Pequeña gran vida, de Alexander Payne

Un mundo encogido

Oswaldo Osorio

downsizing

Los problemas del mundo serían menos graves si las personas fueran más pequeñas. Esta es la premisa, entre audaz y divertida, que propone esta historia, pero la condición humana no permite que eso sea así de simple. Si bien reducir a unos pocos centímetros a alguien tendría unas consecuencias medioambientales y económicas, no todos estarían de acuerdo con hacerse pequeños y se hará patente la diferencia entre las personas de distintos tamaños. Entonces, lo que parece un juguetón argumento de ciencia ficción, termina planteando serias reflexiones sobre la vida y la sociedad.

Como casi todas las películas de Alexander Payne (Election, Nebraska, Las confesiones del Sr. Smitch, Entre copas), esta historia está protagonizada por un hombre torpe y pusilánime, un hombre que descubre una verdad gracias a las circunstancias y a quienes lo rodean. La diferencia con esta película es que esas circunstancias no solo tiene que ver con la cotidianidad, sino con una trama que implica el mundo entero, por lo que de ella se pueden desprender cuestiones éticas, políticas, ideológicas y medioambientales.

Cuando el protagonista decide reducirse a unos cuantos centímetros, nos lleva a un viaje a un nuevo mundo y una nueva sociedad, en donde parece que todo es mejor y más fácil. Pero la naturaleza humana lo complica todo. Empezando porque la idea es una utopía de científicos y humanistas, una utopía que, por definición, nunca podrá realizarse. Solo unos cuantos entusiastas creen en ella y actúan en consecuencia.

Pero la historia no solo trata sobre las desventuras de este hombrecito, en su camino se topa con situaciones y personajes que enriquecen y hacen más compleja la historia. Como la activista vietnamita, un personaje encantador y divertido que termina siendo el factor decisivo en la trama y en la vida del protagonista. Es un personaje construido con ingenio y agudeza, pues está definida por solapados contrastes: exteriormente vive en la pobreza, pero tiene una riqueza interior que toca a todo aquel que la conoce, y aparenta una dureza en el trato con las personas, pero en esencia es una mujer tierna y noble.

Esta es una de esas películas en las que no se sabe qué va a pasar al minuto siguiente, la originalidad de su trama y las cuestiones de fondo sobre las que reflexiona a partir de una premisa un poco absurda, la hacen una pieza atípica, incluso difícil de sintonizarse con el código que propone. Pero cuando se entiende la lógica de este diminuto universo, así como el torpe devenir de su protagonista hasta encontrar su verdad, es posible ver en ella una obra inteligente y estimulante.

La rueda de la fortuna, de Woody Allen

Drama, drama, drama

Oswaldo Osorio

ruedade

Es la misma película que tantas veces le hemos visto al célebre director neoyorquino, incluso con casi los mismos elementos de su último título, Café Society: cruzadas historias de amor y desamor, reconstrucción de época, incertidumbres existenciales y una subtrama de gangsters que mueve parte del relato; no obstante, la diferencia está en que esta tiene un código definido: la reflexión sobre el drama, especialmente el teatral, la cual articula la narración y hasta determina el argumento.

Como muchos relatos de metaficción, este comienza hablando del relato mismo, plantea las reglas del juego y sus características para, de inmediato, ilustrarlas o ponerlas en práctica.
Inicia con un narrador, que al mismo tiempo es un personaje, un salvavidas de Coney Island en 1950. Él habla del drama, está estudiando para ser escritor y referencia constantemente autores como Eugene O’Neill. Es también quien presenta a los demás personajes y hace apuntes a medida que avanza el relato.

En esencia se trata de la historia de Ginny, una mujer de cuarenta años, quien se ve renovada por el amor con el joven salvavidas, pero que luego tiene que afrontar el desmoronamiento de su mundo. Un matrimonio infeliz, su hijo pirómano, la hijastra que le quitará a su novio, el constante dolor de cabeza, el riesgo de volver a la bebida  y la culpa de un asesinato que tal vez pudo evitar. Todo eso es mucho peso para una actriz frustrada que ahora es una simple mesera.

