Matar a Jesús, de Laura Mora

“Dispare con odio”

Oswaldo Osorio

matarjesus

La realidad, la violencia y la marginalidad siguen instaladas en el mejor cine de Medellín. Es tan inevitable como necesario que el cine (y no la televisión, con su tendencia a banalizarlo y glamurizarlo todo) continúe explorando y reflexionando sobre estos tópicos, con ese compromiso y cercanía que logra para entender la complejidad de unos personajes y su contexto, así como para trasmitirle al espectador, no solo una historia, sino casi una vivencia y un entendimiento más sensible de estas problemáticas. Continuar leyendo

Mudbound: El color de la guerra, de Dee Rees

Sucios, pobres y con odio

Oswaldo Osorio 

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Cuando los Estados Unidos apenas estaba saliendo de la Gran depresión económica de los años treinta, entró a la Segunda guerra mundial, mientras en regiones como el sur del país se cocía cada vez más ese odio y tensión racial que en menos de veinte años estallaría con violencia. Este es el contexto en el que se desarrolla esta historia de malestar y consternación, protagonizada por dos familias que solo buscan sobrevivir en medio de la guerra, los prejuicios y el barro.

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Tres anuncios para un crimen, de Martin McDonagh

Fábula de la furia

Gloria Isabel Gómez – Escuela de crítica de cine

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Muchas películas abordan el amor de una madre: Lo que estaría dispuesta a hacer por sus hijos, sus gestos de amor y su innegable capacidad de sacrificio. Sin embargo, en Tres anuncios para un crimen (Three Billboards outside Ebbing, Missouri) la protagonista es una mujer fuera de lo común, pues, a simple vista, sus acciones parecen más de odio que de amor y todas sus energías se concentran en hacer justicia por la hija que perdió, ignorando, por momentos al hijo que todavía le queda.

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Lady Bird, de Greta Gerwig

Ese tufillo indie

Oswaldo Osorio

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Todo en esta película resulta demasiado familiar, desde el esquema argumental y emocional de historia sobre la “llegada a la adultez”, pasando por el odioso contexto del high school estadounidense, hasta ese tono de cine independiente que ya también es un esquema definido y reconocible. Aun así, la combinación de estos lugares comunes no necesariamente es tan simplista y tediosa como su enumeración, pues efectivamente es una película que, sin sorprender ni emocionar mucho, termina siendo sólida y consecuente en sus intenciones.

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The Square: La farsa del arte, de Ruben Östlund

Un santuario de confianza y altruismo

Oswaldo Osorio

square

Hay que empezar por decir que esta película no es una crítica o sátira sobre el arte, como lo sugiere su torpe subtítulo en español. Algo hay de eso, pero el arte y su protagonista, un reconocido curador de un museo, son apenas los recursos utilizados por este director sueco para cuestionar la sociedad europea contemporánea, en especial las clases altas con su carga de prejuicios y su indolencia social, eso a pesar de presumir de su buen gusto y formación en el arte y la cultura.

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Un gesto fútil y estúpido: la historia de Doug Kenney, de David Wain

La revolución de la comedia

Oswaldo Osorio

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En los años sesenta cambiaron muchas cosas importantes en lo político e ideológico. A la par con esos cambios, se movía la comedia, como siempre lo ha hecho, e incluso de manera más irreverente y revulsiva. En Estados Unidos, en pleno apogeo de la contracultura, surgieron manifestaciones que lograron ser transgresoras a nivel masivo, como lo fue la revista National Lampoon, una publicación satírica que cambió la forma de hacer comedia en el país del norte.

