Contra la enfermedad holandesa: inversiones para la competitividad.

La punta del iceberg: se ha vuelto recurrente que los medios de comunicación recojan preocupaciones empresariales por el tema de la revaluación. El año pasado los confeccionistas encendieron las alarmas; ahora son los caficultores los que protestan porque el gobierno y el Banco de La República no están haciendo suficiente para enfrentar el problema de la revaluación. En la misma dirección, cada vez que el dólar se pone por debajo de los 1800 pesos, la prensa nacional hace eco de angustias por una fuerte revaluación.

Elementos para el análisis: para empezar tenemos que decir que desde el punto de vista nominal, la revaluación es un hecho que nos ha acompañado desde hace más de un decenio, tal y como lo mostramos en el artículo pasado (revaluación del peso). Ahora, para hablar de una revaluación real histórica debemos comparar el comportamiento de la inflación en Colombia, con respecto a los precios de los países que son nuestros mercados o proveedores más importantes.

NOTA TÉCNICA(1): nuestros productores y exportadores se verían beneficiados con una baja inflación doméstica, una devaluación nominal del peso y una alta inflación externa.

La inflación doméstica viene en franco descenso desde hace un par de decadas. En 1990 la inflación era del 33%, y desde hace casi una década tenemos una tasa de incremento de precios por debajo del 10%, actualmente la inflación en Colombia es del 3%. Este comportamiento es positivo desde el punto de vista de la tasa de cambio real, ya que la caída de la inflación implica una menor necesidad de devaluación nominal para compensar el alza doméstica de los precios.

Pero, mientras la inflación colombiana viene de 8% en 2001 a 3% en 2012, la de Estados Unidos oscila entre 3% y 1%, teniendo un techo de 4% en 2007 y un piso de 0,08% en 2008. O sea, en general, durante la década, la inflación de Estados Unidos es inferior a la colombiana, lo que, en términos simples, exige una devaluación nominal del peso para compensar la pérdida de competitividad.Tal vez, el único mercado importante con una alta tendencia inflacionaria ha sido Venezuela, -con tasas entre 20 y 30%- pero este país ha perdido peso como destino de nuestras exportaciones. Por lo tanto:

NOTA TÉCNICA (2): tenemos una inflación más alta que los mercados con los que nos relacionamos y y una revaluación que ha bajado nominalmente al dólar de 2300 pesos a 1800 en diez años. En otras palabras, nuestros precios suben más rápido que en los países que son nuestros mercados y proveedores principales: Estados Unidos y la Unión Europea. O sea, una revaluación nominal superior al 20% (1800/2300) aunada a una inflación comparada negativa durante la década (doméstica mayor que externa), nos coloca en el peor de los mundos.

¿Por qué no se ha notado esto en las exportaciones? porque estamos vendiendo al mundo petróleo, carbón, ferroníquel y café. China y su dinámica de crecimiento han llevado a los commodities a precios estratosféricos, pero cuando la bonanza acabe, el comercio exterior nos pasará la cuenta de cobro. Ya los cafeteros encendieron las alarmas.

O sea, tenemos síntomas de enfermedad holandesa: bonanza de commodities, revaluación del peso, auge de sectores no transables -servicios financieros, comunicaciones y otros- y deterioro de los demás sectores de transables: industria manufacturera y sector agropecuario.

Estamos viviendo como nuevos ricos, sin pensar en el futuro. Si la economía de Norteamérica y de Europa no sale de su letargo, -ya llevan 5 años moviéndose entre desaceleración y recesión-, los precios del petróleo comenzarán a bajar porque China depende en gran medida de sus exportaciones a estos mercados. Adicionalmente, Colombia no tiene reservas de combustibles para muchos años. La situación se complica aún más.

El otro hecho es que estamos teniendo un déficit en cuenta corriente, o sea, más importaciones que exportaciones de bienes y servicios.  Aunque en materia de mercancías se tiene un pequeño superávit, en servicios factoriales el déficit es enorme: pago de intereses de deuda externa y, especialmente, la repatriación de utilidades de las empresas extranjeras que invierten en el país. Por lo tanto, entre la deuda externa y los capitales que llegan a la minería y al sector servicios -banca y telecomunicaciones, principalmente- estamos compensando el hueco que hay en la cuenta corriente….esto es una bomba de tiempo.

