Desvío Visual:

Elegante como el pegante

Oswaldo Osorio


Desvío Visual no es un colectivo, es una banda de salvajes de Medellín que le arranca imágenes a la vida, las somete a la trasgresión y luego se las vuelve a tirar a la cara. Los colectivos audiovisuales son una forma “honrada” y optimista de ganarse la vida y hacer carrera en un medio harto desagradecido y competido como el de la realización audiovisual. Por eso la mayoría de colectivos llevan la doble vida de hacer varios trabajos alimenticios por un proyecto propio, generalmente están afiliados a una causa social o cinéfila y padecen la endemia de querer contar historias (y participar en festivales).

Estos desviados visuales, en cambio, han tomado alguna distancia de esas características que definen a los colectivos, optando mejor por lo que parece ser un trabajo guerrilla, atacando desde los márgenes, por fuera del buen gusto, lo políticamente correcto y lo aceptado socialmente. Esto queda ilustrado con elocuencia en Decadence (2013) y Elegante como el pegante (2013), dos comerciales que promocionan el uso de la heroína y el sacol, respectivamente.

Cada uno de estos videos está concebido con la lógica de esos spots publicitarios que, en lugar de apelar a la gritería, los mensajes explícitos y el suministro vertiginoso de información, producen una pieza audiovisual sugerente, que pone en juego un estilo y unos valores estéticos, sin diálogos ni locuciones,  solo acompañada por una sutil melodía y un eslogan al final. La diferencia es que en lugar de estar promocionando una loción de Hugo Boss o una sofisticada marca de ropa, Desvío Visual lo hace con drogas, productos que representan la antítesis de lo social y legalmente aceptado, por lo que nunca podrían ser anunciadas institucionalmente.

Estos aberrados y subversivos también han realizado otros productos de difícil clasificación en relación con los discursos establecidos en el audiovisual. Cortometrajes como Perdidos en el paraíso (2013), A mí me encanta comer mierda, ¿A usted no? (2013) y Gadabout Kika (2013) juegan con los códigos del relato de ficción, el performance, el video arte y el video clip. Y no necesariamente es un juego consciente, es decir, no es tanto que a partir del conocimiento de estos discursos decidan integrarlos o combinarlos, sino que anteponen la pulsión creativa y trasgresora a las estructuras de los géneros, en este sentido están más cerca de ser artistas plásticos y poetas locos que de realizadores audiovisuales.

La producción de videos la complementan con la fotográfica, en la cual se hace más evidente la conexión que guardan con la obra del fotógrafo Juan Fernando Ospina (reconocen, por ejemplo, el homenaje o parafraseo que le hacen en el afiche de Gadabout Kika). Se puede hablar incluso de una influencia del uno hacia los otros. Coinciden en algunos elementos y los mundos en que orbitan sus imágenes, aunque claro, Desvío Visual está definido, para bien o para mal, por los imperativos de la juventud: su obra es rabiosa, caótica, provocadora, delirante y hasta inconsecuente.

A partir de este carácter construyen su trabajo audiovisual y fotográfico, orientado principalmente hacia las perversiones y los vicios, la escatología y la provocación sexual, lo aberrante y lo ilícito, el erotismo homosexual y la androginia. Son devotos de los espacios sucios o derruidos, a los que les impregnan, con los valores propios de la imagen, una atmósfera enrarecida y sofisticada al mismo tiempo.

En una ciudad que tiende a caracterizarse por su moralismo y miedo al qué dirán (una moral de la que parece excluida la violencia), la producción audiovisual, que por lo general es un reflejo de su contexto, resulta ser muy timorata y se autocensura constantemente. Es por eso que llama la atención arremetidas como la de Desvío Visual, una iniciativa tanto estética como ética, como debería ser, la cual, por lo pronto, está aprovechando la relativa libertad (porque ya les censuraron un video) que ofrecen las redes sociales para provocar y escandalizar, pero también para estimular y fascinar con una propuesta inteligente, trasgresora y sugestiva en su aspecto formal.

