Medellín no puede contaminar un poco más.

Giovanny Cardona Montoya

Marzo 25 de 2019.

Se han hecho virales en los últimos días, unas declaraciones del Secretario de Medio Ambiente de Medellín, quien, con el ánimo de explicar que había una coyuntura crítica en las presentes semanas con respecto a la calidad del aire en el Valle de Aburrá, señaló desprevenidamente que el resto del año “Incluso podemos hasta contaminar más.” Sólo quiero aprovechar sus desatinadas palabras poner el debate en otro contexto: el Calentamiento Global es una realidad que vino para quedarse, no es un problema coyuntural.

Si bien, el aire de Medellín vive un deterioro especial entre febrero y marzo y a finales de año -octubre-noviembre- la realidad es que en 150 años la humanidad ha destruído el planeta. En la actualidad, nadie puede sentirse con el derecho de contaminar más. Habrán consecuencias.

Análisis de Entorno de Empresas SustentablesResEl anterior gráfico muestra que desde finales de la década de 1980, nuestra capacidad extractiva (producción y consumo de bienes y servicios) es superior a la del planeta de reproducirse. O sea que, desde hace 30 años, la humanidad consume en un año más recursos que los que el planeta produce en el mismo tramo de tiempo.

Durante el último medio siglo, las ONG, el Estado, los organismos multilaterales, los medios de comunicación y las instituciones educativas han mutado sus discursos en pro del medio ambiente: primero se propuso usar materiales reciclables, resembrar en aquellos lugares donde se talaban bosques y cuidar las cuencas de los ríos; posteriormente el énfasis fue puesto en el uso de lo biodegradable, en la reducción en el consumo de combustibles fósiles y de materiales sintéticos (plástico). Pero hoy, el discurso ha comenzado a tener un enfoque más dramático: debemos revisar nuestros modelos de producción, intercambio y consumo. En otras palabras, renunciar al espíritu consumista de la sociedad actual, fundamentado en el paradigma de “tener es más importante que ser“.

Veamos algunos datos de los más significativos que dan cuenta del estado crítico en el que se halla la vida en el planeta:

20 sintomas del calentamiento globalFuente: https://imco.org.mx/medio_ambiente/20-datos-para-entender-la-crisis-ecologica-de-la-tierra-via-onu-medio-ambiente/

Tomando como referencia el año 2016:

- Hasta la fecha es el año más cálido que ha tenido el planeta, según datos de la ONU.

– Si la temperatura promedio del planeta aumenta 1.5 ºC, varios países insulares desaparecerán.

– Más del 85% de los combustibles que se utilizan son de origen fósil: petróleo, gas y carbón.

– Al año llegan cerca de 8 millones de toneladas de plástico al mar.

– Ha desaparecido la mitad de los animales salvajes que habitaban en la tierra desde hace 40 años.

– 90% de las aguas residuales de países en desarrollo llegan a los ríos y lagos sin ser tratadas.

– 7 millones de personas murieron por la contaminación del aire.

Todo lo anterior en el marco de una realidad muy contundente: la población mundial se  ha multiplicado por 5 en el último siglo. El crecimiento demográfico continuará hasta mediados de este siglo cuando se espera llegar a los 9 mil millones de habitantes. Por lo tanto, no podemos preservar el tren de consumo que el planeta ha mantenido desde el siglo XX.

poblacion mundial

 

Economía: Colombia necesita un nuevo Contrato Social.

La política económica de los estados se mueve entre dos pilares complementarios: de un lado está la necesidad de asegurar el equilibrio macroeconómico (estabilidad) y, del otro, la búsqueda de un desarrollo económico (crecimiento sostenible a largo plazo). Desarrollar una política económica coherente implica moverse entre ambos propósitos, los cuales son complementarios: sin equilibrio de los indicadores macroeconómicos no se puede pensar en generar procesos de transformación a largo plazo: industrialización, sostenibilidad ambiental y social, reducción consistente de la pobreza, etc.

Las autoridades económicas colombianas -básicamente la Junta del Banco de la República, el DNP y el Ministerio de Hacienda- han conquistado el prestigio a lo largo de las décadas, de ser muy ortodoxas en el manejo macroeconómico. En otras palabras, se les reconoce un manejo responsable de las políticas monetarias y fiscales, lo que permite entender (al menos parcialmente) por qué Colombia no ha sido afectado tan agresivamente por las grandes crisis mundiales, como sí lo han sido nuestros vecinos -recordemos solo la hiperinflación que sufrieron en la década de 1980, países como Argentina, Brasil, Perú o Bolivia-.