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Llámame por tu nombre, de Luca Guadagnino

Verano del 83

Oswaldo Osorio

llamame

Las historias sobre el primer amor suelen ser románticas y apasionadas, protagonizadas por jóvenes que descubren el mundo y la sexualidad. Son historias idílicas, aunque no exentas de dramatismo o adversidades. Y si bien esta película tiene todos esos elementos, no es necesariamente un relato como cualquier otro, pues está planteada de forma inteligente y sofisticada, así como narrada sin las prisas ni los arrebatos que también suele propiciar este tipo de historias. Continuar leyendo

Pequeña gran vida, de Alexander Payne

Un mundo encogido

Oswaldo Osorio

downsizing

Los problemas del mundo serían menos graves si las personas fueran más pequeñas. Esta es la premisa, entre audaz y divertida, que propone esta historia, pero la condición humana no permite que eso sea así de simple. Si bien reducir a unos pocos centímetros a alguien tendría unas consecuencias medioambientales y económicas, no todos estarían de acuerdo con hacerse pequeños y se hará patente la diferencia entre las personas de distintos tamaños. Entonces, lo que parece un juguetón argumento de ciencia ficción, termina planteando serias reflexiones sobre la vida y la sociedad.

Como casi todas las películas de Alexander Payne (Election, Nebraska, Las confesiones del Sr. Smitch, Entre copas), esta historia está protagonizada por un hombre torpe y pusilánime, un hombre que descubre una verdad gracias a las circunstancias y a quienes lo rodean. La diferencia con esta película es que esas circunstancias no solo tiene que ver con la cotidianidad, sino con una trama que implica el mundo entero, por lo que de ella se pueden desprender cuestiones éticas, políticas, ideológicas y medioambientales.

Cuando el protagonista decide reducirse a unos cuantos centímetros, nos lleva a un viaje a un nuevo mundo y una nueva sociedad, en donde parece que todo es mejor y más fácil. Pero la naturaleza humana lo complica todo. Empezando porque la idea es una utopía de científicos y humanistas, una utopía que, por definición, nunca podrá realizarse. Solo unos cuantos entusiastas creen en ella y actúan en consecuencia.

Pero la historia no solo trata sobre las desventuras de este hombrecito, en su camino se topa con situaciones y personajes que enriquecen y hacen más compleja la historia. Como la activista vietnamita, un personaje encantador y divertido que termina siendo el factor decisivo en la trama y en la vida del protagonista. Es un personaje construido con ingenio y agudeza, pues está definida por solapados contrastes: exteriormente vive en la pobreza, pero tiene una riqueza interior que toca a todo aquel que la conoce, y aparenta una dureza en el trato con las personas, pero en esencia es una mujer tierna y noble.

Esta es una de esas películas en las que no se sabe qué va a pasar al minuto siguiente, la originalidad de su trama y las cuestiones de fondo sobre las que reflexiona a partir de una premisa un poco absurda, la hacen una pieza atípica, incluso difícil de sintonizarse con el código que propone. Pero cuando se entiende la lógica de este diminuto universo, así como el torpe devenir de su protagonista hasta encontrar su verdad, es posible ver en ella una obra inteligente y estimulante.

La rueda de la fortuna, de Woody Allen

Drama, drama, drama

Oswaldo Osorio

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Es la misma película que tantas veces le hemos visto al célebre director neoyorquino, incluso con casi los mismos elementos de su último título, Café Society: cruzadas historias de amor y desamor, reconstrucción de época, incertidumbres existenciales y una subtrama de gangsters que mueve parte del relato; no obstante, la diferencia está en que esta tiene un código definido: la reflexión sobre el drama, especialmente el teatral, la cual articula la narración y hasta determina el argumento.

Como muchos relatos de metaficción, este comienza hablando del relato mismo, plantea las reglas del juego y sus características para, de inmediato, ilustrarlas o ponerlas en práctica.
Inicia con un narrador, que al mismo tiempo es un personaje, un salvavidas de Coney Island en 1950. Él habla del drama, está estudiando para ser escritor y referencia constantemente autores como Eugene O’Neill. Es también quien presenta a los demás personajes y hace apuntes a medida que avanza el relato.

En esencia se trata de la historia de Ginny, una mujer de cuarenta años, quien se ve renovada por el amor con el joven salvavidas, pero que luego tiene que afrontar el desmoronamiento de su mundo. Un matrimonio infeliz, su hijo pirómano, la hijastra que le quitará a su novio, el constante dolor de cabeza, el riesgo de volver a la bebida  y la culpa de un asesinato que tal vez pudo evitar. Todo eso es mucho peso para una actriz frustrada que ahora es una simple mesera.

