Neoliberalismo vs. Socialismo del Siglo XXI: la muerte de la integración económica latinoamericana.

Agosto 8 de 2017

 

Lo que significaba la Integración Regional Económica.

La historia de los procesos de integración regional se empezó a escribir en la década de 1950 cuando los europeos comenzaron a construir su “casa común” después de las grandes guerras del siglo XX. Ya desde 1960, Latinoamérica emulaba al viejo continente con la firma de ALALC. Sin embargo, la apertura de las economías latinoamericanas después de la crisis de la deuda externa en el decenio de 1980, trajo consigo una revisión de los modelos de desarrollo lo que se tradujo en una propuesta de Regionalismo Abierto que CEPAL trató de explicar como un proceso de integración que no se centraría en los beneficios fiscales (altos aranceles a terceros)  -tal y como fue el regionalismo de las décadas anteriores-.

La integración latinoamericana (1960-1990) se puede explicar de la siguiente manera:

– estimulaba la industria regional, manteniendo altas barreras a las importaciones de terceros países;

– se inspiraba en un pensamiento latinoamericanista, estructuralista y, hasta cierto punto, antiimperialista;

– se beneficiaba, desde la teoría ortodoxa de Viner, de los efectos de creación y desviación del comercio. (Cardona, 2017, p.agina 81).

Sin entrar en detalles del cambio, el hecho es que el Regionalismo Abierto que se erigió con el neoliberalismo y las aperturas económicas de la última década del siglo XX, se había entendido como un proceso en el que:

– se bajarían las barreras a terceros países y

– se atraería inversión extranjera para aprovechar su know how y desarrollos tecnológicos.

 

Lo que está pasando en realidad.

Tal y como lo explico en el libro que publiqué hace poco y que ya puede ser descargado totalmente gratis (La Organización Mundial de Comercio y los TLC: ¿reinventando el Sistema Mundial de Comercio), la realidad del supuesto Regionalismo Abierto dista mucho de los ideales de integración que se propuso América Latina en la segunda mitad del siglo pasado.

libro OMC y TLC

1. No hay un propósito latinoamericanista.

En las décadas pasadas, de alguna manera, élites locales, sindicatos, partidos gobernantes y académicos promovian un modelo de desarrollo industrializador que se fundamentaba en el proteccionismo y la unidad latinoamericana como estrategia. A pesar de esporádicos desacuerdos, los países de la región ejecutaron políticas de sustitución de importaciones en mercados ampliados y de promoción de exportaciones, lo que se tradujo en un fortalecimiento de la agroindustria y de otros sectores de la industria manufacturera. Con ALALC-ALADI, MCCA y el Pacto Andino, principalmente, la región, aunque de modo desequilibrado, se modernizó y redujó su carácter de economías rurales monoexportadoras.

Hoy no sucede nada de eso. Los países se han dividido: gobiernos neoliberales y otros más enfocados en nacionalismos o en ideologías de izquierda (autodenominadas del Socialismo del Siglo XXI), se confrontan abiertamente en lo político y en lo económico. La partida parecen estarla ganando los neoliberales y la consecuencia está siendo la desintegración regional.

 

2. No hay una modernización del aparato productivo.

Con pocas excepciones, la economía latinoamericana ha retrocedido en términos de modernización, diversificación y sofisticación de sus aparatos productivos. Naciones que eran autosuficientes en materia de alimentos y diversas materias primas con desarrollo en algunos sectores de industria liviana  (Colombia, por ejemplo) se han ido transformando en proveedores de commodities de la minería, abandonando su incipiente sector manufacturero, deteriorando el medio ambiente y abandonando su seguridad alimentaria. Con la apertura económica los países de la región, con un par de excepciones (Brasil y México), se han convertido en importadores de todo tipo de manufacturas, se han desindustrializado y han abandonado el campo. Los consumidores de estos países acceden a productos de alta tecnología y están conectados con el mundo; sin embargo, la sostenibilidad de este estilo de vida es dudosa puesto que la minería es proveedora de bienes no renovables, a la vez que el deterioro ambiental producto de la misma, en muchos de los casos, es irreversible.

¿Por qué está pasando esto?

3. Hay más TLC pero menos integración.

La integración regional económica, en su acepción más simple, se entiende como un proceso gradual de unificación y homogeneización de los mercados, a través del incremento de la interdependencia comercial, tecnológica, financiera e, inclusive, cultural. Un ejemplo de esta interpretación es la Unión Europea, bloque que ha roto las fronteras nacionales para los movimientos de mercancías, de capitales, de servicios e, incluso, de mano de obra.

