Política Nacional de Competitividad: rosario de buenas intenciones.

Por Giovanny Cardona Montoya.

Versión en inglés: http://www.elcolombiano.com/blogs/lacajaregistradora/?p=1146

Traductor: Andrés Fernando Cardona Ramírez.

Hace ya más de 20 años, Colombia, al igual que la mayoría de las naciones latinoamericanas, renunció al modelo desarrollista inspirado por la Cepal y se matriculó en el modelo aperturista derivado del Consenso de Washington. Este cambio conllevó la reducción en la participación del Estado en la dinámica económica, la privatización de empresas, la liberalización unilateral del comercio y la masificación de acuerdos regionales de comercio (ARC) con los vecinos y con naciones del resto del mundo.

Para darle un marco de referencia que legitime política y  económicamente el nuevo rumbo el país ha sido dotado de documentos como el Informe Monitor, también hace 20 años, y una docena de CONPES que han pretendido ser faro para guiar hacia un puerto seguro.  Pero, el tiempo pasa y el balance no es nada satisfactorio. A pesar de ser, por décadas, una de las naciones más estables de la región en materia macroeconómica, de lograr un significativo crecimiento exportador y de ser una nación atractiva para la inversión extranjera, especialmente en los últimos años, los datos de desarrollo –que no es sinónimo de crecimiento- indican que el país no avanza en ninguna dirección.

La brújula:

En 2006 se aprobó el Conpes 3439 que creó el Sistema Nacional de Competitividad. Dicho sistema estableción una Visión del país para el futuro:

“En 2032 Colombia será uno de los tres países más competitivos de América Latina y tendrá un elevado nivel de ingreso por persona, equivalente al de un país de ingresos medios altos, a través de una economía exportadora de bienes y servicios de alto valor agregado e innovación, con un ambiente de negocios que incentive la inversión local y extranjera, propicie la convergencia regional, mejore las oportunidades de empleo formal, eleve la calidad de vida y reduzca sustancialmente los niveles de pobreza”.

Pero, el tiempo nos está pasando cuenta de cobro por las tareas no realizadas. En 2006, en el Indicador Global de Competitividad del Foro Económico Mundial -que mide a 142 naciones-, el país se ubicaba en el puesto 65 entre 125 países. En 2011, Colombia se ubicó en el puesto 68 y en 2012 en el 69. Si nos comparamos con nuestros vecinos latinoamericanos, el escenario no es mejor: pasamos del 5º a 8º puesto.

Este indicador muestra que nuestra posición relativa no ha mejorado. Ahora, para lograr esta meta es necesario tener avances en otros indicadores relacionados con la producción y el ingreso:

–          Según el Consejo Privado de Competitividad, entre 2006 y 2010, el ingreso por persona en Colombia ha venido creciendo a una tasa promedio de 4,4%. Sin embargo, considera el Consejo, si se quisiera cumplir con la meta de ser al año 2032 un país de ingresos medios altos, se deberán alcanzar tasas de crecimiento entre 6% y 7% anual en promedio.

–          A comienzos de la última década del siglo XX, Colombia dependía en gran medida de las exportaciones de café, algunos hidrocarburos y otras exportaciones agrícolas o agroindustriales, principalmente. Después del hallazgo de petróleo en Cusiana y de la crisis mundial cafetera, Colombia  se hizo más dependiente de la minería. En 2006, las exportaciones colombianas con bajos niveles de innovación ascendían a 83% del total, para 2012, esta cifra alcanzó el 90%.  ¿Estamos retrocediendo? Todo indica que sí.

¿Es malo crecer dependiendo de la minería casi que exclusivamente?

No, no es malo. Primero hay que decir que un país con suficientes reservas para varias décadas puede financiar la dinámica de sus proyectos de desarrollo, incluso, apalancarse en aquellas para generar nuevas industrias (manufactureras, de servicios, etc.). Sin embargo, Colombia no ha logrado un aumento sustancial de sus reservas de petróleo. Estas se encuentran en promedio en 2.200 millones de barriles, una cifra muy baja comparada con otros países de América Latina como Ecuador que tiene 6.200 millones o México con 11.400 millones o Venezuela que tiene casi 300.000 millones.