De manera que el drama en esta historia es acumulativo, al punto de convertirse en melodrama en su momento más crítico. Lo vemos en las emociones de los personajes, en sus conflictos, en la historia que nos cuentan y en las reflexiones que hace eventualmente el prospecto de escritor. También lo vemos en la luz, bellamente manejada por el gran Vittorio Storaro, quien juega constantemente con el contraste entre tonalidades doradas y azules pálidos, cambiando  alternadamente de acuerdo, no con el realismo de los espacios, sino con los estados de ánimo de la protagonista.

Humor, más bien poco, no era posible ante la premisa de reflexionar conscientemente sobre el drama. Lo que sí hay es esa sorprendente capacidad de Woody Allen de hablar de las mismas cosas, con los mismos personajes y situaciones pero, aun así, revelarnos emociones y sentimientos diferentes, al menos en su combinación e intensidad. La imagen final de la película da cuenta de ello, ese primer plano de Ginny en el que, en ese instante antes de irse al negro de los créditos, recapitulamos todo su viaje emocional y entendemos contundentemente lo que está sintiendo y de qué se trata el drama, tanto el de la ficción como el de la vida real.

 

Un amor inseparable, de Michael Showalter

De la comedia seria o el drama cómico

Oswaldo Osorio

bigsick

Para hablar de esta película, lo primero que habría que hacer sería cuestionar si realmente se trata de una comedia romántica, como muchos la están clasificando. Y es que, la verdad, parece más un drama que es protagonizado por un comediante y donde se cuenta una historia de amor, lo cual es muy diferente. Porque definir el género cinematográfico de una película puede determinar la intención que esta tiene y en qué medida logra de forma afortunada sus objetivos.

Si bien el relato empieza con el punto de partida básico de toda comedia romántica, esto es, “chico conoce chica”, su desarrollo no tiene tanto que ver con la batalla de los sexos y los enredos porque uno de los dos, o ambos, ocultan algo, que es la lógica de este incombustible género; sino que su desarrollo va por vía de dos grandes conflictos del todo contrarios al humor y al romance: una grave enfermedad y la imposibilidad de una unión por cuenta de las diferencias culturales.

El componente humorístico se da por el comediante paquistaní Kumail Nanjiani, quien la protagoniza y la coescribió con su novia Emily, justo la pareja de la que habla esta historia. Por eso el humor se presenta de manera tangencial y eventual, ya sea en el escenario de los comediantes o en los momentos en que el humor natural de su protagonista se filtra en la cotidianidad de quienes lo rodean. Un humor “serio”, ingenioso y cáustico. Por lo demás, drama, drama, drama.

¿Porque qué más dramático que un paquistaní sea expulsado de su familia por amar a una mujer que no es de su cultura? Se trata, entonces, de escoger entre la familia y el amor verdadero. ¿O qué tal una rara y grave enfermedad que ponga en vilo a los padres y al novio de una joven mujer? Es la amenaza de la muerte del ser más importante en la vida de ellos, con todas las consecuencias emocionales que esto conlleva.

Ambos conflictos permiten hacer amplias reflexiones, más que sobre el amor, sobre el concepto de familia, tanto desde el punto de vista paquistaní como estadounidense. El radicalismo de las costumbres de aquella cultura del medio oriente pone a prueba la condición del “mestizo” y la mirada del otro ante lo que parece una tradición sin sentido que pierde todo su fundamento cuando se quiere aplicar en Occidente. Mientras que la enfermedad une a la familia y saca lo mejor de ella.

Sin ser una comedia romántica, entonces, esta película juega con ese doble y aparentemente contradictorio componente: el peso del drama con su doble conflicto y el humor que despliega en sus intersticios. Es una apuesta audaz que solo por momentos no funciona, en especial cuando uno parece estar acomodándose al ambiente cómico, pero se nos vienen encima todos esos onerosos y casi insalvables problemas. Por eso es una historia tan desconcertante como estimulante, y eso siempre es bueno en el cine, que tanto tiende a apegarse a los esquemas y a las fórmulas.