América Latina anda en otra dirección. Los acuerdos regionales se derrumban, se estancan o se desdeñan. ¿Quién se acuerda de la Comunidad Andina de Naciones y su proyecto de crear una Unión Aduanera? El Mercosur es un ping pong entre neoliberales y proteccionistas (desde moderados hasta los del socialismo del siglo XXI), el G3 se convirtió en G2 y de la ALADI ya nadie habla. Sólo hablamos de los TLC.

El tema no son los debates ideológicos de los gobiernos de las dos últimas décadas. La pregunta que nos hacemos es si América Latina piensa en la integración como una estrategia para el desarrollo. Todo indica que no. Lo que tenemos es una proliferación de TLC que no llevan en su interior el ADN de la integración sino que son vehículos para que las Cadenas Globales de Valor accedan a materias primas y coloquen sus productos terminados, sin mayores barreras, en nuestros mercados. Con excepción de México, Brasil y Chile, la región está ausente del potencial de desarrollo que ofrecen dichas cadenas Adicionalmente, tampoco estamos desarrollando estrategias alternativas, por ejemplo, clusters regionales o parques industriales para estimular nuestra industrialización, diversificación y sofisticación de la oferta exportadora.

El auge de TLC interregionales, tal y como pretendo demostrarlo en el libro, sirve para dinamizar el propósito de la OMC de un comercio más libre a nivel global, pero va en detrimento de los proyectos de desarrollo regional integrado, estrategia que en la actualidad les sería tan valiosa a naciones aún subdesarrolladas que dicen ser “mercados emergentes” pero que no lo son. Hay una gran brecha entre China, India o Corea, líderes de las economías emergentes, y lo que pasa en Colombia, Ecuador, Bolivia, Argentina, Perú o Venezuela.

Estas últimas no emergen…se sumergen.

 

 

 

Leer el entorno económico: reto de todo empresario,…especialmente en días de crisis.

Agosto 1 de 2017. (Este artículo cuenta con cuatro videos didácticos, cortos, de mi autoría, que ayudarán a la comprensión del tema en cuestión: el entorno económico de las empresas.)

 

1. El problema no es la desaceleración coyuntural, es la desindustrialización crónica.

En estos días tanto el FMI como el gobierno colombiano han movido a la baja sus expectativas de crecimiento económico. La incertidumbre se posa sobre el ambiente empresarial.

Por ello, no es coincidente que algunos colegas, consultores y emprendedores colocan en nuestra mesa de discusión, cada vez con más frecuencia, la pregunta ¿qué deben hacer los empresarios en este momento? Y mi respuesta es reiterativa: el problema de fondo no es la desaceleración del crecimiento, es algo más profundo; algo que se hizo evidente con la caída de los precios internacionales del petróleo hace tres años pero que comenzó hace un cuarto de siglo y que se llama “desindustrialización del aparato productivo colombiano”.

La apertura económica, iniciada en las postrimerías del gobierno de Virgilio Barco (1986-1990), se justificó como un cambio de modelo que nos llevaría a la modernización del aparato productivo. La realidad ha sido otra, apalancados en una economía cada vez más primaria (producción y exportación de hidrocarburos y otros minerales), el que se ha sofisticado es el consumo, con un comercio que nos abastece cada vez más con bienes importados. Nuestra capacidad de producir bienes está más subdesarrollada que en la década de 1980.

Por ello, me parece relevante voltear la pregunta y dejar de preguntarnos por una coyuntura como la actual, la de la desaceleración. El problema es el largo plazo, así que mi recomendación a los empresarios es que dejen de dejarse enceguecer por la cortina de humo del corto plazo y miren prospectivamente: ¿hacia donde va la economía en el futuro? ¿cuál quiero que sea mi empresa en el largo plazo? Así que la invitación es a centrarse en la innovación y el emprendimiento. Esta crisis, esta coyuntura negativa debe ser tomada como un punto de partida para re-crear nuestras empresas. Si nos quedamos esperando que baje “un poco” la tasa de interés o que el gobierno ofrezca algún subsidio, entonces seguiremos caminando de paliativo en paliativo hacia la derrota final.

