Covid desnuda las debilidades de la ONU y del Sistema de Cooperación Internacional.

Giovanny Cardona Montoya, julio 5 de 2020.

 

En 1944 fue Bretton Woods; en 1945, San Francisco y en 1947, La Habana. La arquitectura de la cooperación internacional post segunda guerra mundial nació en esas tres conferencias. El Sistema de las Naciones Unidas, las instituciones FMI-BIRF y el binomio GATT-OMC fueron erigidos con el propósito de asegurar el desarrollo y la convivencia pacífica entre las naciones, la estabilidad del sistema monetario internacional y un comercio con reglas transparentes y previsibles para los gobiernos y las empresas.

La arquitectura de la cooperación internacional, a pesar de sus críticos.

Por décadas, los teóricos de las relaciones internacionales han debatido acerca de los principios rectores, la eficiencia y la pertinencia de la actual arquitectura de la cooperación internacional. Algunos positivistas ven en la Asamblea General de la ONU el espíritu de “los 14 puntos de Wilson”, mientras los padres de la Realpolitik tienden a endilgarle al Consejo de Seguridad la condición de escenario de negoción entre potencias en un mundo claramente polarizado.

Las instituciones de Bretton Woods (el FMI y el Banco Mundial) tampoco se libran de cuestonamientos teóricos y de señalamientos por parte de movimientos sociales. Los partidos que se ubican del centro a la izquierda del espectro político (laboristas, sociademócratas, verdes y comunistas) tienden a ver al FMI como instrumento para la defensa de los intereses de las grandes potencias y particularmente de sus bancos multinacionales.

El sistema GATT-OMC ha sido duramente criticado por los pensadores de la teoría de la dependencia (Cardoso, Faletto y los cepalinos de los 60s y 70s) por concebirse como un instrumento que facilita a las naciones del Centro acceder a los mercados y a los insumos de la Periferia, condenando a estos últimos a la condición de productores de materias primas.

De hecho, el Sistema Generalizado de Preferencias (SGP) nació como un reclamo del G-77 en el marco de la UNCTAD, al considerar que la Cláusula de la Nación Más Favorecida pone a desiguales a competir en condiciones iguales, lo que desdice de la realidad del mundo en el que conviven naciones industrializadas, economías emergentes, otros países en vía de desarrollo y aquellos que parecieran inevitablemente condenados a la pobreza -las Naciones Menos Avanzadas-.

La arquitectura de la cooperación internacional, que nació con el final de la segunda guerra mundial y que buscaba aprender las lecciones de los errores cometidos durante la primera mitad del siglo XX, se ha transformado a lo largo de las décadas y, a pesar de las críticas (conceptuales y socio-políticas), ha mantenido cierto nivel de legitimidad…hasta ahora.

Relación dialéctica entre la globalización y el Sistema de Cooperación Internacional.

Tal vez los defensores del Sistema de Cooperación Internacional puedan esgrimir como su mayor logro el auge de la globalización, entendida esta última como un proceso continuo de unificación y homogeneización de mercados y culturas. Muchos eventos dan cuenta que en los últimos 30 años los habitantes del planeta vivimos más juntos (viajamos más, vivimos más conectados) y más integrados -usamos microsoft, consumimos Hollywood, vemos el mundial de fútbol, compramos en Amazon, hablamos inglés-.

Pero obviamente, la realidad no es tan simple. No somos tan homogéneos, no estamos tan integrados y, peor aún, la globalización no es muy justa en la distribución de beneficios y costos.La pésima distribución de la riqueza mundial  (G-7 +3 produce el 66,5% del PIB mundial) y la gradual desaparición de manifestaciones culturales de pueblos y naciones del “Sur”, dan cuenta de una muy inequitativa globalización.

Eso sí, la globalización de los mercados financieros, de bienes industriales y de servicios es una realidad. El FMI y el sistema GATT-OMC (reforzado este último por los TLC), han facilitado la expansión del comercio mundial y del mercado global de capitales.

Ahora, hay que reconocer que existen avances en dimensiones que inciden positivamente en el desarrollo humano y social. Algunos críticos podrán señalar -no sin razón- que no es suficiente, que se ha privilegiado el lucro privado por encima del bienestar social; pero en una línea de tiempo se puede demostrar que el planeta en general -aunque con diferentes niveles de logro entre regiones- ha avanzado, en parte gracias a la globalización y a la cooperación internacional. Los números no mienten.

Datos estimados entre 1800 y 2015

Pero la globalización, con sus aportes y sus defectos, tiene en su naturaleza un principio que le es inherente:

“todo lo que sucede en un lugar impacta al planeta entero; por lo tanto, nada tiene una solución exclusivamente local.”