Graduación, de Cristian Mungiu

Ética para Eliza

Oswaldo Osorio

graduacion

Hay personas para quienes la razón de ser es dar todo por sus hijos, por lo que en procura de su bienestar, cuidado y educación, en algún momento, pueden traspasar los límites de la sobre protección, cuando no de las conductas obsesivas, malsanas o incluso reprochables ética o moralmente. Esta película rumana se mueve entre esas posibilidades y lo hace a partir de un relato sencillo y realista, que flirtea de fondo con elementos propios del thriller.

El director de 4 meses, 3 semanas, 2 días (2007) regresa a hablarnos de una situación aparentemente más cotidiana y menos truculenta que un aborto clandestino. Esta vez es sobre una joven, Eliza, quien a punto de empezar sus exámenes para graduarse es agredida en un intento de violación. Esta situación desencadena una trama de arreglos subterfugios, vergonzosas complicidades y crisis familiares.

Lo único que tiene presente su padre, casi hasta la obsesión, es que Eliza saque las mejores calificaciones para que pueda irse a Londres a estudiar con una beca. Pero el impase de su hija lo empuja a mover influencias para alcanzar esta meta. Entonces aparece un fuerte conflicto ético entre quienes están a  favor y en contra de conseguir tal cometido con ese tipo de maniobras.

De manera que el relato, que siempre está contado desde el punto de vista del padre, evidencia esa paradoja en la que un hombre, un médico para más señas, que siempre ha sido honesto y busca un fin tan loable como la buena educación de su hija, casi inadvertidamente termine trasgrediendo las más básicas normas éticas y hasta incurra en actos ilegales. Esta paradoja se hace aún más fuerte cuando es la propia Eliza quien cuestiona tal contradicción en su formación.

Se trata de un relato que transcurre sin muchos sobresaltos en lo que parece la cotidianidad de este hombre y sus allegados solucionando un problema importante. No obstante, y esta es tal vez la principal virtud de la película, con una sutileza casi imperceptible, tanto el protagonista como esos allegados, van perdiéndose más y más en la enmarañada dinámica de complicidades y tráfico de influencias, en medio de la cual todos se declaran honestos y trasparentes, pero que solo ceden porque es por un bien mayor o porque así ayudan a alguien más. Es esa falta de “mala intención” y de cinismo en el dolo que están llevando a cabo lo que resulta más inquietante y revelador de esta historia y sus personajes, de un director que, nuevamente, aunque esté hablando de individuos, en general está develando y cuestionando un estado de cosas al parecer generalizado en su país.

La melodía, de Rachid Hami

La música siempre salva

Oswaldo Osorio

melodia

Mr. Holland’s Opus (1995), Música para el corazón (1999), Los coristas (2004) y August Rush (2007) son solo algunas películas de una larguísima lista que se podría hacer entre las que comparten el mismo tema y argumento de esta pieza de Rachid Hami: El arte, y específicamente la música, como el vehículo por medio del cual un entusiasta maestro redime a un joven o a un grupo de jóvenes de su marginalidad o falta de oportunidades. La mayoría de ellos suelen ser relatos sensibleros y predecibles, así como aleccionantes.

Esta película francesa tiene algo de todo esto, sobre todo que casi desde el principio se sabe cómo va a terminar, pero por distintas razones, esto no parece importar mucho a la hora de presenciar esta película, en especial porque su director sabe encontrar el tono adecuado para no caer en facilismos emocionales o artificios dramáticos en su trama o personajes. Están los conflictos de siempre, sobre todo la tensión entre el nuevo profesor y los niños problema, pero también hay otros elementos, como el humor y la reflexión sobre la vocación de enseñar, que matizan esos conflictos obvios.