Entonces, además de que necesitamos que los recursos de la “bonanza de hidrocarburos” se utilicen para crear capacidades (infraestructura, educación, CT+I, etc.) también se requiere que las exploraciones incrementen las reservas para tener el colchón que financie la reconversión industrial de nuestra economía.

Pero, a pesar de la relativa y sostenida estabilidad macroeconómica, del auge exportador minero y del creciente flujo de inversiones extranjeras, en el país se preservan unos lastres que no nos permiten avanzar hacia una economía más competitiva:

–          Debilidades del sistema educativo. Además de la baja cobertura -25% de los adultos no son bachilleres, menos del 40% de los bachilleres entran a la educación superior y sólo la mitad de estos se gradúa- hay serios problemas de calidad: la carrera de maestros (licenciados) no es elegida por los mejores bachilleres, hay poca demanda de cupos para estudiar carreras agropecuarias –sector que tiene gran potencial-, a la vez que los jóvenes manifiestan poco interés por la formación en matemáticas, física, química o biología, disciplinas fundamentales para la innovación y el desarrollo de nuevos productos, procesos y servicios;

–          Ausencia de una política de Estado en materia de infraestructura. Desde décadas atrás en este país se habla de la necesidad de un canal interoceánico, de túneles que faciliten el tránsito entre tantas montañas, de una nueva propuesta ferroviaria, de un proyecto de navegación por el río Magdalena, de otro puerto en el Pacífico, etc. Sin embargo, la mayoría de estas propuestas aún están en el papel y las que están en construcción tienen años de retraso.

–          Alta informalidad laboral. Lo que se maneja como una estrategia de reducción de costos laborales, la informalidad, es  realmente un lastre que no permite modernizar nuestra economía: hay trabajadores que no cotizan a la seguridad social,  existen cooperativas de trabajo asociado que precarizan el salario, existen oficios que se desempeñan a través de contratos de prestación de servicios en lugar de vinculaciones laborales a término indefinido, etc. Todo esto agudiza el déficit fiscal –SISBEN-, debilita la base de ingresos de los hogares y, por ende, su capacidad de compra y endeudamiento, estancando al mercado doméstico.

–          Abandono del sector rural. El campo no es el proveedor de materias primas para la ciudad y, en consecuencia, no es un mercado sólido para la compra de bienes industriales y servicios. Aunque el conflicto armado es un determinante de este abandono, la informalidad rural, el latifundismo extensivo y de “engorde”, acompañados de un minifundismo improductivo, no facilitan el paso hacia un campo competitivo.

–          Colombia: un país que no invierte en I+D. Esto se evidencia de manera simple: nuestra oferta exportable de alta y mediana tecnología apenas alcanza el 9%, además somos un país sin trayectoria en materia de patentes. Mientras mercados emergentes exitosos dedican varios puntos de su PIB a CT+I, Colombia apenas dedica menos del 0,3%.

Aunque se ha definido un nuevo Sistema de Ciencia, Tecnología e Innovación y a Colciencias se le ha dado la condición de Departamento Administrativo –un grado menos que  Ministerio-, a la vez que se han aprobado cuantiosos recursos de regalías para la investigación y la innovación, ya hay indicios de que la rapiña política por los recursos se impondrá por encima de las aspiraciones de largo plazo de este país.

Todas estas insuficiencias evidencian que estamos lejos de un nuevo Proyecto País, en otras palabras, que Colombia 2032 es un canto a la bandera…y nada más.

Colombian peace and political stability in Venezuela: good business

Traductor (translator) Andrés Fernando Cardona Ramírez

Ver versión en castellano: http://www.elcolombiano.com/blogs/lacajaregistradora/?p=1099

Colombia and Venezuela are living momentous political processes. The first ventures into a new attempt to cap the legendary conflict between the government and the FARC. Across the border, Venezuelans go to the polls to decide whether to continue with the political project called “XXI century socialism” or give a 180 * turn and allow the opposition to present an alternative to the nearly three decades of Chavez government.

Both the issue of war and peace, and the Venezuelan political climate are vital phenomena for stability, growth and development of the Colombian economy.

