

 

Las empresas hoy enfrentan retos multidimensionales, los que, en cierto modo, reflejan la existencia de una amplia gama de fenómenos que caracterizan al actual entorno de los negocios y que sirven para delinear el futuro de aquellas. Por ello, es menester reconocer que a los gerentes de las empresas les resulta fundamental hacer lecturas del entorno con perspectivas de largo plazo, que concatenen diversidad de variables; lo que da la pauta para buscar y acceder a la información requerida que reduzca la incertidumbre en el proceso de toma de decisiones estratégicas.
Aplicando técnicas del universo metodológico de la prospectiva a un mundo multidimensional como el actual, encontramos un conjunto de factores de cambio (tendencias) que deben ser monitoreadas y comprendidas para entender el entorno que delimita el desempeño de las empresas; particularmente desde una perspectiva que delinee las decisiones de corto y mediano plazo, de cara a los retos de largo plazo.

Estas tendencias son:

1. La sociedad del conocimiento, fundamentada por primera vez en 1950, por Peter Drucker (Drucker, The new society: The anatomy of industrial order. Edición Revisada., 1993). A lo larg de los últimos 70 años, la llamada Sociedad del Conocimiento se ha ido consolidando y profundizando a través del desarrollo de las TIC y la cuarta revolución industrial. Los gerentes deben entender que hace rato hemos mutado de la producción en serie y los mercados predecibles, a la innovación permanente y los ambientes VUCA (volátiles, inciertos, complejos y ambiguos).

qualcomm
2. La globalización de la producción de mercancías a través de las cadenas internacionales de valor. Este proceso de profundización en la división internacional del trabajo se viene profundizando desde hace medio siglo. Las empresas no hacen mercancías, sino que se articulan a cadenas de valor que, integradas a lo largo y ancho del planeta, proveen los bienes, servicios y experiencias que requieren los consumidores. Comercio Mundial de Tareas es el nombre del juego.
3. La homogeneización multilateral de las normativas y estándares de calidad de la producción, el intercambio y consumo de bienes y servicios. Este proceso se origina en la firma del GATT en 1947 y se profundiza con la creación de la OMC y los acuerdos de la Ronda de Uruguay en 1994. En esta misma dirección, el regionalismo abierto, caracterizado por el “spaguetti bowl” de TLC que se firman entre países y regiones a nivel mundial, se fundamenta desde sus pilares normativos, en los estándares diseñados por el Sistema Multilateral de Comercio (GATT-WTO).
4. La consolidación de Internet y de las redes sociales como escenarios de producción, intercambio y consumo de información, conocimientos, servicios y experiencias de consumidores. El mundo, en lo empresarial, educativo y socio-cultural, avanza hacia escenarios ubicuos en los que hay una concomitancia de ambientes presenciales y virtuales.

usuarios de internet, celular y redes en 2020

5. El calentamiento global. Se acabó el tiempo de “cuidar el planeta a las futuras generaciones”. La vida vista con ojos de sociedad humana está ad-portas de mutar dramaticamente. La gerencia del siglo XXI tiene que reconocer el impacto ambiental de las decisiones empresariales, no como una externalidad, sino como una consecuencia directa. Producir impactos ambientales positivos y económicamente rentables, es un imperativo de los estrategias organizacionales. ¿Si producir un litro de cerveza consume más de 150 litros de agua, pueda aquel costar unos pocos centavos de dólar?

climate-change-2063240_640

 

Democracia, la verdadera utopía.

El ser humano se debate entre absolutos y utopías. En alguna época la verdad indiscutible era “exportar mucho e importar poco”. En las últimas décadas el liberalismo económico, en su versión neoliberal, ha sido tratado como una profesía realizada. No por casualidad, Fukuyama alcanzó a declarar que el final de siglo XX, neoliberal y sin la amenaza del comunismo soviético, era “el final de la historia”.

Pero no sólo hay absolutos en la economía; también en la dimensión religiosa, dominada a lo largo de los siglos por paradigmas como el cristianismo, el islam o el hinduismo. Verdades indiscutidas para miles de millones de personas.

En el ámbito político, la democracia es, tal vez, el absoluto más consolidado. Aunque se respeta o se convive con ciertos regímenes no democráticos -como el chino o los tribales de algunas provincias de países africanos o de pueblos originarios en Suramérica y Centroamérica-, la realidad es que la democracia se venera como uno de los mayores bienes públicos de la humanidad: “hemos llegado a Itaca” ó “hemos encontrado el Dorado“.

Pero, así como los grupos sociales, los pueblos o las llamadas civilizaciones (occidental, árabe-islámica, etc.) se han erigido sobre paradigmas temporalmente indiscutibles (décadas, siglos, milenios); también es verdad que la dialéctica de los procesos sociales y de la naturaleza ha servido de método para estructurar las antítesis que nuevas generaciones han antepuesto a los postulados dominantes de las diferentes épocas.