Simon es un violinista profesional que termina dando clase en una escuela de la periferia parisina. Algunos entre el grupo de jóvenes están urgidos de ejercer su rebeldía y hasta el irrespeto, tanto para con sus profesores como para con sus compañeros, por lo que tratar de enseñarles el difícil arte de tocar violín parece una empresa inviable. Pero la historia plantea como recurso concentrarse en un niño con una especial dedicación y pasión por este instrumento, con lo que funge de guía del grupo y por lo que el relato se sale de los transitados caminos de todas esas películas similares a las citadas al principio.

El carácter callado y ensimismado de la pareja protagónica, el maestro y el niño más adelantado, es otro elemento que contribuye a definir ese tono diferencial de esta película. Hay en ellos una suerte de melancolía, por la música y la familia, que determina el ritmo y la atmósfera de las escenas, además de que causa una emotiva conexión y empatía entre ellos, al punto de poder presenciar la sutil forma en que va naciendo y fortaleciéndose una honesta amistad entre ellos.

 

 

 

También se le agradece a esta historia que no haya tenido que recurrir a problemas sociales de fondo para potenciar el drama, como casi siempre ocurre en este esquema cuando se habla de una comunidad de alguna forma marginal. Aquí ese drama y conflicto se da por cuenta de la naturaleza y forma de ser de los personajes, así como de las volubles relaciones entre ellos. Incluso cuando recurren a un conflicto externo (el incendio), es para introducir a las familias de los niños en la ecuación y desarrollar otra línea de reflexión sobre la necesidad e importancia del arte en la formación de los jóvenes, con lo que acaba por redondearse esta película que, a pesar de su tema recurrente, termina siendo emotiva y encantadora.

Canción de Iguaque, de Juan Manuel Benavides

De la sanación espiritual

Oswaldo Osorio

iguaque

Dicen que el cine sana, y esta colateral función del sétimo arte se potencia con películas que tienen como tema la sanación misma y que hacen de ella la lógica que articula su discurso y recursos, como ocurre en esta propuesta de Juan Manuel Benavides. Pero el problema es que un relato no se puede concentrar tanto en su objetivo de fondo al punto de descuidar la solidez y pertinencia de los medios usados para ratificarlo. Esto es lo que sucede con esta película, la cual, a pesar de sus virtudes en diversos aspectos, termina flaqueando en la narración y el tono que requerían su tema.

Es la historia de Roble, un hombre que aparentemente tiene una vida espiritual y centrada en los valores de la naturaleza y alejado del consumismo. Pero cuando conoce a Xue, una mujer citadina y de clase alta, su mundo comienza a transformarse y se revela quien verdaderamente es, un ser débil de carácter, conflictivo y que arrastra unos traumas de infancia que tienden a reflejarse en su comportamiento.

Vista en perspectiva, la película tiene claro su arco narrativo y dramático, así como ese objetivo final, el de la sanación espiritual. No obstante, es cuando se miran sus elementos constitutivos y los procedimientos y resortes usados para construir ese arco que evidencia unos recursos gratuitos, cuando no inconsecuentes. El primer resorte es, por supuesto, la llegada de Xue, que no solo es la forma más obvia de poner en conflicto a su protagonista, sino que resulta artificial su naturaleza de chica de sociedad jugando a ser jipi (¿Dónde parquea su mercedes mientras tanto?).

Igual de artificial y gratuito es el detonante que usan para crear el conflicto entre la pareja. La mano del guionista se ve groseramente cuando pone y quita a un tercer personaje para inventarse el drama que luego será la base del resto de la película: la mano herida y el abandono de Xue. De la misma forma, se “saca de la manga” a una especie de chamán que los espera a la salida del hospital donde no los atendieron por falta de EPS, y lo mismo sucede cuando, casualmente, él llega a la casa de la mujer que finalmente lo someterá al último proceso de sanación.