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Para que la innovación y el emprendimiento tengan sentido, o sea, sean opciones reales de éxito, es necesario que los empresarios hagan una lectura prospectiva del entorno, en todas sus dimensiones, desde lo sectorial hasta lo global. La lectura prospectiva implica el análisis de factores de cambio (ver el corto video sobre tendencias y potencialidades) para visualizar los dinamizadores de las transformaciones a largo plazo. La coyuntura es un pequeño bucle en una espiral que va mucho más lejos. Así, por ejemplo, el largo plazo no son los computadores o los teléfonos inteligentes (coyuntura) sino la nanotecnología y la integración tecnológica.

 

2. Los círculos del entorno económico: de lo sectorial a lo global (ver video).

El entorno sectorial es el más cercano al empresario. Si éste no conoce las características de su mercado (oligopólico o de competencia monopólica, por ejemplo); si no reconoce el poder de negociación de sus proveedores o clientes, etc. entonces, difícilmente podrá desplegar estrategias pertinentes que le eleven la competitividad de largo plazo. En este contexto, la propuesta de Michael Porter, conocida como “las cinco fuerzas del mercado”, es una herramienta didáctica de diagnóstico del entorno, que puede ayudar a los empresarios a comprender mejor la industria en la que se mueve. Para mayor ilustración preparé este corto video sobre “las cinco fuerzas del mercado“.

El siguiente anillo es el de la macroeconomía. Lo que para las empresas son los productos, los trabajadores y los precios -individualmente hablando-, para la macroeconomía son la el PIB, el empleo y la inflación. Esta vertiente de la economía se ocupa de los agregados económicos y comprender su dinámica, la interdependencia de variables y las motivaciones y formas de intervención del Estado sobre aquellos, es una herramienta de diagnóstico externo que ayuda a los empresarios a advertir situaciones y a tomar medidas estratégicas de cara a los retos del futuro.

Ahora, las variables del entorno económico no se pueden entender por fuera del escenario internacional, incluso mundial. Las economías son interdependientes, se abastecen recíprocamente de bienes, servicios, capitales e, incluso, mano de obra. Por lo tanto, la inflación, el desempleo y el crecimiento del PIB no se pueden entender en una dimensión autárquica. Cada vez más somos una aldea global, nos guste o no nos guste. Para entender la lógica y compenentes del análisis macroeconómico he preparado este corto video. Y es en este contexto global, de interdependencia, que se deben analizar, por ejemplo, los acuerdos internacionales de comercio como los TLC. No se trata sólo de una lectura del convenio en sí mismo, sino de una comprension de las capacidades productivas y de los potenciales de mercado de los países con los que se firman los acuerdos.

 

 

 

 

Crecer para distribuir o distribuir para crecer: el eterno dilema de la economía de mercado.

Julio 24 de 2017.

En Colombia se revivió un debate hace pocos meses, con un proyecto de ley que buscaba retornar el pago a los trabajadores, de una prima adicional cuando laboraran en horario nocturno, o sea, después de las seis de la tarde. Dicho recargo había existido hasta que Álvaro Uribe hiciera una reforma laboral en su primer período de gobierno (2002 – 2006).

Después de acaloradas discusiones se aprobó una fórmula cuasi-salomónica, que no satisface a los sindicatos ni a los gremios empresariales: pagar el recargo a partir de las 9pm.

La posición antagónica de trabajadores y empleadores sobre este tema, desnuda la histórica disputa entre “repartir para crecer o crecer para repartir”. Mientras los trabajadores consideran que la falta de una mejor remuneración desestimula la demanda doméstica y desacelera el crecimiento, para los gremios el sobrecosto laboral mengua la competitividad de las empresas colombianas.

Este es sólo un ejemplo de un debate centenario: ¿qué estimula más el crecimiento económico: reducir los costos de la producción –bajos salarios, bajos impuestos a la renta- o estimular el consumo con mejores salarios?

No vamos a resolver este dilema, pero sí deseamos ampliar los elementos de la discusión.

Para empezar, señalemos que hay dos pilares centrales en esta discusión. El primero consiste en reconocer que no siempre se puede aplicar una misma receta para optimizar el efecto. O sea, si una economía se halla desacelerada, como la colombiana en este 2017, las medidas a implementar no siempre tienen que ser las mismas. Así, en un país con una alta tasa de ahorro, incrementar el salario o bajar los impuestos al consumo puede traducirse en más ahorro con un bajo efecto sobre el crecimiento de la economía en el corto plazo. Pero, de igual manera, no hay evidencias empíricas de que una reducción en los costos laborales tenga que traducirse en una reducción de la tasa de desempleo.