Somos lo mejor, de Lukas Moodysson

El punk no ha(bía) muerto

Oswaldo Osorio


Cuando a la banda Green Day la criticaron por hacer una suave y emotiva canción acústica (Good Riddance), a pesar de ser en ese entonces los nuevos defensores del punk, su vocalista respondió que, justamente, era lo más punk que habían hecho. Y es que el punk, más que un tipo de música, es una actitud contestataria ante la vida y una defensa de la individualidad. Eso lo entiende muy bien esta película, que hace del punk y de la adolescencia un honesto y divertido retrato, sin concesiones ni facilismos.

Vuelve este talentoso e intuitivo director sueco a contar sus desenfadas historias sobre la juventud, luego de un periodo un poco oscuro y vanguardista. Igualmente mantiene su interés en defender entornos y personajes libertarios y contestatarios, y nada mejor para hacer esto que un trío de treceañeras que forman una banda de punk. Con estos elementos puede contar un alegre e inteligente relato que va más allá de la llamativa anécdota de la creación de “una banda de chicas”.

Es 1982 y el invento del punk de hace unos años ha sido remplazado por bandas como Joy División o, peor, por la música disco o el techno. Pero las tres protagonistas se niegan a sepultar el punk, porque entienden que no solo se trata de esos ruidosos tres acordes, sino que es el mejor lugar donde pueden estar personas como ellas, unas marginadas por la “gente normal”,  picadas por el constante descontento y trasgresoras a pequeña escala.

También se trata de la historia de una bella amistad y la visión del mundo desde una edad y una actitud que logra ilustrar un punto de vista diferente de forma lúcida y entrañable. Aunque también es cierto que son muy distintas esas adolescentes de la civilizada Suecia de hace treinta años (sin los odiosos celulares ni Facebook) y en el seno de familias de clase media y librepensadoras (aun la cristiana). Los grandes dramas o crisis son remplazados por dudas cotidianas, animadas discusiones o, acaso, situaciones incómodas.

Aunque está basada en un cómic, la concepción visual del filme está desprovista de estilizaciones y esteticismos, más bien le apuesta al realismo de los ambientes y a la espontaneidad de la puesta en escena, lo cual resulta ideal para el tema y la identificación con los personajes. Los énfasis están puestos en la interpretación de las tres jóvenes actrices y su caracterización (peinados y vestuario principalmente), así como en el acompañamiento de una banda sonora que necesariamente está presente como un personaje más.

Con dos temas que usualmente son duros y conflictivos, el punk y la adolescencia, este director opta por una aproximación más emotiva y juguetona, sin que esto implique que sea del todo inofensiva, al contrario, tanto la película como sus personajes, tienen claro de qué se trata la trasgresión, la cual incluye ir en contravía de lo que el mundo espera de uno mismo: si Green Day hizo una dulce canción, por qué Lukas Moodysson no podía hacer una jovial fábula con el punk.

The Grandmaster, de Wong Kar-Wai

La poesía del movimiento

Oswaldo Osorio


El cine, en esencia, es movimiento, y también puede ser, en las manos indicadas, poesía. En algunos casos excepcionales, el movimiento es poesía. Esta película es uno de esos casos. Aunque la verdad es que no es ninguna novedad ni sorpresa, pues este director honkonés ya había hecho lo mismo en su anterior película de artes marciales, Ashes of Time (1994).

Wong Kar-Wai es uno de los creadores más genuinos que tiene el cine actual. Sus historias de amor y muerte son a la vez relatos íntimos y épicos. Él sabe muy bien cómo elevar las emociones y los sentimientos al nivel de lo sublime, como se puede comprobar en películas como Chunking Express (1994) o Deseando amar (2000). Así mismo, la belleza e inventiva de sus imágenes define un estilo siempre fascinante y reconocible, ya sea cuando las cuida hasta el preciosismo (Fallen Angels, 1995) o cuando las concibe con la espontaneidad y aspereza de una estética vanguardista (Happy Together, 1997).