Lo que sí sabe aprovechar muy bien esta película son las posibilidades del paisaje y la naturaleza para construir una atmósfera visual bella y estimulante, además de consecuente con su tema e historia. Aunque de nuevo cae en excesos y artificios con su banda sonora, la cual está siempre recalcando lo natural y ancestral, cuando no lo melodramático, porque los recursos del melodrama también intervienen en el relato y con ello se distrae del tono contemplativo, espiritual y sosegado que procura sostener y le es más afín, pero que en últimas se desdibuja ante tanto elemento gratuito y forzado.

La boda, de Stephan Streker

De la tradición y la injusticia

Oswaldo Osorio

boda

Es sabido que, en pleno siglo XXI, en muchas culturas aún se conservan prácticas y costumbres atávicas que, al menos por lo que a Occidente se refiere, van en contravía de las lógicas establecidas sobre asuntos como derechos humanos, autodeterminación o condición de género. En esta película belga se hace evidente eso porque las tradiciones de unos y la lógica civil de los otros coinciden en la historia de una joven que quiso hacerle frente a esta contradicción.

Zahira tiene 18 años y debe someterse a un matrimonio acordado, como lo dicta la tradición del país de origen de sus padres, Pakistán, aun cuando se encuentran en Bélgica. A pesar del auténtico amor que hay en su familia, con sus padres, sus dos hermanas y, especialmente, con su hermano, la imposición del matrimonio con un desconocido de Pakistán no está en discusión, sin importar las insistentes negativas de la joven por hacerlo.

El énfasis del relato está, precisamente, en ese contraste cultural y emocional que se revela en esta familia y, particularmente, en la situación de la joven, quien tiene la mentalidad de una ciudadana occidental, pero está atrapada y condenada por la tradición de su pueblo. Es como si su casa fuera un enclave del Pakistán ancestral en la Bélgica del siglo XXI. Y en ese sentido, esta es una de esas historias que verdaderamente cobra mayor fuerza cuando aparece esa leyenda que le anticipa al espectador que la película está basada en hechos reales.

No obstante, por más fuerte que sea el conflicto de esta joven y por más que se ponga en evidencia esta contradicción cultural, y sobre todo, con su impactante final, es un relato que termina siendo un tanto plano, un trámite para contar una anécdota de la que ya se prefigura su desenlace desde los primeros minutos. Es cierto que trata de plantear unos argumentos e ideas con fuerza, como el discurso de la hermana sobre la inevitabilidad de la injusticia, pero finalmente todo en su puesta en escena y desarrollo del relato termina siendo demasiado convencional y correcto.

Es una obra con un tema revelador e impactante, sin duda, pero el cine debe ser siempre mucho más que un argumento, y eso es lo que se echa de menos en este relato, que hay más anécdota que cine, y para conocer anécdotas, mejor leemos el periódico, que fue de donde el director sacó esta historia.

El seductor, de Sofia Coppola

Sustancia o estilo

Oswaldo Osorio

seductor

¿Qué ocurre si a un armónico mundo constituido solo por mujeres entra un hombre? Esta es la premisa de la historia de este filme y de la novela de Thomas P. Cullinan en que se basa. Lo que ocurre es que esa armonía desaparece y salen a flote conflictos y emociones de diversa índole. Claro, sucedería lo mismo si fuera un mundo de hombres con una mujer, pero en este caso es significativo que la directora sea Sofia Coppola, por toda la comprensión y sutileza que ha demostrado en su obra para con los universos femeninos.

Esa relación se puede demostrar claramente si se compara esta versión con la que hizo de la misma obra, en 1971, Don Siegel con Clint Eastwood (sí, los mismos de Harry el sucio), toda llena de acción y con el énfasis puesto en el intruso. Dos miradas a una misma historia que bien podrían servir para comparar esas diferencias entre lo masculino y lo femenino en distintos sentidos. No se puede decir que una es mejor que otra, solo tan diferentes como los hombres lo pueden ser de las mujeres.