Pero, en materia de desarrollo económico, Colombia tiene un problema crónico, uno que tiene su origen en las dimensiones políticas: tenemos un Contrato Social excluyente, que beneficia a una élite muy estrecha, que poco sirve para consolidar una sólida clase media y que conlleva la ampliación de una clase baja que carece de los bienes más preciados: una vida segura y la posibilidad de materializar sueños.

Estas últimas carencias las encubrimos señalando la cobertura universal en salud (en un pésimo sistema) o la alta cobertura en educación primaria. Pero 50 años de una guerra civil que no termina -a pesar de los pasos dados con el acuerdo entre el Estado y las FARC- y la desigual distribución de la riqueza, hacen que la mayoría de los colombianos tengan el riesgo latente de una muerte violenta, a la vez que se hunden en el fango del desempleo, de la economía informal, del subempleo o de un precario salario mínimo. Así no hay sueño que se pueda hacer realidad.

casa rentable, ingresos

Hasta la década de 1980, el Contrato Social integró a las élites urbanas -industriales, banqueros, comerciantes y constructores- con una clase trabajadora urbana que pudo acceder gradualmente a los beneficios de la modernización económica. Sin embargo, dicho Contrato dejó por fuera a la población campesina -minifundistas y campesinos sin tierra-. El resultado fue una espiral de violencia rural y migraciones, que conectó al campo con las ciudades: cinturones de pobreza y creciente inseguridad.

Con el modelo de Apertura Económica (desde finales de la década de 1980), el fenómeno de la desigualdad y la inseguridad se agudizaron: además de los trabajadores del campo, el sector manufacturero -obreros, microempresarios y propietarios de pymes- se deprimió. El nuevo Contrato Social se estructuró sobre la base de una alianza más excluyente entre banqueros, comerciantes, constructores y mineros, todos ellos permeados por los recursos de una élite ilegal: la de narcotraficantes. En la actualidad Colombia no sólo es reconocido por ser uno de los países más desiguales de América Latina, sino que vive uno de sus peores períodos en materia de inequidad y pobreza.

Según la DIAN, 1% de los colombianos se queda con el 20% de la riqueza. El Banco Mundial, a la vez, indica que Colombia es el segundo país más desigual de América Latina: 10 % de los ricos gana cuatro veces más que el 40 % de los más pobres. Y, aunque disminuye la pobreza absoluta, hay cada vez más inequidad. El caso colombiano es coherente con lo que sucede en América Latina, considerada la región más desigual del mundo.

Hoy el país se debate entre discusiones parciales: ¿a quién subirle los impuestos para financiar el déficit fiscal? ¿financiar o no la expansión de la educación pública? ¿recurrir o no al fracking como técnica de explotación petrolífera? Pero el problema de fondo, si bien incluye estas preguntas, requiere de un análisis más integral.

Colombia vive un modelo de desarrollo económico en franco agotamiento: es un modelo extractivista (minero), reforzado con la industria de los no transables -la construcción- y focalizado en los sectores de comercio y servicios. Este modelo desconoce las potencialidades de la industria manufacturera y del sector rural.

El agotamiento se explica por la ausencia de reservas petroleras en el largo plazo, por el efecto nocivo de la minería (especialmente la ilegal) sobre el medio ambiente, porque la propiedad rural no genera riqueza pero si sirve para atesorarla por parte de una economía rentista y, en gran porcentaje, ilegal. Adicionalmente, los empresarios de la especulación financiera y del comercio -con un gran peso de bienes importados- son las únicas élites que realmente se están enriqueciendo con este modelo económico.

Colombia debe desarrollar sectores productivos basados en la innovación -eje de la generación de riqueza en la economía moderna global-, incertando su capacidad de producir alimentos y materias primas de origen rural.Una apuesta modernizadora e integradora como ésta no puede desconocer el potencial minero o el de la construcción, pero redireccionándolos para que en el mediano y largo plazo no sean obstáculo para un verdadero desarrollo sostenible (medio ambiente y disminución de la pobreza).