Ahora, el coronavirus.

Todo indica que nace en un lugar determinado -Wuhan, China-, pero en seis meses (entre noviembre y abril)  invade el planeta. La globalización -viajes internacionales en este caso- acelera el proceso de contagio a nivel planetario. Las consecuencias son amplias y diversas: contagios crecientes, colapso de los sistemas sanitarios locales y muerte de la población más vulnerable. No hay vacuna, por ende, es enorme la incertidumbre sobre la posible duración de la pandemia. Hasta ahí las consecuencias más evidentes.

Pero esta es la pandemia más compleja que ha vivido el planeta como un todo. Aunque hasta ahora los números de víctimas no superan a los de otras pandemias, las dimensiones globales de la crisis sanitaria en tan corto tiempo, son únicas en la historia moderna. De ahí las otras consecuencias.

La mayoría de los países del planeta han tenido que hacer cuarentena y cerrar empresas o diezmar servicios. Se ha deprimido la economía mundial; se estima que la recesión global y el desempleo a finales de 2020 serán comparables con las peores crisis económicas vividas en el siglo XX, incluida la de 1929-1933.

Adicionalmente, casi que se han paralizado los sistemas educativos. Hoy las escuelas y universidades intentan dar continuidad a los procesos formativos a través de la comunicación remota. Pero las evidencias señalan que no había una preparación pedagógica por parte de la mayoría de los docentes, los estudiantes no estaban emocionalmente dispuestos y las inequidades socio-económicas imposibilitan que grandes porcentajes de la población puedan acceder a esta educación por falta de recursos tecnológicos (sin conectividad, sin computador).

Y hay más preocupaciones: crisis emocionales de personas y familias por el encierro y la incertidumbre, dificultades para realizar procesos electorales, limitaciones para que las personas realicen actividad física, pérdida de libertades de los individuos sobre la base de cuidar la vida y la salud de la población, etc.

El problema es global pero la solución se está dando localmente.

La OMS trata de mantener su rol de ente rector para enfrentar la pandemia pero, más allá de dar lineamientos y recomendaciones en materia de salud pública -no sin debates-, su participación es marginal. El problema se está resolviendo en cada país y en cada localidad, según los niveles de autonomía que establezcan las constituciones políticas de cada nación. Así, ha sido caótico el manejo de la pandemia en Estados Unidos, en parte por las disputas entre la Casa Blanca y los gobernantes de cada Estado.

Por lo tanto, la primera cuestión fue la ausencia de concertación para haber frenado o desacelerado la expansión de un virus que fue detectado en un territorio específico. Cada país tomó sus decisiones haciendo lecturas particulares de la situación internacional y de las capacidades y riesgos locales. En otras palabras, el orden multilateral ha sido débil en materia ejecutiva.

Y esta debilidad hace temer por lo que será la implementación de la solución cuando se descubra la vacuna. ¿Se tendrá el orden más adecuado para producir, distribuir y aplicar, de modo tal que se tenga eficiencia y equidad? La ineficiencia y la inequidad en el proceso de vacunación no sólo afectará a los países más pobres. Este es un virus muy “globalizado”, si no se le atiende con ojos planetarios, todos los países correrán el riesgo de una nueva recaída.

Pero lo multilateral no sólo se ve débil en materia sanitaria. La mayoría de los países, de manera unilateral, están flexibilizando las políticas monetarias y la regla fiscal; hay problemas y retos en materia aeronáutica; el año escolar será cuasi-fallido en muchos países, el comercio mundial probablemente vea una nueva ola de neo-proteccionismo, etc.

Un ejemplo muy palpable de extensa y profunda interdependencia es el económico. Cada país ha venido reactivando sus sectores económicas de acuerdo a la evolución de los indicadores sanitarios locales (curva de contagios y fallecidos por coronavirus). Pero la conexión intersectorial es una de las realidades más significativas de la globalización: ninguna empresa hace un producto completo, sino que, depende de proveedores a lo largo y ancho del planeta.

cadenas globales de valor, un avion

Las Cadenas Globales de Valor y el Comercio Mundial de Tareas son la característica más significativa de los procesos productivos en tiempos de la globalización. Por lo tanto, si no se da una coordinación intersectorial -nacional e internacional- la reanimación del ciclo económico será lenta e ineficiente. De nada le sirve a una empresa que su gobierno le autorice a reiniciar labores si sus proveedores no pueden hacerlo o si no hay vuelos programados que transporten los insumos de un lugar a otro. La ausencia de coordinación multilateral pasa cuenta de cobro con consecuencias notorias en la recuperación del empleo.