El segundo pilar consiste en entender la economía como una dimensión del ser humano, pero no como la única. O sea, nuestras decisiones de producción, intercambio o consumo también se hallan delimitadas por nuestras creencias, valores, intereses sociales o por factores del entorno. Con este segundo elemento quiero destacar que las expectativas de comportamiento económico están marcadas por una multiplicidad de variables, sino, veamos:

¿Por qué si el Banco de La República ha bajado sus tasas de interés durante varios meses, esto no ha llegado a los consumidores finales? ¿Por qué los bancos aún no trasladan este beneficio a los usuarios?

¿Por qué si la economía está desacelerada y los salarios son bajos comparados con otras regiones, el consumo doméstico no se deprime en la misma magnitud? ¿Por qué las personas no reducen el consumo y el endeudamiento?

¿Por qué si el dólar se ha revaluado fuertemente con respecto al peso colombiano, la ecuación entre turismo al exterior y turismo receptivo no ha variado significativamente a favor de este último?

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Volviendo a la pregunta original: distribuir para crecer o crecer para distribuir, es claro que el dilema tiene componentes que se derivan de lo social, político, cultural, etc. Con esto quiero señalar que los gremios y los sindicatos, especialmente, centran sus discusiones en posiciones de intereses antagónicos pero desconociendo –o sea, negándose a comprender- los factores que explican los intereses y posturas de la contraparte. Eso hace que las discusiones sobre salarios, sobre impuestos o sobre gasto público terminen siendo círculos viciosos que nunca se traducen en acuerdos y que han traído como consecuencia la reproducción de un sistema económico subdesarrollado e inequitativo.

Con esta premisa no pretendo desconocer las relaciones dialécticas que caracterizan a las economías de mercado, sólo busco señalar que el subdesarrollo también se explica por decisiones basadas en fundamentos primarios que no reconocen la complejidad de la vida misma, de las relaciones sociales y de la economía en particular. Esto sin poner el acento en la falta de perspectivas de largo plazo a la hora de tomar decisiones económicas, las cuales son escasas en la mentalidad de los tomadores de decisiones económicas del país (gobierno, empresarios y sindicatos).

Lo anterior para concluir que aunque se ha probado en ciertos momentos históricos y lugares geográficos que distribuir mejor estimula el crecimiento, lo cierto es que Colombia se ha venido rezagando, ilusionada con un crónico pero precario crecimiento económico que no se distribuye equitativamente y que todo indica que no será sostenible hacia el futuro.

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Empleo, subempleo y desempleo: un tema humano, no sólo económico.

“Un robot puede hacer un carro, pero no lo puede comprar”

Pool, J. C.

He querido comenzar este artículo con el sencillo párrafo del libro de Pool, ya que el tema del empleo, visto desde la perspectiva económica, tiene una clara asociación con el consumo: a diferencia de la esclavitud, en el capitalismo es necesario que los trabajadores reciban una remuneración, ya que los bienes y servicios que se producen necesitan consumidores con ingresos para adquirirlos. Sin embargo, los robots no son un tema de ciencia ficción; la automatización, la robotización y la sistematización de procesos es una realidad creciente que vuelve las labores productivas cada vez más”tecnológicas”,menos humanas.

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Definiciones básicas.

Para hablar de empleo, debemos reconocer la existencia de Población Económica Activa (PEA); esto es, el segmento de la población que está en edad de trabajar, necesita trabajar, quiere trabajar y busca o tiene trabajo. Esta definición reconoce tanto la necesidad económica como la voluntad de trabajar, o sea, de realizar una actividad productiva a cambio de una remuneración. Adicionalmente, en esta definición es importante señalar la existencia de límites cronológicos, donde la infancia y la vejez son los bordes entre los que se define la PEA. Aquí hay particularidades derivadas de los niveles de desarrollo de los países. Entre más desarrollado es un país, menor es el rango de la PEA, mientras que en los países con menos desarrollo se permite el trabajo infantil y se debe laborar hasta bien entrada la vejez porque no hay un sistema de seguridad social que garantice una pensión de retiro a los ancianos.

trabajadores en tunel

Luego tenemos la categoría Desempleo. Esta define a los integrantes de la PEA que no hallan trabajo y, por ende, no tienen ingresos. La diferencia técnica que puede existir entre un país y otro la hacen los criterios con los que se definen las edades legales para trabajar o el tiempo que debe permanecer la persona sin trabajo (semanas o meses) para ser considerado un desempleado.