Dicho modelo debe conectar a los campesinos, a las mipymes urbanas y a la gran industria con los centros de estudio, investigación, desarrollo e innovación. La banca también debe expandir su modelo de negocio para llegar a las empresas que, basadas en innovación, se conecten en las cadenas globales de valor.

realiza tus sueños

Pero pensar un modelo desarrollo económico más incluyente,conectando al sector rural, a los trabajadores y a los propietarios de las mipymes manufactureras con las élites, financiera, comercial y de la construcción, conlleva un nuevo Contrato Social. Uno más ámplio, ambicioso como país y gestor de convivencia, distribución de riqueza y paz. Y éstas no son palabras menores: este país se está desindustrializando y hundiendo en la inequidad social porque una pequeña élite rentista, latifundista y especuladora no le permite que tome la senda del Desarrollo Sostenible.

El pacto político sobre el que se debe construir este nuevo Contrato Social no es un ramillete de ciertos partidos políticos. La mayoría de los partidos en Colombia tienen una perspectiva ideológica ambigua o carecen de ella. Un Pacto amplio requiere nacer en un diálogo de los nuevos movimientos sociales -estudiantes, mujeres, indígenas, afrodescendientes, ambientalistas, entre otros- con los gremios, los sindicatos, la academia y representantes de una nueva visión política, individuos más que partidos, ya que estos últimos se han apropiado del Estado para mantenerlo en un conflicto anacrónico que el país debe superar.

Comercio exterior colombiano: tres décadas sin brújula.

Giovanny Cardona Montoya. Septiembre 9 de 2018.

 

El decreto-ley 444 de 1967 marcó un hito en las políticas de comercio exterior colombiano. Con la rúbrica de este decreto se formalizó, con claras directrices,  el modelo de Sustitución  de Importaciones acompasado de unas claras estrategias de Promoción de Exportaciones. Después en 1991, con las leyes 7a y 9a, se delineó el cambio de rumbo en el marco de una ola neoliberal que recorría el planeta. Sin embargo, mientras el decreto proteccionista  de hace medio siglo evidenciaba coherencia entre propósitos y estrategias, no se puede decir lo mismo de las decisiones tomadas por los gobiernos de la era de la “apertura económica“. Continuar leyendo

Nuestro presidente ideal: uno que gobierne para el futuro, no para su período.

Terminando este 2017 ya hay varios candidados que se lanzaron al agua de cara a las elecciones presidenciales de 2018. Y cada uno hace su oferta, tiene sus adeptos pero también detractores. No los vamos a juzgar en este blog. Sin embargo, quiero decirles a todos ellos que el mejor presidente sería aquel que no gobernara con vista miope.

Particularmente en materia económica ha sido evidente la improvisación y la falta de visión en los gobiernos de este país. Este es un país que cuatrenio tras cuatrenio intenta reinventarse con un proyecto improvisado sin ambiciones de largo plazo. Las evidencias más claras son las reformas fiscales -no hay presidente que no deje su huella de impuestos-, o los ministerios, especialmente de agricultura y educación, cuyas cabezas son moneda de cambio en cada crisis política.

Sin querer ser simplistas, y sin desconocer que la coyuntura siempre será un reto para cualquier gobernante, este país tiene tareas pendientes que, mientras no se enfrenten, nos mantendrán en el subdesarrollo. Necesitamos fortalecer las políticas de Estado y dejar de depender de componendas politiqueras de corto plazo.

Aquí destaco tres retos de largo plazo que si algún presidente enfrentara dejaría una huella imborrable:

1. Educación. Los esfuerzos que se han hecho han sido insuficientes. Para empezar, es necesario asegurar la alimentación, la salud, el afecto y la educación adecuada en la primera infancia; en esta edad nos jugamos la mitad de la tarea. Niños sin la nutrición suficiente ni la estimulación adecuada y oportuna tendrán muchas menores posibilidades de ser buenos bachilleres, ni qué decir, profesionales.

En la educación básica y media también hay tareas. Necesitamos que los mejores bachilleres deseen estudiar licenciaturas y hacerse maestros, que deseen prepararse para el cambio generacional de los actuales docentes. Pero no, ellos no ven en las aulas su futuro profesional, no les atrae, no les motiva, no les parece suficientemente lucrativo. Igualmente, requerimos un currículo más moderno que prepare a los estudiantes para la universidad y también para la vida adulta y responsable. Los actuales currículos enciclopédicos y anacrónicos sólo llenan de datos a nuestros jóvenes, pero no los entrenan ni los sensibilizan para que lideren la construcción de su futuro y el del país.