The end of the war: a motor for prosperous fields and more sustainable cities.

The first conclusions that have been raised against the armed conflict can be summarized in three points: military spending will not be reduced, peace involves decades of increased public spending to compensate victims but at the same time, contribute between 1% and 3% GDP growth. There will be no cuts to military spending partly because other destabilizing factors survive, like BACRIM and drug trafficking.

While the contribution to GDP (1-3%) can be considered a pretty solid argument to bet on the negotiation, it is necessary to review a little more to realize that the possible effects have to do with not only growth but, specially the socio-economic development. The war has brought many evils and one of them, transcendental due to our demographic structure has been the migration from the countryside to the city. This situation has led to the deterioration of our rural economy and the emergence and development of poverty belts in cities.

The end of the war must stop this wave of migration, raising the potential of the field as an economic sector, improving food supply, encouraging new industries to move into international markets, therefore improving the quality of life in cities, with adequate and financially sustainable urban planning.

The country in recent years has become a magnet for foreign capital, but funds have been especially directed towards the mining industry and to the financial services and telecommunications. The end of the conflict could reduce the level of risk; improve the skills of Colombia, creating a new appeal for foreign capital to finance the production of food, raw materials of plant and animal origin and biofuels. The comparative advantages of good climate, good soil and industrious workforce, could be the seed for creating competitive advantages from a field that is modernized, which and makes way for an export-oriented agribusiness.

Venezuela: (potential) strategic partner.

When it comes to economic matters, for decades, Venezuela has been instrumental in the Colombian economy. The crisis of commercial relationships that we are currently facing has been a blow to the economic development of our country. Although exports to the world have grown, despite the withdrawal of Venezuela from the Andean Community of Nations (AC), qualitatively speaking, the damage has not been compensated.

Why do we say that the damage has not been compensated? Because Venezuela was the largest importer of Colombian manufacturing-products with added value; while the growth of exports to the rest of the world has been mainly of mining commodities. Do not forget that before Venezuela left the AC, the country imported 80% of vehicles exported-equivalent to 20% of imports from Venezuela to Colombia, and 50% of the clothing we exported to World -16% of their total purchases from Colombia.

Venezuela was our second largest trading partner, aside from the U.S., in fact, to the border departments of Santander, Norte de Santander and Arauca, it was critical on many economic fronts and for other regions such as the Aburrá Valley it was an engine for commercial-industrial employment.

Similarly, Venezuela’s withdrawal from AC has weakened the bloc. The largest commercial center of this ambitious integration agreement was the exchange between Colombia and Venezuela, followed by Colombia and Ecuador. Peru has its sights set on global markets for mining products and Bolivia is very much dependent on Mercosur.

Perhaps the AC isnot a great accord of economic integration, although it aims to create a Customs Union. But many nations of the world today consolidated their position in the market through the blocks to which they belong. Keeping isolated weakens the bargaining power in forums such as the WTO. There, for example, an agricultural G-20 was developed to meet the interests of rural America and the European Union, and in that group is not Colombia.

Things with Venezuela, from an economic perspective, are not on the best course. But this neighbor is a strategic partner that we must recover. Independent of the results of the October 7 elections, social and political stability in the neighboring country suits our economy. Retaking the road to good relations is a key strategy for social and economic development of Colombia.

History tells us that in the past the Colombians migrated to Venezuela looking for “El Dorado” due to the lack of opportunities in our land. If In fact, long term migration enriches cultures, in the short and medium run it affects the strength of the development of cities and sometimes brings security problems. A social crisis in Venezuela could lead to a reverse migration wave, for which we are not prepared, as our current growth is not based on labor intensive sectors and the rise of underemployment may offset the demographic balance that could start generating if peace comes the Colombian countryside.

Paz en Colombia y estabilidad política en Venezuela: un buen negocio.

Traductor (translator): Andrés Cardona Montoya

See english version: http://www.elcolombiano.com/blogs/lacajaregistradora/?author=2

 

Colombia y Venezuela viven procesos políticos trascendentales. El primero incursiona en un nuevo intento por culminar el legendario conflicto armado entre el Estado y la guerrilla de las FARC. Al otro lado de la frontera, los venezolanos van a las urnas para decidir si continuan con el proyecto político denominado “socialismo del siglo XXI” o si dan un giro de 180* y le permiten a la oposición presentar una alternativa a los casi tres lustros de gobierno chavista.