¿Qué hacer? hay que desarrollar el campo y la agroindustria, fortalecer la industria manufacturera, reducir los costos logísticos -transportes, vías, puertos-, mejorar costos de producción de las empresas -investigación, innovación, tecnología- y crear nuevos productos, empresas e industrias que lleven a nuestra economía a la producción de bienes de mediana y alta tecnología para dejar de depender de los commodities y cobrar por la agregación de valor.

Si no invertimos adecuadamente la bonanza de combustibles que hemos tenido y si no canalizamos la inversión privada y el gasto público hacia lo importante: innovación y nuevas industrias; entonces, la “enfermedad holandesa en la que estamos” nos pasará cuenta de cobro.

Política Nacional de Competitividad: rosario de buenas intenciones.

Por Giovanny Cardona Montoya.

Versión en inglés: http://www.elcolombiano.com/blogs/lacajaregistradora/?p=1146

Traductor: Andrés Fernando Cardona Ramírez.

Hace ya más de 20 años, Colombia, al igual que la mayoría de las naciones latinoamericanas, renunció al modelo desarrollista inspirado por la Cepal y se matriculó en el modelo aperturista derivado del Consenso de Washington. Este cambio conllevó la reducción en la participación del Estado en la dinámica económica, la privatización de empresas, la liberalización unilateral del comercio y la masificación de acuerdos regionales de comercio (ARC) con los vecinos y con naciones del resto del mundo.

Para darle un marco de referencia que legitime política y  económicamente el nuevo rumbo el país ha sido dotado de documentos como el Informe Monitor, también hace 20 años, y una docena de CONPES que han pretendido ser faro para guiar hacia un puerto seguro.  Pero, el tiempo pasa y el balance no es nada satisfactorio. A pesar de ser, por décadas, una de las naciones más estables de la región en materia macroeconómica, de lograr un significativo crecimiento exportador y de ser una nación atractiva para la inversión extranjera, especialmente en los últimos años, los datos de desarrollo –que no es sinónimo de crecimiento- indican que el país no avanza en ninguna dirección.

La brújula:

En 2006 se aprobó el Conpes 3439 que creó el Sistema Nacional de Competitividad. Dicho sistema estableción una Visión del país para el futuro:

“En 2032 Colombia será uno de los tres países más competitivos de América Latina y tendrá un elevado nivel de ingreso por persona, equivalente al de un país de ingresos medios altos, a través de una economía exportadora de bienes y servicios de alto valor agregado e innovación, con un ambiente de negocios que incentive la inversión local y extranjera, propicie la convergencia regional, mejore las oportunidades de empleo formal, eleve la calidad de vida y reduzca sustancialmente los niveles de pobreza”.

Pero, el tiempo nos está pasando cuenta de cobro por las tareas no realizadas. En 2006, en el Indicador Global de Competitividad del Foro Económico Mundial -que mide a 142 naciones-, el país se ubicaba en el puesto 65 entre 125 países. En 2011, Colombia se ubicó en el puesto 68 y en 2012 en el 69. Si nos comparamos con nuestros vecinos latinoamericanos, el escenario no es mejor: pasamos del 5º a 8º puesto.

Este indicador muestra que nuestra posición relativa no ha mejorado. Ahora, para lograr esta meta es necesario tener avances en otros indicadores relacionados con la producción y el ingreso:

–          Según el Consejo Privado de Competitividad, entre 2006 y 2010, el ingreso por persona en Colombia ha venido creciendo a una tasa promedio de 4,4%. Sin embargo, considera el Consejo, si se quisiera cumplir con la meta de ser al año 2032 un país de ingresos medios altos, se deberán alcanzar tasas de crecimiento entre 6% y 7% anual en promedio.

–          A comienzos de la última década del siglo XX, Colombia dependía en gran medida de las exportaciones de café, algunos hidrocarburos y otras exportaciones agrícolas o agroindustriales, principalmente. Después del hallazgo de petróleo en Cusiana y de la crisis mundial cafetera, Colombia  se hizo más dependiente de la minería. En 2006, las exportaciones colombianas con bajos niveles de innovación ascendían a 83% del total, para 2012, esta cifra alcanzó el 90%.  ¿Estamos retrocediendo? Todo indica que sí.

¿Es malo crecer dependiendo de la minería casi que exclusivamente?