Ahora tenemos, por último, al Subempleo. Cuando hablamos de subempleo nos referimos a personas que: a.) no obtienen, al menos, un ingreso equivalente al mínimo legal vigente; b.) ejercen un trabajo inferior a las capacidades para las que se ha preparado (ingenieros que trabajan como técnicos, por ejemplo). O sea, en la primera definición se presenta al subempleo como una situación individual de insatisfacción; en la segunda, como una pérdida social, ya que se han invertido recursos sociales (alimentación, seguridad, educación) para preparar una persona que, en la práctica, produce bienes y servicios que requieren capacidades inferiores a las que posee.

De igual manera, el salario  mínimo tiene una doble connotación dialéctica: un bajo salario mínimo indica que las personas empleadas tienen un nivel reducido de satisfacción de sus necesidades, lo que puede estimular la contratación de nuevos trabajadores; pero, de otro lado, la remuneración baja limita la capacidad de la población de acceder a los bienes y servicios que se ofrecen en el mercado, lo que desestimula la creación de nuevos empleos.

¿Por qué trabajar? ¿Para qué trabajar?

Ya sabemos que en economía al trabajador se le entiende como mano de obra y como consumidor. O sea, es una herramienta para producir bienes y servicios y para consumirlos a la vez. Pero socialmente hablando, ¿qué es el trabajo para las personas?

Si bien para la economía de mercado el empleo es la forma más recurrente de obtener ingresos para que las familias puedan acceder a los bienes y servicios necesarios para la satisfacción de sus necesidades materiales; el trabajo es también la oportunidad de plasmar los talentos creativos que se traducen en obras que dan placer a quien las crea.

Por lo anterior, el reto central de un régimen laboral, socialmente hablando, es prodigar a las personas la oportunidad de trabajar en organizaciones y con retos tales que les permitan desplegar todos sus talentos para realizar obras que satisfagan a quienes las usarán (consumirán) y a quienes las elaboran.  En consecuencia, tanto el subempleo (desaprovechar las capacidades) como la mala calidad del trabajo (mal jefe, mal ambiente, retos insignificantes) son características fundamentales de lo que se podría definir como una sociedad infeliz.

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¿Las máquinas reemplazan a los hombres?

Si reducimos este tema al plano económico, entonces, renace la duda con la que empezamos la discusión: ¿si las máquinas (robots) producen los bienes, entonces, quién los comprará? Ante esta disyuntiva surgen dos opciones que no son antagónicas:

1. La reducción de la jornada de trabajo para asegurar la ocupación en el nivel de pleno empleo. Si el trabajo es dignificante, si la economía de mercado requiere de compradores para que el sistema de producción permanezca y si la tecnología eleva la productividad y destruye puestos de trabajo que son más mecánicos que creativos, entonces, la jornada laboral seguirá reduciéndose, abriéndose cada vez  más espacio para el ocio;

2. Extensión de la jornada de ocio. El ocio es una categoría que tiende a confundirse con la vida improductiva. Nada más alejado de la realidad. El ocio se debe entender como la oportunidad de las personas de dar rienda suelta a su creatividad sin que medie el interés o la necesidad de una remuneración.

En síntesis, cuando las personas tienen talentos desarrollados (y desarrollables) y motivaciones arraigadas -no sólo  materiales-, entonces pueden desplegar su capacidad creativa, ya sea en su tiempo laboral o en su tiempo de ocio, para enriquecer a la sociedad con las obras resultado de su creatividad. Cuando el fruto de su trabajo está enriquecido de estética y de motivaciones éticas, ademas de su valor intrínseco (valor de cambio), entonces su valor de uso (utilidad) crece, en tanto eleva su pertinencia material y adquiere, adicionalmente, una espiritual.

realiza tus sueños

El galimatías de la inflación.

Junio 20 de 2017.

Seamos sinceros, los periodistas todos los días nos atiborran de datos económicos y, la verdad sea dicha, no siempre sabemos exactamente de qué nos están hablando. ¡Qué la inflación subió por culpa del dólar! ¿y cuál es la relación?; ¡qué el Banco de la República subió las tasas de interés para controlar la inflación! ¿Y cuál es la relación?; !Qué el precio del petróleo cayó y por eso sube el precio del dólar! ¿Y cuál es la relación?…

Así que vamos a jugar un poco a ser profesores y a explicar algunas de las categorías más comunes del lenguaje económico.