Tanto el tema de la guerra y la paz, como el del clima político venezolano son fenómenos de vital importancia para la estabilidad, el crecimiento y el desarrollo de la economía colombiana.

El fin de la guerra: motor para un campo próspero y unas urbes más viables.

Las primeras conclusiones que se han planteado frente al conflicto armado se pueden sintetizar en tres: el gasto militar no se reducirá, la paz implicará un un incremento del gasto público -por décadas- para compensar a las víctimas pero, a la vez, aportará entre 1% y 3% al crecimiento del PIB. La no reducción del gasto militar se explica en parte porque perviven otros factores desestabilizadores como las BACRIM y el narcotráfico.

Si bien, el aporte al PIB (de 1 a 3%) se puede considerar un argumento bastante sólido para apostarle a la negociación, se hace necesario revisar un poco más para darnos cuenta que los efectos posibles tienen que ver no sólo con el crecimiento sino, especialmente con el desarrollo socio-económico. La guerra ha traido muchos males y uno de ellos, trascendental por la estructura demográfica nuestra, ha sido el de la migración del campo a la ciudad. Esta situación ha conllevado el deterioro de nuestra economía rural y el surgimiento y desarrollo de cordones de miseria en las ciudades.

El fin de la guerra deberá detener esta ola migratoria, elevando el potencial del campo como sector económico, mejorando el abastecimiento de alimentos, impulsando nuevos sectores para incursionar en mercados internacionales y mejorando, en consecuencia, la calidad de vida en las ciudades, con planeamientos urbanos más adecuados y financieramente sostenibles.

Incluso, el país en los últimos años ha logrado ser un imán que atrae capitales extranjeros, pero éstos se han dirigido especialmente hacia el sector minero y hacia la industria de servicios financieros y de telecomunicaciones. El fin del conflicto podría reducir el nivel de riesgo, mejorar la calificación de nuestro país, creando un nuevo polo de atracción para el capital extranjero que financie la producción de alimentos, de materias primas de origen vegetal y animal y de biocombustibles. Las ventajas comparativas de buen clima, buena tierra y mano de obra laboriosa, podrían ser el germen para crear ventajas competitivas a partir de un campo que se modernice, que se tecnifique y que de paso a una agroindustria con vocación exportadora.

Venezuela: (potencial) socio estratégico.

En materia económica, por décadas, Venezuela ha sido fundamental para la economía colombiana. La crisis de relaciones comerciales que vivimos actualmente ha sido un duro golpe para el desarrollo económico de nuestro país. A pesar de que las exportaciones al mundo han crecido, incluso desde la salida de Venezuela de la Comunidad Andina de Naciones (CAN), cualitativamente hablando, el daño no ha sido compensado.

¿Por qué decimos que no ha sido compensado el daño? porque Venezuela era el mayor importador de manufacturas colombianas -productos con valor agregado-, mientras que el crecimiento de las exportaciones al resto del mundo ha sido fundamentalmente de commidities de origen minero. No olvidemos que antes de que Venezuela abandonara la CAN, este país importaba el 80% de los vehículos que nuestro país vendía al exterior -equivalente al 20% de las importaciones de Venezuela a Colombia-, y el 50% de las confecciones que exportábamos al mundo -16%del total de sus compras a Colombia-.

En esta tabla se evidencia la importancia de la CAN como mercado para nuestras manufacturas. Para el resto del mundo, Colombia es un productor de café, flores, bananos y productos de origen minero.

Venezuela era nuestro segundo socio comercial como país -desagregando a la UE-; de hecho, para los departamentos fronterizos -Santander, Norte de Santander y Arauca, era fundamental en muchos frentes económicos -no sólo comerciales-  y era motor de empleo industrial para otras regiones como el Valle de Aburrá.

Igualmente, la salida de Venezuela de la CAN ha debilitado al bloque. El mayor eje comercial de este ambicioso acuerdo de integración era el intercambio colombo-venezolano, seguido del colombo-ecuatoriano. Perú tiene sus mirada puesta en los mercados mundiales de productos mineros y Bolivia tiene mucha dependencia del Mercosur.