No, no es malo. Primero hay que decir que un país con suficientes reservas para varias décadas puede financiar la dinámica de sus proyectos de desarrollo, incluso, apalancarse en aquellas para generar nuevas industrias (manufactureras, de servicios, etc.). Sin embargo, Colombia no ha logrado un aumento sustancial de sus reservas de petróleo. Estas se encuentran en promedio en 2.200 millones de barriles, una cifra muy baja comparada con otros países de América Latina como Ecuador que tiene 6.200 millones o México con 11.400 millones o Venezuela que tiene casi 300.000 millones.

Entonces, además de que necesitamos que los recursos de la “bonanza de hidrocarburos” se utilicen para crear capacidades (infraestructura, educación, CT+I, etc.) también se requiere que las exploraciones incrementen las reservas para tener el colchón que financie la reconversión industrial de nuestra economía.

Pero, a pesar de la relativa y sostenida estabilidad macroeconómica, del auge exportador minero y del creciente flujo de inversiones extranjeras, en el país se preservan unos lastres que no nos permiten avanzar hacia una economía más competitiva:

–          Debilidades del sistema educativo. Además de la baja cobertura -25% de los adultos no son bachilleres, menos del 40% de los bachilleres entran a la educación superior y sólo la mitad de estos se gradúa- hay serios problemas de calidad: la carrera de maestros (licenciados) no es elegida por los mejores bachilleres, hay poca demanda de cupos para estudiar carreras agropecuarias –sector que tiene gran potencial-, a la vez que los jóvenes manifiestan poco interés por la formación en matemáticas, física, química o biología, disciplinas fundamentales para la innovación y el desarrollo de nuevos productos, procesos y servicios;

–          Ausencia de una política de Estado en materia de infraestructura. Desde décadas atrás en este país se habla de la necesidad de un canal interoceánico, de túneles que faciliten el tránsito entre tantas montañas, de una nueva propuesta ferroviaria, de un proyecto de navegación por el río Magdalena, de otro puerto en el Pacífico, etc. Sin embargo, la mayoría de estas propuestas aún están en el papel y las que están en construcción tienen años de retraso.

–          Alta informalidad laboral. Lo que se maneja como una estrategia de reducción de costos laborales, la informalidad, es  realmente un lastre que no permite modernizar nuestra economía: hay trabajadores que no cotizan a la seguridad social,  existen cooperativas de trabajo asociado que precarizan el salario, existen oficios que se desempeñan a través de contratos de prestación de servicios en lugar de vinculaciones laborales a término indefinido, etc. Todo esto agudiza el déficit fiscal –SISBEN-, debilita la base de ingresos de los hogares y, por ende, su capacidad de compra y endeudamiento, estancando al mercado doméstico.

–          Abandono del sector rural. El campo no es el proveedor de materias primas para la ciudad y, en consecuencia, no es un mercado sólido para la compra de bienes industriales y servicios. Aunque el conflicto armado es un determinante de este abandono, la informalidad rural, el latifundismo extensivo y de “engorde”, acompañados de un minifundismo improductivo, no facilitan el paso hacia un campo competitivo.

–          Colombia: un país que no invierte en I+D. Esto se evidencia de manera simple: nuestra oferta exportable de alta y mediana tecnología apenas alcanza el 9%, además somos un país sin trayectoria en materia de patentes. Mientras mercados emergentes exitosos dedican varios puntos de su PIB a CT+I, Colombia apenas dedica menos del 0,3%.

Aunque se ha definido un nuevo Sistema de Ciencia, Tecnología e Innovación y a Colciencias se le ha dado la condición de Departamento Administrativo –un grado menos que  Ministerio-, a la vez que se han aprobado cuantiosos recursos de regalías para la investigación y la innovación, ya hay indicios de que la rapiña política por los recursos se impondrá por encima de las aspiraciones de largo plazo de este país.

Todas estas insuficiencias evidencian que estamos lejos de un nuevo Proyecto País, en otras palabras, que Colombia 2032 es un canto a la bandera…y nada más.

Economía 2012: ¿más incierta que la Profecía Maya?

Preguntas no resueltas en el 2011….tarea pendiente para el 2012

1. ¿Para dónde va la Unión Europea? Más que la crisis del ciclo económico, que muestra una Europa estancada que no logra encontrar la senda del crecimiento, lo que realmente se ha desnudado en este 2011 es la falta de voluntad supranacional de la Unión Europea. La actual crisis ha ratificado el escepticismo de la Gran Bretaña para incursionar en niveles más profundos de integración, a la vez que se evidencia el “padrinazgo” que ejerce Alemania sobre los demás integrantes del bloque.