Y la cadena continúa con la educación superior. En la ampliación de cobertura aún hay muchas tareas, pero también en la calidad con pertinencia de futuro. Necesitamos currículos ambiciosos para una nueva gestión del campo, para proteger el medio ambiente, para innovar y para reconstruir tejido social en un país descocido por medio siglo de guerra.

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2. Pasar de una economía minera a una más moderna, innovadora y diversificada. Ya lo hemos explicado muchas veces en este blog: este es un país que se desindustrializa. Colombia hoy depende como nunca de las exportaciones mineras y, en cambio, ha debilitado su industria manufacturera y su agro.

No podemos seguir cerrando los ojos al futuro: Colombia no tiene reservas significativas de petróleo para fincar el desarrollo de largo plazo. El carbón comienza a ser vetado en grandes economías como Francia, Canadá o Alemania; ya 25 mercados importantes han colocado el 2030 como fecha límite para su prohibición. Del resto de la minería ni se hable: entre la informal y la legal están deteriorando las cuencas hídricas y están afectando las tierras cultivables.

Para diversificar nuestra capacidad productiva es necesario pensar en agroindustria, fortalecer los mercados internos incrementando la interdependencia entre las zonas rurales y las ciudades; hay que focalizarse hacia la innovación, reconociendo que las inversiones en I+D tienen que dejar de ser marginales. Mientras hay países que dedican entre 1% y2% del PIB a la investigación, Colombia apenas alcanza el 0.25%. Y aquí hay que conectar al sistema educativo con el aparato productivo.

La economía extractiva y rentista no tiene futuro. El medio ambiente ya nos está pasando factura, a la vez que las economías más exitosas (las que crecen y distribuyen más riqueza) se focalizan en la innovación y la agregación de valor.

3. Primero el ser humano. A las políticas económicas hay que darles un viraje de 180%. Qué la inflación preocupe más que el empleo, qué nos focalicemos en el crecimiento del PIB más que en el desarrollo socio-económico; o que queramos resolver con subsidios inviables las necesidades fundamentales de la gente (salud, educación, vivienda, etc.) son clara evidencia de que estamos confundidos en nuestras prioridades.

Empresas formales y empleos formales son una receta mágica para atender la gente y viabilizar sistemas como el de salud o el de pensiones. Son las personas trabajando y bien remuneradas una prioridad para resolver varios de los problemas estructurales de la economía colombiana. La informalidad laboral , los bajos salarios y el desempleo son razones de primer orden para explicar la crisis de las EPS, el ruinoso costo del Sisben y la deprimente realidad de que la mayoría de los colombianos en edad de retiro no recibirán mesada de jubilación en los próximos lustros.

La economía tiene sentido si está al servicio de la gente; a la vez que es la gente la que hace realidad el desarrollo económico. Hay que invertir en y para la gente. Eso no es difícil de entender.

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Tal vez en una época de redes sociales y de apariencias estos retos no estarán en la agenda de los gobernantes, ya que sus resultados no se verán en el corto plazo y ni darán rédito político (léase votos). Así, por ejemplo, si un gobernante quiere que Colombia mejore sus resultados en las pruebas PISA, entonces sabe que deberá invertir en primera infancia para que se obtengan éxitos 15 años después. ¿Quién se atrevería?

Un verdadero estadista será aquel que vea a Colombia con ojos de futuro, no con cálculos electoreros.

 

 

 

Poner los ojos en las cadenas de valor, no en las mipymes aisladas.

“Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad.” (Goebbels, tal vez)

Esta frase, atribuida -pero sin confirmar- al político nazi, me sirve de entradilla para reflexionar acerca de uno de los “lugares comunes” cuando de política económica se trata: el papel de la mipyme como motor del desarrollo venidero.

No hay campaña política ni proyecto académico que no ponga el foco en las micro, pequeñas y medianas empresas para argumentar estrategias que generen mayores niveles de bienestar a través del fomento a estas unidades económicas. Y este discurso se repite tan reiteradamente que hemos terminado por creerlo. ¿Por qué dudo de éste?