Tal vez la CAN no sea un gran acuerdo de integración económica, a pesar de que ambiciona crear una Unión Aduanera. Pero muchas naciones del mundo hoy consolidan su posición en los mercados a través de los bloques a los que pertenecen. Mantenernos aislados nos debilita en la capacidad de negociación en foros como el de la OMC. Allí, se ha gestado, por ejemplo, un G-20 agropecuario para enfrentar los intereses rurales de Estados Unidos  y la Unión Europea, y en ese grupo no está Colombia.

Las cosas con Venezuela, desde la perspectiva económica, no andan por su mejor rumbo. Pero este vecino es un socio estratégico que debemos recuperar. Independiente de los resultados de los comicios del próximo 7 de octubre, a nuestra economía le conviene una estabilidad social y política en el vecino país. Retomar el camino de las buenas relaciones es una estrategia fundamental para el desarrollo social y económico de Colombia.

La historia nos cuenta que en otras épocas los colombianos migraron a Venezuela buscando “el dorado” ante la falta de oportunidades en nuestra tierra. Si bien, en el largo plazo las migraciones enriquecen las culturas, en el corto y mediano afectan la solidez del desarrollo de las ciudades y a veces traen problemas de inseguridad. Una crisis social en Venezuela podría traducirse en una ola migratoria inversa, para la cual no estamos preparados, ya que nuestro crecimiento actual se fundamenta en sectores poco intensivos en trabajo y en el auge del subempleo; a la vez que podría descompensar el equilibrio demográfico que se comience a generar si llega la paz al campo colombiano.

Lupa Empresarial: Integración y Cooperación Internacional

Acaba de ver la luz, el  número 14 de la Revista Lupa Empresarial de CEIPA. En esta oportunidad, la publicación presenta varios artículos que reflexionan sobre diversas experiencias relacionadas con la internacionalización de las empresas y con la dinámica de los organismos internacionales que se han gestado en la dinámica de la globalización.

Llaman la atención los artículos presentados por las analistas Pamela Curvale y Cynthia Cabrol, quienes desnudan algunos de los mayores retos que enfrentan los procesos de integración y cooperación de las naciones en vía de desarrollo y, particularmente, en América Latina.

De un lado, la llamada Cooperación Sur-Sur debe superar grandes barreras asociadas a la debilidad institucional, la falta de experiencia y la ausencia de una tradición fuerte en integración entre países subdesarrollados. Por otra parte, se muestran las debilidades del Mercosur, ya que sus integrantres son renuentes a abrir camino a niveles de supranacionalidad.

De otro lado, aparecen dos artículos de corte jurídico: sobre Propiedad Intelectual y Derechos de Autor. La Dra. Rocío González estudia la importancia del tema en las pymes, a la vez que la licenciada argentina Lina Hartel presenta un análisis sobre los retos que enfrenta el sistema multilateral que se ocupa de los ADPIC, cuando el objeto de negociación tiene que ver con la cobertura global en salud pública y el acceso a los medicamentos.

Por último, se presenta una reseña literaria del libro de Antoine Van Agtmael, “El siglo de los mercados emergentes”, el cual hace una revisión integral de los factores que podrían explicar el éxito de empresas que nacieron en países en vía de desarrollo exitosos, como los BRIC, Argentina, Corea, Suráfrica o México, entre otros.

 

Higher Education Reform in Colombia: What is at stake?

Versión en español:  http://www.elcolombiano.com/blogs/lacajaregistradora/?p=811

Traductor: Andrés Fernando Cardona Ramírez.

 

Colombia is a country that occupies unremarkable places in of the two indicators measuring global Welfare: Competitiveness and Income Distribution.

When referring to competitiveness, our country is noted weaknesses in infrastructure, innovation and legal environment. Regarding income distribution, Labor Minister, Rafael Pardo, pointed out that 14 million Colombians do not have a decent job. In addition to this, the Colombian minimum wage is among the lowest in South America and education coverage is far from the average level of developing countries like ours.