En consecuencia, queda la pregunta si el nuevo compromiso de una mayor disciplina fiscal –máximo 0.5% de déficit estructural y  sanciones si se supera el umbral del 3%- es un primer paso para incursionar en mayores niveles de integración: dotar al Banco Central Europeo –BCE- de un mayor rol supranacional, hasta convertirlo en un verdadero banco central. O sea, un emisor, prestamista de prestamistas, regulador del sistema crediticio y garante unitario de la sanidad monetaria.

Evidentemente hay muchos actores que no quieren llegar tan lejos: el eje de poder franco-alemán -dueño del poder económico actual-, Gran Bretaña y otros euroescépticos que consideran inevitable pertenecer al bloque pero que no desean que se profundice más la integración.

2. ¿Salió Estados Unidos de la crisis? El gobierno de Obama está viviendo una coyuntura favorable: el desempleo ha cedido en los últimos meses, colocándose en los niveles más bajos desde que estalló la crisis. Pero, no es evidente que la tendencia vaya a continuar por largo tiempo.

Obama enfrenta un año electoral, sus decisiones de política económica se moverán entre los retos estructurales de la potencia norteamericana y los cálculos de coyuntura electoral. La austeridad fiscal requerida podría tropezarse con un conflicto militar que enfrente a Estados Unidos con los imames chiitas de Persia. Esta posibilidad alteraría el gasto público norteamericano y el precio mundial de combustibles.

3. ¿Se desacelerará definitivamente China?  Aunque las tasas de crecimiento de China, India y otros mercados emergentes son envidiables para cualquier nación del mundo, la realidad es que cada punto porcentual que dejan de crecer, afecta la dinámica de la economía global. Es evidente que la locomotora del mundo son China e India, por lo tanto, su ritmo de crecimiento marca la pauta para el resto del planeta.

Lo que estamos construyendo es un algoritmo. Si la Unión Europea y Estados Unidos no salen definitivamente del estancamiento en el que se hallan, es muy difícil que los países emergentes mantengan la tasa de crecimiento que los ha caracterizado en los últimos años. ¿La razón?: Los países industrializados siguen siendo las economías de mayor ingreso en el mundo, en consecuencia, si las naciones del Norte no compran, China, India, Brasil, Corea, Taiwán, etc., tendrían que reducir su ritmo de producción. El mercado doméstico de estas naciones, aún caracterizado por una población con un bajo ingreso per-capita, no alcanza a reciclar la producción que se deje de vender al mundo desarrollado.

4. ¿Seguirán altos los precios de commodities? Esta es una pregunta crítica para economías latinoamericanas como Argentina, Colombia, Perú o Venezuela, principalmente. Si Europa, Estados Unidos y Japón siguen estancados, China no podrá acelerar su crecimiento y, por ende, bajará su demanda de materias primas. Este es el factor que puede mantener a la baja los precios mundiales de commodities.

Pero hay factores geopolíticos y climáticos a tener en cuenta. Los tambores de guerra que suenan en Irán y Siria, podrían poner nervioso al mercado de futuros e, incluso, afectar la oferta mundial de combustibles fósiles. Los chiitas de Irán colocan 2.5 millones de barriles diarios de petróleo –casi tres veces las exportaciones colombianas del combustible-, lo que pone nerviosos a los inversionistas y expone al mercado a una posible caída del abastecimiento. En consecuencia, hay elementos de juicio para pensar que los precios mundiales de combustibles podrían subir en 2012.

De otro lado, la incertidumbre ambiental cada vez incide más sobre los mercados. Las cosechas de granos –soja, café, trigo, maíz, etc.- pueden ser afectadas por lluvias imparables o por sequias incesantes, lo que altera la oferta mundial y, consecuentemente, sus precios. Adicionalmente el frío del invierno, en los países con estaciones, también marca el comportamiento del consumo de combustibles fósiles: petróleo y gas. He ahí otro factor de incertidumbre para los precios mundiales de commodities.