Con The Grandmaster (2013) termina una espera de seis años luego de su último filme. Aquí de nuevo aborda el más internacional de los géneros cinematográficos del cine  chino: el Wu-xia, que son melodramas épicos de época con artes marciales. A este siempre atractivo género y a su regreso se suma el hecho de estar basada en la vida de Ip Man, experto de las artes marciales, célebre por haber sido el maestro de Bruce Lee.

En una compleja trama de intrigas, traiciones y luchas entre facciones políticas, regiones y escuelas de kung-fu, la cual recorre parte de la historia de China del siglo XX, Wong Kar-Wai no abandona sus temas y personajes característicos, aun tratándose de un relato de artes marciales. Si bien los combates resultan ser, como es apenas natural, lo más vistoso del filme, de fondo siempre están esos melancólicos seres que parecen negados por un sino trágico a alcanzar la plenitud del amor. Pero aquí la frustración y soledad afectiva son reforzadas por los reveces políticos, porque también se trata de una historia sobre las luchas de poder y las tradiciones del kung-fu que están fuertemente ligadas a ellas.

Es por eso que la película es también una exposición de esa mística y tradición de las artes marciales y la esencia de las distintas técnicas y escuelas del kung-fu. Por otro lado, el concepto de artes marciales no es nada gratuito. La relación entre el arte y la belleza ha sido una condición de siempre. Solo en ese contexto es posible que lo bello pueda estar ligado al combate y la muerte. Y si a eso se le suma la mencionada habilidad y sensibilidad de este director para concebir imágenes de gran belleza, lo que se puede ver en este filme es un despliegue de poesía en movimiento, enfatizada por recursos como la cámara lenta, el montaje, el color de las estaciones y la plasticidad de los movimientos de los combatientes. Aunque también es poesía con las palabras, incluso con un trasfondo de la sabiduría propia de un arte y una técnica de combate que se fundan en una filosofía. Pero esta filosofía, si se mira detenidamente y como es apenas lógico, está más pensada para saber vivir que para saber luchar, como efectivamente lo demuestra Ip Man con sus vivencias y las decisiones que toma.

Es cierto que por momentos su trama y esas relaciones de poder pueden resultar confusas (lo que también depende de cuál versión se vea: la china, la europea o la estadounidense), pero es un defecto menor frente a todo ese otro espectáculo que se obtiene estando ante a esta película: la intensidad de las emociones, la trágica belleza de sus personajes y el desbordado preciosismo de unas imágenes que deleitan la pupila y el intelecto, así como lo hacen las obras maestras.

El pasado, de Asghar Farhadi

O el futuro de una familia

Oswaldo Osorio


Alguien decía que la angustia es exceso de pasado. Y en esta película, como su título lo indica (también en el original: Le Passé), el pasado es el responsable de muchas de las angustias y tristezas de sus personajes, porque se trata de un intrincado drama en el que, sin discriminar entre niños, jóvenes o adultos, todos se ven agobiados por serios problemas de la cotidianidad y de la vida en familia. Y con este marial el director de Una separación (2011) de nuevo nos entrega un filme lúcido, complejo y contundente.

Todo empieza cuando Ahmad regresa adonde su ex esposa, quien tiene dos hijas, a tramitar el divorcio entre ambos. Allí se encuentra con que ella está comprometida con un hombre que tiene un hijo y su ex esposa en un hospital. En este cuadro de personajes y situaciones Amhad llega no solo a firmar unos papeles, sino que será una surte de juez de paz, un mediador en una serie de sutiles pero intensos conflictos que bullen silenciosos en ese hogar a punto de estallar.

Como en Una separación, en esta cinta el director iraní utiliza un esquema que aún sorprende y que puede ser su marca distintiva, y es que estos dramas cotidianos y realistas, en los que se pone de relieve la construcción y relaciones entre personajes, así como un fuerte despliegue de emociones y sentimientos, son tratados con la lógica de un thriller, es decir, son relatos donde el espectador, muy dosificadamente, va descubriendo los sucesos e intenciones de los personajes, con lo que su trama se sostiene sobre la expectativa, la tensión y las sorpresas permanentes.