Tampoco se puede decir que la una sea para ellas y la otra para ellos, porque ambas tienen cualidades que se pueden disfrutar dependiendo de lo que se busque en una película. La de Siegel derrocha en visceralidad y sexualidad lo que la de Coppola en creación de atmósferas y sutileza. El problema es que tanta atmósfera y sutileza corre el riesgo de quedarse apenas en un ejercicio estilístico, algo que ya se le había visto en una película como María Antonieta (2006).

Es por eso que lo más sobresaliente de esta película tiene que ver con aspectos formales, desde la perfecta locación, una mansión algodonada por la exuberante naturaleza del Sur en plena guerra de secesión estadounidense; pasando por el cuidado casi preciosista de la fotografía, especialmente en el manejo de una sugestiva y delicada iluminación y de unos cuidados encuadres; hasta las interpretaciones de un grupo de actrices y un actor que supieron entender la delicadeza que proponía esta puesta en escena.

Es por eso tal vez que Sofía Coppola obtuvo en Cannes el premio como mejor directora, porque es en la forma como está dispuesto, se ve y funciona este micro universo (nunca cruzan la cerca de la propiedad) en donde se encuentran las virtudes cinematográficas de este filme, no tanto en la forma del relato y las implicaciones éticas, emocionales y hasta históricas que podría tener este argumento.

Sin duda se trata de una bella y sutil película, un relato al que, escarbando un poco más, se le podrían hacer lecturas en torno al empoderamiento femenino o a las complejas consecuencias de la tensión sexual. No obstante, el estilo parece preponderar sobre la sustancia, y en ese sentido, también depende del tipo de espectador que prefiera lo uno o lo otro, aunque lo ideal sería, siempre, que una película pudiera tener ambos componentes.

El viaje, de  Nick Hamm

Las dimensiones del diálogo

Oswaldo Osorio

viaje

Para dialogar se necesitan dos, pero también una oportunidad para hacerlo. Esta película es sobre esa oportunidad histórica que podía acabar con una guerra civil de cuatro décadas en Irlanda del norte. La premisa inicial es muy básica: poner a conversar a dos enemigos, y la acción lo es más todavía: comparten un viaje de tan solo 84 kilómetros en un carro, y aun así, el director logra un relato dinámico, tenso, complejo y reflexivo.

Es el año 2006. Ian Paisley, ministro protestante y líder del Partido de la Unión Democrática, y Martin McGuiness, ex combatiente y líder del Partido Republicano Sinn Fein, son dos extremistas con una posición irreconciliable sobre al conflicto, sus razones y su odio frente al otro. Si bien estaban sentados en la mesa de negociaciones, estas poco o nada avanzaban ante los radicalismos de ambos bandos. Solo un arriesgado plan, mediado por el gobierno inglés, podía ser la esperanza para algún acercamiento.

El viaje que emprenden estos dos hombres no solo es el recorrido hacia un aeropuerto, sino también hacia las diversas posibilidades de un diálogo entre dos opositores que, de entrada, ni siquiera quieren conversar. Así que son las palabras y los argumentos donde se encuentra el drama, la acción, la construcción de personajes y el contexto de esta historia. Una interlocución que va desde la negación de la comunicación, pasando por la hostilidad y las recriminaciones, hasta la eventual empatía y la circunstancia de poder ver en el otro a un hombre con sus razones y no a un enemigo mortal.

El accidentado diálogo entre los dos líderes consigue exponer las distintas posiciones y puntos de vista de este conflicto, incluso reconstruir los momentos más críticos de esta confrontación. Es posible entender el radicalismo del predicador que reprocha todos los actos de violencia y terrorismo ejecutados por el IRA; así mismo, la necesidad de los insurgentes de obtener su libertad y derechos pagando el precio moral que exige una guerra; pero también, y sugerido con sutileza, la secreta urgencia de ambos por acordar la paz por el bien de todos.