5. ¿Cómo le irá a Colombia? Es evidente que nuestro país depende de esta secuencia que acabamos de analizar. Somos un país exportador de commodities, altamente dependientes de la inversión extranjera y con un mercado doméstico subdesarrollado, con grandes grupos poblacionales sin capacidad de compra. Si China se desacelera y los países industrializados se mantienen estancados, no sólo se afectarán nuestras exportaciones de petróleo, carbón, café y ferroníquel, sino que la inversión extranjera podría menguarse un poco.

Con respecto al mercado interno, no hay mucho que esperar en el corto plazo. Aunque se ha concertado el salario mínimo -lo que siempre es una buena noticia-, el desempleo se halla por debajo de los dos dígitos y el TLC entrará en vigencia,  dos años de crudo invierno han hecho mucho daño a la infraestructura y a la sociedad, lo que obligará al Estado a invertir en reconstrucción y redistribución no presupuestada de riqueza en beneficio de los más afectados por el desorden climático: la coyuntura aplazará tareas estructurales pendientes.

Sin embargo, 2012 será año de grandes decisiones que no producirán impacto inmediato pero que tienen que ver con el futuro del país: la reforma a la educación, que no  sólo tiene que ver con la equidad sino especialmente con la competitividad (no habrá economía eficiente sin un recurso humano educado, innovador y emprendedor) y la formalización del empleo. Este último no sólo incide sobre el ingreso de los trabajadores, sino que dará la pauta para hacer viable en el largo plazo al Sistema de Seguridad Social; no es sostenible un Régimen de Seguridad Social que tiene tanto agente subsidiado y tan poco cotizante.

Muy seguramente la Profecía Maya no se hará realidad y en diciembre de 2012 estaremos nuevamente comiendo natilla con buñuelos. Pero, si el país no toma decisiones radicales en los temas de la educación, la seguridad social y la infraestructura; el tren del desarrollo pasará de largo por nuestra estación y nosotros nos quedaremos viéndolo pasar…cada vez más empobrecidos.

Reforma a la Educación Superior en Colombia: ¿qué está en juego?

Versión en inglés: http://www.elcolombiano.com/blogs/lacajaregistradora/?cat=4

Traductor: Andrés Fernando Cardona Ramírez.

Colombia es un país que ocupa lugares poco destacables en dos indicadores de medición de Bienestar a nivel mundial: Competitividad y Distribución del Ingreso.

Desde la perspectiva de la competitividad, a nuestro país se le señalan debilidades en infraestructura, innovación y ambiente legal. Con respecto a la distribución del ingreso, el recién posesionado Ministro de Trabajo acaba de señalar que 14 millones de colombianos no cuentan con un trabajo digno. Adicional a esto, el salario mínimo colombiano es de los más bajos de Suramérica y la cobertura educativa está lejos del promedio de países de nivel de desarrollo como el nuestro.

Sin embargo, competitividad y distribución del ingreso no siempre son compatibles. O sea, pueden no serlo bajo ciertas ópticas, ideológicamente concebidas. Y estas miradas harán parte de la discusión que se re-inicia en el país con respecto al futuro de la Educación Superior.

Si hablamos de competitividad, hay una variable que tiene un peso fundamental: el emprendimiento empresarial. El éxito de muchos de los Mercados Emergentes  que lideran la locomotora de la economía mundial en la actualidad se debe, en gran medida, al surgimiento y consolidación de nuevas industrias: nuevas empresas en sectores intensivos en conocimiento; empresas que agregan valor a sus procesos, bienes y servicios, como estrategia central de éxito.

En materia de emprendimiento, la Universidad está haciendo mucho, pero está logrando poco. El emprendimiento se ha vuelto un lugar común en el lenguaje coloquial universitario, especialmente de las facultades de administración y afines. Incluso, pululan las cátedras de emprendimiento, la enseñanza para la formulación de Planes de Negocio y los concursos que premian a los planes mejor formulados. Pero, a la vez, cada vez hacemos menos por profundizar los cimientos del emprendimiento: la innovación.

La población que estudia ingenierías es cada vez menor, a la vez, que hay un desaliento por profundizar en matemáticas, física, química y biología. No es que todos debamos ser biólogos o matemáticos. Pero, un país que desea ser competitivo y una empresa que pretenda ser innovadora, requieren de masa crítica que patente nuevos productos, diseñe procesos nuevos, modele nuevos productos o servicios y registre software que solucionen necesidades de la sociedad. Y eso no se logra sin estas ciencias. Incluso, un país que, como Colombia, cuenta con gran potencia en agricultura, agroindustria y recursos naturales, tiene pocos recursos humanos dedicados a la investigación, el desarrollo y el estudio en carreras relacionadas con el mundo rural y el medio ambiente.