A lo largo del siglo XX, el capitalismo fue confrontado con la utopía del socialismo: “Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo” sentenciaba Marx en su manfiesto,a finales del siglo XIX. Y su fantasma se materializó en forma de un bolchevismo que sacudió el orden establecido hasta la caída del muro de Berlín. A las religiones se les han antepuesto el ateismo y el agnosticismo, dos primos que a veces confundimos con gemelos.

Pero estos son sólo ejemplos del binomio diálectico, absolutos-utopías, que ha guiado a la humanidad a lo largo de su historia. Aunque suene muy contundente, desde diversas perspectivas se puede afirmar que hemos llegado a nuestra mejor versión posible de la historia: nunca habíamos desarrollado, como especie humana, tanta capacidad de dominar la naturaleza para nuestro beneficio.

Pero, nuestra mejor versión posible de la historia no significa que sea la ideal; menos aún, que sea la apropiada para nuestro futuro.

En este momento histórico, la humanidad enfrenta un conjunto de retos que llevan a crecientes grupos poblacionales a clamar por nuevas utopías: la crisis del calentamiento global; la inequidad socio-económica que se traduce en millones de personas que viven en condiciones que creiamos superadas hace más de un siglo (desnutrición, mortalidad infantil, analfabetismo, discriminación de raza y género); y los riesgos de una guerra o de un “accidente” nuclear de magnitudes intercontinentales.

Democracia: ¿absoluto o utopía?

Para quienes vivimos en Occidente -los latinoamericanos nos consideramos hijos de la declaración de los derechos del hombre y el ciudadano-, la democracia es el mejor vehículo que ha diseñado la especie humana para cruzar la autopista que nos lleva del oscurantismo (racismo, inequidad, crisis ambiental) a la luz, esto es, al desarrollo social y ambientalmente sostenible. Pero, ¿realmente vivimos en democracia?

La democracia es una categoría creada por los griegos para impulsar su propia utopía -la utopía de su época-, la cual involucraba a un número importante de ciudadanos. Era pasar del monarca absoluto (llámese este emperador, rey, zar, etc.) al ciudadano como sujeto político. Para el momento histórico, dar poder político a los ciudadanos propietarios de tierras y esclavos y que pagaban tributos, era un “salto social”.

Pero la categoría democracia en sí se refiere al poder del pueblo. El poder que emana del pueblo. Y hoy, más de dos siglos después de la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, esto de “poder del pueblo” se entiende indiscutiblemente como una dimensión que cobija a todos los seres humanos. Y, aquí comienza a develarse la brecha entre la teoría y la realidad.

La costumbre es una clara enemiga de la duda. Cuando nos acostumbramos, no cuestionamos. ¡Eso no se hace!, decía mi madre. ¿Y por qué no?, preguntaba yo. Porque no, contestaba ella, -no siempre, pero sucedía-.

Nos hemos acostumbrado a reconocer y señalar que hay democracia en los países en los que dos o más candidatos, bajo un régimen electoral constitucionalmente concebido y legitimado por la comunidad nacional e internacional, se disputan el poder político, evidenciando una real posibilidad de alternancia. Entonces, hay democracia en casi toda América, en casi toda Europa y en muchos países asiáticos y africanos.

Así, por ejemplo, nos genera dudas Rusia, porque, a nivel internacional, gobiernos y medios de comunicación indican que la oposición goza de pocas garantías para el real ejercicio de la política. De igual manera, nos parece inaceptable la democracia china o cubana que se fundamentan en un solo partido político. No entendemos la democracia al interior de un solo partido. Vivimos el paradigma de la multiplicidad de partidos en el marco de la demoocracia. La costumbre enseña, entonces, que la presencia de varios partidos sería sinónimo de democracia.

BVOTACIONES BELÉN DE BAJIRA (46).JPG

Si vemos la democracia como una cebolla, entonces, las elecciones entre candidatos de varios partidos son la capa superior. Pero, incluso, reduciendo el tema de la democracia a los procesos electorales y a la existencia de un Estado liderado por las fuerzas que triunfan en elecciones pluripartidistas, existen razones para llorar. Tanto Schumpeter (funcionalista) como Marx, encuentran insuficiencias en la contienda electoral por el control político del Estado.

Para el primero, la única democracia que existe es la aparente -las campañas-, que en la realidad se traduce en “la lucha de las élites por el voto de las masas”, sin configurar una verdadera “voluntad popular” si retomamos el espíritu del Contrato Social de Rousseau. El elegido no tiene compromisos con sus electores, se puede interpretar de Schumpeter.