De la ONU para abajo, el espíritu de La Carta de San Francisco brilla por su ausencia. Bajo el principio de “sálvese quien pueda”, las decisiones locales se imponen, con una frágil excepción en el concierto de la Unión Europea.

El coronavirus ha desnudado las debilidades de la arquitectura del Sistema de Cooperación Internacional. Casi nada se está resolviendo de manera concertada y es muy probable que cierto nivel de autarquia y proteccionismo emerjan en el mundo post-pandemia.

El actual Sistema de Cooperación Internacional se erige sobre pilares de barro. Los intereses mezquinos de ciertos países, reflejados, por ejemplo, en las constantes amenazas de Estados Unidos para desfinanciar a la ONU, a la UNESCO, a la OMS o a cualquier organismo que le sea contrario a sus intereses, así lo demuestran. De igual manera, la naturaleza depredadora del sistema socio-económico imperante no permite a la cooperación internacional de carácter multilateral asumir un protagonismo verdaderamente relevante y trascendental.

En pocos meses el covid-19 nos ha recordado -como lo han hecho  a lo largo de las décadas, la carrera armamentista nuclear y el calentamiento global- que la extinción de la especie humana sí es posible, pero que la solución en gran medida está en nuestras manos. Y dicha solución, en un mundo globalizado, depende de la capacidad de concertación multilateral en función de propósitos superiores.

Pero el actual Sistema de Cooperación Internacional aún se nutre del espíritu insolidario de la desaparecida guerra fría y de la soberbia antropocéntrica de siglos pasados. Esta no es una arquitectura adecuada para el siglo XXI; sus principios no se derivan de los retos compartidos de la humanidad y del planeta.

Brexit o por qué la integración regional no es tan simple

Giovanny Cardona Montoya

Marzo 31 de 2019.

 

Desde que la economía de mercado se consolidó en el planeta en el marco de la revolución industrial y de las expansiones empresariales de los europeos hacia los continentes del Sur -África y Asia- a mediados y finales del siglo XIX, el mundo se ha divido -mal que bien- en países industrializados y naciones subdesarrolladas. El desarrollo económico norteamericano y el rezago de las naciones latinoamericanas desde su independencia a comienzos del siglo XIX, completan el mapa al que nos referimos.

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Lupa Empresarial: Integración y Cooperación Internacional

Acaba de ver la luz, el  número 14 de la Revista Lupa Empresarial de CEIPA. En esta oportunidad, la publicación presenta varios artículos que reflexionan sobre diversas experiencias relacionadas con la internacionalización de las empresas y con la dinámica de los organismos internacionales que se han gestado en la dinámica de la globalización.

Llaman la atención los artículos presentados por las analistas Pamela Curvale y Cynthia Cabrol, quienes desnudan algunos de los mayores retos que enfrentan los procesos de integración y cooperación de las naciones en vía de desarrollo y, particularmente, en América Latina.

De un lado, la llamada Cooperación Sur-Sur debe superar grandes barreras asociadas a la debilidad institucional, la falta de experiencia y la ausencia de una tradición fuerte en integración entre países subdesarrollados. Por otra parte, se muestran las debilidades del Mercosur, ya que sus integrantres son renuentes a abrir camino a niveles de supranacionalidad.

De otro lado, aparecen dos artículos de corte jurídico: sobre Propiedad Intelectual y Derechos de Autor. La Dra. Rocío González estudia la importancia del tema en las pymes, a la vez que la licenciada argentina Lina Hartel presenta un análisis sobre los retos que enfrenta el sistema multilateral que se ocupa de los ADPIC, cuando el objeto de negociación tiene que ver con la cobertura global en salud pública y el acceso a los medicamentos.

Por último, se presenta una reseña literaria del libro de Antoine Van Agtmael, “El siglo de los mercados emergentes”, el cual hace una revisión integral de los factores que podrían explicar el éxito de empresas que nacieron en países en vía de desarrollo exitosos, como los BRIC, Argentina, Corea, Suráfrica o México, entre otros.

 

Globalización Financiera: retos para países subdesarrollados

Mientras el Norte desarrollado trata de salir de la crisis en la que se halla inmerso – la cual nos puede ser contagiada- vamos a dedicarle unas líneas a una perspectiva más de largo plazo de lo que sucede en los países en vía de desarrollo en esta dinámica de los mercados internacionales de capitales.

Una condición necesaria para que una economía crezca es la existencia de recursos financieros que permitan la creación de nueva industria -fábricas, pozos petroleros, etc.- y la construcción de obras de infraestructura.  La primera fuente de recursos para ello debería ser el ahorro doméstico: el ahorro de las familias y el recaudo de impuestos.