Si damos una mirada al grueso  de planes de negocio que se elaboran en las universidades, encontraremos que se fundamentan en ideas que tienen que ver con negocios o industrias tradicionales –comercializadoras, confeccionistas, procesamiento de alimentos o restaurantes y otros locales para el comercio de bienes de consumo masivo-. Esto no tiene nada de malo, pero la realidad es que esta situación demuestra lo estrecho que es el universo empresarial de nuestros universitarios y, lo que es más crítico, la mayoría de estos proyectos empresariales no se fundamentan en procesos estructurados de innovación y el valor agregado que proponen tiende a ser superfluo.

Colombia es un país que no invierte en investigación y tecnología. No sobresalimos en materia de patentes y licencias. Aquellos que van a la cabeza del pelotón en competitividad si lo hacen: Alemania, Corea, Japón, China. De hecho, si damos un vistazo a los grupos de investigación que clasifica COLCIENCIAS, son pocos los que se destacan por patentes, registros de nuevos software o productos o, incluso, spin off. No es malo publicar libros o artículos en revistas indexadas –por suerte algunos se esmeran en este frente-, pero hay un desequilibrio en la distribución de los pocos recursos que se dedican a la investigación y al desarrollo.

Pero, la Universidad no es una maquina que produce mano de obra cualificada. La Universidad es el escenario en el que se delinea el futuro de un país. Y estamos en un momento de quiebre de la historia mundial y nacional: la sociedad industrializada, de una marcada filosofía consumista, está en crisis; el país vive un momento trascendental en lo que ha sido uno de sus mayores karmas del último medio siglo: el conflicto armado; igualmente, después de 20 años, el sistema político colombiano, al igual que el de nuestros vecinos suramericanos, parece estar viviendo una gran transición. ¿Cuál es la respuesta de la Universidad frente a estos retos? ¿cuál es el país que vamos a construir ante los retos en Derechos Humanos, Participación Política, Medio Ambiente, Competitividad y Cultura, por ejemplo?

Este último planteamiento lo hago para preguntarnos por la formación ética, estética, política y humanística de nuestros universitarios.  La Universidad está llamada a formar ciudadanos integrales y, en su claustro, se debe asegurar una apertura al discurso diverso, a la metáfora y a la reflexión política. En los últimos 20 años, la cátedra universitaria parece haber caído en los dominios del paradigma realista: un pragmatismo individualista e inflexible, ausente de compromiso social, ajeno a las preocupaciones políticas y cerrado a la lectura de miradas alternativas.

Entonces, si vamos a hacer una reforma al sistema educativo, que eleve nuestra competitividad y mejore la distribución del ingreso, en un ambiente de formación de seres humanos -con calidad de mayores de edad como lo explica Kant- y no simplemente de mano de obra, la pregunta es ¿cómo se va a financiar ésta?

Una educación de cobertura universal y de calidad no es un reto de poca monta. En Colombia de 100 bachilleres que entran a la universidad, sólo 50 se gradúan. Y de 100 jóvenes que terminan el bachillerato, sólo 35 entran a la educación superior. Y no sigamos hacia atrás, porque en el mundo del bachillerato y la primaria, inclusive, queda otro tanto de sueños frustrados en el camino. En otras palabras, la inversión que hay que hacer para este objetivo es de magnitudes comparables con la reforma al sistema de seguridad social o la ley de reparación de víctimas del conflicto armado. Porque los problemas que vive la Educación Superior no comienzan allí…despegan en la primera infancia y el preescolar.

No es gratuito que Estados Unidos en las negociaciones del TLC, haya puesto sobre la mesa la exigencia que la Universidad colombiana pudiera ser con ánimo de lucro…evidenciaban nuestros socios un potencial y enorme negocio. Aunque Colombia no aceptó tal exigencia, el hecho de que el gobierno de Santos, en la propuesta inicial, haya incluido la inversión privada para financiar el futuro de la educación, da una idea de quienes han sido los inspiradores de la reforma.

Jóvenes estudiantes: a leer nuevamente a Keynes, Prebisch, Marx, Ricardo y Friedman para poder terciar en el debate.

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