However, competitiveness and income distribution are not always compatible. In other words, they may not be under certain ideologically conceived points of view. These will take part in the discussion that will re-start in the country about the future of higher education.

If we talk about competitiveness, there is a variable that has a fundamental weight: entrepreneurship. The success of many of the emerging markets leading the locomotive of the world economy today is due in large part to the emergence and consolidation of new industries: new firms in knowledge-intensive sectors, companies that add value to their processes, goods and services as a central strategy for success.

In terms of entrepreneurship, the Universities are doing a lot, but achieving little. Venture has become a commonplace word in colloquial university talk, especially with the powers of administration and the like. It abounds classes of entrepreneurship, teaching how to formulate business plans and contests that reward the best formulated plans. But, at the same time, we do less and less to deepen the foundations of entrepreneurship: innovation.

The number of new engineering students is declining, which is a discouragement to deepen in mathematics, physics, chemistry and biology.  It’s not that we should all be biologists or mathematicians. But a country that wants to be competitive, or a company that claims to be innovative, requires massive think tank to patent new products, design new processes, model new products or services and register software that solves societal needs. And that is not achieved without these sciences. Even a country like Colombia, that has great power in agriculture, agribusiness and natural resources, has few resources dedicated to research, development and study in careers that deal with the rural world and the environment.

If we look at the bulk of business plans that are developed in universities, we find they are based on ideas that have to do with business or traditional industries, marketing, couture, food processing or restaurants and other venues for trade in mass consumption goods. This is not bad, but the reality is that this situation shows how narrow the entrepreneurial universe of our university students truly is, and, more critically, most of these enterprises are not based on structured processes of innovation and the proposed aggregate value tends to be superfluous.

Colombia is a country that does not invest in research and technology. We don’t excel in patents and licenses. Those who go at the head of the pack in competitiveness do: Germany, Korea, Japan, China. In fact, if we look at the research groups that COLCIENCIAS classifies, few stand out for patents, registrations of new software or products or even spin offs. It’s not bad to have books or articles published in indexed journals, fortunately some thrive on this front, but there is an imbalance in the distribution of the few resources devoted to research and innovation.

But the university is not a machine that produces skilled labor. The University is the setting in which the future of a country is outlined. And we are at a turning point in world, and national history: industrialized society, follower of a strong consumerist philosophy, is in crisis, the country is in the midst of a pivotal moment paying dues for what has been one of its biggest karmas of the past half century: armed conflict, also, after 20 years, the Colombian political system, like that of our South American neighbors, seems to be undergoing a great transition. What is the response of the Universities to address these challenges? What type of country will we build for the challenges in Human Rights, Political Participation, Environment, Competitiveness and Culture, for example?

I bring up the last point so I can ask about the ethical, aesthetic, political and humanistic formation of our collegians. The university is called to form well rounded citizens and in its core, ensure openness to diverse speech, to metaphors and political reflections. In the past 20 years, university education systems seem to have fallen into the realm of realist paradigm: individualistic pragmatism and inflexible, lacking social commitment, oblivious to the political concerns, and closed to reading alternative views.

So, if we are to reform the education system to raise our competitiveness and improve income distribution in an environment that shapes humans with faculties of grownup quality as Kant says, not just laborers, the question is how are you going to finance it?

Universal coverage on quality education is not a minor undertaking. In Colombia out of every 100 students who enter college, only 50 graduate. And out of 100 young people that complete high school, only 35 enter college. And let’s not go back any further, because even on the road between high school and elementary school, are just as many broken dreams along the way. In other words, the investment that needs to be made for this purpose is of comparable magnitude to the reform of the social security system or the law of reparation for victims of armed conflict. Because the problems facing higher education do not begin there … but take off in early childhood and pre-school.

It was not for our benefit that the U.S., during the FTA negotiations, put on the table the requirement that the Universities be profit organizations…  our partners point out a huge potential business. Although Colombia did not accept said requirement, the fact that Santos’s government, in the initial proposal, included private investments to fund the future of education, shapes an idea of ​​who have been the instigators of the reform.

Young students: back to reading Keynes, Prebisch, Marx, Ricardo and Friedman so you can participate in the debate.