Pero tal vez lo más duro de esta película es que, en últimas, a pesar de conseguir finalizar un conflicto largo y fratricida, no es una historia sobre la reconciliación, sino sobre política. Tal vez la reconciliación y el perdón llegarán paulatinamente a mediano o largo plazo, pero el mecanismo que logró un acuerdo fue la política, esto es, una negociación del poder. Es por eso que deja un sabor agridulce este histórico episodio, pues lo que se consiguió fue por intereses de poder inmediatos, pero también se consiguió porque dos hombres pudieron acercarse y conversar.

Esta historia resulta muy significativa en la coyuntura política que vive Colombia actualmente. Aunque ya está firmado el tratado de paz con la guerrilla, aún hay una incomunicación de los extremos que lo atacan y lo defienden. Son voces gritando desde orillas opuestas y que se desatienden mutuamente. Tal vez al país le falta eso que propone esta película: crear la oportunidad para que los hombres, y no las ideas radicales, se acerquen a hablar, aunque sea de sus intereses, pero buscando el bien común.

Blade Runner 2049, de Denis Villeneuve

Las lágrimas de los androides

Oswaldo Osorio

bladerunner2049

Es una osadía creativa y un riesgo económico hacer, 35 años después, una segunda parte de una de las películas más emblemáticas de la ciencia ficción y uno de los más grandes filmes de culto de todos los tiempos. En 1982 la cinta de Ridley Scott cambió este género cinematográfico, que andaba en peligro de infantilización con Star Wars, y lo hizo desde su propuesta estética, la complejidad en sus planteamientos éticos y su conexión con el cyberpunk.

Esta segunda parte continúa la historia, veintiún años después, con un cazador de androides (Blade Runner) que no tiene un trabajo tan simple como el de su antecesor, Richard Deckard, quien tenía que “retirar” a cuatro “replicantes” y solo hacia el final vislumbra ese componente humano de estos seres sintéticos, esbozando con ello la cuestión ética de los sentimientos de los replicantes que estaba planteada desde el texto de Philp K. Dick, autor de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

En esta segunda entrega, en cambio, de su protagonista, el agente K, de entrada sabemos que él mismo es un replicante y un Blade Runner, entonces en adelante todo es ambigüedad, tanto para para el agente como para el espectador, pues él y los otros seres que no son humanos están cargados de una serie de gestos y necesidades que se mezclan con el automatismo e insensibilidad de su naturaleza artificial.

Pero lo que hace más de tres décadas empezaba ser una reflexión ética novedosa y compleja sobre la inteligencia artificial, ahora sorprende muy poco porque ya estamos harto familiarizados con este tipo de personajes. Incluso, en esta película de Villeneuve, esa ambigüedad del androide con sentimientos termina siendo más bien un confuso comodín que juega con el espectador, pues nunca se establece bien los límites de la combinación humano – máquina, y en ese caso todo vale.

De otro lado, la base de la trama es, en esencia, simple: buscar a un niño que puede ser la clave en esa relación entre humanos y androides. Además, apela al esquema de ponerle perseguidores al perseguidor, y de esta forma mantiene dinámica esa trama y la provee de giros sorpresivos. Y todo esto se desarrolla en ese particular tono propuesto por la primera entrega, que es lo que resulta más atractivo de este título, un tono que tiene que ver con el pesimismo y oscuridad propios de las distopías y de la estética cyber punk, con la música de Zimmer y Fisch  que se inspira en la célebre banda sonora de Vangelis, con la sombría carga de un oficio condicionado por la muerte y, sobre todo, con esa pesadumbre causada por los dilemas de identidad personal y emocional de una máquina que parece un hombre.

De ninguna manera esta entrega es decepcionante frente a esa obra maestra que la precede, y ciertamente propone un giro adicional a esa cuestión ética sobre la inteligencia artificial (ese giro es la naturaleza y la identidad del niño). Pero sin duda ya han pasado muchas películas bajo el puente del primer Bade Runner, que no permiten que este nuevo título sea algo más que un estimulante émulo de aquella fascinante y aún vigente pieza de Ridley Scott.