En esta historia se ponen en juego distintas situaciones, que van desde el descontento de la hija mayor por la nueva familia en formación, pasando por las dudas que tiene la pareja por la conveniencia de esa unión, hasta un sentimiento de culpa casi generalizado pero por distintas razones en cada personaje. Así mismo, el miedo al fracaso de las relaciones, a las pérdidas y las ausencias (es decir, al futuro) también está presente en las motivaciones de los personajes y sus acciones.

Son tantos y tan intensos los conflictos, que solo es posible desarrollarlos por partes, de ahí una singular y afortunada características de este relato, y es que va desplazando el protagonismo y la mirada de un personaje a otro, de un conflicto a otro. Por eso es imposible saber la dirección que tomará la historia a cada momento y ésta es una razón más para agradecer ese tono de “thriller sin suspenso” que maneja tan hábilmente Farhadi.

Pero como todo buen thriller, si bien no hay aquí un crimen de por medio, este elemento es reemplazado por las decisiones éticas de los personajes y las sutilezas de los secretos y las mentiras, aunque dichas desprovistas de mezquindad. El resultado de todo esto es, entonces, una historia cargada de realismo y choque de sentimientos, un relato estimulante en su construcción y un logrado estudio de personajes.

CONVOCATORIA Y 6 MARATÓN PANTALONES CORTOS

Los cortos se recibirán desde el 1 de septiembre hasta el 14 de octubre


La Corporación Dunav Kuzmanich informa que a partir del día de hoy se empiezan a recibir cortos realizados entre 2013 y 2014, y que hayan sido producidos en Colombia o por ciudadanos colombianos residentes en el exterior para competir en la 6 Maratón de Pantalones Cortos. No hay restricción para trabajos que hayan participado o hayan sido premiados en otros festivales.

El año anterior, en la 5 Maratón se presentaron 93 cortos y los ganadores fueron: Frank Benítez quien recibió el primer puesto por “Minuto 200”, el segundo lugar lo recibió Santiago León con su producción “La Calle Estéreo”. La mejor Historia Mínima la presentó Cristian Romero con “La Misma Noche” y la categoría de Mejor Animación fue para David Vera con “Calle 40”.

Para este versión 2014 se premiaran igualmente 4 categorías que recibirán los siguientes premios: Pantalones Cortos primer puesto $3.000.000 (tres millones de pesos), Pantalones Cortos segundo puesto $2.500.000 (dos millones quinientos mil pesos). Estas dos categorías se seleccionarán entre los cortos que tengan una duración superior a 3′ minutos y hasta máximo 30′ minutos. El premio Historias Mínimas será seleccionado entre los cortos participantes que no superen los 3´ minutos de duración y el ganador recibirá $1.500.000 (un millón quinientos mil pesos). Adicionalmente este año la categoría Animación cuenta con el patrocinio de Pipeline Studios, empresa que se vincula a la 6 Maratón para premiar al ganador con $2.000.000 (dos millones de pesos).

La fecha de recepción se realizará a partir del 1 de septiembre hasta el 14 octubre a las 5:30 p.m. del año 2014. Los participantes deben diligenciar un formulario de inscripción, enviar una copia del trabajo en formato dvd y compartir un enlace en Vimeo que será para la visualización exclusiva del jurado. Toda la información se encuentra disponible en el Facebook de Pantalones Cortos y en el micrositio de Pantalones Cortos en el Museo de Arte Moderno de Medellín.

Demental, de David Bohórquez

Muerte en el lago

Oswaldo Osorio


El thriller es el único género que ha mantenido su práctica y vigencia durante más de setenta años en la industria del cine. Por eso es tan difícil hacer uno que realmente sorprenda o diga algo diferente. En Colombia se ha recurrido a él con cierta frecuencia, sin que se pueda venir a la memoria muchos títulos sobresalientes (Ajuste de cuentas, El rey, Perro come perro, El páramo), porque el thriller colombiano lo determinan dos opciones: tratar con dificultad de adaptar el género al contexto del país o apelar a las fórmulas de Hollywood y ofrecer más de lo mismo.