¡Comencemos con la inflación!

Ultimamente vemos que los periódicos relacionan la inflación con hechos como el Gasto Público (o sea el excesivo gasto del gobierno); el fenómeno del Niño, el excesivo gasto de las familias, el precio del dólar, etc.

En términos sencillos se puede decir que la inflación aumenta por dos posibles tipos de razones: el crecimiento de la demanda o la disminución de la oferta. Si el Estado incrementa su gasto, si los bancos bajan las tasas de interés, o si al país entran más dólares, entonces, se incrementa la demanda agregada y los precios se mueven al alza. Pero, de otro lado, si el precio del dólar sube, si hay exceso de lluvias o sequía, entonces, se reduce la oferta de bienes, lo que, nuevamente, hace que se suban los precios.

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¿Por qué la devaluación -incremento en el precio del dólar- produce inflación?

Porque los productos importados se encarecen y porque los colombianos tendrán más dinero (fruto de exportaciones más rentables) lo que les aumentará su capacidad de compra.

Por lo tanto, lo contrario, la revaluación, tiende a ser antiinflacionaria, ya que abarata los bienes importados y reduce la oferta de masa monetaria en el mercado doméstico.

¿Por qué el gasto del gobierno -Gasto Público- incide sobre la inflación?

Porque con un  mayor o menor gasto, el Estado incide sobre la capacidad de compra de las familias y las empresas (el Estado contrata trabajadores, da subsidios, compra bienes y servicios); así estimula la demanda. Por lo tanto, una decisión de incrementar o bajar el Gasto Público tiene una incidencia directa sobre la tasa de inflación.

¿ Es mala la inflación?

Un error recurrente es ver a la inflación como una variable de efectos negativos para la economía. La inflación no es negativa per se para la economía. La inflación o su antagónica, la deflación, evidencia una brecha entre la oferta y la demanda. En términos simples se podría decir que una inflación baja, moderada, ubicada en los límites que establezcan las autoridades económicas, sería una señal de que hay una demanda insatisfecha y que por ende hay espacio para más inversiones,empleo y crecimiento económico. O sea, si el Banco de La República calcula que su meta de inflación está en un rango entre 2% y 4%, mientras ésta se logre tendremos un ambiente favorable para invertir, ya que hay una demanda insatisfecha en un ambiente de certidumbre.

Por el contrario, la ausencia de inflación (la caída generalizada del nivel de precios) se podría entender con un desestímulo a la inversión y al empleo. ¿Quién querría aumentar la producción si los precios tuvieran una sostenida tendencia a la baja?

En síntesis, el problema no es la inflación sino su tendencia descontrolada (creciente, acelerada, desbordada, por fuera de las metas macroeconómicas de las autoridades económicas de un país), lo que genera incertidumbre.

Pregunta curiosa: ¿Es la ciudad con mayor inflación la más costosa del país?

A veces leemos, por ejemplo, que una ciudad, digamos Pasto, fue la de mayor inflación de marzo y, consecuentemente, se asume que es la ciudad más cara. Pero no es así. La inflación es un indicador que se mide con respecto al comportamiento histórico de los precios del mismo lugar, o sea, lo que evidencia la tasa de inflación es cuánto subieron los precios de un lugar, con respecto a sus propios datos históricos, no en relación a los precios de otras ciudades.

Un dilema de bases ideológicas: ¿cuánto subir los salarios sin afectar la inflación?

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Todos los años asistimos al “show mediático” de una negociación del salario mínimo. Este no es un tema menor. En principio, los empresarios buscan controlar el aumento salarial con el argumento de controlar sus costos de producción; de otro lado, el gobierno también tiende a ubicarse en una postura “bajista” ya que teme que el aumento del salario provoque más inflación vía demanda: más salarios, más ingresos, más gastos. En la otra orilla, las centrales obreras reclaman que la inflación no se controle exclusivamente de cuenta de los ingresos de los trabajadores.

Si bien, hay un elemento técnico en la discusión, el cual consiste en calcular la pérdida de poder adquisitivo y el incremento en la productividad del trabajo para determinar el salario mínimo “ideal”  del año siguiente, es evidente que sí existe una discusión ideológica en la forma cómo se determina la distribución de la riqueza entre trabajadores y empresarios…

…y la inflación se utiliza como “excusa” para tomar la decisión final.