En el caso de Marx, la democracia bajo la égide del capitalismo no es posible, ya que, son los dueños de los medios de producción  los únicos que pueden tener real injerencia sobre el Estado. De hecho, lo coptan.

Pero, más allá de este debate sobre la manifestación más superficial de la democracia: los partidos y las elecciones; la realidad es que como utopía, la democracia está lejos de materializarse.

Para adentrarnos en una segunda capa de la cebolla, preguntémonos sobre la “calidad” de los electores.

Si bien, la democracia formal declara el derecho de todos los ciudadanos a elegir y ser elegidos, la realidad es que hay millones de seres humanos que tienen una condición “infrademocrática”. El analfabetismo, la pobreza extrema y el desplazamiento forzoso -ciudadanos que viven sin techo, que no cuentan con documentos de identidad, que desconocen la realidad política de su territorio y que no tienen tiempo para pensar en algo diferente que no sea la supervivencia diaria-, son fuentes de exclusión democrática. Si Prahalad (2004) declaró que el planeta contaba con cerca de 2 mil millones de personas que vivían con menos de dos dólares al día, probablemente este dato pueda ser el punto de partida para formular la hipótesis de que, al menos, 1/4 parte de la población mundial vive por fuera de la democracia real, así ésta exista en su país.

Otro elemento que incide sobre la “calidad” del elector, es el acceso a la información veraz, suficiente y oportuna. Descontando el analfabetismo funcional, por suerte cada vez más reducido en el mundo, está la cuestión de las fuentes de información. El debate sobre las condiciones ideales nos ha llevado a un mundo en el cual conviven los medios de comunicación privados -frecuentemente conectados con grupos de interés económico o político-, los públicos -probablemente inclinados hacia los intereses del gobierno de turno-, y los llamados independientes, que tienden a relacionarse con movimientos sociales y ONG.

Si bien la diversidad es un preciado bien, el riesgo está en la intención del comunicador. ¿De qué sirve la diversidad, si se trata de fuentes que informan con la intención de vender una postura, de convencernos con respecto a ella? Estamos hablando de ética. ¿Cuál es la frontera ética de los medios de comunicación en la sociedad actual? Los médicos, esperamos que se rijan por el Juramento Hipocrático cuando intervienen nuestro cuerpo; ¿qué código guía al medio de comunicación a la hora de informarnos?

Entonces, la “calidad” del elector se halla en riesgo día a día, cuando los medios de comunicación tienen motivaciones comerciales o políticas a la hora de informar. Y eso parece suceder frecuentemente. De hecho, a propósito de las costumbres, nos hemos habituado a aceptar que un medio es gobiernista o de oposición, que un periódico pertenece a un grupo empresarial y que informa sobre temas económicos que interesan a las empresas del grupo. Y sólo decimos “es que ese medio les pertenece”. ¿Acaso esto es un entorno favorable a la vida democrática?

Ahora con el desarrollo de las telecomunicaciones e Internet, la situación se ha vuelto más compleja. El extremos son las fake news, de las cuales no hay que hablar mucho, ya que,  son una clara transgresión del espíritu democrático.

Pero está el tema de los algoritmos y las redes sociales. La verdad es que no es fácil entender este nuevo mundo de las comunicaciones (yo también lo entiendo poco, por eso me esmero en pisar suave cuando recorro esa autopista), pero hay dos realidades que, a mi gusto, son palpables. La primera es que las redes tienden a darme “gusto” no a “informarme”: los algoritmos de las redes sociales existen para tratar de entenderme como sujeto de mercado, no como ciudadano. No lo digo yo, lean a Harari o a Chomsky o vean el documental Dilema Social.

La segunda realidad es que las redes sociales desataron la bestia que llevamos dentro. La timidez ha desaparecido, la apatía ha muerto, la erudición nos ha aflorado. Gracias a las redes hablamos todos, de todo y en todo momento. Desaparecieron nuestras dudas, hemos visto la luz. Cuestionamos, opinamos, aseveramos y enjuiciamos sin pensarlo dos veces. Ahora que todos podemos ser autores, también tenemos acceso a demasida información inutil, poco rigurosa y, a veces, peligrosa. El riesgo no nace en las redes, emana de la “calidad” de ciudadano democrático que ya somos. Y la consecuencia será la “calidad” de ciudadano que estamos construyendo.

Yo no diría que el presente mundo es peor que aquel de la desinformación de siglos pasados, cuando unos pocos -el rey o el papa- eran los únicos iluminados que podían enriquecer nuestra “calidad” de ciudadanos. Pero tampoco aseveraría que esta maraña en la que se han convertido los sistemas de información y comunicaciones nos está dando más luz.

¿Qué nos queda?