Este thriller del joven director David Bohórquez parece tener un poco de estas opciones, logrando con mayor fortuna la primera, su adaptación al país, pero con las fórmulas resulta menos interesante, empezando porque, como otras cintas nacionales (El páramo, Secretos), sugiere primero un esquema de cine de horror (pues insinúan la existencia de una casa con fantasmas), pero termina siendo un thriller sicológico, donde la trama depende de unos crímenes y el desequilibrio mental de unos personajes.

El filme cuenta la historia de una joven escritora obsesionada con unas muertes que sucedieron hace años y viaja al lugar donde ocurrieron junto con los descendientes del supuesto asesino. Su trama está cargada de elementos que buscan crear tensión y suspenso, pero por momentos mucho de eso se antoja forzado y gratuito (la referencia bibliográfica de la leyenda, el encuentro entre las dos mujeres). Hay que esperar hasta el final para darse cuenta de que todo encaja, aunque ya es tarde para la desorientación previa del espectador.

En este sentido es el guion a lo que más reparos se le pueden poner. Especialmente tiene dos aspectos cuestionables: el primero, es el uso de los flash forwards, pues cuando un relato como estos tiene que adelantar intensos momentos de la historia, generalmente es porque no confía en su capacidad de sostener la atención del público hasta que lleguen estas situaciones fuertes. Con esto imponen artificialmente el suspenso y desaprovechan la sorpresa final o su llegada por medio de un crescendo dramático.

El segundo, es que se trata de uno de esos thrillers en que no se tiene nada claro en el transcurso de la historia y solo al final un personaje tiene que explicar lo que pasó, atar cabos y llenar vacíos. Adicionalmente, el final de la película da una sensación de quedar en punta o que faltó información.

Por otro lado, es una película que llama la atención en su narrativa visual y en su puesta en escena, pues se trata de un filme concebido con profesionalismo y precisión, con una singular pero bien lograda combinación entre el efectismo propio de un thriller y el naturalismo de una puesta en escena que consigue una convincente espontaneidad en las situaciones y las actuaciones. Lo que sí queda claro es que estamos ante un director con talento que podría crear películas importantes con un material más depurado.

En definitiva, se trata de una propuesta llamativa en la forma en que asume los recursos del thriller, en especial en su envoltura visual y narrativa, pero de fondo, la construcción de su historia y los recursos internos usados por el relato, resultan menos eficaces, en especial si se le compara con todos esos thrillers que se han hecho y con el efecto que produce en el espectador, lo cual es lo más importante en este género.

El faro, de Pacho Bottía

Un lugar es una idea

Oswaldo Osorio


Un paisaje puede cambiar la forma de pensar de las personas. También la promesa a un desconocido. En esta película el cambio de uno de los protagonistas ocurre por ambas razones. Pero esas motivaciones, en el fondo, tal vez solo son excusas o meros incentivos externos de un secreto deseo, de una decisión ya tomada. Esta cinta es la historia de un lugar, de un amor y de dos hombres que terminan siendo uno solo.

Genaro y Ofelia naufragan y recalan en la orilla de El Morro, un  islote de piedra frente a la costa de Santa marta, donde se encuentra un viejo faro y su solitario cuidador. Aquel resulta el lugar ideal para lo que parece ser una huída de la pareja, un buen sitio para ocultarse y retomar fuerzas para llevar su amor a tierras lejanas. Pero ese sitio tiene cierta fuerza que cautiva y que dispone el ambiente para la introspección, para que los nuevos habitantes reflexionen sobre su pasado y su futuro, también sobre su relación.