De manera que el drama en esta historia es acumulativo, al punto de convertirse en melodrama en su momento más crítico. Lo vemos en las emociones de los personajes, en sus conflictos, en la historia que nos cuentan y en las reflexiones que hace eventualmente el prospecto de escritor. También lo vemos en la luz, bellamente manejada por el gran Vittorio Storaro, quien juega constantemente con el contraste entre tonalidades doradas y azules pálidos, cambiando  alternadamente de acuerdo, no con el realismo de los espacios, sino con los estados de ánimo de la protagonista.

Humor, más bien poco, no era posible ante la premisa de reflexionar conscientemente sobre el drama. Lo que sí hay es esa sorprendente capacidad de Woody Allen de hablar de las mismas cosas, con los mismos personajes y situaciones pero, aun así, revelarnos emociones y sentimientos diferentes, al menos en su combinación e intensidad. La imagen final de la película da cuenta de ello, ese primer plano de Ginny en el que, en ese instante antes de irse al negro de los créditos, recapitulamos todo su viaje emocional y entendemos contundentemente lo que está sintiendo y de qué se trata el drama, tanto el de la ficción como el de la vida real.

 

Un amor inseparable, de Michael Showalter

De la comedia seria o el drama cómico

Oswaldo Osorio

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Para hablar de esta película, lo primero que habría que hacer sería cuestionar si realmente se trata de una comedia romántica, como muchos la están clasificando. Y es que, la verdad, parece más un drama que es protagonizado por un comediante y donde se cuenta una historia de amor, lo cual es muy diferente. Porque definir el género cinematográfico de una película puede determinar la intención que esta tiene y en qué medida logra de forma afortunada sus objetivos.

Si bien el relato empieza con el punto de partida básico de toda comedia romántica, esto es, “chico conoce chica”, su desarrollo no tiene tanto que ver con la batalla de los sexos y los enredos porque uno de los dos, o ambos, ocultan algo, que es la lógica de este incombustible género; sino que su desarrollo va por vía de dos grandes conflictos del todo contrarios al humor y al romance: una grave enfermedad y la imposibilidad de una unión por cuenta de las diferencias culturales.

El componente humorístico se da por el comediante paquistaní Kumail Nanjiani, quien la protagoniza y la coescribió con su novia Emily, justo la pareja de la que habla esta historia. Por eso el humor se presenta de manera tangencial y eventual, ya sea en el escenario de los comediantes o en los momentos en que el humor natural de su protagonista se filtra en la cotidianidad de quienes lo rodean. Un humor “serio”, ingenioso y cáustico. Por lo demás, drama, drama, drama.

¿Porque qué más dramático que un paquistaní sea expulsado de su familia por amar a una mujer que no es de su cultura? Se trata, entonces, de escoger entre la familia y el amor verdadero. ¿O qué tal una rara y grave enfermedad que ponga en vilo a los padres y al novio de una joven mujer? Es la amenaza de la muerte del ser más importante en la vida de ellos, con todas las consecuencias emocionales que esto conlleva.

Ambos conflictos permiten hacer amplias reflexiones, más que sobre el amor, sobre el concepto de familia, tanto desde el punto de vista paquistaní como estadounidense. El radicalismo de las costumbres de aquella cultura del medio oriente pone a prueba la condición del “mestizo” y la mirada del otro ante lo que parece una tradición sin sentido que pierde todo su fundamento cuando se quiere aplicar en Occidente. Mientras que la enfermedad une a la familia y saca lo mejor de ella.

Sin ser una comedia romántica, entonces, esta película juega con ese doble y aparentemente contradictorio componente: el peso del drama con su doble conflicto y el humor que despliega en sus intersticios. Es una apuesta audaz que solo por momentos no funciona, en especial cuando uno parece estar acomodándose al ambiente cómico, pero se nos vienen encima todos esos onerosos y casi insalvables problemas. Por eso es una historia tan desconcertante como estimulante, y eso siempre es bueno en el cine, que tanto tiende a apegarse a los esquemas y a las fórmulas.