Sin embargo, una característica de muchas economías subdesarrolladas es precisamente la falta de ahorro interno. Ya a comienzos de este siglo se notaba una gran debilidad en este frente. Según estudios de banqueros hispanoamericanos, para 2003 la banca sólo capturaba el 23% del PIB, exceptuando Chile que llegaba al 40%. Este dato se complementa con una cifra concreta: mientras el ahorro en América Latina equivalía al 20% del PIB, en el este asiático este indicador llegaba al 35%.

Es por ello que nuestras economías requieren  de capitales extranjeros para estimular la inversión y el crecimiento, ya sea en forma de Inversión Extranjera Directa (IED) o de Portafolio, Créditos Internacionales o Ayuda Oficial para el Desarrollo –AOD- (recursos de cooperación internacional) (ver gráfico de Capitales Internacionales para el Desarrollo).

Estos recursos tienen diferentes orígenes, características y destinos. La AOD son recursos subsidiados (donaciones, préstamos a tasas preferenciales, etc.) que tienen un menor costo para los países receptores. Igualmente, la IED tiende a ser fuente de recursos de largo plazo que se destinan a la creación de infraestructura e industria.

De otro lado, los créditos de la banca privada son más onerosos que los de bancos públicos o de instituciones multilaterales como el BID, el BM o la CAF, etc., los cuales tienen entre sus objetivos promover el desarrollo. Generalmente las instituciones privadas cobran tasas de interés más altas, prestan a plazos más cortos y ofrecen menores períodos de gracia (tiempo muerto para amortizaciones).

Los capitales de portafolio son recursos de corto plazo, necesarios para asegurar la liquidez de los mercados financieros pero sumamente volátiles. A cualquier señal de crisis económica o política, los inversores de estos capitales salen a la venta de sus activos financieros y buscan otros refugios.

Según este gráfico, con el  transcurso de los años, la AOD ha ido perdiendo peso dentro de las fuentes de financiación para el desarrollo. Si bien, los países industrializados se han comprometido a dedicar el 0,7% de su PIB para la AOD, la realidad es que la mayoría de ellos no cumple este compromiso y, como se ve en el gráfico, la participación de este rubro ha caído significativamente. En cambio se destaca la creciente participación de las Inversiones de Portafolio y de la IED. Si bien los capitales de portafolio preocupan por su volatilidad, la IED genera grandes expectativas por su tradicional carácter de inversión productiva.

IED y sus efectos sobre el desarrollo: la economía mundial ha transferido al sector privado la mayor responsabilidad como ente generador de recursos para el desarrollo. La AOD ha sido reemplazada gradualmente por los recursos del mercado privado de capitales. En este marco, la IED genera grandes expectativas. Veamos la realidad:

Este gráfico del profesor chileno Ricardo Ffrench Davis  (presentado en el curso de Integración Regional en la Universidad de Barcelona, 2005) muestra  unos datos  críticos bastante contundentes: mientras en el período 1983 – 2002, la IED en el mundo creció casi 12 veces -ver (b)-, el PIB mundial sólo lo hizo en 70% -no alcanzó si quiera a duplicarse.- Entonces, surge la pregunta de por qué una expansión tan importante de los flujos financieros de largo plazo alrededor del mundo no se traduce en mayores tasas de crecimiento económico.

La falta de eficiencia de la IED como generadora de crecimiento se explica en la última columna de la derecha (c) donde se evidencia que aproximadamente 2/3 partes de estos recursos se fueron a fusiones y adquisiciones (F&A), o sea a la compra de industrias ya existentes y no a  la generación de nuevas empresas. Para graficar este dato digamos que Sab Miller, la cervecera surafricana compró Bavaria con una inversión de seis mil millones de dólares. Esta es una IED que no generó una nueva industria,  sino que simplemente continuó con una tendencia la economía mundial: fusión de bancos, integración de aerolíneas, monopolización de servicios de telefonía, etc.

Colombia es un país que en las últimas dos décadas se ha convertido en un mercado atractivo para los capitales extranjeros, particularmente IED. La tarea central del gobierno es asegurarse que lleguen recursos financieros de largo plazo no sólo para la extracción minera (que es muy importante) o para la compra de supermercados ya existentes en el país, sino que incursionen en sectores de nueva industria, particularmente aquellos relacionados con la tecnología de punta y, muy especialmente, en el campo y la agroindustria.

Cada país tiene sus particularidades. Colombia tendría una gran oportunidad si lograra hacer competitivo al sector agroindustrial. Atraer recursos de IED y de AOD es una prioridad para resolver el enorme problema de la pobreza en el campo, a la vez que se incursiona en los mercados internacionales con productos competitivos de un sector que tiene un gran potencial para nuestro desarrollo.