Esa introspección necesariamente tiene su correspondencia en el tipo de imágenes y de relato concebidos por el director. El espíritu contemplativo se impone en esta película, con sus planos largos y fijos, y con su narración pausada y meditativa, como sus personajes. Son pocos los diálogos, naturalmente, porque la pareja tiene mucho en qué pensar y el viejo guardafaros está habituado al silencio desde que su esposa lo dejó hace veinte años.

Entonces es el constante sonido de las olas y del viento (eventualmente de una música envolvente) lo que llena la banda sonora. Y las imágenes están signadas por la calidez de una delicada fotografía y por los encuadres que evidencian ese aislamiento, físico y emocional, de los personajes: el viejo ya en sus últimos pesares, la mujer con sus anhelos cada vez más lejos de aquel faro y el hombre cada vez más apegado a él.

Ella quiere seguir huyendo y él se empieza a convertir en el viejo, porque entiende que el faro no solo es un lugar, sino que puede ser un ideal, una forma de vivir, incluso una suerte de sabiduría. También puede ser una causa perdida, lo viejo luchando contra lo nuevo, pero ese sitio ya empieza a ser un símbolo para él, así como el viejo un modelo a imitar, aunque esto implique que pierda a su mujer, como le ocurrió a aquel hace ya tanto. Su estadía allí, entonces, empieza a ser un asunto serio y profundo, casi místico. La salvación tal vez no está en el amor, al menos no para él, pues ese lugar parece haberlo tocado más hondamente que aquella bella mujer y su pasado en común.

Esta película puede verse como una búsqueda, tanto la de los personajes en relación con definir su vida y su destino como del director por construir un tipo de relato que sea el vehículo idóneo para dar cuenta de ello. Por eso no es un filme familiar para el cine colombiano, tampoco al de este icónico director costeño, ni en su narrativa, ni en la concepción visual, ni en la historia que cuenta, y eso ya tiene un valor, el cual puede aumentar según afecte en mayor o menor medida a cada espectador.

Entrevista con Pacho Bottía, director de El faro

Toda idea es una luz que hay que cuidar

Por: Kinetoscopio


¿De dónde surge la idea para El Faro?

En un periódico local una vez vi una noticia donde le hacían un homenaje al último vigilante del Morro de Santa Marta. La noticia decía que el hombre había vivido ahí treinta y cuatro años. Entonces me pregunté que cómo ese hombre había vivido en esa piedra todos esos años, en un lugar tan bello pero tan agreste. El periódico mencionaba a la esposa pero no decía nada de ella. Le mostré la noticia a Carlos Franco (co-guionista) y fuimos adonde este hombre, con quien hablamos largamente.  En cambio la esposa nunca nos atendió. No quería hablar ni del faro ni de los treinta y cuatro años de matrimonio ni de su esposo. Entonces esas dos visiones de la vida desde el mismo sitio nos llamó mucho la atención.

Y pensó que ahí había una película en potencia.

Sí, porque muy rara vez pienso en una historia y luego busco una locación, sino que conversando con los personajes y con los mismos sitios se va armando la historia. Entonces a partir de ahí empezamos a construir el relato. Pero esa historia de ellos solo fue el punto de partida, porque de ellos solo dejamos insinuadas cosas y nos empezamos a preguntar por lo que pasaría si introducíamos distintos elementos a esa historia, como por ejemplo, alguien que llega a ese lugar.

¿Luego de hacer cine desde hace casi treinta años, uno supone que se ha encontrado con muchas historias, qué hizo que esta desplazara a otras  que ya tenía identificadas, incluso con el guion escrito?

Sí, yo ya tengo varios guiones escritos, pero tal vez fue por vivir frente al sitio y porque las otras historias que tenía eran en lugares más exuberantes. En cambio ahí había más facilidad de producción y la historia me cautivaba mucho. También las historias a las que uno le mete más animo son con las que tiene más afectividad, entonces tal vez era lo que estaba pasando en ese momento conmigo, pues aunque yo tengo una gran relación con Santa Marta, nunca pensaba que me iba a quedar ahí, eso era una gran incógnita en mi vida. Que en este momento ya está resuelta, porque yo vivo prácticamente en Santa Marta.