1. Las mipymes, una categoría inútil.

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En la misma canasta estamos colocando empresas que tienen menos de 10 empleados con otras que tienen hasta 199. O sea, primero considero necesario llamar la atención sobre la inutilidad o, incluso, el sentido perverso de pensar en programas, proyectos o estrategias que sirvan tanto a las microempresas como a las medianas empresas. Si revisamos las diferencias de tamaño (en número de trabajadores, de activos o de ventas) nos daremos cuenta que los problemas de los que adolece la microempresa de lejos se diferencian de aquellos que tiene la mediana empresa e, incluso, muchas de las pequeñas (estas últimas entre 10 y 49 trabajadores).

En síntesis, para empezar, debemos diferenciar a la microempresa de la pyme; reconocer dos subgrupos con capacidades, retos e intereses diferentes. Incluso, las microempresas representan entre el 85 y el 90% de las organizaciones productivas en los diferentes países. De otro lado, la pyme equivale al 10-14%, mientras el resto del escenario lo ocupan las grandes empresas.

Por lo anterior, si asumieramos que el potencial de desarrollo de una economía no se encuentra en la gran empresa, sino en las unidades económicas más pequeñas, deberiamos empezar por diferenciarlas, reconociendo particularidades en la microempresa que no son parte de la realidad de la pequeña y menos de la mediana empresa. Esta separación es necesaria para establecer políticas de fomento con un mayor potencial de impacto.

2. El desarrollo económico no depende del tamaño de las empresas sino de las relaciones entre las mismas.

Hay tres categorías económicas que se deberían reflexionar: la economía en la base de la pirámide, las cadenas globales de valor y los clusters.

La economía en la base de la pirámide hace referencia a cerca de 2 mil millones de personas que viven con dos dólares o menos al día (en datos de Prahalad), a lo largo y ancho del planeta. Esta es la población de la economía informal, del rebusque y del subempleo (ver a Hernando de Soto). En gran medida su economía conecta frágil y marginalmente -o no conecta-, con los hilos de la economía formal e industrializada. Con esta premisa quiero señalar que lograr llevar a los informales a los circuitos económicos formales puede ser uno de los mayores motores para sacar a un país de la pobreza y el subdesarrollo.

El fenómeno de la conexión interempresarial a nivel mundial se denomina Cadenas Globales de Valor. La evolución científica y tecnológica nos ha llevado a un nivel de especialización tan profundo, que hace que las empresas no hagan productos, sino tareas en una cadena interempresarial de producción. Cualquier bien manufacturado que conozcas está lleno de componentes hechos en diferentes fábricas, los cuales fueron ensamblados en México, Turquía o China, probablemente. Estas cadenas conectan a grandes empresas, con pequeñas y medianas. El factor de éxito consiste en ser portador de altos niveles de valor agregado en la cadena global.

comercio de tareas

Pero como se trata es de cadenas que se pueden desarrollar conscientemente, con una participación inteligente de las organizaciones productivas, entonces, existen los clusters. Estos son enlaces estratégicos de empresas en una cadena de valor aunada a organizaciones de soporte, como los bancos, las universidades y las entidades de fomente, todo con el fin de fortalecer el desarrollo de un territorio determinado.

Los clusters son una estrategia de fomento empresarial con fines territoriales. Es un camino que puede recorrer un país o regiones del mismo, para lograr el desarrollo social y económico, y en su dinámica y estructura pueden y deben participar microempresas y pymes, jalonadas por el potencial de las grandes empresas.

3. A modo de conclusión.

La mipyme no existe. Existen de un lado las microempresas y, del otro, pymes con una estructura organizacional más o menos elaborada. La microempresa hace parte, en gran medida, del submundo de la informalidad y del subempleo; mientras que la mipyme hace parte de la economía formal. Los programas de fomento deben entender estas diferencias y atender las empresas de acuerdo a sus realidades.

Pero, de otro lado, la superespecialización derivada de los desarrollos en ciencia y tecnología exige una integración interempresarial para alcanzar la competitividad, ya que, muchas empresas sólo se dedican a la labor de diseño y gestión de marca, mientras otras a la manufacturación o a la de distribucion y comercialización.

En síntesis, es necesario que se aprenda a visualizar la microempresa con sus retos, diferenciándola de la pyme. Pero, más importante aún es desarrollar estrategias de integración empresarial, tanto a nivel vertical (cadenas de valor) como horizontal (como los Prodes que desarrolla ACOPI), para impulsar procesos de transformación territorial y bienestar de sus habitantes.

 

 

 

 

 

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