Nos quedan los maestros, con su invaluable tarea de ayudar a desarrollar el pensamiento crítico y autónomo de sus estudiantes. Maestros que siembren, no que ilustren. Maestros que despierten almas, no que llenen cerebros como repositorios de información. También nos quedan los políticos decentes y los periodistas responsables. Los hay.

En manos de ellos está que esta capacidad que el ser humano ha creado con su ingenio (la 4a revolución industrial) nos impulse hacia la utopía y no a la destrucción de la especie. Porque con los riesgos de insostenibilidad social y ambiental y de una catástrofe nuclear, esto último podría suceder.

enseñando en el bosque

 

 

 

 

Chernobyl: una cicatriz que nos recuerda lo frágil que es la humanidad.

Reproduzco un texto que escribí hace 5 años, a propósito del aniversario de uno de los dos mayores accidentes nucleares de la historia.

Hace 35 años, en esta misma fecha, abril 26, me encontraba yo en Kiev. Todo parecía normal, el año académico estaba en su última etapa, comenzaba a florecer la ciudad y se acercaba el puente festivo del 1º de mayo. Lejos estábamos de imaginarnos que un riesgo mortal se incubaba a unos 100 kilómetros de la ciudad.

El accidente en el 4º reactor de la estación nuclear de Chernobyl pendía como espada de Damocles sobre la vida de millones de europeos de la otrora Unión Soviética y algunos de sus países vecinos. De hecho, nos enteramos de la catástrofe cuando el Kremlin tuvo el deber de dar respuesta a las inquietudes que desde Suecia se presentaban con respecto a un incremento inusitado de niveles de radiación en aquel país escandinavo.

Años después, la crisis de Fukushima, al conmemorar las “bodas de plata” de Chernobyl, debe hacer pensar nuevamente a los políticos, a los empresarios y a los expertos sobre las implicaciones ambientales y planetarias del consumo ilimitado y de la búsqueda acelerada y “salvaje” de fuentes alternativas de energía.

Las preguntas que surgen en la actualidad no sólo tienen que ver con la producción de energía o el desarrollo de alternativas diferentes a los combustibles fósiles. Adicionalmente hay que destacar:

1. Los accidentes producidos en reactores nucleares (de los cuales, Chernobyl y Fukushima son los más conocidos pero no los únicos) demuestran que la tecnología moderna aún no es capaz de controlar los monumentales daños que aquellos pueden producir. Según la OMS, los afectados por la radiación de Chernobyl superan los 5 millones y, aunque fuentes oficiales rusas y ucranianas hablan de 10.000 muertos, Greanpeace asegura que el número de fallecidos supera los 100.000. Pero, lo destacable es que la magnitud de los daños es monumental a pesar de que la energía nuclear sigue siendo una fuente menor.

2. El creciente consumo frente a la capacidad limitada del planeta. Los economistas y los hacedores de políticas públicas hemos permitido que por décadas, tal vez siglos, se deje al crecimiento del PIB como eje del Desarrollo Económico -significativo ejemplo es el de la expansión de los llamados mercados emergentes-. Pero, los problemas ambientales del presente muestran que el ilimitado Crecimiento Económico es un verdadero riesgo para la sostenibilidad del Desarrollo: ¡vivimos en un planeta de recursos limitados!

3. La búsqueda permanente por el control de las fuentes de energía, particularmente las fósiles, explica en gran medida la dinámica de las mayores crisis geopolíticas del mundo. No es casual que en el último siglo, los mayores conflictos bélicos focalizados se hayan realizado en el Medio Oriente y Norte de Africa, o que a Rusia y Estados Unidos les preocupe tanto la situación política del Caucaso. Estas son dos de las regiones que poseen las mayores reservas de petróleo y gas del mundo.

4. ¿Se da suficiente importancia a la búsqueda de nuevas fuentes de energía que sean ambientalmente limpias? La producción de energía limpia implica grandes inversiones con retornos en el largo plazo. El tema aún está en los niveles de la ciencia (innovación) y de la tecnología (implementación). Hay hallazgos económicamente inviables y hay temas aún sin explorar. En el caso de la viabilidad económica estamos encontrando externalidades gigántescas: de un lado, la producción de biocombustibles de primera generación reduce la frontera agrícola de alimentos y, del otro, se hace necesario mantener el precio de los combustibles fósiles en niveles elevados, para hacer viable la inversión en energías limpias.

Sean, este momento conmemorativo -35 años de Chernobyl- y la década de Fukushima, escenarios propicios para una gran reflexión económica: la economía de mercado no puede seguir de espaldas a la realidad ambiental. Más que continuar con la línea de crecimientos ilimitados, la política económica debe moverse en dos direcciones pertinentes: mejorar la capacidad de distribución de la riqueza y asegurar la sostenibilidad del desarrollo.