Entonces lo que cautivó en principio fue la historia, pero también el espacio, no solo Santa Marta sino el Morro, la isla donde está el faro. Porque la película es también la historia de ese espacio. ¿Cómo fue la negociación al escribir el guion para darle tanto protagonismo a sus personajes como a ese espacio?

La historia inicialmente era una parte en el peñasco y otra parte en Santa Marta, pero lo de la ciudad perdió importancia porque eran unas cosas más bien anecdóticas. Yo creo que una de las preguntas que se hace uno cuando trabaja en un guion es si el espacio va a ser un decorado o si construye parte de la historia. Entonces a mí me sedujo que ese espacio también podía hablar, así que con el guionista fui definiendo una forma de dejar unas partes abiertas y no cerrar por completo el argumento, porque cuando lo cierras es como crear una valla, y entonces el espacio se vuelve un sitio donde se desarrollan unas acciones y a mí me interesaba era que el espacio de laguna forma se metiera.

Nosotros consideramos que había que dejar también el espacio abierto, o sea, si bien se puede interpretar como una cosa contemplativa, también puede ser una forma para que el espacio aportara respuestas o preguntas a lo que estaba pasando. Cuando filmaba no quería adjetivarlo o que fuera ecológico, sino que se metiera más en la subjetividad de la historia y de la mente. Por eso la película casi no tiene retoques de color, sino que fue filmada en ciertas horas que sabía que me servían para esos propósitos.

Según el planteamiento narrativo esa contemplación no solo se vio en el espacio, sino también de la vida de los personajes, no hay un afán en la narración por contar muchas acciones sino que es pausada, muy de la cotidianidad y en la tendencia que está ahora entrando fuerte a Colombia con películas como El vuelco del cangrejo, Porfirio o La Sirga. ¿Cuál era la idea en este sentido, fue la historia la que los llevó a esto o sí pensaron a priori en hacer ese tipo de cine?

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Ida, de Pawel Pawlikowski

Dos mujeres y un pasado

Oswaldo Osorio


Antes de abandonar el mundo, es necesario darle una última mirada por lo menos. Aunque en el caso de la protagonista de esta película, esa última mirada también es su primera mirada. Antes de tomar sus votos, y luego de estar toda su vida en un convento, Ida es impelida a que conozca a su única familiar. Y así inicia un viaje en distintas direcciones, hacia su pasado, su identidad, los lazos familiares, las dudas vocacionales y los asuntos terrenales.

Si bien el filme, de forma sosegada y sugerente, aborda todos esos niveles argumentales, el hilo conductor es la relación entre Ida y su tía, quien es una jueza en la Polonia comunista de los años sesenta. Esta relación, a su vez, está articulada en un viaje que tiene como objeto buscar el lugar donde están enterrados los padres de Ida. Como casi todos los viajes del cine, este no solo es un viaje físico, sino sobre todo emocional y dramático.

Es un relato tranquilo y por momentos contemplativo, que casi de principio a fin está movido por el contrapunto entre las personalidades de estas dos mujeres, una joven y la otra ya mayor, una definida por la inocencia y la espiritualidad y la otra con una vida trasegada, mundana y combativa. Pero las une la sangre y el dolor en común de haber perdido a sus seres queridos y, consecuentemente, el hecho de ambas ser la única persona que tienen en el mundo.

Entonces la evolución de esta relación aparece en el primer plano del relato, con sus dramas, la emotividad y el constante descubrimiento de una frente a la otra. De fondo está ese reproche que las protagonistas, y el filme en sí mismo, nunca dejan de hacer contra esa vergonzante historia en que muchos católicos fueron verdugos (o cómplices de la persecución) de la comunidad judía durante la guerra. Este drama de fondo hace que la película tenga un permanente tono de pérdida y tristeza.

También de fondo está el drama de cada una de estas mujeres. Con la tía es un drama reprimido del que solo se alcanza a descubrir su verdadera naturaleza cuando encuentran la tumba, y luego una honda tristeza se apodera de ella hasta lo irremediable. Ida, por su parte, tiene que lidiar con su orfandad filial y de raíces, así como con las dudas sobre su vocación, que son confrontadas por las atractivas posibilidades que le ofrece ese mundo que acaba de conocer.

Con una pantalla cuadrada en su formato, una bella y evocadora fotografía en blanco y negro y unos encuadres que inteligentemente buscan tanto enfatizar el drama como un cuidado de lo estético, esta película resulta una pieza inteligente y sugerente, que con sensibilidad y contundencia habla de una época oscura, unos sentimientos profundos y retrata a dos mujeres que eran lejanas y desconocidas pero que terminaron siendo una sola.

Gran Hotel Budapest, de Wes Anderson

La mística del trabajo

Oswaldo Osorio


El cine es imagen, acción, personajes, construcción de universos y el planteamiento de una idea ética y/o humanista de fondo, todo lo cual debería ser llevado con profundidad, equilibrio e inteligencia. Son pocos los cineastas que alcanzan esto con cada una de sus películas. Wes Anderson (salvo por su ópera prima) es uno de ellos, así lo demuestra con esta cinta, un bello, divertido y estimulante relato sobre un hombre y su asistente, un fascinante lugar y todos los que tienen que ver con él.

Gustave H., conserje de un espléndido hotel, trata de zafarse de la acusación de un crimen que no cometió, con la ayuda del botones del hotel, Zero, quien hace de incondicional escudero. Con eso se puede resumir el argumento y conflicto esenciales de este filme. Pero estos elementos casi que son una excusa en el cine de Anderson, quien siempre se muestra más interesado en los procesos, los detalles, el aspecto y el funcionamiento de las cosas y los espacios.

Estos asuntos que le interesan se ven mucho más enfáticos en esta película en relación con las demás, lo cual demuestra un alto grado de perfeccionamiento y estilización en su ya estilizada obra. Los personajes se multiplicaron, junto con las reglas y condiciones del modus operandi de ellos, en especial de su protagonista. Con esto el autor construye un universo con su lógica propia, no solo en la concepción de sus personajes y la relación entre ellos, sino también en su funcionamiento.

Y la idea de fondo, de este y casi todos sus filmes, parece señalar hacia un compromiso apasionado, profesional y casi místico para con el trabajo o cualquier empresa que emprendan sus protagonistas: Actividades extracurriculares en Rushmore, la venganza contra un tiburón en Vida acuática o ser el perfecto conserje de un hotel como aquí. Con esto, se desprende una ética, ante la tradición y artesanía del oficio en cuestión, ante los colegas y ante la vida misma. Desde una pequeña tarea hasta el desempeño laboral general, todo está signado tanto por una firme filosofía como por la precisión y sofisticación en su ejecución.

Y aunque el argumento, el conflicto y la idea de fondo han podido ser sintetizados aquí con cierta facilidad, otros aspectos son mucho más complejos, como la relación entre personajes, la intrincada trama y la minuciosa y fascinante construcción de ese universo, que resultan de tal riqueza, sofisticación y originalidad que terminan llevándose todo el protagonismo, algo que en el fondo bien puede considerarse un problema, pues el público recuerda de sus películas más fácil su puesta en escena que las historias que cuenta y lo que quiere decir con ellas. De todas formas, los escenarios, locaciones, decorados y caracterización de personajes son concebidos por este director con gran inventiva, ingenio y sentido estético, así como con una intrínseca conexión entre ellos, lo cual le da un carácter único a sus películas.

Tal vez los grandes ausentes de Gran Hotel Budapest (2014) son el amor y el desamor, que si bien están en pequeñas dosis, lo que predomina es esa poética de la camaradería, el colegaje y la ética, más que de un trabajo, de un oficio. Y con esa esencia este director, inconfundible y siempre estimulante, crea uno de los relatos más divertidos, vistosos y entretenidos de los últimos tiempos.